Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Gran catequesis sobre la humildad

Homilía ao14014a, predicada en 20260705, con 59 min. y 7 seg.

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Transcripción:

Hermanos queridos, un gran tema de gran necesidad y siempre actualidad nos ofrecen las lecturas de este domingo. Podemos ver que hay un hilo que nos va guiando en las lecturas de hoy. La primera tomada del profeta Zacarías, la segunda de San Pablo en la Carta a los Romanos y la tercera del Evangelio según San Mateo. Ese hilo es el hilo de la humildad. Una virtud tan necesaria, tanto que sin ella parece imposible tener ninguna otra. La humildad. Aprendamos juntos. Porque igual que ustedes, también este servidor necesita, todos necesitamos todos los días el don de la humildad. Así que vamos a aprender apoyándonos en las lecturas de hoy.

Pero también vamos a apoyarnos en el gran tesoro que es la enseñanza de la Iglesia sobre la humildad. Empezaremos siguiendo el estilo y manera de Catalina de Siena, hablando de lo contrario. Dios le reveló a Santa Catalina que muchas veces para entender un bien hay que comprender el daño que nos hace el mal opuesto. Entonces tenemos que dar unos minutos para comentar sobre lo contrario de la humildad, que tiene muchos nombres, pero el principal es la soberbia. Después de la soberbia, otros nombres que rondan en ese lado oscuro son la arrogancia, el orgullo, la vanidad. Para esta parte debería bastar que recordáramos que la soberbia es la característica, es el sello del corazón del demonio. El lema mismo del demonio es una proclamación de soberbia. -No serviré-. Que se suele citar en latín: "Non servium". Ése es el lema de Satanás. El orgullo, la soberbia son las características del espíritu de las tinieblas.

Y con eso que lleva dentro el demonio, con eso también tentó e hizo caer a nuestros primeros padres. Les ofreció una grandeza, una grandeza sin Dios. De hecho, les dijo aquella frase que recordamos y que está en el capítulo tercero del Génesis. "Seréis como dioses". Ese es el sello de la soberbia querer ser como Dios, sin Dios. Eso es lo propio de la soberbia. Pero aquí hay que estar muy atentos, hermanos, porque el querer ser como Dios no es el error. De hecho, Dios quiere que seamos como Él, por eso nos hizo a su imagen. Por eso en Cristo Él tomó nuestra propia imagen, se hizo como nosotros, para que nosotros llegáramos a ser como Él, y nos ha dado su Espíritu Santo, que esculpe en nosotros el rostro de Cristo y hace que nosotros, como pedía San Pablo en el capítulo segundo de la Carta a los Filipenses, tengamos los mismos sentimientos de Cristo.

Hermanos, entendamos que el problema no es querer ser como Dios, el problema es querer ser como Dios, sin Dios, y esa es la opción del demonio y esa es la opción del hombre en pecado. Querer ser como Dios sin Dios. Esto quiere decir que cada vez que permitimos a la soberbia adueñarse de nuestro corazón, nos estamos poniendo en la fila de quienes siguen, obedecen e incluso adoran al diablo. Dejarse llevar por la soberbia es entrar en la escuela del demonio. Eso es lo más duro. Eso es lo más horrible, pero lo más cierto con lo que debo empezar este comentario. No es entonces maravilla que cuando nos dejamos llevar de la soberbia, las relaciones entre las personas se dañan, se pudren. El conflicto, el odio, el desprecio están siempre conectados con la soberbia.

Y la soberbia da sus frutos podridos por todas partes. Veamos cómo sucede esto. Voy a dar tres ejemplos. Dos tomados de la vida familiar y otro de la vida social, para que nos demos cuenta cómo la soberbia pudre, pudre al ser humano y pudre todo lo humano. Como sacerdote he tenido la oportunidad de servir a muchas parejas también en sus momentos difíciles de conflicto. ¿Y qué es lo que perpetúa el conflicto? ¿Qué es lo que no deja cicatrizar las heridas? ¿Qué es lo que mantiene distantes los corazones? La soberbia. A veces conoce uno parejas muy bellas, hombres maravillosos, mujeres bellas y valiosas. Y sin embargo, son matrimonios que se están destruyendo día por día. Y uno se puede preguntar. ¿Cuál es esa plaga maldita que está destruyendo a ese hombre tan inteligente, que está destruyendo a esa mujer tan capaz y tan sabia? ¿Qué los está destruyendo? la soberbia. ¿Cómo se expresa esa soberbia?

Por ejemplo, en pretender imponer el propio criterio a toda costa o el propio gusto, o, sobre todo, como ya nos lo recordaba el Papa Francisco, muchas veces la incapacidad de perdonar. El que no puede perdonar, el que no quiere perdonar, muy a menudo es víctima de la soberbia. Se considera como una especie de Dios para el cual ninguna ofrenda es suficiente. No importa que me pidas perdón, no importa que estés arrepentido. Tu dolor, tus disculpas, son muy poca cosa para todo lo que merece mi ego. Y así, parejas que hubieran podido ser muy felices y que hubieran podido fundamentar familias muy bellas se van desmoronando hasta llegar incluso al divorcio, al odio y al daño terrible contra los hijos ¿Qué hubo en la raíz de todo eso?

Un hombre soberbio, una mujer orgullosa, incapaces de doblegarse. Ahí conocemos los frutos podridos de ese pecado. Por algo dice Santo Tomás de Aquino. Que la soberbia no solo es fuente de muchos pecados, sino que la soberbia acompaña a todo pecado. Alguien podría decir Bueno, pero si yo cometo un robo, ¿Qué tiene que ver eso con la soberbia? Otra persona podría decir Pero si yo cometo un acto de lujuria, ¿Qué tiene que ver eso con la soberbia? La respuesta que nos da Santo Tomás de Aquino es: -Cada pecado supone siempre la imposición de tu criterio por encima del criterio de Dios. Si Dios nos ha dicho que no mintamos y nosotros mentimos, nosotros estamos poniendo nuestro criterio, nuestra decisión por encima de la decisión de Dios, por encima del criterio de Dios-. Por eso enseña Santo Tomás que la soberbia acompaña todo pecado y por eso al confesarse, al confesarse, uno como tantos de ustedes, vienen a este lugar a confesarse.

Yo creo que uno debería decir siempre además de los pecados, debería decir -Y soy un gran soberbio- ¿Por qué dice eso? Pues soy un gran soberbio porque he pretendido imponer mi criterio por encima del criterio de Dios. Veamos otro ejemplo, hermanos, de cómo daña la soberbia. La familia, mi segundo ejemplo, requiere de la mejor y más saludable relación entre los padres y los hijos. Porque Dios ha querido en su sabiduría que los seres humanos vengamos a este mundo rodeados no solamente del cariño de los papás, sino también de la guía, de la sabia guía de los papás. Y por eso pertenece al orden natural que los padres guíen con sabiduría y que los hijos se dejen guiar con docilidad. Ese es el plan de Dios. Eso es lo que Dios quiere. No unos papás descuidados, pero tampoco unos papás asfixiantes. No unos hijos atontados, pero tampoco unos hijos rebeldes e ingobernables.

Se necesita un suave y amoroso balance entre las virtudes de los papás y las virtudes de los hijos. Los papás han de tener gran comprensión, pedagogía, sabiduría, caridad, oración y otras virtudes más. Los hijos han de tener gratitud, gratitud, ternura y docilidad, y muchas otras virtudes. Es un equilibrio delicado, un equilibrio que la obra del demonio destruye fácilmente con la soberbia. Entonces, cuando ese papá exasperado por un comportamiento de un hijo, cree que con tres o cuatro gritos o con un golpe brutal va a poner las cosas en orden. Creyendo equivocadamente que con la imposición de su autoridad o de su fuerza de hombre adulto está logrando orden en la casa. Ese hombre, ese papá que se deja llevar por la soberbia, lejos de acercar a los hijos al camino del Señor, está preparando la peor de las rebeldías.

He conocido un par de casos de papás que fueron muy violentos con los hijos, especialmente con los hijos varones. Esos papás que se imponen porque tienen volumen en su voz y saben gritar y creen que porque tienen esa fuerza van a tener controlados a los hijos. Pero yo he conocido ya dos casos de hijos que van creciendo, como es la ley de la vida y en un momento dado, cuando ya se sienten fuertes, también aprenden a gritar y se enfrentan incluso a golpes con los papás. Eso es lo que hace la soberbia. Y hay soberbia también. Soberbia también de los hijos. La soberbia de los hijos. ¿Por dónde empieza? Atención, hermanos, porque aquí hay muchas familias. Yo amo profundamente a niños y jóvenes y me duele mucho ver por donde suele entrar el pecado para los niños y los jóvenes. Empieza por la ingratitud. El hijo que no reconoce el esfuerzo y la generosidad de los papás. La hija que no agradece todos los días porque todos los días ha sido amada. Ese hijo o esa hija ya dejan entrar la soberbia. Y la segunda característica de esa niña ingrata, desagradecida, de ese muchachito, es que cree entonces que se lo merece todo y que los papás están obligados a tratarlo como si él fuera príncipe de no sé qué galaxia.

Y a mí me tienen que dar todo. Y esa es la soberbia, porque la soberbia no conoce edades. Uno puede detectar, como San Agustín, uno puede detectar la obra del pecado incluso en los bebés. Bebés y niños pequeños también tienen pecados. Y muchas veces los pecados de esos niños, nosotros los llamamos. -Es que es un poco caprichoso-, caprichoso no. Caprichoso, es que está entrenando el ego en el gimnasio del orgullo para después no someterse a nadie, empezando por el papá y la mamá. Y entonces qué pasa; que cuando se establece ese conflicto entre los padres y los hijos, se rompe la comunicación entre los padres y los hijos. Y Satanás se soba, se frota las manos y dice: -Ya los tengo listos-, porque ese hijo que no escucha al papá, esa niña que considera que la mamá es. . . -Es que eres muy anticuada, mamá, es que. . . Es que tú no entiendes, no entiendes nada, ni siquiera sabes manejar el celular.

Esa niña soberbia ya está lista para el diablo. ¿Cómo así, Padre? Está lista. ¿Sabes por qué? Porque el hijo. La hija que no quiere aprender de los papás, saldrá a aprender a la calle. Saldrá a aprender donde los amigos; saldrá a aprender donde la novia, donde el novio. Saldrá, a aprender en el celular y el celular no suele ser un buen papá. El celular no te va a enseñar las virtudes que tú necesitas como hijo, como hija. Ahí te das cuenta el daño que causa la soberbia. Una vez que el demonio logra que los papás sean irresponsables o el otro extremo asfixiantes, una vez que el demonio logra que los hijos sean o atontados y sin ningún criterio, o rebeldes e imposibles de gobernar, el demonio se frota las manos y dice -Ya están listos-. Tarde o temprano vendrá ese video en tu celular. Tarde o temprano vendrá esa oferta de marihuana en la calle, tarde o temprano vendrá ese mal consejo de un amigo o de una novia, de un novio y ahí vendrá la caída de esa persona. Esos son los frutos podridos de la soberbia.

Pero también en la vida social sucede esto y lo vemos especialmente en la política. Hermanos, la política y yo en esto no haría excepción de partidos. Me perdonan las preferencias que cada uno tenga, pero la política tal como la conocemos hoy es un ejercicio de arrogancia y de odio y de desprecio. Tanto que en muchas campañas, no solo de este país, sino de otros países, parece que el único interés del candidato es destruir al otro, hablar mal del otro. Por supuesto que hay cosas malas en muchos lugares y en muchos candidatos, pero que toda tu campaña sea eso ¿Saben lo que está produciendo? Está produciendo familias donde hay gente que no se habla, no se habla y hay preguntas que se volvieron prohibidas. Por ejemplo, en este país. Una pregunta que yo sugiero que no la hagan es ¿Usted por quién votó? No hagan esa pregunta porque hay una polarización tan grande y hay una soberbia tan grande, tanto en los que ganaron como en los que perdieron.

Hay tanta soberbia porque el que gana se vuelve triunfalista y quiere decir que todo lo que venía era malo y que todo estaba podrido y que no hubo ninguna idea buena. Y el que perdió, ¿Qué es lo que hace? Pues por supuesto, descalificar al ganador y preparar y sembrar el odio para que venga la revancha, en las calles o en las urnas o como sea. Hermanos, estos ejemplos nos muestran cuáles son los frutos podridos de la soberbia. Y como seguimos la enseñanza de la amiga de Siena, Santa Catalina, pues ya vemos esa oscuridad que hay ahí. Pues ya que vemos esa oscuridad, ahora busquemos la luz. Entonces hagámonos una pregunta ¿Cómo se puede empezar a desechar ese vestido apestoso de la soberbia? ¿Y cómo se puede buscar esa virtud tan amada? La virtud de San Miguel Arcángel, la virtud de la Virgen María, la virtud de Francisco de Asís y del Padre Pío, y debería decir de todos los santos. ¿Cómo se puede empezar a buscar la humildad?

Vamos a dar unos cinco consejos. El primer consejo es: Evite usted las disculpas, las excusas. ¿Qué excusas son típicas? Yo soy de un temperamento fuerte. ¿Y cómo es su temperamento fuerte? No sé. Yo tengo una tendencia. A mí se me cierran los dedos y después de que se me cierran, tengo como, como un gusto en desacomodar quijadas. No sé, es una cosa, pero es mi temperamento. Es un temperamento que yo tengo. Mi temperamento es fuerte, padre, tengo un temperamento fuerte. Deje de buscar excusas en su temperamento. Otras personas se excusan en la edad. -No es que los jóvenes somos así-. Deja de buscar excusas. Algunas personas dicen Padre, es que usted no conoce esta raza. La raza. Nosotros somos un poco altivos, Padre. "Semper Liberi". Nosotros no nos sometemos fácilmente. Y no pretenda usted que me le someta, padre.

Esas son las excusas. Esas y muchas otras. Pero hay una en particular que yo quiero mencionar. Porque es tal vez la excusa más inteligente con la que el enemigo quiere encadenarnos a la soberbia. Y esa excusa es el sufrimiento pasado. Es que yo antes era muy tonta, que yo era muy boba, yo me dejaba de todo el mundo. Ahora no me dejo de nadie porque ya sufrí mucho, porque ya me la hicieron. Y la gente no se da cuenta que así como estuvo mal que te maltrataran a ti, así también está mal que tú ahora te reclutes, te dejes reclutar en el rebaño del gran maltratador que es el enemigo. Entonces, el primer paso para llegar a la humildad es dejar las excusas. Que yo sea hombre, que sea mujer, que sea joven, porque cada uno se enorgullece de algo. Los que somos un poco mayorcitos, un poquito, entonces también sacamos nuestros propios argumentos.

¿No se han encontrado ustedes con esas personas que siempre miran con altivez? Cualquier cosa que le dicen: -Ay, no, ya tengo experiencia, ya tengo experiencia-. Había un padre en mi comunidad, ya murió, que tenía este dicho: "Yo he sido toreado en muchas plazas". Entonces hay la soberbia del anciano que alega su experiencia. Y hay la soberbia del joven que dice nosotros somos la generación nueva, aquí nadie entiende nada, solo nosotros. Con nosotros empieza el universo. Y así la soberbia del hombre, la soberbia de la mujer. Así que lo primero es, deja las excusas que eres hombre, mujer, joven, enfermo, anciano, pobre, rico, que ha sufrido mucho, que has trabajado mucho. Voy a dejar todas las excusas. Ese es el primer paso.

El segundo paso, indudablemente. Y así nos lo enseña nuestra Iglesia Católica. El segundo paso es entrar uno en sí mismo y hacer este ejercicio que le tomó miles de años, literalmente al pueblo elegido, pero que a ti no tiene que tomarte tanto tiempo. Deja de echar la culpa a otros. Empieza a asumir tu responsabilidad. Por eso hay un texto precioso. El Salmo 51, que es el gran salmo del arrepentimiento. Es la persona que entra en sí misma y que reconoce su falta, reconoce su pecado. Es impresionante. Ese salmo se atribuye a David. Es impresionante cuando David dice: "Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces". Entonces lo segundo es asume tu responsabilidad. El relato del Génesis, el que he mencionado antes, el de Génesis, capítulo 3. Muestra muy bien cómo todos buscamos excusas.

Todos, como dicen en España, lanzando balones fuera. Entonces "Dios le pregunta a Adán. . . ¿Fue que comiste del árbol del que te prohibí comer?" Y él buscó a quién echarle la culpa. Vio una mujer que no había mucho de donde escoger, además, vio una mujer. Y entonces dijo: -Ella. Ella fue la culpable-. Y Dios le pregunta a la mujer: "¿Qué fue lo que hiciste?" Y la mujer dijo: -Y ahora qué hago, ¿Adán? No, no se puede. Entonces. . . La serpiente-. Deja de echarle la culpa a otros. -Padre, Pero es que mi vida ha sido muy difícil. Mi papá nos abandonó-. Si, tu papá le dará cuentas a Dios de lo que tu papá hizo. Tú le darás cuentas a Dios de lo que tú has hecho. Cada uno de nosotros tiene que dar cuentas a Dios, cada uno. ¿Y qué nos enseña Jesucristo? "Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá". Si usted tiene, por ejemplo, un hogar feliz, me alegro. Eso desearía yo para todos. Un hogar feliz, un papito amoroso, tierno, sabio, Un poco gordo, sí, pero. . . Una mamá dedicada, hermosa, presente.

Si usted tiene todo eso, Usted ha recibido mucho. O sea que a usted, sumercé lindo o sumercé linda, a usted se le va a pedir mucho porque usted ha recibido algo que han recibido pocos. Tener hoy en día un hogar estable como raíz y como fundamento. Ese es un lujo. Entonces, segundo paso en la humildad. Deje de estar buscando responsables. A mí me dieron poquito, sí, pero con lo poquito usted va a obrar. Yo creo que todos los sacerdotes tenemos tantas historias que contar de gente admirable, gente que ha tenido unas luchas espantosas, espantosas. Me acuerdo el caso de una muchacha. Resulta que la mamá fue violada por un habitante de calle que nunca respondió. Por supuesto, la mamá se llenó de odio por ese embarazo y pensó muchas en abortar. Finalmente no abortó. Pero siempre miro a esa niña como un estorbo.

Imagínese lo que es empezar la vida así. Esa muchacha llena de traumas y de otros problemas que no voy a contar aquí. Ha pensado muchas veces en suicidarse. Pero yo he escuchado el testimonio de ella. Dice esta chica: "Hay mucho dolor. Pero Cristo camina con nuestro dolor. Hay mucho dolor, pero Cristo vence". Que esa frase la diga una chica que ha estado con una familia hermosa y amorosa, muy valiosa, pero que esa muchacha que ya les conté que origen ha tenido. Que esa muchacha tome un micrófono delante de la gente y diga: -Es Cristo quien vence.- Imagínate el mérito que eso tiene. Entonces vamos a dejar de echar culpas. Voy a asumir mi responsabilidad y asumir mi responsabilidad significa una palabra que aparece en la segunda lectura de hoy. Y esa palabra es, somos deudores. Cuando uno se llena de soberbia, uno cree que la vida le debe. Todas me deben. Todos. Todos me deben. Todos deberían quererme, aplaudirme, complacerme, todos. Eso es lo propio del soberbio.

El humilde, en cambio, va haciendo un descubrimiento muy distinto. Yo estoy en deuda. A esta muchacha que les cuento que es una historia que he conocido bastante bien. Se le murió la mamá. Además de todo, después de un larguísimo cáncer, se murió la mamá. Esa mamá que durante mucho tiempo le dio migajas, migajas de amor porque no le dio más. Esa mamá que le despreció todas las decisiones que ella tomaba. Pero era la mamá y se le murió. Y oír a esta mujer dándole gracias a Dios por su mamá. Y diciendo: "Me arrepiento del amor que yo, no le di a ella". Ese es el camino de la humildad. Uno tiene que reconocerse deudor. Deje de estar diciendo todo el mundo me debe. Se acuerda lo que comentamos de los muchachos que van así por la vida, como diciendo Mi papá me debe. Mi mamá me debe. El mundo me debe. El gobierno me debe. La Iglesia me debe.

El humilde toma otro camino. Yo estoy en deuda. Estoy en deuda con cada persona que me ha enseñado. Estoy en deuda con cada persona que me ha corregido. Estoy en deuda con cada persona que me ha escuchado, que me ha comprendido, que me ha aconsejado. Estoy en deuda. Decía San Vicente Ferrer que yo digo y es posible que así sea. Es un tatara tatara tatara tío mío. Decía San Vicente Ferrer que la única manera de permanecer en la vida religiosa es sentir que uno no merece nada y que todo se lo han regalado. El día que una religiosa empieza a sentirse con derechos, ese día se trastorna y se enferma su vocación. La verdad es que lo que decía San Vicente, lo que decía San Vicente era -Tú tienes que sentirte como un habitante de calle, que lo hubieran recogido-. Yo leí eso hace muchos años. No había recibido la ordenación sacerdotal. Me impactó tanto y me hizo tanto bien. Y trato de vivir esa espiritualidad.

Estoy en deuda. Entonces vamos con los pasos de la humildad. Lo primero, ¿Cuál era lo primero? Era muy. Fuerte. Volvamos a empezar la homilía. Las excusas. Dejar las excusas. Eso no falla. Uno dice. Voy a volver a empezar la homilía. Les vuelve la memoria. Primero deje las excusas. Segundo, asuma su responsabilidad. La suya, no la de otro. Es que un novio que yo tuve. Con respecto a su novio. Pues debe saber que murió en un accidente. Entonces pregunta la chica. ¿Fue accidente de verdad? Entonces. No. No eche culpas. Asuma su responsabilidad. Eso es lo segundo. Tercero, para buscar la humildad. La gratitud. La palabra que le puede traer mayor salud mental y espiritual a tu vida es la gratitud. Entonces veo a mi derecha, por ejemplo, aquí. Un par de jovencitas. Mucho gusto.

Les voy a proponer a este par de niñas. Cuenten cuántas veces al día ustedes dicen la palabra gracias tanto a los seres humanos como a los santos de Dios como a Dios mismo. ¿Por qué es muy importante decir la palabra gracias? Por dos razones principales. Primera, porque decir la palabra gracias abre tu corazón y tus ojos a la bondad. Y segundo, por lo que hemos dicho, el que dice la palabra gracias está reconociendo su deuda y el que reconoce que está en deuda ya venció la soberbia. Entonces lo segundo es asume tu responsabilidad. Lo tercero es di muchas veces la palabra gracias. No se les olvide que el lugar donde se aprenden o se desaprenden las cosas es la familia. Esposos, digan muchas veces la palabra gracias a su esposa. En todo, en todo. También cuando se amen. Y ustedes me están entendiendo. Cuando se amen, díganse la palabra gracias, porque esa persona que te está amando y que se está entregando a ti, te está dando el máximo regalo que podía dar. Si tú agradeces un plato de comida, si tú agradeces un dinero que te hacía falta, agradécele a ese hombre o a esa mujer que se entrega a ti con tanto amor.

Digan muchas veces la palabra gracias por lo pequeño y por lo grande. La palabra gracias libera. Además, te cuento una cosa cuando tú no dices la palabra gracias al papá, a la mamá, al amigo, a tu empleado, al señor que te abre la puerta, a la señora que te ayuda con el café. Cuando tú no le dices gracias, ¿Sabes lo que le estás diciendo? ¿Qué mensaje le estás enviando a esa persona? Usted tenía que hacer esto. La estás tratando como una máquina, como un robot. Te estás poniendo por encima el deber, y el deber existe. Pero pasó una cosa simpática hace unos años. Llegué yo en taxi a mi convento. Entonces, bueno, pagaba lo respectivo del viaje y le dije al señor taxista porque yo trato de practicar esto, le dije: -Le agradezco mucho-. El hombre se voltea como para recordar mi rostro, se voltea y me dice: -Padre, ¿Sabe qué? Le agradezco mucho yo a usted- Yo al principio no entendí por qué; me dice: -Le agradezco que me diga gracias, porque la gente cree que con darle a uno unos billetes ya quedó todo saldado.

Y mire lo que me dice este taxista, que uno aprende de todo el mundo, me dice el taxista: -Yo quisiera saber si ellos se pueden montar en un billete para que lo lleve a donde necesitan-. El billete no te llevó, te llevó un ser humano, un ser humano que trabaja, que se cansa, que se esfuerza. O sea, no pienses que porque estás pagando quedaste exento de decir gracias. Crecer en la gratitud ayuda extraordinariamente. Cuarto, Hay que reconocer las propias necesidades. ¿Cuáles son las propias necesidades? No lo sé todo, no lo tengo todo, no lo puedo todo. Yo necesito. El soberbio. El soberbio, cree que puede defenderse él solo. Y aquí tengo que recordar con ustedes un episodio muy triste de la historia de la humanidad. Se trata de la muerte de uno de los peores tiranos que conoció el siglo XX, el señor José Stalin. Stalin no era el apellido de él. El apellido de él era un apellido georgiano que yo no sé pronunciar y no me acuerdo.

Pero Stalin era el apodo y la palabra Stalin es parecida al inglés still, que es acero. Stalin quiere decir el de acero. Y él se consideraba así un hombre duro, un hombre implacable, un hombre cruel y un hombre que en su soberbia creía que él podía disponer de todo el mundo. Por ejemplo, usted. Le veo cara de traidor. Usted se muere. Así, esta población me parece que tiene que irse para este otro lugar. Y él movía millones de personas como si fueran peones de un tablero de ajedrez. Él disponía de todos. Mantenía un régimen de terror. Que paralizaba a la gente. Porque es incontable el número de personas a las que él mandó a la muerte por una sospecha. Y muchas veces la sospecha era simplemente un presentimiento suyo. José Stalin.

José Stalin. Como era tan soberbio, él no necesitaba de nadie. Él usaba a todos, pero no necesitaba de nadie. A José Stalin una mañana le dio un derrame cerebral espantoso. Trató de levantarse y no pudo. Cayó al suelo. Como pasa muchas veces en trastornos cerebrales, se produjo una reacción de vómito. Él estaba solo en su habitación. Quedó acostado sobre su vómito, pero nadie llegó a auxiliarlo. ¿Por qué? Porque todos le tenían miedo. Pasaban las horas y nadie entraba. Nadie llegaba a ese lugar. Porque llegar donde Stalin, sin que él te hubiera llamado podía significar que tú eras sospechoso de algo. Y cuando una persona es paranoica, puede considerar sospechoso cualquier cosa, hasta tu manera de tocar la puerta. Finalmente, después de muchas horas, muchas horas, algunos se atrevieron a entrar. Lo encontraron en su última agonía o ya muerto.

Ese fue el final de ese hombre que no necesitaba de nadie. Hermanos, todos necesitamos. Todos necesitamos. Y aprender que todos necesitamos nos pone en la ruta de la humildad. Necesitamos consejo, necesitamos oración. Necesitamos desde lo más sencillo. Yo acompaño en Bogotá una comunidad laical que se llama Familia Espiritual. Tenemos convivencias con alguna frecuencia. Y en las convivencias cuando se da gracias por los alimentos salen cosas muy lindas. Desde hace años me encanta que la gran mayoría cuando dan gracias por los alimentos, dan gracias por los campos, dan gracias por los campesinos.

Los alimentos no se producen solos. No se producen solos. El ganado no se empaca solo para llegar a tu supermercado y que tú hagas tu asado que te fascina. Hay seres humanos que trabajan y que hacen posible eso y tú y yo necesitamos del campesino y necesitamos del comerciante. Y necesitamos del transportista. Y necesitamos del médico y del científico y del ingeniero. Y necesitamos. Nos necesitamos mutuamente. Eso en el plano puramente natural. Pero también necesitamos de buenos educadores y necesitamos de buenos políticos. Y necesitamos de buenos sacerdotes, buenos, muy buenos sacerdotes. Necesitamos. Necesitamos gente que se queme por Cristo, que se consuma de amor por Él. Entonces el cuarto paso es reconócete necesitado. Y cuando tú te reconoces necesitado, entonces la autosuficiencia, la altivez, la arrogancia van quedando superadas. Eso ayuda extraordinariamente en el camino de la humildad.

Y una última recomendación. Nos enseña el gran Ignacio de Loyola, San Ignacio, el fundador de los jesuitas, nos enseña que tenemos que revisarnos. Es decir, este proceso que te he dicho hazlo en bucle una y otra vez. No lo hagas una sola vez. Hay personas que vienen y hacen una buena confesión. Te felicito y doy gloria a Dios, pero que eso no te baste, no te baste eso. San Ignacio decía que uno tenía que examinar su conciencia por lo menos una vez. Creo que él recomendaba más, dos veces al día hacer una pausa. Examina tu conciencia. Cuando he compartido mi testimonio vocacional, siempre cuento que fue la Santísima Virgen María la que me sacó del borde del ateísmo al que yo había llegado, no por culpa de la ciencia, sino por culpa de mi adoración a la ciencia. El error fue mío, el pecado fue mío.

Pero la Virgen María, por un camino que no voy a resumir ahora, me sacó de eso. Ella fue muy piadosa conmigo. Ella fue increíblemente compasiva conmigo y me llevó a la capilla de la Universidad Nacional muchas veces y me llevó al silencio y me llevó al Sagrario. Y en el Sagrario yo empecé a practicar sin saber lo que dice San Agustín, no; San Ignacio, y a revisar mi vida y a ver mi vida. Y hubo un día en que, como si Cristo en mí mismo me hablara directamente, descubrí y entendí que yo vivía solamente para mí mismo, y que yo vivía en un egoísmo espantoso, porque yo vivía únicamente pensando en qué voy a hacer con mi carrera, con mi vida, con mis éxitos, conmigo, yo, yo y yo. El examen de conciencia. Ese momento de pausa. Ese momento de reflexión. Ese momento de soledad que cada uno tiene que hacer.

Por favor, no caigan en la tentación de hacerle el examen de conciencia al esposo, porque hay gente que es muy buena para eso. Amor, siéntate que te voy a hacer tu examen de conciencia. No. Cada uno tiene que hacer su examen de conciencia. Esto funciona en bucle. Revísate una vez y otra vez y otra vez. Eso ayuda. Ayuda mucho a la humildad. Terminemos esta reflexión, hermanos. Hablando sobre los frutos que trae la humildad. porque hemos visto el daño de la falta de humildad, que es la soberbia ¿No? Hemos visto cómo se acerca uno a la humildad a través de esos cinco pasos. Y el último significa sigue, sigue siempre revisándote. Catalina de Siena llamaba Eso permanece en tu celda interior, no importa dónde estés, qué tan ocupado estés, qué tanto trabajo tengas.

No importa si hay partido de Colombia, mantente. Mantente ahí. Ahora miremos frutos de la humildad. El primero que tengo que mencionar, porque está aquí en el Evangelio, es el descanso. Te vuelvo a leer esa parte: "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso". En la humildad encontrarás tu descanso, porque nada te fatiga tanto como tu soberbia, ¿Por qué la soberbia fatiga tanto? Porque la soberbia es una expectativa imposible e insaciable. Porque el soberbio todo el tiempo está esperando que afuera alguien le dé lo que cree que se merece.

Entonces usted tiene que querer, usted tiene que aplaudirme, usted tiene que obedecerme, usted tiene que complacerme y eso la gente se lo aplica, se lo aplican al novio, a la novia, a los hijos, al papá, a la mamá y eso es lo que te cansa, lo que te cansa no es el prójimo, lo que te cansa es tu expectativa interior, de que el prójimo sea como tú lo tienes pensado. Y mucha gente, si pudiera hablar, diría -pero usted ¿Por qué no es como yo quiero que sea? Es que usted tendría que ser de otra manera. ¿Por qué no es; por qué no es? A ver, explíqueme ¿Por qué no es? Y eso fatiga. Y eso cansa. Cuando llega la humildad, tú empiezas a aceptar a las personas.

Aceptarlas no significa que no las ayudes. Aceptarlas es el primer paso para ayudarles, así como Cristo. Y por eso me encanta ese pensamiento que dice: -Cristo me acepta como soy, pero no me deja donde estoy-. Cristo me acepta como soy, soy un drogadicto, soy un vicioso, tengo una orientación sexual torcida, soy adúltero, soy mentiroso, soy muy malhablado, soy iracundo, Cristo me acepta con mi orientación sexual, con mi vicio, con lo que yo tenga. Cristo me acepta como soy, ¡¡Pero no me deja donde estoy!! Cristo no me acepta para aprobar mi pecado. Y así como Cristo hace conmigo, eso tengo que hacer yo con mi prójimo, y eso es lo que trae el descanso. Entonces uno empieza a aceptar a las personas y uno empieza a aceptar que las personas tienen pecado y son miseria porque están hechas del mismo barro que uno, y entonces uno deja de escandalizarse.

No todos tenemos los mismos pecados. Hay personas que uno dice pero, ¿Ese por qué es así? Pues ese tiene ese problema. Pero tú ¿Cuál tienes? Entonces ahí es donde viene un fruto precioso de la humildad, que es el descanso, porque dejas de pujar. No puedo darte otro nombre, dejas de pujar para que las personas sean como son, sean como tú quieres que sean, dejas de pujar y cuando dejas de pujar, empiezas es a descansar. Y empiezas a aceptar. Este es mi país. Esta es mi familia. Este es mi cuerpo. Este es mi cuerpo. Es que la primera aceptación también es esa. Soy varón. Yo acepto mi cuerpo de hombre. Soy mujer, acepto mi cuerpo de mujer. De ahí el peligro tan grande, siempre unido a la soberbia de aquellos que pretenden que tú no te sientas mujer y entonces te quieren poner otro lenguaje.

Yo tuve ocasión de tratar a una chica que estuvo mucho tiempo en el lesbianismo, mucho, mucho tiempo con parejas y con todo y ella de una manera libre y sin nunca ocultarle lo que enseña la Iglesia, pues tuvo oportunidad de empezar a mirar las cosas de otro modo. Hace unos años me dijo. Yo no sé qué vida llevaré, pero hay una cosa que tengo clara. El camino no es que yo sea pareja de otra mujer. Yo le di muchísimas gracias a Dios cuando ya escuché esas palabras. Otro tiempo después llegó a mi convento con un regalo. Eso lo he contado varias veces. Era el día del Padre y me dijo: -Yo nunca le he dado ningún regalo a ningún varón, porque yo he vivido traumatizada con los hombres. Porque todos son iguales, porque no quieren, sin usarnos a las mujeres-. Entonces me dio un regalo y me dijo que yo era como su papá. Un papá que no hizo sino abandonarlas a ella y a su hermana y a otros.

Pero lo más hermoso que me ha sucedido con esta dama es cuando hace no mucho, unos meses, me dice la misma persona, me dice: ¿Sabes lo que he descubierto? Me dice -He descubierto que me gusta ser femenina-. Yo casi lloro de alegría. "Me gusta ser mujer, me gusta ser femenina. He redescubierto mi ser de mujer". Ese es el descanso. Cuando todo el tiempo te dicen aplasta tu feminidad, aplasta tu belleza, vuélvete fea. Sabiendo que a muchas no les cuesta. Cuando les. Está bien. Se me chispoteó. Sigamos. Sigamos. Entonces cuando. Cuando te dicen vuélvete fea. Tienes que ser dura. Tienes que ser. Y la persona aplasta, aplasta su ser. Empieza por aceptarte. Empieza por aceptarte. Empieza por aceptar este país que no es perfecto, no es perfecto. Pero hay tanto que agradecer. Hay tanto tan bello en este lugar. Acepta. Este es el descanso del que nos habla Cristo.

Y el otro, fruto de la humildad, con el que creo que podemos concluir, es que la humildad te permite escuchar, sobre todo escuchar al Señor. Escuchar al Señor. Mira esto, el soberbio no oye. El Papa Francisco tenía unas enseñanzas tan como tan existenciales, tan concretas. Él decía. que muchas personas no son capaces de dialogar porque cuando parece que están escuchando al otro, solo están esperando a que tome aire para empezar a hablar. No escuchamos, no escuchamos a los demás. Escuchar al otro. Uno de los elogios más extraños que hayan hecho de algún santo se lo hicieron a Santo Tomás de Aquino. Él fue un profesor universitario. Básicamente eso fue lo que él vivió toda su vida. Ya en la Universidad de París viajó también a otros sitios y en la Universidad de París había unos ejercicios académicos que se llamaban las cuestiones disputadas, donde había discusiones de teología.

Santo Tomás era tan bueno para escuchar que cuando él oía el argumento de su oponente, Lo oía completo y después de que terminaba el otro le decía Santo Tomás, yo entiendo que lo que tú dices es esto, esto, esto y esto, y más de una vez los mismos oponentes decían usted lo ha expresado mejor que yo. Entonces, ¿Qué es escuchar? Escuchar no es simplemente quedarse callado haciendo ojos, porque hay gente que se calla, pero luego los ojos le siguen hablando. Escuchar es recibir de tal manera las palabras y el ser del otro que cuando tú le digas -Yo estoy entendiendo esto-, como lo decía Santo Tomás, esa otra persona pueda decir me has entendido perfectamente, lo has dicho mejor que yo. Eso es escuchar. Y eso lo da la humildad, porque la humildad hace que tu ego se vuelva tan pequeño, pero tan pequeño, tan pequeño, que te queda un espacio muy grande para recibir a tu prójimo.

En cambio, el soberbio tiene ese ego inflamado y no le cabe nadie. No tiene espacio para entender a nadie. Pero lo más hermoso, ya es hermoso escuchar al prójimo, pero lo más hermoso es escuchar al Señor. Y por eso dijo Jesús -Gracias, Padre. Tú le revelas estas cosas a la gente sencilla, la gente que tiene espacio en el corazón-. Hermanos, ustedes y yo estamos a partir de hoy en la escuela de la Humildad. Vamos a aprender, vamos a aprender de Cristo. Nosotros lo llamamos el Divino Maestro, y es así. Nosotros vamos a aprender de Cristo, vamos a aprender de Él. Vamos a recibir sus enseñanzas. Tengan la bondad de ponerse de pie. Repitan después de mí. Las personas que deseen. Los que no deseen repetir. Pregúntense por qué son tan rebeldes.

Entonces repitan después de mí: Señor Jesucristo. Te reconozco y confieso, como mi Señor y Salvador. Gracias Jesús, porque tu carne fue y es real. Porque tu sangre fue y es real. Porque tu Pascua fue y es real. Mírame con misericordia, y recíbeme en la escuela de la humildad. Mírame con misericordia, y recíbeme en la escuela de la humildad. Estoy cansado y agobiado. Alíviame Jesús. Estoy cansado y agobiado, sobre todo de mí mismo. Alíviame. Jesús. Estoy cansado y agobiado, de las mentiras del demonio. Alíviame Jesús. Jesús en ti confío. Jesús en ti confío. Jesús en ti confío.

Amén.

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