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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Aquel que descubre sus necesidades y también sus límites, pero no cae en desesperación ni traiciona sus anhelos más profundos, está listo para recibir la gracia del Evangelio.
Homilía ao14011a, predicada en 20200705, con 25 min. y 3 seg. 
Transcripción:
Mis queridos hermanos, nuestro Señor Jesucristo nos enseñó primero, con su vida y después también con sus palabras. Esto se cumple incluso si miramos la secuencia en el tiempo. No empezó primero a predicar, llevó una vida de sencillez, de humildad, de obediencia y de trabajo hasta cerca de los treinta años de edad. A esa edad, cuando empieza la predicación de Juan el Bautista, el Señor Jesús discierne en su corazón el momento de su propia misión. Y según nos dice uno de los Evangelios, cuando apresaron a Juan Bautista, entonces Cristo dio el paso a la predicación pública primero, pues vivió y después habló. Así tiene que ser también nuestra vida cristiana, notándose primero en nuestro comportamiento, en nuestras decisiones, en nuestra manera de emplear el tiempo, en las acciones que tomamos. Ahí tiene que leerse el Evangelio. Y después que se vea también en las palabras que expresamos. Cristo, el Señor, desde esa vida de humildad, escuchó la voz del Padre, pero también escuchó el dolor, conoció el dolor de aquellos que son marginados, omitidos, olvidados. Cristo, creciendo en la pequeña población de Nazaret, conoció lo que es ese pueblo sencillo, con sus muchos dolores, con sus preocupaciones, con sus enfermedades, con sus ignorancias y defectos. Y de alguna manera el servicio de Cristo se dirige en primer lugar a esas personas, a esos que Él conocía muy bien, a aquellos que el mundo ignora, pero que Cristo conoce bien. Y por eso la predicación de Cristo no empezó en las grandes plazas, no fue un despliegue de fama, fue un servicio humilde en las periferias, donde estaban los más olvidados. Y Cristo encontró que en aquella gente que en los más olvidados que en los más pequeños, que en aquellos a los que todo el mundo rechaza con mucha frecuencia, hay oídos. Por otra parte, bien se dio cuenta que otros que tenían una mejor posición social, una mejor situación económica, una mejor capacidad intelectual o mayores oportunidades de aprender. Esos que habían recibido más, eran los que estaban menos dispuestos para acoger el Evangelio. Y ese contraste entre aquellos que sí reciben la palabra y aquellos que son resistentes o que incluso se oponen a ella, ese contraste es lo primero que aparece en el Evangelio de hoy. Preguntémonos entonces ¿por qué sucede así? y preguntémonos ¿Qué podemos aprender de esto que Jesús nos enseña con su vida y con sus palabras? ¿Qué podemos aprender? Pero antes, ¿por qué sucede así? Si nos damos cuenta, la persona que tiene necesidad; cualquiera que sea: necesidad porque está enfermo, necesidad porque se sabe en pecado, necesidad porque se siente solo, la persona que se siente en necesidad. En primer lugar, intenta resolver su situación con sus fuerzas. Pero qué pasa cuando mis fuerzas, cuando mis conocimientos, cuando mis riquezas, cuando mis talentos, cuando mis amigos no son suficientes, entonces descubro una palabra que viene a ser muy importante, dentro del Nuevo Testamento, y particularmente en los Evangelios, descubro mi propia impotencia, descubro mi límite. Y la persona que descubre su límite y que a la vez conoce su necesidad; esa es la persona que está dispuesta a escuchar. O sea que la capacidad de escuchar viene de la mezcla entre conocer uno una necesidad y experimentarla, vivirla, sufrirla, conocer la necesidad y conocer el límite. Si conoces la necesidad pero no conoces tu límite, pues realmente no buscas ayuda afuera. Porque el Evangelio es una ayuda que viene de fuera, de fuera quiere decir de más allá de la humanidad, incluso de más allá de la creación, porque Dios es el Creador. Él no es creación. Entonces recibir el Evangelio es recibir algo de fuera, recibir de fuera y recibir en todo el sentido de la palabra. Porque si, por ejemplo, yo quiero tener un buen equipo de sonido, quiero tener un buen parlante, o quiero tener un buen equipo, o quiero tener una buena torre o una buena barra de sonido, ahora hay muchas posibilidades. Quiero la mejor barra de sonido que tiene el mercado. Y esa barra de sonido, dinero colombiano vale millones de pesos, y yo quiero la mejor; eso es lo que yo quiero, ni siquiera es una necesidad, es un deseo que yo tengo. Y resulta que en mis bolsillos hay millones y millones y millones de pesos. Entonces yo no tengo que ir a nadie para conseguir mi barra. O mejor dicho, solo tengo que ir al almacén o a la página de internet, hacer la transacción correspondiente y recibir mi barra de sonido. Esa tremenda barra que tiene múltiples parlantes es toda una maravilla. Yo resolví mi problema yo solo. Ahí es donde está el punto. Yo tenía una necesidad o deseo, pero yo tenía como resolverlo porque , lo podía resolver: hombre, porque resulta que tengo millones y millones y millones de pesos. Yo lo podía resolver. Pero, ¿qué pasa cuando esa misma persona tiene, por ejemplo, una necesidad de salud física, por ejemplo, una enfermedad desconocida o una enfermedad conocida pero de difícil tratamiento? ¿Qué le pasa a esa persona que experimenta necesidad? Pero ahora se da cuenta que sus montañas de dinero no tienen manera de resolver eso. Entonces la persona está experimentando, por una parte, su necesidad o deseo, pero por otra parte, está experimentando su límite. Claro que cuando uno experimenta su límite o un primer límite, uno trata de salir por otro lado. Bueno, tal vez puedo hacer un préstamo en el banco, tal vez puedo hablar con un amigo, tal vez puedo hacer esto o esto otro. Pero cuando se te acaban los recursos, cuando sientes que ya no hay otra puerta a donde tocar, cuando sientes que lo que tú tienes y las personas que a ti te ayudan o te quisieran ayudar tampoco pueden hacer nada. Eso es lo que se llama límite. Ese es el verdadero límite. Y cuando una persona tiene una verdadera necesidad o un anhelo profundo, un deseo intenso, profundo, válido, auténtico. Cuando esta persona tiene esa necesidad, pero resulta que experimenta su límite y no hay manera. Eso no lo puedo resolver ni con mi inteligencia, ni con mis conocimientos, ni con mis amigos, ni con mi dinero, ni con mi nada. No puedo, no puedo. -Has experimentado tu límite- A veces ese límite nos llega de una manera inesperada: Un problema que no sé, resolver, tal vez tengo mucha inteligencia, repito, y muchos conocimientos y una situación económica cómoda, y sin embargo, no sé cómo recuperar a mi hijo, soy un extraño para mi hijo, no sé cómo salvar mi matrimonio, no sé cómo sacar de su depresión a mi madre, no sé, no encuentro manera. Estoy experimentando mi límite. Entonces, fíjate cómo todo esto es muy humano, muy, muy humano. Porque Dios, el Dios hecho hombre, sabe bien de qué barro estamos hechos. Entonces, por qué las personas necesitadas, las personas humildes, los humildes y sencillos, ¿Por qué suelen ser los que se abren primero a la gracia del Evangelio? Por qué la persona que tiene menos, es una persona que se estrella con más frecuencia y más pronto con sus límites. Tú piénsalo en términos de un terreno, imagínate que tuvieras un terreno, tienes un terreno, es tu terreno, pero tu terreno son dos metros cuadrados; si tienes dos metros cuadrados de tierra con dos metros cuadrados, vas a dar un paso y ya estás en el límite. Entonces, para llegar al Evangelio uno necesita dos cosas: conocer la necesidad, conocerla en el sentido bíblico, en el sentido profundo. No es simplemente un problema teórico. -¿Qué haría yo si no?, es una necesidad real. . ., siento que estoy perdiendo mi matrimonio, siento que mi salud es un desastre, tengo un problema de insomnio, ya no sé qué hacer, estoy en una situación de depresión. Claro, uno usualmente busca soluciones y es válido buscarlas; es válido. Yo no estoy diciendo que la persona enferma no deba buscar al médico. Que una persona que siente depresión vaya al psicólogo me parece perfectamente natural. Todos necesitamos ayuda. Pero yo me estoy refiriendo al límite. Y el límite es cuando tú empiezas a sentir que ni eso ni eso te responde. Como le toca a uno de sacerdote, muchas veces ver, uno ve como sacerdote muchas veces; que hay personas que han intentado todo. -No sé qué hacer, no sé cómo mejorar la relación con mi mamá, no sé cómo encontrar un poco de paz en mi corazón. No sé cómo quitarme esta sensación de culpa-. Yo como sacerdote se lo puedo decir, la cantidad de gente, la cantidad de mujeres que me he encontrado: -No sé qué hacer con mi sentimiento de culpa. ¿Qué le pasa? ¿Por qué dice eso? Porque aborté, no sé qué hacer con esto-. Ya pueden decirme todas las feministas del mundo que era mi derecho, que era mi cuerpo; sé que maté a una persona, sé que lo maté, no sé cómo quitarme esto. ¿Ha recibido usted algo de ayuda psicológica? Sí, pero vuelvo a lo mismo. En fin, cada uno de nosotros por un camino que no tiene que repetir, el de nadie; suele experimentar eso. El verbo soler no es el mejor verbo ahí. Cada uno de nosotros o muchos de nosotros, por lo menos, hemos llegado a esas experiencias. Esa experiencia de no sé qué hacer, no tengo nadie más a dónde ir, he intentado muchas cosas, me han ayudado los que han querido y podido. Entonces uno llega de corazón, ojo con esto, uno llega de corazón al Evangelio. Porque como han enseñado algunos predicadores, entre los cuales recuerdo especialmente al laico español Kiko Argüello, cofundador del Camino Neocatecumenal, como han comentado muchos predicadores. Existe una especie de religiosidad natural. . ., a veces hay una religiosidad por costumbre. Hay personas que son católicas porque nacieron en un hogar católico, porque les enviaron a un colegio católico, porque allá todo el mundo hacía la primera comunión y esa fue mi vida, y entonces aquí soy católico y supongo que después me casaré por la Iglesia, porque en mi familia pues todo el mundo se casa por la Iglesia. Esa religión que es como una especie de inercia de un pasado mejor, esa religión no tiene mucho futuro, eso termina acabándose, eso termina decayendo. Pero, pero esa misma persona que era apenas un católico por costumbre, le puede suceder, le puede suceder que haga el gran descubrimiento, ese podría ser el título de esta homilía, -El gran descubrimiento- y el gran descubrimiento es descubrir tu necesidad profunda. Necesidad profunda, es una cosa de vida o muerte, una cosa que tú sientes que es esencial en ti. Por una enfermedad, repito, por una depresión, por una quiebra, por algo que es muy, muy importante para ti, pero mucho. Tienes una tremenda necesidad y al mismo tiempo experimentas un tremendo límite. Claro que, aquí hay que hacer una anotación importante, que la he hecho varias veces en otros contextos: Cuando uno experimenta la necesidad y el límite, uno puede también tomar otros caminos. Tristemente, hay personas que toman el camino de la desesperación, incluso hasta el suicidio. Es impresionante conocer el caso de personas que se han suicidado y sus palabras llenas de derrota y de tristeza y llenas de desesperación. Uno podría tomar, Dios nos libre, hay personas que toman el camino de la desesperación. . . -Busqué paz, busqué alegría, no las encontré, me voy de esta tierra- ¡ay Dios nos libre, Dios nos libre! Esa persona descubrió la necesidad y el límite. Descubrió las dos cosas, pero ¿qué hizo con ellas? Desesperarse. Otras personas toman otro camino que es el camino de la traición a sí mismos. Por ejemplo: -yo quisiera una vida bella, una vida de servicio, no sé, me siento insatisfecho existencialmente, me siento mal, siento que mi vida es tan egoísta que yo vivo solo para mí mismo, yo quisiera una vida realmente con propósito, una vida; bueno, pero como que eso no se puede, entonces yo sigo así-. La persona está traicionando ese llamado profundo de su corazón. Entonces vamos poniéndole orden a estas palabras. Estamos hablando del gran descubrimiento. El gran descubrimiento significa cómo llega uno al Evangelio y estamos diciendo que uno llega de corazón, por favor, poner ahí -de corazón-, uno llega de corazón al Evangelio cuando uno descubre una necesidad profunda, existencial, vital y al mismo tiempo experimenta un límite, un límite irrompible, un límite insuperable. Yo sé que los libros de autosuperación siempre dicen: -atrévete, tú puedes, esfuérzate otro poco-. Dile eso a la persona que ha intentado todo y que solo siente ese lenguaje como un insulto más. Entonces, sigamos. El gran descubrimiento es, cómo se llega al Evangelio. Uno llega al Evangelio porque uno descubre una necesidad profunda, vital, una o más necesidades profundas, vitales, existenciales y uno descubre límites, límites insuperables. No es un asunto de que no ha intentado. Sí lo ha intentado. Y cuando uno descubre esas dos cosas, entonces tiene tres posibilidades. Una posibilidad, Dios nos libre, se llama desesperación. Otra posibilidad se llama traición. Tú traicionas lo mejor de tu corazón y simplemente sigues viviendo, como dicen, vegetando. Hay esas dos posibilidades que son desastrosas. Pero hay una tercera posibilidad. Has oído hablar de Jesús, sabes que Jesús es verdad. La palabra de la Iglesia, la palabra de aquellos que dan testimonio del Señor ha llegado a tu vida. Y entonces tú, tú, desde lo profundo de tu necesidad, te abres al amor de Cristo y le dices: -No te merezco, pero te necesito, no te merezco, porque yo soy un pecador, porque he obrado mal-. Por eso en la Misa decimos: -pensamiento, palabra, obra u omisión. He obrado mal, yo me he equivocado, pero te necesito, Jesús, y quiero recibirte en mi alma-. Esa oración es muy fuerte. Esa oración sincera y repetida no deja de ser escuchada por Dios mismo. Esa oración es la que hace que el Evangelio llegue de corazón a tu vida, no simplemente porque es tradición de tu familia, porque tú estudiaste con padres o con monjas, no, para que el Evangelio sea una realidad en tu vida. Entonces, ¿qué es lo que nos dice Jesús? Que cuando la gente siente que tiene mucho, mucho de dinero, mucho de salud, mucho de juventud, mucho de belleza, mucho de astucia, mucho de conocimientos, el que tiene mucho a veces tarda demasiado en descubrir sus límites. Por eso los que van primero suelen ser los excluidos, los pecadores, los necesitados. Alguien podría decir bueno, pero ¿y qué culpa tiene, por ejemplo, el que ha nacido en una familia más acomodada, más rica? Tiene entonces ¿Culpa?, ¿está usted demonizando el dinero del padre? -No, yo no estoy demonizando nada-. Simplemente que esa persona, si pone su esperanza en su solo dinero, tardará bastante tiempo hasta que se estrelle. Porque por ese camino en el fondo entramos todos, por ese camino, por el camino de reconocer nuestros límites. Algunas de esas entre comillas estrelladas, que estrellarse es llegar con fuerza al límite y ver que no hay nada más. Algunas de esas estrelladas pueden ser muy duras, otras son más suaves. A mí me llamó la atención, como a tantas personas, aquella historia del tiempo en que estuvo enferma Santa Teresa del Niño Jesús. Fue, yo creo, lo creen muchos, una especie de enfermedad psicosomática de ella, una situación que ella vivió por verse en una gran soledad, sin mamá y sin su amiga y hermana que se había ido al convento, y entra Teresita del Niño Jesús, entra en una depresión en su casa y en una situación muy complicada. Era una adolescente y ella conoció su límite ahí. El problema de ella no era la pobreza material como tal. No, no, no, es que no estamos hablando solo de eso. Por eso hemos dicho conocer el límite. El camino para llegar al Evangelio de corazón es conocer nuestra necesidad, es reconocer nuestro límite y es no tomar los caminos, eso sí, demoníacos, de la desesperación o de la traición. Si por el contrario, te dejas atraer por el Espíritu Santo, entonces llegas a ese momento y empiezas a decirle a Jesús ahora sí, Jesús, y perdóname, ahora sí y de corazón ten piedad de mí. No te merezco, esa frase hay que decirla, -No te merezco, pero te necesito. Jesús, no me olvides. Jesús, ten piedad de mí, Jesús-. Y abres y abres tu corazón a Él. Tal vez eso haya que hacerlo varias veces en la vida. Lo digo por experiencia y también por experiencia, te puedo decir algo, ¡Jesús! Jesús no falla a la cita, Jesús estará ahí, Él hará su obra, pero es importante que le des paso, como lo sugería la primera lectura de hoy, que cuando lo recibas, lo recibas como lo que Él es. Señor Tú, Señor de mi vida. Tú, Jesús, Señor de mi vida. Amén.

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