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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Nos esclavizamos al tratar de agrandar nuestra pequeñez. Encontremos la paz en la majestad del Señor y vendrá con ella la verdadera humildad.
Homilía ao14010a, predicada en 20200705, con 5 min. y 44 seg. 
Transcripción:
¡Feliz domingo para todos! El Evangelio de hoy nos presenta la grandeza y la humildad de Jesucristo. Observemos que estas dos palabras no suelen ir juntas, cuando se trata de la mayor parte de nosotros, los seres humanos. Grandeza y humildad. Y observa por qué: Con mucha frecuencia el que es grande por su conocimiento, grande por sus riquezas, grande por su influencia, se alegra, se embriaga en esa grandeza y entonces pierde la capacidad de ser humilde. Pero en el Evangelio de hoy está claro que Cristo es muy grande. Fíjate las palabras que utiliza: "Me ha concedido todo mi Padre" . Palabras muy semejantes a las que encontramos también en el Evangelio de San Mateo, al final, en el capítulo 28 donde dice nuevamente nuestro Señor: "Todo me lo ha entregado mi Padre, todo" . Así que, ahí tenemos un dato, grandeza en que, lo tiene todo; pero además es el que tiene el sublime conocimiento, porque nuestro Señor Jesucristo dice: "Nadie conoce al Padre, sino el Hijo" , nadie tiene un conocimiento más alto y nadie tiene un poder mayor, Él es grande y sin embargo, después nos dice: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón" . La palabra humilde viene del latín humus, que es una de las expresiones para referirse al suelo, a la tierra. O sea que Cristo nos está diciendo que Él es el más grande, pero que también es humilde. Creo que es una pregunta oportuna: ¿Cómo puede Él ser al mismo tiempo grande y humilde? o también esta otra pregunta: ¿Por qué a la mayor parte de nosotros la grandeza hace que se espante la virtud de la humildad? Pues hay una respuesta muy bonita que aprendí y que quiero compartir con ustedes. La grandeza nuestra es poco compatible con la humildad, por una sola razón: porque nuestra grandeza es pequeñita, nuestra grandeza no es tan grande. Y el que es grande, pero no es tan grande, en el fondo se siente inseguro y en el fondo trata de asegurar, acentuar, en el fondo, agrandar su grandeza. Nuestra grandeza es pequeña y porque nuestra grandeza es tan chica, por eso tratamos de agrandarla tomando una postura importante o despreciando a otros, o hablando muchísimo de nosotros mismos, es porque nuestra grandeza es chica. El que tiene la verdadera grandeza no necesita eso. Es fácil demostrar que nuestra grandeza es chica y que eso produce nuestras actitudes de arrogancia y de vanidad. Piensa esto, por ejemplo, si un compañero tuyo de trabajo te dice: -Usted es una persona deshonesta-, quizás ese puede ser el comienzo de una discusión. Tu ves que es una persona que está, más o menos a tu mismo nivel y que en cierto sentido podría perjudicarte. Pero si un vecino del barrio donde vives, un niñito de unos seis años te dice: -hasta ladrón será-. ¿Tú te pones a pelear con ese niño? Seguramente que no. No le das importancia, no, claro que no. Tú miras lo que él te dice; comprendes que ni sabe ni entiende de qué está hablando, sabes que tampoco te puede hacer mayor daño. Y por eso, más bien te preocupas por la mala educación que está recibiendo el niño o por alguna otra cosa. Pero no te preocupas por ti mismo. Nuestra grandeza es chica, nos aferramos a grandezas que no son grandezas y por eso terminamos siendo esclavos y por eso terminamos defendiendo, que en realidad es tratando de agrandar nuestra pequeñez. Unámonos a Aquel que es grande y encontremos en la majestad del Señor nuestra paz, y vendrá con ella la verdadera humildad. Amén.

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