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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¿Cómo puede uno empezar a querer las virtudes que parecen hacernos débiles?
Homilía ao14007a, predicada en 20140706, con 19 min. y 10 seg. 
Transcripción:
Un buen ejercicio para sacar provecho de la liturgia de la Palabra es tratar de relacionar las lecturas. Usualmente en los domingos es más fácil relacionar la primera lectura y el Evangelio. La segunda lectura, como también sucede hoy, suele introducir un tema diferente que a veces se puede conectar y a veces realmente es muy distinto del tema central. Lo que vamos a hacer hoy es tratar de relacionar las palabras del profeta Zacarías, que es uno de los últimos profetas del Antiguo Testamento en el capítulo noveno y las palabras de Jesús en el capítulo 11 de San Mateo. Básicamente, lo que nos presenta Zacarías es un modelo nuevo, un modo nuevo de gobierno y de poder. No se trata de debilidad. Se trata de poder. Pero es un poder diferente. Alégrate, hija de Jerusalén. Mira a tu rey, que viene justo y victorioso, modesto y cabalgando en un asno. El aspecto es humilde. El aspecto es de mansedumbre. Pero eso no significa que estemos frente a un tonto, o frente a una marioneta o frente a alguien débil. Este rey, aunque tiene ese aspecto tan suave, tan amable, es sin embargo, increíblemente poderoso. Destruirá los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén, romperá los arcos guerreros, dictará la paz a las naciones, dominará de mar a mar. El profeta Zacarías amontona imágenes de una fuerza increíble. Entonces lo que tenemos es el contraste entre una presencia suave y de mansedumbre y luego una acción increíblemente potente. Eso nos ofrece Zacarías en el capítulo noveno. Ahora vámonos para el Evangelio de Mateo. Y encontramos que Cristo nos dice en una parte de sus palabras: "Vengan los que están cansados y agobiados, carguen con mi yugo. Soy manso y humilde de corazón". Es evidente que nuestra Madre, la Iglesia, quiere que reconozcamos en Jesús a ese Rey del que nos habló el profeta Zacarías, el rey manso y humilde, el que llega sobre un asno, como de hecho hizo literalmente Cristo. Y se recuerda en el Domingo de Ramos. Cristo es ese rey manso y humilde, y Cristo es aquel que tiene esa apariencia de, llamémoslo suavidad o llamémoslo mansedumbre, pero que es increíblemente potente. O sea que las preguntas que tenemos que hacernos probablemente son dos. La primera es ¿Cómo llega uno a enamorarse de estas virtudes, virtudes como la humildad o la mansedumbre? ¿Cómo puede uno enamorarse de esas virtudes? Sabiendo que vivimos en un mundo que parece alabar a los astutos, a los presuntuosos, a los arrogantes, a los inescrupulosos, a los fuertes, en un mundo que continuamente está ensalzando a los potentes y a los fuertes, a los agresivos y a los inescrupulosos, ¿Cómo podemos llegar nosotros a encariñarnos con virtudes como la mansedumbre o la humildad? que en cierto sentido ni siquiera parecen virtudes, sino que parecen rasgos de fragilidad y anuncios de fracaso. Es necesario recordar aquí necesario recordar cómo un filósofo llamado filósofo, Federico Nietzsche, habla del cristianismo en términos de un desprecio total. Este hombre, casi más que desprecio, sentía asco de la fe cristiana. Es uno de los grandes enemigos del cristianismo y de las cosas que él más le critica al cristianismo es esto que estamos reflexionando hoy. Para él, la humildad y la mansedumbre son el sello de los perdedores. La persona que pretende practicar la mansedumbre, La persona que pretende practicar la modestia y la humildad ya se entró en el carril de los perdedores, ya está llamado a fracasar. Entonces, ahí surge una primera pregunta. Esa primera pregunta es ¿Cómo puede uno encariñarse; cómo puede uno llegar a desear esas virtudes? Y Jesús quiere que las deseemos porque dice: "Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón". Él quiere que entremos por ese camino. Pero el mundo nos dice, sobre todo por la boca de un blasfemo como Nietzche. El mundo nos dice que ese es el camino de los perdedores. Entonces, ¿Cómo hacemos para aprender a admirar esas virtudes? Incluso dentro de la Iglesia. A veces entra ese espíritu mundano. Hay personas que aspiran a los primeros puestos, hay personas que aspiran a ciertos cargos y luego hay personas que cuando tienen cierto margen de poder dentro de la Iglesia, lo último que quieren es soltar ese poder. Están aferrados y pueden llegar a ser muy astutos y muy agresivos con tal de asegurar lo que ya consideran propio. Esa es la primera pregunta. La segunda pregunta es ¿Qué clase de potencia o qué clase de poder puede tener una persona que es así? Con cierta malicia, alguien podría asegurar lo siguiente: Podría decir Mire, lo que sucede es que esa mansedumbre es como una especie de estrategia. Lo que se ha dicho puño de hierro con guante de seda. Entonces hay gente que puede pensar que lo de la mansedumbre es un poquito como lo de las aguas mansas del refrán. ¿No? Es mantener un perfil bajo, es no llamar mucho la atención, pero es ser extremadamente inteligente, es ser extremadamente astuto para saber en qué momento se suelta una carga de profundidad. En qué momento uno se sale con la suya. ¿Será eso lo que propone la escritura? Uno se resiste a pensar que realmente el mensaje de la escritura sea que uno aprenda a ser hipócrita, aprenda a ser solapado de manera que mantenga un perfil así, bajito, bajito, pero siempre listo a dar el zarpazo cuando llegue el momento. Esa no puede ser la propuesta. Entonces, ¿Cuál es la verdadera potencia de la mansedumbre y de la humildad? Son las dos preguntas que nos quedan en este momento. ¿Cómo puede uno encariñarse con estas virtudes, y qué clase de poder es el que está asociado con la humildad o con la mansedumbre? Miremos un poco alguna respuesta para esas preguntas, de modo que nos llevemos algo concreto de esta Santa Misa. ¿Cómo puede uno encariñarse de la mansedumbre? Pues para encantarse con la mansedumbre hay que desencantarse de la agresividad y de la violencia. Para enamorarse de estas virtudes. Primero hay que desenamorarse de sus contrarios. El corazón no puede estar dividido. Si uno tiene todavía cierta fascinación por la soberbia y por la gente inescrupulosa, jamás podrá llegar a querer lo que hoy nos propone la Escritura. O sea que el comienzo del amor hacia la mansedumbre y la humildad es el comienzo del desencanto. Cuando uno empieza a desencantarse de la soberbia, cuando uno empieza a desencantarse de la agresividad y de la astucia, y de la intriga y de la traición. En ese mismo momento empieza a descubrir cuál es el bien que traen estas virtudes. Pero es necesario desencantarse. Es necesario quitarle el tributo del corazón, el tributo del afecto a ese modo de obrar. Es necesario descubrir cuál es el desenlace, cuál es la consecuencia, cuál es el fruto que trae ese tipo de opción, porque esa es una opción de vida. Entonces, cuando nosotros empezamos a examinar en nuestra propia vida o en la vida de la propia familia, o en la historia del propio pueblo, cuando nosotros empezamos a examinar qué han logrado en realidad los agresivos, qué han logrado en realidad los arrogantes, los intrigantes, los inescrupulosos, ¿Cómo acaban sus días, cuál es su fruto verdadero? Cuando ese examen se hace juiciosamente, uno empieza a desencantarse de esa propuesta. Uno empieza a darse cuenta que eso, en el fondo no tiene ningún sentido, que tantas bravuconadas, que tanta fantochería, que tanto exhibicionismo finalmente queda en nada. En este sentido, la historia, no solo la historia de salvación, no solamente la historia sagrada, sino también la historia civil y la historia de mi propia familia y de tu familia. Si tú recuerdas a esas personas, las más arrogantes, las más agresivas, las más prepotentes, si tú recuerdas a esas personas, si tú miras lo que han hecho, el recuerdo que han dejado, cuáles son los frutos de su opción, empiezas a desencantarte y empiezas a descubrir que en el fondo, como le escuché a un querido predicador, -Toda forma de soberbia es una forma de locura-. Y empiezas a descubrir que en la medida en que uno se come ese cuento de que uno es gran cosa y que uno es muy importante y uno empieza a tratar de imponerle a los demás como sea la voluntad de uno, uno se da cuenta de que en ese momento se desconectó de la realidad, porque la persona prepotente, la persona soberbia, vive únicamente en sus pensamientos y pretende que todos los demás echen incienso y venir en los ídolos a los que éste ya se ha rendido. Pues no, eso no funciona. Entonces hay que desencantarse de la soberbia. Hay que darse cuenta de que ese es el camino de la del camino de la mentira, el camino del autoengaño y que realmente un soberbio se mantiene en su opción mientras le dura su engaño. Pero tarde o temprano ese engaño termina. A más tardar a la hora de la muerte y ya por ese camino nadie más sigue. Entonces uno toma lecciones de la historia y uno mira lo que ha sido su propia vida. Y uno mira a dónde le han conducido o a dónde conducen ese tipo de opciones. Y uno empieza a desencantarse de la agresividad. En un país como Colombia hay que preguntarse, por ejemplo, el camino de la violencia, dónde nos ha llevado, la violencia en tantas expresiones y en tantas formas. Y uno tiene que empezar a fastidiarse. Uno tiene que empezar a hastiarse de ese camino. Y cuando uno siente ese hastío y siente ese fastidio, ya empieza poco a poco a encariñarse con lo contrario y lo contrario qué es, dejemos el camino de la prepotencia, dejemos el camino de la fantochería, el camino del exhibicionismo y empiece cada uno a hacer simplemente lo que es. Deje de aparentar lo que no es, deje de tratar de vender lo que usted en realidad no contiene. Y empieza usted a encontrar que la vida se vuelve más sencilla, porque en el fondo el soberbio todo el día tiene que estar cargando un ídolo y tiene que estar vendiendo ese ídolo y eso agota. Y ese es el peor de los yugos. Llevar esa imagen de lo que yo no soy y tratar de convencer a todo el mundo para que crea que yo soy lo que yo no soy. Eso es agotador. Yo me acuerdo cuando yo estaba en el noviciado, nos decía el maestro de novicios que una de las razones por las que los postulantados y los noviciados tienen que durar todo ese tiempo. Y luego tiene que haber una profesión temporal, y sólo después una profesión perpetua. Es porque en todo ese camino la persona que llega aparentando muchas cosas termina cansándose. Uno puede tratar de aparentar que uno es un santo, pero. Pero a los dos meses de estar con ese papel y de estar representando ese papel, seguramente uno empieza a agotarse. Y si no, a los dos meses, a los seis meses o al año. Entonces ese agotamiento es desencanto. Cuando uno empieza a desencantarse de esa idolatría y cuando uno empieza a descubrir que lo verdaderamente sensato es la humildad, es decir, reconocer uno lo que en verdad es y vivir con sencillez, con naturalidad, mostrarse con transparencia. En ese momento empieza a ser libre y en ese momento uno empieza a encariñarse con esas virtudes y uno empieza a ver que eso tiene mucho sentido. Observa entre paréntesis la relación que tiene la humildad con la mansedumbre. La humildad, en cierto sentido, obra hacia adentro. La mansedumbre en cierto sentido obra hacia afuera, pero son como dos caras de la misma moneda. Porque la mansedumbre, en el fondo, es aquella actitud del que no pretende imponerse. Y por eso a lo primero, a lo que renuncia es a la agresividad y a la violencia. Exactamente lo contrario a la mansedumbre es la agresión del que pretende imponerse. Entonces, el que no tiene una imagen falsa hacia adentro, el que no se engaña hacia adentro, tampoco pretende imponerse hacia afuera. Por eso van juntas la mansedumbre y la humildad. No se puede ser orgulloso y ser manso. No, porque el orgulloso, como vive metido en su mundo falso y como espera el reconocimiento y la veneración y la admiración de los de fuera. Tarde o temprano, con su ego, con su yo inflado, aplasta a los otros. No se puede ser orgulloso y ser manso no se logra porque el orgulloso siempre está esperando el tributo de otros y termina por disgustarse y termina por atacar cuando no recibe ese afecto, esa admiración, ese tributo que quisiera. Lo mismo, tampoco se puede, así como no se puede tener orgullo y tener mansedumbre a la vez, pues tampoco se puede tener humildad y tener violencia a la vez, porque la humildad te conserva en la verdad de lo que eres y te permite también reconocer la necesidad del hermano. Y en la medida en que se reconoce al hermano como verdaderamente necesitado, es muy difícil atacar. Muy difícil. Es interesante en los relatos que trae la historia sobre las guerras, cómo muchas veces en el mismo campo de batalla. Las personas llegan a la compasión cuando descubren lo que es la otra persona, cuando descubren que el otro también tiene sus propias necesidades. Hay anécdotas muy bellas, por ejemplo, en la Primera Guerra Mundial entre los alemanes y los franceses, como en un momento dado, esa anécdota es famosa. Llega la noche de Navidad, pero se supone que estaban en combate y en un momento dado se miran alemanes y franceses y cada uno por un instante. Lo que pudo ver en el otro es, éste también es un padre de familia amargado, porque tiene sus hijos muy lejos y triste porque no sabe si volverá a verlos. En el momento en el que la humildad nos trae esa sensatez, la violencia cae. Así tenemos una respuesta a la primera pregunta ¿Cómo puede uno encariñarse con la humildad y la mansedumbre que ya dijimos que son dos caras de una misma moneda? En la medida en que uno se desencanta de las tonterías, los engaños, los autoengaños. Digo mejor de la soberbia y de la presunción. Y viene nuestra otra pregunta Bueno, ¿Y cómo es el poder que esto puede traer? ¿Cuál es el poder que esto trae? Pues el poder que trae la humildad, el poder que trae la mansedumbre, es el poder mismo que trae la verdad. Es el poder de lo que se llama usualmente la autoridad moral. Cuando una persona pretende imponerse por la sola fuerza física, por la amenaza o por el cargo que ocupa, en realidad es muy débil. Esa persona que pretende imponerse simplemente por la fuerza, ha dejado sin conquistar la zona más importante del otro, ha dejado sin conquistar el corazón. Entonces, la fuerza de la humildad es la fuerza de la verdad que convence, cuando uno se encuentra con una persona que vive genuinamente aquello que cree. Esa persona trae a nuestro corazón una buena noticia, una noticia de verdad, de transparencia, de luz. Entonces, la fuerza que tiene la humildad, la fuerza que tiene la mansedumbre, es exactamente la misma fuerza que trae la verdad. Y esa verdad que cautiva el corazón es la que hace que el manso, el que es verdaderamente manso y humilde, alcance a llegar donde los otros, los agresivos, los violentos, los presuntuosos, jamás llegarán. El presuntuoso puede amenazarme, el violento puede amenazarme. Pero debajo de sus amenazas mi corazón se resiste, mi corazón los detesta. Mi corazón siente repugnancia de esas personas. Cuando llega en cambio, el que es manso y humilde, ése sí conquista corazones. Y ese es el verdadero avance de la fe. Y ese es el verdadero triunfo de Cristo.

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