Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

De nuestra debilidad Dios hace un puente para unirnos con Él.

Homilía ao14002a, predicada en 19990704, con 35 min. y 7 seg.

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Transcripción:

La ley de Moisés fue promulgada en la grandeza del Monte Sinaí. En medio de truenos, relámpagos, temblor de tierra, nube espesa, fragor de trompetas. Era tan fuerte el espectáculo que el pueblo asustado le dijo a Moisés: -Que no nos hable Él. Háblanos tú, que no nos hable Dios-. Pareció terrible al pueblo. La voz de Dios en la montaña del Sinaí. Dios se mostró. Dice allá el Pentateuco: -Se dejó ver de los 70 ancianos de Israel-. El estrado del Dios de Israel. Parecía un pavimento inmenso y brillante de zafiro. Y de ahí en adelante la luz y la revelación portentosa de Dios. Esta ley del Sinaí revelada así con tanto aparato, causó mucha impresión en los israelitas y un deseo sincero de cumplir esa alianza.

Cuando Moisés les pregunta ¿Estáis dispuestos a cumplir con lo que Dios quiere? Ellos responden -Sí, estamos dispuestos- La respuesta es pronta, es rápida, pero la infidelidad también es rápida. También es pronta. De toda esa grandeza, de todo ese espectáculo, pronto no quedó nada. Y por eso Dios, parece que por eso Dios buscó otros caminos, otras maneras de revelarse. Dios puede hacer esos espectáculos cada vez que quiera. El universo es suyo. Suya. La materia. La luz le obedece. Los vientos están a su disposición. Todo truena en sus manos. Dios puede hacer esos espectáculos. Podría repetirlos cuando quisiera. Y algunas veces da señales portentosas que tienen un valor, llamémoslo así, pedagógico.

Pero la gran revelación de Dios ya no vendrá por ese camino, porque ese camino ya mostró su límite. Lo que nos impresiona grandemente en nuestros sentidos, en nuestras emociones, en nuestros sentimientos, provoca una obediencia rápida, pero frágil. Necesitamos algo que llegue más hondo al corazón humano. ¿Cuál es el problema con la revelación del Sinaí? El problema es que ahí aparece un Dios muy fuerte, un Dios poderoso, y Él es fuerte y es poderoso. Pero de ahí puede surgir una tentación y es la de imitar a Dios, la de seguir el camino de Dios también recogiendo nosotros mismos fuerza. Esos son los carros y los caballos de los que habla la lectura de Zacarías. Un Dios que se muestra con tanto portento y con tanta fuerza; tiene la dificultad de que nosotros, sus seguidores, podemos buscar también portentos y fuerzas para hacernos sentir. Y el problema está en que ya no busquemos esa fuerza en Él, que es el único fuerte, sino que lo busquemos en nuestros recursos, en nuestras cualidades y terminemos haciendo de nosotros que somos imagen de Dios, terminemos haciendo ídolo de Dios.

Por eso ese camino de la grandeza y del espectáculo, aunque Dios alguna vez lo utilice, todavía induce a muchos errores. Induce a error porque el que conoció a Dios en portentos tan grandes, probablemente buscará también fuerza sentirse fuerte y creerá que puede unirse a Dios uniendo la fortaleza de Dios con su fortaleza. Pero no es así. Porque cuando nos fiamos de la fuerza, fácilmente ponemos nuestra confianza en nosotros hasta el punto de que ya no importa Dios y ya no importa el plan de Dios. Dios en su misericordia quiere unirse a nosotros. No nos necesita. Es solo la misericordia lo que le trae. El puente. ¿Cuál es; la fuerza de Él con nuestra fuerza? Ese puente falla. Falla ese puente porque uno puede poner la confianza en la fuerza de uno y no en la fuerza de Dios. Ese puente falla. Por eso la alianza del Sinaí falló. No de parte de Dios. Falló de parte del hombre que en últimas lo que sacó fue conocer un bien que no podía hacerse. "Hago el mal que no quiero, y dejo de hacer el bien que sí quiero".

Dice San Pablo resumiendo el problema en el capítulo séptimo de la Carta a los Romanos. Entonces es como si Dios se hubiera puesto a pensar: -Si no podemos unir nuestra fuerza con la fuerza del hombre; unamos nuestra debilidad con la debilidad del hombre-. Entendamos, mis hermanos, que el puente que nos sostiene, es el puente de la debilidad de Dios, que ese si se puede conectar, si se puede enchufar con nuestra debilidad. Y por eso decía San Pablo, -Yo solo me voy a fiar de mis debilidades, solo me voy a gozar en mis debilidades, en mis tribulaciones-. Tratemos de ver qué significa esto en lo concreto. Cada uno de nosotros tiene una serie de cualidades. Ninguno de los que está aquí está exento de cualidades. Todos tenemos cualidades en nuestra inteligencia, en nuestra voluntad, en los bienes corporales, en los bienes de comunidad, en los bienes culturales, tenemos bienes.

Esos bienes pueden convertirse en nuestras fortalezas, tenemos virtudes, pueden convertirse en nuestras fortalezas. Lo que uno quisiera muchas veces es que Dios se uniera a uno a través de la fortaleza de uno, es decir, del lado bonito de uno. Ese es el lado bonito que uno tiene. Si una persona es inteligente. Tal vez quisiera estar unido a Dios a través de su inteligencia. Si una persona es artista, tal vez quisiera estar unido a Dios a través de su arte. Dios no prohíbe esto, pero ese no es el lazo más estrecho que nos une a Él, porque el inteligente puede utilizar su inteligencia para escrutar los arcanos de la revelación divina y sacar de los pozos celestiales agua para dar a todos. Pero también puede utilizar su inteligencia para envanecerse. En eso es fuerte, en eso puede apoyarse.

Y lo mismo vale para todos los bienes, los bienes materiales, los bienes de la salud, los bienes de la palabra, las virtudes pasadas, los pecados que uno no ha cometido. Aquellas cosas en las que uno se siente robusto, resistente. Uno puede envanecerse en todas esas cosas. Puede poner su esperanza en ellas. Y no hay entre nosotros nadie que no tenga algo en lo cual apoyarse. Uno puede ser el "pelapapas" más rápido del oeste; y poner en eso su alegría, en este departamento nadie pela papas a la velocidad y con el estilo que yo lo hago. Y otro se puede fiar de su modo de tocar la flauta, de su modo de declamar, de su modo de predicar, de su modo de orar. Ustedes no han visto que hay personas que tienen un don de Dios extraordinario que parece que fueran como grabadoras o CDs. Vamos a orar y le empieza a salir una poesía y le sale una prosa maravillosa.

Todos esos dones maravillosos de Dios pueden unirnos a Dios, pero solo pueden, porque pueden unirnos, pero también pueden no unirnos. También podemos unirnos. También pueden separarnos. También pueden separarnos de Dios. Notemos, amigos, que es norma general en el Evangelio que lo que vale para la sociedad en su conjunto, vale para el alma en particular. Me explico: Si Cristo dice en el Evangelio de hoy que Dios reveló sus secretos a los pequeños, a los humildes, eso quiere decir que en el alma humana Dios va a buscar lo que en ti es pequeño, y en ti es humilde. Y por esa puerta, por ese camino, se va a unir a ti. Así como vemos a Cristo rodeado de estos humildes, de estos pobres, de estos enfermos, así como en el cuerpo de la sociedad, Cristo escoge a esos pobres, humildes y enfermos, así también en nuestro corazón, en nuestra alma. Cristo quiere desposarse con nosotros, quiere unirse a nosotros para siempre. ¿A través de qué? ¿De la fachada bonita que tenemos? ¡No! A través de lo espantoso de nuestros muladares, basureros, cicatrices; a través de lo que en nosotros se parece a Él. Este es un modo extrañísimo de obrar de Jesucristo.

Pero yo les puedo decir que en mi vida yo he visto que es así. Lo que a mí me tiene amarrado y ligado a Jesucristo no es lo que ustedes vean de bueno, de poderoso, de fuerte en mí. Eso no es; lo que me tiene amarrado a Jesucristo es todo aquello en lo que yo me siento débil, me siento miserable, lo que me hace llorar. Es eso lo que me une a Cristo. Las llagas de Cristo saben abrazar las llagas del hombre. Nosotros, que contemplamos las llagas del Crucificado y lo celebramos, sepamos que así como nosotros miramos las llagas de Él, Él mira las llagas de nosotros. Y así como nosotros tenemos esperanza en las llagas de Cristo Cristo, si se me permite esa expresión, tiene esperanza en las llagas de nosotros. Lo que nos va a unir a Jesucristo son nuestras llagas. Así como lo que le une a Él con nosotros son sus llagas.

Uno no quisiera que las cosas fueran así. Uno quisiera estar unido a Cristo de una manera un poco más decente, poco más decorosa. La parte, aburrida del alma humana, esa es la que parece interesarle a Cristo. ¡Qué cosa tan extraña! A Cristo le interesa la parte aburrida mía, lo aburrido lo feo, lo fastidioso, lo deforme que hay en mí. Allí, Allí donde la vida es tenue, allí donde la fidelidad está en juego, allí donde no hay fortaleza, allí donde no hay claridad, allí en lo más horrendo de mi vida, allí lo horrendo del cuerpo llagado de Cristo quiere construir un puente. Recordemos lo que le pasó al apóstol San Pablo. San Pablo sintió un aguijón en su carne. No sabemos cuál fue. Sintió un aguijón en su carne. Se sintió débil y clamó al Señor ¡¡Líbrame!! No hubo respuesta. Segunda vez. . . ¡¡¡Líbrame!!! No hubo respuesta. Tercera vez: ¡¡¡Líbrame!!! Y si hubo respuesta: "Te basta mi gracia".

En la debilidad se muestra perfecta mi fortaleza. Meditando en este texto uno llega a una una conclusión San Pablo, que tenía muchísimas cualidades, pero muchísimas. Calcule lo que era la inteligencia de este hombre. Calcule lo que era el liderazgo de este hombre, calcule los milagros, la voluntad, el afecto, la coherencia, la perseverancia, la sabiduría. San Pablo, que tenía tantas cualidades, estaba colgado de Dios por un solo hilo, el hilo de su debilidad. Y decía San Pablo a Dios: ¡¡¡Quítame esta debilidad!!! Y Dios le decía: -¿Cómo le voy a quitar el hilo del que lo estoy sosteniendo, hermano? ¿No ve que de ese hilo es que lo tengo colgado? ¿No ve que por esa debilidad usted es mío? Por esa debilidad, Por su miseria. Usted es mío. Nuestras miserias se parecen a Jesucristo.

Miremos la vida de Cristo y miremos la vida nuestra y vamos a ver en dónde se encuentran. Vamos a hacer este análisis. Cristo nunca cometió pecado. ¿Se parece a usted? Creo que no. Cristo resucitó Muertos. ¿Cuántos llevan? Limpió leprosos con una sola palabra. La lista, por favor. Curó a ciegos. Levantó paralíticos, expulsó demonios. Con solo decirlo. ¿Qué presenta usted? Y esto es solo el comienzo. ¿Qué tal que habláramos del amor que salía del corazón de Jesucristo? ¿Qué tal que habláramos de ese amor? ¿Qué tal que habláramos de su manera de amar al Padre? A ver, vamos a hacer vigilia. Vigilia. Vamos a sentar de este ladito a Jesús, orándole al Padre y este ladito usted. ¿Se parecen esas oraciones? Yo creo que hay muy pocas personas que pudieran decir Sí, sí, yo oro más o menos, más o menos cómo Jesucristo es parecido o semejante. Él tiene su estilo, yo tengo el mío. Hay pocos locos que digan eso.

Cristo, como decían los muchachos en mi tiempo. Es decir, como decíamos los muchachos cuando yo era joven. Cristo nos deja botados, nos deja botados en oración, en milagros, en doctrina, en pureza, en santidad nos deja botados. Difícil construir un puente entre la fortaleza de Cristo y la de nosotros. ¿Qué tal uno ah? Cristo, hagamos una alianza. Vamos a juntar tu oración. Tu estilo de oración. Tu manera de oración, con mi manera de oración. Yo creo que Jesús se reiría ¿No? se reiría. Ya hubo unos apóstoles que le salieron con esas: -Jesús, queremos sentarnos el uno a la derecha y el otro a la izquierda, -como quien dice-, estamos más o menos de igual a igual. Y Cristo ¿Qué les dice? Y ¿El cáliz? ¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber? Y entonces salen ellos con que si pueden beber el cáliz, que Cristo va a beber.

La unión con Cristo no está en los tronos, no está en esas grandezas, en esas grandezas Cristo nos deja regados, Cristo nos rebasa para ser mediador entre el Padre y nosotros. Jesucristo, nuestro salvador, hizo puente entre sus llagas y nuestras llagas. En eso somos igualitos. Entre las palabras de sabiduría de Cristo y las palabras cortas, incompletas, ignorantes de nosotros, hay mucha distancia entre los milagros de Cristo y lo que ha sido nuestra vida. Tal vez hay mucha distancia, pero entre las llagas de nuestro Señor Jesucristo y las llagas nuestras, ahí sí que hay mucho parecido. Y por esta razón nuestro bendito Salvador Jesucristo quiere hacer un puente. Entrando por la humildad de nuestra vida. Por esta razón, Jesucristo busca lo más miserable en nosotros, lo más débil en nosotros, aquello en lo que temblamos, aquello en lo que no estamos seguros.

Por esto Cristo busca esa debilidad nuestra, porque ahí sí somos semejantes. Ahí sí es posible el abrazo, Ahí sí es posible el puente. Por eso Jesucristo quiere y busca la humildad en nosotros. ¿Qué conclusión sacamos? La conclusión extraña que decían algunos adversarios de San Pablo -Ah entonces pequemos para que haya más llagas. Y con hartas llagas nos unimos más a Jesucristo-. No, la conclusión no es esa. Lo que nos une a Jesucristo. Desde luego que no va a ser nuestro deseo de pecar. Dios nos libre. La conclusión más bien es, allí donde mi vida se hace tenue, donde mi fe se hace vacilante Allí donde soy dependiente, allí donde puedo decir y tengo que decir Señor, sin ti no puedo. Allí encontré el puente. Ese es el puente de mi vida. En aquello donde tú sientes que materialmente no puedes, en aquello que te humilla, donde tal vez has tenido muchos fracasos, no es forzoso que los hayas tenido. En aquello donde te sientes humillado, en aquello que sientes que te queda grande, en aquello que te rebasa y que sin embargo amas y quisieras, en aquello en lo que sientes que solo con la ayuda de Dios, allí donde tu carne es carne viva y llaga abierta, allí tienes el puente con Dios.

Y cuando tú le muestras a Cristo tus llagas. Cristo te muestra sus llagas y Cristo dice: -Ahora somos de los mismos; ahora somos iguales; ahora nos entendemos-. Qué misterio este, la unión con Dios no se logró en el espectáculo glorioso y ruidoso del Sinaí, sino se logró en Sión el monte humilde. Allí donde el rey humilde, que no monta en caballo sino en un borrico que no tiene lanza para herir, sino bálsamo para curar. Allí donde está ese rey humilde, allí se realizó el plan de Dios. Allí se proclamó la ley de Dios. ¿Qué conclusión sacamos de esta reflexión? Sinteticemos en tres puntos. Primero: Vamos a mirar. Por favor, vamos a mirar con cariño nuestra propia debilidad. No estoy diciendo con complicidad ni con permisividad, con cariño, con cariño. ¿Hay en ti una debilidad terrible que te humilla, que te ha hecho llorar muchas veces, que te ha llevado a confesarte muchas veces; ¿Has sentido ganas de patear esa debilidad, hacer de ella un balón y tirarlo a la luna de una patada? No la patees. Es tu puente con Dios. No la patees. No la acabes. Es tu puente. Recíbela. Mírala con cariño. Con cariño.

Dice Santo Tomás de Aquino que el gobierno del alma y el gobierno de todo nuestro ser y nuestras pasiones, no se puede hacer como un tirano, como un déspota. El gobierno de nosotros mismos tiene que llegar a través como de una comprensión de nosotros mismos. Comprensión que no es permisividad, repito, no es complicidad, no es ser laxos ni ser relajados, pero sí es ser comprensivos. Es tener cariño para lo más débil que hay en nosotros. Ese es el puente. Entonces no lo patees, no lo destruyas, es tu puente. Cada uno intente pensar en este momento. ¿Cuál es su puente? ¿Qué es lo que le hace rabiar y llorar? ¿Qué es lo que usted dice? ¿Por qué no puedo con esto? ¿Cuánto tiempo más? ¿Cuántos años más voy a durar en esto? ¿Qué es lo que me pasa? ¿Por qué siempre me confieso lo mismo.? Eso que le da a usted impaciencia.

Eso, que lo trasnocha, que lo incomoda, que lo humilla. Ese rostro suyo que si apareciera aquí usted se sonrojaría, como pasa conmigo. Si apareciera en este momento. Todo ese espanto, toda esa miseria que uno es, toda esa debilidad que yo soy. Yo me sentiría avergonzado con usted, Avergonzadísimo. Ese es mi puente. Yo tengo que ver en este momento como si estuviera junto a mí, a ese miserable que soy yo. Ustedes me entienden Las palabras. A ese miserable que soy yo. Y darle un abrazo a ese miserable. Ese que ha tenido problemas. ¿Cuáles son? Yo no sé. Eso cambia de una persona a otra. A alguien le sienta y le puede la codicia. A otro la hipocresía, a otro la cobardía, a otro la impureza, a otro la vanidad. Otro es un falso, otro es un infiel, otro es un incrédulo. Pero dale un abrazo a ese que eres tú, a esa que eres tú. Dale un abrazo.

Yo tengo que darle esta noche un abrazo a ese pobre fraile que soy yo, que puede tener fachada bonita, pero solo Dios sabe cuánto, cuánto y cuánto necesita de Él. Yo tengo que tomar a ese fraile miserable, a ese fraile que vive sonrojado y arrepentido. Tengo que tomarlo y tengo que decirle: Mira, hay una palabra de esperanza para ti. Y tengo que decirle a ese fraile miserable. Tengo que decirle Gracias, hermano, porque usted es el resumen de mis miserias. Usted es lo que ha hecho que yo no me aparte de parte de Cristo. Qué risa, Qué risa que uno tenga que darle las gracias a la parte más miserable, a la parte más herida de uno mismo, sin que esto signifique ni ser permisivos, ni ser laxos, ni ser relajados, simplemente ser cristianos. Esta es la primera enseñanza, la primera consecuencia.

Segunda consecuencia, de aquí mis hermanos, tiene que surgir un amor inmenso a la contemplación de las llagas de Cristo, a las llagas de nuestro Señor Jesucristo. Yo les pido que se enamoren de toda imagen de Cristo donde aparezcan sus llagas. Y les pido que no se enamoren tanto si no aparecen tanto las llagas, las llagas, las llagas, la sangre. Yo sé por qué se lo digo. Las Llagas, la Sangre, la sangre, las llagas, las llagas de Cristo. Es tan necesario así como usted le muestra a Cristo sus llagas. Dejen que Cristo les muestre las de Él. Hay santos que han tenido unas experiencias preciosas con las llagas de Cristo. Catalina de Siena recibió una luz extraordinaria del Espíritu Santo. Una vez contemplando a un crucificado, una imagen del Crucificado, rompió en llanto y exclamó en voz alta, y dijo: -¿Cómo así que yo soy el ladrón y tú el castigado?- Si esa imagen de Cristo hubiera sido una imagen decorosa, bonita, y no hubieran estado esas llagas, no hubiera aparecido eso. Eso que descubrió Catalina. Pero bueno, esto no es un problema de imágenes religiosas, es un problema de buscar en el corazón la contemplación de la cruz de Cristo y a Cristo en la cruz.

Gocémonos en la contemplación de Cristo, no por el dolor, sino por el amor que lleva hasta ese dolor. Y la tercera enseñanza es, que así como Cristo entra a tu alma por lo más humilde de tu alma, por lo más sucio de tu alma, estate atento. Igual puede pasar en una familia. Igual puede pasar en una comunidad. Igual puede pasar, como pasó en el Evangelio a través de pequeños y de humildes. Estemos atentos, estemos atentos, volvamos nuestra mirada hacia los humildes. Seguramente Cristo nos está diciendo palabras ahí. Quiero recordar, para terminar, una anécdota del Papa Juan Pablo I.

Cuando Juan Pablo I era párroco, no era todavía obispo, ni mucho menos obispo de Roma, Papa; cuando era párroco tomó por estrategia buscar las personas más humildes de su parroquia para preguntarles; por ejemplo, cosas como esta, si la predicación se entendía. Busquemos como Juan Pablo I a los humildes. Si queremos saber qué va a decir Cristo de nosotros, es decir, cuál es el juicio de Cristo sobre nosotros, hay un modo sencillo, acerquémonos a los humildes y con la actitud más sana y más sincera que Dios nos dé, oigamos, oigamos qué piensan de nosotros, qué pensarán de nosotros los humildes. Ya ahí tienes el prólogo del juicio de Cristo sobre tu vida. ¿No dice Él, lo que hicisteis a uno de estos mis humildes hermanos, a mí me lo hicisteis? ¿Y no dice Él que tomó como hecho para sí lo que se hizo para ellos? ¿Y cómo no hecho para Él lo que no se hizo para ellos? Acerquémonos a los humildes, oigamos la voz de los humildes. Estamos haciendo muchas cosas.

¿Qué piensan los más pequeños y los más pobres de lo que nosotros estamos haciendo? Cuántos males, Cuántas desgracias se hubieran evitado en la Iglesia si se hubiera seguido esta técnica que la tenía Juan Pablo I. Bueno, Dios en sus planes, se lo quiso llevar muy pronto. Quién sabe cómo hubiera sido él en ese servicio de la cátedra de Pedro. Muchos males se hubieran evitado en la Iglesia. Yo pido a Dios que a todos, pero especialmente a los superiores, a los pastores, a los sacerdotes, a los obispos, a todos nosotros, nos dé siempre un oído atento y una sabiduría grande para poder preguntar a los humildes ¿Usted qué piensa de lo que estamos haciendo? ¿Qué piensa? Yo no me aguanto el contarles otra anécdota. Mire, hubo un grupo que creció muchísimo. Un grupo de oración que creció muchísimo, muchísimo. Y como creció muchísimo, le creció muchísimo el Ministerio de Música.

Un día una señora que asistió a ese grupo le preguntó a una mujer humilde, una empleada de servicio que solía asistir al lugar donde se reunía este inmenso grupo de oración. Y le preguntó sobre cómo veía el grupo, la señora, la empleada del servicio muy recatada ella, como que no quería hablar, pero se dio mañas la otra señora, para hacerle conversaciones, para oírle la opinión. Finalmente dijo la empleada: -Su merced. Yo antes les entendía como más, yo antes les entendía como más-. Ahí está el Espíritu Santo, ahí hay una voz de Cristo, ahí hay algo. Yo no estoy diciendo que eso esté mal, ni que ese grupo de oración sean unos pecadores. Pecador, yo. Pero ahí hay algo, ahí hay algo. Hay que oír la voz de los humildes. ¿Usted qué siente de lo que estamos haciendo? ¿Usted qué piensa?

A veces manejamos la Iglesia de modo demasiado empresarial. ¿No? a todos se nos entra. Y entonces oímos las voces autorizadas. Pero a veces las voces autorizadas son gente que hace rato es amiga de nosotros. Y hace rato, hace mucho rato, aprendió a pensar como nosotros. Entonces ya no nos dicen las cosas. Hay que acercarse al humilde a ver por qué puertas quiere entrar Cristo. Los sumos sacerdotes tenían su reunión del Sanedrín. Allá ¡¡gran Sanedrín!! Y estaban ellos reunidos, ¡¡Sanedrín!! y Cristo entrando por la puerta humilde con un burrito. Era Dios entrando allá sobre un burrito, y estos aquí ¡¡¡reunidos, Sanedrín!!! Estamos aquí, todos los grupos y todos nosotros, los importantes aquí reunidos. Nada se hace sin nosotros. Y allá Cristo entrando con el burrito. Esto ha pasado más de una vez en la historia de la Iglesia. Conclusión: Oigamos la voz de los humildes. Hay que acertar y hay que pedirle mucho a Dios. Por los obispos, por caridad, por las entrañas de Cristo. Rueguen por nuestros obispos, rueguen por los sacerdotes. Hay demasiada vanidad en la Iglesia. Esto no es que lo diga yo, es que es un hecho. Demasiada vanidad. Y necesitamos. Necesitamos. Dios santo y bello. Necesitamos sabiduría para no reunirnos en un ¡¡gran Sanedrín!!

Y que Cristo esté reuniendo a su gente por allá en otra plaza, porque Cristo entró por otra puerta, iba montado en un burrito y nosotros llegamos todos ¡a caballo! A caballo. Llegamos muy elegantes. Dios santo, infunde tu sabiduría en nuestros corazones. Yo te amo, Padre Celestial. Envía el rocío de tu espíritu sobre nuestras vidas. Perdóname a mí. Perdóname que en lo que Yo soy, debería callarme el resto de mi vida y dedicarme solo a hacer penitencia y a orar. Pero si estoy aquí, y si debo hablar, dígnate, Señor, iluminar mi Palabra y dígnate iluminar los corazones que oyen estas palabras. Dígnate, Señor, darnos la sabiduría de los humildes. Danos el oído atento y permite que ya nunca más reneguemos de aquello en lo que somos débiles, porque ese es el puente que nos une contigo a ti la gloria y la alabanza por los siglos.

Amén.

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