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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Todos vamos a llegar a la grandeza de ser pequeños.
Homilía ao14001a, predicada en 19990704, con 9 min. y 45 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, hace unos días vinieron a la puerta de nuestro convento, unas señoras piadosas, ellas participantes de grupos de oración. Y aunque sabían que nuestro convento de Santo Domingo no es parroquia, y aunque sabían que en general estamos ocupados y sobrecargados, los sacerdotes que vivimos aquí; con sus ojos anhelantes y su palabra suplicante, traían una petición: -Un señor pariente de una de ellas agonizando, un hombre a las puertas de la muerte-. Dios nuestro Padre, concedió la manera el tiempo, el transporte de que pudiera ir uno de nosotros allá, en este caso me correspondió a mí. Y fue de veras providencial, porque estuve donde este caballero, un hombre anciano y enfermo, y a los pocos días, dos o tres, se estaba él despidiendo de esta tierra. En esos casos, yo como sacerdote, siempre pienso en darle gracias a Dios; y también pienso: qué terrible hubiera sido que ninguno de nosotros hubiera podido estar ahí. La historia va a contarles ¿cuál fue el cuadro que me encontré?, ustedes pueden imaginarlo: Una persona desgastada por los años, golpeada por la enfermedad, disminuida por algunos ataques, algunas trombosis, verdaderos bloqueos de zonas enteras del cerebro que disminuyen al mínimo la actividad mental. Este hombre, envuelto en su ruana, puesto en su silla de ruedas, mirando al vacío por una ventana, debajo de la ventana, una mesita con una cantidad de fotos. No voy a decir el nombre de él; por cariño, por respeto a su familia, les digo: sí, un hombre muy importante, lleno de fotos de periódicos y de actividades en el mundo de la política, del deporte, de la ciencia. Muchas reflexiones vienen a la mente cuando miramos ese final de la vida de tantas personas. Los periódicos, los medios de comunicación tienen listas sus cámaras para aquel que está arriba, no para el que ya bajó. Están listos para dar reporte y dar noticia del que está en la plenitud de su fuerza, de su belleza, de su talento, de su influencia. Pero si se pierde esto, como le pasó a este caballero, si la enfermedad y la vejez se abalanzan sobre la persona, entonces ya no es noticia. Y queda ahí, en el rincón de una casa que puede ser bella, esperando que la caridad de una señora y el tiempo de un fraile le traiga una bendición. La última bendición, lo único que podía importarle en ese momento, él ya no quería, ni más cámaras, ni más fotógrafos, ni más periodistas, quería una absolución de sus pecados, quería una bendición de alguien que pudiera hablarle de Dios; y quería irse a reunir con su esposa. En nuestro breve diálogo, tres veces derramó lágrimas por ella. Cristo, en cambio, pensó las cosas de otro modo. Cristo sí las pensó bien. Nosotros, los seres humanos, hoy somos populares, fuertes, jóvenes, acaudalados, influyentes y mañana estamos arrinconados en cualquier parte. Este mismo amigo de ustedes, este fraile que les predica ¿Dónde estaré yo?, ¿Qué me puede pasar a mí?, ¿Acaso estoy exento?, ¿Tengo seguro antitrombosis?. Ninguno de nosotros lo tiene. También yo, probablemente en un rincón de alguna pieza de un convento, estaré esperando que llegue algún sacerdote a bendecirme, a perdonarme porque soy un pecador en el nombre de Cristo, a perdonarme y a darme esperanza para ese paso definitivo. Si el Evangelio fuera una oferta, como las ofertas de este mundo, es decir, solo para los que estén en los quince mejores, solo para los que sean lo máximo, lo más alto, lo más hermoso. Por esas puertas de lo más alto y de lo más hermoso, siempre hay pocas personas y además, en las cumbres el aire se enrarece. No es extraño que en esas cumbres de fama, de dinero, de aplausos y de influencia, encontremos, como todos lo sabemos y como la misma prensa gusta de repetir, encontremos escándalos y corrupción. Si Cristo hubiera puesto la puerta del Evangelio a esas alturas, muy pocos y muy extraños y muy enrarecidos hubieran podido entrar. Pero fue el Padre Celestial el que puso una puerta por la que todos podemos pasar. Dice Cristo: -Te alabo porque revelaste estas cosas a los pequeños-. Eso es maravilloso, porque pequeños todos vamos a ser, -todos-. El final de nuestra vida en la vejez, en la enfermedad y en la desesperación, las deudas, el anonimato, la soledad, los reveses de fortuna. Más tarde o más temprano a todos nos van a llevar a ser pequeños y por eso Jesucristo alaba a Dios, que revela sus secretos a los pequeños, porque así los secretos de Dios están para todos. En algún momento, si no es hoy, en algún momento, el cansancio de la vida, en algún momento la enfermedad o la vejez te hará despedir de todo menos de esa puertecita chiquita que se llama ser pequeño, -que se llama ser pequeño-. Y por eso hoy las lecturas nos invitan a contemplar la grandeza de ser pequeño, nos invita a reconocer la sabiduría de la humildad. Hay cosas que no se aprenden sino a corta distancia, a poca distancia del suelo, y , creo que muchos de los que estamos aquí hemos aprendido sobre quiénes somos nosotros y quién es Dios. No cuando todo el mundo nos exaltaba o aplaudía, sino cuando tal vez nos dieron la espalda, cuando llegó un problema, cuando llegó una tragedia, cuando nos tuvimos que enfrentar, en últimas con nuestra condición de creaturas. Porque la humildad no consiste en bajarse más allá del suelo, no hay que abrir un hueco y enterrarse. Basta con que vuelvas al cielo. Y dijo Dios a Adán: que tendría que volver al polvo del que había sido formado, no le dijo más abajo del suelo, pero sí el suelo. Hay que volver al suelo, hay que volver a tocar tierra. Y es preferible pedirle a Dios humildad que esperar a que el mundo nos humille, es preferible recibir de Dios la humildad que recibir del mundo la humillación. Roguemos de Dios, que nos dé la sabiduría de los pequeños, la sabiduría de los humildes. Por algo son los niños los que tienen las preguntas más inteligentes, por algo son ellos, los pequeños, los que tienen la palabra más libre. Por algo son también ellos los que son más vecinos de la alegría, de la esperanza, del canto. Recojamos la enseñanza de los pequeños y agradezcámosle al Padre Celestial que haya puesto su evangelio para los pequeños. Que si hoy todavía no lo somos, deja pasar unos años, deja que lleguen otras circunstancias y encontrarás esa puerta siempre lista, siempre abierta. Allí te aguardará el Señor, allí estará Jesús para darte su gracia como el primer día.

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