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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesús quiere ocupar el primer lugar porque solo en Él encontramos la plenitud para la que fuimos creados y la verdadera libertad. Reconocer Su señorío cambia el corazón, vence el egoísmo y hace posible una vida en sociedad.
Homilía ao13008a, predicada en 20260628, con 7 min. y 1 seg. 
Transcripción:
¡Feliz domingo para todos! El Evangelio de este domingo continúa en el capítulo décimo de San Mateo, que ya nos ha acompañado otros domingos anteriores. Esto es bueno decirlo, porque ese capítulo décimo contiene lo que a veces se llama el discurso misionero de Cristo. Efectivamente, son aquellas consignas que nuestro Señor da a sus apóstoles cuando los envía a una primera misión a anunciar que el Reino de Dios está cerca, y las palabras de Cristo valen, en primer lugar para los misioneros. Pero es que si lo pensamos bien, todos estamos llamados a propagar la Buena Noticia, a llevar la noticia de Cristo, la buena noticia de Jesús a todas las naciones. Yo quiero destacar hoy lo que aparece al principio del texto, Cómo Cristo nuestro Señor dice: "El que prefiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí". Y bueno también hace otras comparaciones. Básicamente lo que nos está diciendo Cristo es que por encima de todo, otro amor ha de estar Él, por encima de toda otra prioridad, tiene que estar Él, por encima de cualquier otro gusto, tiene que estar Él. Y esto en sí mismo es muy importante porque nos muestra lo que algunos autores llaman la prerrogativa divina de Cristo. Efectivamente, si recordamos, en el Antiguo Testamento, Dios había dicho como mandamiento principal a través de Moisés: "Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas". Y esas palabras que Dios dice a través de Moisés tienen un eco perfecto en lo que Cristo dice aquí. Cuando Él dice, por encima de toda otra prioridad tiene que estar Cristo, por encima de todo gusto, por encima de todo amor tiene que estar Cristo. Pues lo que Él está afirmando no es otra cosa sino precisamente su naturaleza divina. Dicho de un modo más sencillo, solo Dios puede pedir tanto. Solo Dios puede querer tanto de nosotros. Y esto muestra que Cristo nuestro Señor, es verdadero Dios. Primer punto. Pero ahora preguntémonos ¿Por qué Cristo quiere que nosotros lo prefiramos a Él? ¿Hay razones para exigir esa preferencia? Y si lo miramos, Sí, efectivamente, sí que las hay. Yo quiero enunciar unas dos o tres principales para que nos animemos en el esfuerzo misionero, que, repito, es propio de toda la Iglesia. Pero sobre todo para que conozcamos, valoremos, amemos nuestra fe con todo el corazón. El primer punto o la primera razón que se me ocurre es porque con esa frase que tantas veces hemos citado de San Agustín, Dios nos hizo para Él, y nuestro corazón estará insatisfecho, estará "Inquieto", estará, podríamos decir, frustrado, mientras no encuentre a aquel que más le ama. De tal modo que poner a Dios de primero no va en contra de nosotros, sino que es la mejor noticia para nosotros, porque nosotros fuimos hechos para Dios y solamente en contacto con Él, solamente en unión con Él podemos verdaderamente encontrar esa plenitud, esa felicidad, eso que nos hace falta. Este es el primer argumento que debemos tener en cuenta. Segundo argumento: ¿Por qué es importante preferir a Cristo? Es importante la resolución de poner a Cristo en primer lugar, porque el corazón humano busca y además de buscar, fabrica toda clase de ídolos. De modo que si quieres estar libre de toda cadena, el nombre de tu libertad es Jesucristo. Y ese podría ser el título de esta pequeña reflexión. Te la repito: -Si quieres estar libre de toda cadena, el nombre de tu libertad es Jesucristo-, es decir, el que ha conocido, aunque solo sea un poquito de su propio corazón, se da cuenta de con cuánta facilidad nosotros nos dejamos esclavizar de toda clase de cosas y por eso, si buscamos auténtica libertad, necesitamos a Jesucristo. El tercer motivo es que Cristo tiene para nosotros promesas que son, yo digo, indispensables para vivir como sociedad, para vivir como Iglesia. ¿En qué sentido? En que Cristo, cuando nos revela a cada uno de nosotros, nos revela nuestras miserias, cuando nos revela nuestros pecados. Cristo está derribando exactamente el obstáculo que hace imposible la vida en sociedad. Y ese obstáculo es, ante todo la soberbia, la búsqueda de la satisfacción del propio ego. Entonces, la luz poderosísima que nos trae Cristo, que nos invita, que nos llama, que nos convoca a la humildad, que nos convoca a derribar ese monstruo que es la soberbia. Esa es la luz que necesitamos. Esa es la Luz que puede traer la auténtica victoria en nuestras vidas. Auténtica victoria ya no solo como personas individualmente consideradas, sino como sociedad. Lo mejor que le puede pasar a la sociedad es reconocer el señorío de Cristo. Es proclamar a Cristo como auténtico Rey. Porque ese Cristo que reina entre nosotros y que reina sobre nosotros, ése Cristo que reina es el que puede derribar lo que vuelve imposible, lo que vuelve inmanejable la vida en sociedad, que es ante todo ese egoísmo, esa egolatría, esa soberbia. Entonces nos conviene. A mí me sirve que tú tengas a Cristo en primer lugar. A ti te sirve que yo tenga a Cristo en primer lugar, porque en la medida en que Cristo reina en mí y reina en ti, el obstáculo que podía ser difícil, cuando no imposible, la vida en comunidad cae y entonces aprendemos a ser hermanos, aprendemos a caminar juntos. O podemos decir también recogiendo las palabras que tantas veces nos ha dicho estos días el Papa León: -Empezamos a ser colaboradores en la civilización del amor-. Así lo conceda el Señor. Y por supuesto, que ¡¡Viva Cristo Rey!!

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