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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Por amor a nosotros Cristo enseña que hemos de preferirlo a EL por encima de todo y de todos.
Homilía ao13004a, predicada en 20170702, con 13 min. y 4 seg. 
Transcripción:
El tema central en las lecturas de hoy es esa virtud tan apreciada en el Oriente, la virtud de la hospitalidad. Uno entiende perfectamente que en esos inmensos desiertos recibir o no recibir a una persona podía ser la diferencia entre la vida y la muerte. No recibir a un peregrino sediento seguramente era condenarlo a la muerte. Cristo destaca también esa acogida a sus discípulos y promete hermosas recompensas para quienes así reciban a los seguidores del Mesías. Sin embargo, yo quisiera en esta ocasión destacar el comienzo; las palabras que están al comienzo del Evangelio, porque creo que tienen una cierta dificultad para ser entendidas y podemos sacar un provecho de buscar comprenderlas mejor. Me refiero a lo que dice Cristo: "El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí". Y lo mismo las otras comparaciones, por ejemplo con el hijo, con la hija. ¿Cómo puede Cristo decir estas palabras? Pueden parecer demasiado exigentes, duras, casi crueles. Debemos subrayar unas tres cosas. Primera, si lo pensamos bien, este pasaje proclama la divinidad de Cristo. Porque ¿Quién es el único que dice ámenme por encima de todas las cosas? Solo Dios se había atrevido a decirlo y por supuesto, con pleno derecho y con plena majestad. Es el primer mandamiento de la ley de Dios. O sea que cuando Cristo dice estas palabras está aplicando a su propia persona el primer mandamiento de la ley de Dios. Por eso debemos interpretar este texto como una proclamación de la divinidad de Cristo, divinidad que es difícil para nuestra comprensión, divinidad que será siempre un desafío para los teólogos. Divinidad que en cierto sentido rompe esquemas que serían mucho más sencillos como los del judaísmo tradicional. Pero, nuestro deber como creyentes no es tomar la palabra y acomodarla a nosotros, sino nosotros hacer camino hacia la Palabra. Entonces, lo primero que quiero destacar es eso. Cristo, al hablar así, proclama su divinidad. Es lo mismo que sucede en ese otro pasaje donde Cristo dice: -El Hijo del Hombre es Señor del sábado-. Resulta que el mandato de guardar el sábado era un mandato que venía de Dios. De hecho, es un mandato tan particular que ninguna de las culturas, ninguno de los pueblos o reinos vecinos tenían algo parecido. Solo el pueblo de Israel. Es un mandato que viene de Dios. Y Cristo dice: "Yo soy Señor del sábado". No es posible ese mandato a menos que Cristo esté afirmando que su autoridad es la autoridad misma de Dios. O sea que debemos ser humildes, debemos descubrirnos, seguramente incapaces de abrazar y explicar completamente el misterio, pero no por eso vamos a dejar de proclamarlo. La divinidad de Cristo aparece en la Palabra de Dios. El segundo punto que quiero destacar es esa expresión que Cristo repite: " . . .no es digno de mí". Evidentemente, nadie es digno de la santidad de Cristo ni de la amistad de Cristo. Porque si nosotros fuéramos plenamente dignos, entonces no sería gracia, sino sería algo que Dios nos debe a nosotros. Pero debemos ver en esa palabra algo muy hermoso, y es que ese regalo que es Cristo es un regalo que uno también puede perder. Al darnos a su propio Hijo, según aquellas palabras: "Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su propio Hijo" al darnos a su Hijo, Dios nos ha invitado a entrar en plena comunión, en plena amistad con Él. Pero, uno puede despreciar, tristemente; esto es escalofriante. Uno puede despreciar semejante regalo. Hay un caso en los Hechos de los Apóstoles. Está Pablo predicando en una sinagoga y dice el texto de la Escritura Los dirigentes de la sinagoga, los judíos allí presentes, respondían con insultos a lo que decía Pablo. Cuando él ve que no hay manera, entonces les dice: "Puesto que os juzgáis indignos del don de Dios, nos vamos a los paganos". Ahí aparece la misma idea. Dios te da el regalo, pero no te hagas indigno del regalo. Y si uno se hace indigno del regalo cuando lo desprecia, entonces hemos de vivir nuestra vida cristiana en clave de gratuidad y de gratitud. Gratuidad porque no merecemos tanto amor de Dios. Gratitud porque una vez que lo acogemos, solo podemos vivir en alabanza, en amor a Él y en deseo de servirle. Así pues, esa parte de -no es digno de mí-, nos está recordando que Cristo mismo es el gran don del Padre y nos está invitando a apreciar ese don. Extendamos esa conciencia del don a todas las presencias que Cristo tiene en nuestra historia y en nuestro mundo. Entonces la Eucaristía, por ejemplo, don sublime de Dios, es precioso. No nos hagamos indignos de la Eucaristía. La Palabra de Dios, recibirla con gratitud. Pero hay otras presencias de Cristo también. El hermano es presencia de Cristo. Yo estoy en medio de vosotros. Donde dos o tres están reunidos, allí estoy yo. Entonces el hermano es presencia de Cristo, de un modo señalado, el pobre es presencia de Cristo. -Lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos, me lo hicisteis a mí-. Entonces el creyente vive rodeado del don de Cristo y trata con especial delicadeza a cada uno de esos dones desde la naturaleza misma, la hermosa naturaleza que es como un canto a la sabiduría y a la bondad de Dios, hasta la presencia eucarística, la presencia en la Palabra, la presencia en el hermano, la presencia en el pobre. Yo no puedo hacerme indigno del regalo que Dios me hace con su presencia en aquellos jóvenes a los que servimos, en aquellos pobres a los que tenemos cerca. La tercera idea que quiero destacar es la que tal vez choca un poco más a nuestra sensibilidad. Aquello de que no puedes querer ni a tu esposo, ni a tu esposa, ni a tu papá, ni a tu hijo, lo puedes querer más que a mí. Esas palabras parecen excesivamente exigentes. En realidad son palabras liberadoras. Con motivo de una celebración que tuve este año, por la cual estoy tan agradecido porque Dios me concedió por ahora llegar a los veinticinco años de sacerdocio, pues tuve ocasión de hacer retiro, de reflexionar, de darle gracias a Dios. Y me ponía a pensar en tantas personas que he conocido durante estos años. Familias, parejas, niños, personas de toda clase y condición. Incluso en otros países, por el servicio misionero que me ha pedido mi propia comunidad. Y caía en cuenta de una cosa, cada vez que alguien empieza a idolatrar a otra persona, está preparando su propio desastre. La mayor parte de los dolores y de los desastres matrimoniales empiezan por una idolatría. Cuántas veces se escucha uno, por ejemplo, a mujeres que han sido maltratadas, que han sido utilizadas y entonces, cuando ellas describen la manera como empezó esa relación, utilizan un lenguaje que es el de los ídolos. . . -No es que él era todo para mí, lo que él dijera, eso tenía que hacerse, como él quisiera, así tenía que ser-. Entonces date cuenta que la idolatría del esposo les llevó a un desastre, desastre personal como mujer y desastre del matrimonio mismo. O sea que cuando Cristo dice, No idolatres a tu esposo, en realidad le está haciendo un favor a esa mujer porque le está diciendo mira, si tú tomas ese ídolo, eso termina destruyéndote a ti. También hemos conocido seguramente ustedes igual o más que yo. Hemos conocido personas que idolatran a los hijos, los idolatran ¿Cómo? Con una obsesión de que el hijo no sufra, de que la hija no sufra. Entonces lo que pida el hijo hay que dárselo, hay que tenerlo contento, hay que mantenerlo, complacerlo en todo. Los adolescentes, los niños terminan volviéndose tiranos inexpertos en la casa. Yo conocí una familia no hace mucho con este drama, llegaba el tiempo de vacaciones que tenía el papá que trabaja. La mamá también trabaja, pero bueno, ellos tienen sus días de vacaciones que coincidían y entonces les pregunta un amigo ¿Qué piensan hacer de vacaciones? Y dice no, pues estamos conversando, estamos conversando ¿Qué? Porque ya llegaba la fecha. Resulta que el muchacho de la casa, un chico de 15 o 16 años, todavía no había decidido a dónde quería ir de vacaciones. Toda la familia alrededor del muchacho, que si el muchacho quiere ir a Panamá, que si el muchacho quiere volver a Cartagena, que si el muchacho quiere ir a Miami. Todo es en torno al muchacho. El muchacho con problemas de droga, el muchacho perdiendo ocho materias en el colegio y todos alrededor de él. ¿Se le está haciendo un favor a ese chico? Ahí es donde uno entiende la palabra de Cristo. "El que quiere a su hijo o a su hija más que a mí. . . " Se está perdiendo el regalo. Estás preparando un desastre. Entonces esas palabras radicales del Evangelio no debemos tacharlas. Hay que tomarlas en serio, porque de verdad, cuando Cristo dice Dame el primer lugar en tu vida, lo está diciendo porque nos ama. Para protegernos de toda idolatría. Porque ningún Dios que escojas va a ser como el verdadero Dios que aquí te visita en Cristo. No escojas falsos dioses. Esto nos muestra la fuerza liberadora que tiene la Palabra de Cristo también cuando parece tan exigente.

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