Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La cruz de Cristo quita de nosotros los amores idolátricos y nos abre a los amores según el Evangelio que dan fruto abundante y permanente.

Homilía ao13003a, predicada en 20170702, con 5 min. y 11 seg.

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Transcripción:

¡Feliz domingo para todos!

El Evangelio de hoy ha sido tomado de San Mateo, lo cual es la norma en el año en que nos encontramos. Por eso se dice que este año tenemos el ciclo A para las lecturas del domingo, porque todas o casi todas son de San Mateo. El año entrante, Dios mediante, será el ciclo B, el de San Marcos y el siguiente el ciclo C de San Lucas. El texto de hoy, pues, es de San Mateo, en el capítulo décimo, y nos habla sobre la cruz. Cristo dice: "El que no tome su cruz no puede ser discípulo mío". Esa clase de expresiones pueden hacernos pensar que la cruz es cómo sinónimo de pérdida, privación, dificultad. Esa es parte de la cruz, pero esa no es toda la cruz.

Podemos decir que bien entendida, la cruz cierra unas puertas y abre otras puertas. Y eso, sí que se nota muy bien en el Evangelio de hoy, nos damos cuenta efectivamente que Cristo nos hace ver cómo cualquier amor de tipo idolátrico queda cerrado para los discípulos. Pero, por otro lado, cualquier amor que implica acoger a los discípulos del Señor, abrirse a la gracia de Dios, abrir nuestro corazón para ser verdadera comunidad cristiana, ese amor se abre a partir de nuestro discipulado, a partir de la cruz. Es decir que la cruz cierra la puerta a los amores idolátricos y la cruz abre la puerta a los amores que son según el Evangelio.

Para enseñarnos de una manera muy visible y también muy dura en qué consisten los amores idolátricos, Cristo nos dice "El que ame a su Padre más que a mí, no es digno de mí. El que ame a su esposa o a sus hijos más que a mí, no es digno de mí. El problema, por supuesto, no está ni en la esposa, ni en el papá, ni en los hijos. El problema está en el momento en el que volvemos ídolos a esas personas. Como sacerdote lo puedo decir. Me he encontrado el caso, por ejemplo, de mujeres que después de años de padecer horribles humillaciones, llegan a una conclusión. . . -De verdad mi esposo era mi Dios-. Es decir, convirtieron el deseo de complacer a un hombre en el centro de sus vidas, Incluso cuando ese hombre les pedía cosas que ellas no querían, les pedía cosas que eran humillantes o sucias, que eran injustas por complacer a ese ídolo, por complacer a ese dios con "d" minúscula; pues llegaron a unos extremos horribles.

Y finalmente, cuando toda esa historia acaba, la persona llega a una conclusión: -Mi esposo era mi Dios-. También tenemos el caso de algunos papás que convierten a sus hijos en ídolos y lo que diga el muchachito, lo que diga la niña, eso tiene que ser. Es decir, tenemos el caso de hijos que son verdaderos tiranos en la casa porque los papás los idolatran porque tienen demasiado temor de contradecirlos. Entonces entendemos lo que Cristo dice: Si vamos a entrar en una verdadera vida cristiana, esa clase de idolatría no puede existir en nuestra vida. Es necesario que nosotros le pongamos un freno a esa idolatría, y ese freno es el que viene a traer la cruz de Cristo en nuestra vida.

En segundo lugar, esa misma cruz que ha quitado de nosotros los amores idolátricos. Nos abre a los amores según el Evangelio. Por eso también en el pasaje que hemos oído vemos que Cristo dice: "El que a vosotros recibe, a mí me recibe". Y estas otras palabras muy consoladoras que tienen una relación con la primera lectura, El que reciba a un profeta, recibirá paga de profeta. Es decir, que el amor del Evangelio hace que abramos nuestras casas, hace que abramos nuestros corazones para acoger a las personas con un amor de Evangelio. Entonces te das cuenta lo que hace la cruz. La cruz cierra lo que tiene que cerrar. Y la cruz abre lo que tiene que abrir. Así nos habla Cristo. ¿Por qué? Porque nos ama. Porque sabe que todo amor idolátrico acabará mal. Y porque sabe que todo amor, según el Evangelio, al final dará fruto, un fruto abundante, un fruto que permanece.

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