|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía ao13002a, predicada en 20020630, con 28 min. y 57 seg. 
Transcripción:
Son tan fuertes las expresiones de nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio, y él las decía así para que quedaran bien grabadas en la memoria de sus oyentes. Son tan fuertes esas expresiones -El que ame a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. El que ame a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí-. Eso es tan fuerte que nuestra atención inevitablemente se dirige hacia ese aspecto de su enseñanza en el texto que hemos oído. Ese aspecto puede resumirse en lo que dice el mismo Señor Jesús -El que no coge su cruz y me sigue, no es digno de mí-. Sin embargo, el evangelio que hemos escuchado tiene no solo esa enseñanza sobre la que hemos predicado en otras ocasiones, sino también tiene una enseñanza muy bella sobre la hospitalidad. En esta ocasión no vamos a predicar sobre la cruz, sino sobre la hospitalidad, que es el vínculo que hay con la primera lectura, porque lo que se celebra en la primera lectura es la hospitalidad de aquella mujer rica. Es un modelo de hospitalidad esta mujer. Si nos detenemos un poco sobre lo que ella hace, descubrimos cuál es la grandeza de esta cualidad que es tan rara en nuestro tiempo y en nuestra sociedad. En nuestro tiempo. Porque nuestro tiempo es individualista y en nuestra sociedad, porque nuestra sociedad es violenta. Y si unimos el individualismo y la violencia, pues cada uno se resguarda en lo suyo y trata de que nadie más entre. El tiempo en el que estamos y la sociedad en la que vivimos casi podemos decir que prohíbe la hospitalidad, casi la norma es no metas nada extraño y no admitas a ningún extraño en tu vida. Pero esta mujer, una mujer rica de Sunam. El nombre no aparece. Brilla por su hospitalidad. En primer lugar, porque siendo rica, no es rica para sí misma, sino rica para los demás. Abre sus riquezas a los demás. Y cuando un rico es bondadoso, no se llama rico. Se llama administrador de los bienes de los pobres. Esto explica que el otro texto en el que el Señor Jesús dice -Ningún rico entrará en el reino de los cielos-. Y luego los predicadores empiezan a maquillar esa frase de Jesús no hay que maquillarla, dejémosla como está. Ningún rico entra en el Reino de los Cielos. Ah, pero si el rico es generoso y comparte, entonces no se llama rico, se llama un administrador de los bienes de los pobres. Y eso es lo que es esta mujer. Primera enseñanza para nosotros: Dios no nos quiere ricos. Dios nos quiere administradores de nuestros bienes en favor de los demás. Y ahí está la clave de la hospitalidad. Ahí está el centro, o por lo menos la raíz de esta virtud tan extraña para nuestro tiempo y para nuestra sociedad. La mujer invitaba a Eliseo a comer y toma una decisión. Segundo paso: Abre un espacio dentro de su casa, abre un espacio dentro de sí. ¿Por qué es tan difícil la hospitalidad? Pues porque la física capítulo uno dice que donde hay un cuerpo compacto no cabe otro cuerpo. Necesitamos abrir un espacio, para que quepa el hermano hay que abrir un espacio. Yo no puedo introducir un clavo en una roca, tengo que abrirle un hueco a la roca para que quepa el clavo. Hay que abrir un espacio. Eso es lo que realiza esta mujer. Vamos a hacerle un espacio a este hombre de Dios. Hacerle un espacio al hermano. ¿Qué es? ¿Cómo podemos hacerle un espacio al hermano? No vemos todavía la respuesta. Sigamos reflexionando sobre el ejemplo que nos ofrece la liturgia hoy y ya veremos a dónde nos conduce. Pero llevamos dos elementos. Primero, nada de ricos, administradores de los bienes de los pobres. Segundo, abrir un espacio. Fíjate una cosa, esa habitación no se hizo sola, hubo que hacerla. Eso también tiene un significado. El espacio para el hermano no se abre, solo los espacios hay que abrirlos. Después del pecado original y sus consecuencias, el corazón humano es compacto como el granito. El corazón humano es compacto, seco y oscuro, como el carbón de piedra. Así es el corazón humano. El corazón no abre espacio solo. Los espacios hay que abrirlos. Así como la habitación esa, había que hacerla. El espacio en el corazón hay que abrirlo. El corazón no se abre solo. Esto lo miramos, por ejemplo, en los niños. Ya más de una ocasión lo hemos predicado. Los niños son egoístas, incluso terriblemente egoístas. Al niño toca enseñarle a abrir un espacio, enseñarle que no todos los caramelos son para él. Pero yo los quiero todos. Te vas a enfermar, pero yo los quiero todos. No, no, no. Dale a tu hermanito. Dale a tu vecino. A ver, ven aquí. Dale, dale a él hasta que el niño un poco de mala gana, saca los preciosos caramelos y dice, bueno, toma. ¡Ya! Ahí se ve que la tendencia al egoísmo. Ya ahí se ve que el corazón negro de carbón de piedra está en ese niño, con la educación, con el ejemplo y sobre todo con la presencia y la obra de Dios. Ese corazón cambiará, pero el corazón no abre espacios. Lo natural en el corazón, natural después de la obra del pecado original, es, aquí no cabe nadie. Y ese es el lamentable saludo que nuestra sociedad le da a muchas personas: -Tú no cabes aquí, no te metas conmigo. He vivido muy bien sin ti y creo que puedo sobrevivir ¡Vete! - Ese es el mensaje que enviamos a multitud de personas. Tú no importas. Esta mujer toma de sus bienes porque no son suyos, sino son de los pobres. Y le abre un espacio al hombre de Dios. Ahí sigue la hospitalidad. Vamos a ver qué más podemos aprender de lo que nos cuenta esta lectura del segundo libro de los Reyes. Vamos a prepararle una habitación, cerrada en el piso superior. Le ponemos allí una cama, una mesa, una silla y un candil. Esta enumeración tiene como una especie de ternura. Ella no le abre un hueco, ella no le hace una cárcel. Ella le hace posible la vida. Y desde su mente sencilla estamos en una sociedad muy primitiva, desde su mente sencilla le da lo que cree que este hombre puede necesitar. Necesita recostarse, una cama. Yo veo que él lee, una silla, una mesa, un candil. Es decir, ella mira a la necesidad de él. Ella piensa en la necesidad de él. Y de pronto, quizá en el gusto de él. Abrir un espacio no es abrirle un hueco. No es abrirle un calabozo. No es abrirle un socavón a la otra persona; como quien dice: -Está bien, ya que no puedo prescindir de usted y parece que no se va a largar, Entonces sepa que yo le asigno este calabozo, este socavón en mi alma-. Ella piensa, esta mujer, es tan lindo, el ejemplo de ella. Y yo he conocido gente así. Y yo he conocido gente así. Gente que le abre a uno un espacio así. Y digo yo, para vergüenza mía, ahí era el espacio para Eliseo, que era un hombre santo. Hay gente que lo trata a uno así. Y piensan, ¿Qué puedo hacer para que él viva? ¿Qué puedo hacer para que tenga vida posible? ¿Qué puede estar necesitando, qué le puede gustar? Éso es abrir un espacio. Van tres cosas. No es rica, sino administradora de bienes. En segundo lugar, abre un espacio. Pero, en tercer lugar, no es cualquier espacio, es un espacio para hacer la vida posible al otro. Piensa en las necesidades del otro. Todavía va más allá el ejemplo de esta mujer. Una mujer buena. Un día llegó allí. Entró en la habitación Eliseo y se acostó. Para eso ya tenía una cama. Dijo a su criado Guejazí: ¿Qué podríamos hacer por ella? Pregunta Eliseo. Qué se yo; no tiene hijos, su marido es viejo. Eliseo dijo ¡Llámala! y viene el otro detalle que es sorprendente. Ella se quedó junto a la puerta. Si nosotros revisamos en el Antiguo Testamento, esta es exactamente la actitud de un sirviente. Es un ejemplo tan sencillo en una sociedad tan sencilla. Pero dice tanto. Ella está en su propia casa. La casa es de ella, entre comillas, es de ella. Pero en la casa de ella, ella se convierte en servidora y llega a la puerta y no entra y no entra a recorrer la habitación, no se sienta en la silla, no toma las confianzas que serían más que naturales, sobre todo tratándose de su propia casa. Llega y se para en la puerta. Ella se quedó junto a la puerta. Bueno, aquí la hospitalidad alcanza un nivel inmenso. No solo se desapropia de sus bienes, no solo abre un espacio para el prójimo, no solo piensa en el bien de él, sino que llega, podríamos decir, casi al extremo, de convertirse en servidora de él. Es mucho el amor que manifiesta un amor teñido de humanidad, de cariño y de una humildad tan grande. Eliseo le dice: "El año que viene por estas fechas abrazarás a un hijo". Uno como que siente una alegría de ver que Dios haya premiado tanto amor, que esa generosidad haya recibido en cierto modo ese premio. Aquí también hay una enseñanza para nosotros. Esta mujer. Entonces estamos aprendiendo que era estéril. ¿Cierto? No había podido tener hijos. Por lo menos en este momento. No sabemos si era problema del marido o de la mujer. El hecho es que ella, para efectos prácticos, era estéril. ¿Y qué es lo más lindo de todo lo lindo que nos ha enseñado esta mujer sin nombre? Lo más lindo es, ella no se encerró en su esterilidad. ¡¡¡Qué testimonio de mujer, qué alma tan bella!!! Cualquiera diría, una estéril. Una fracasada, una frustrada, una amargada. No. Ella, que no podía abrazar un hijo, abrazó con su amor a un hombre de Dios, a un peregrino, a un profeta del que seguramente poco sabía al principio. Ella convirtió su esterilidad. Ella convirtió su frustración. ¿En qué? En un regazo donde pudo recibir al profeta cansado. Creo que este último elemento nos ayuda a entender cómo puede uno empezar a ser hospitalario, que era la pregunta que nos habíamos hecho antes. Cómo puede uno empezar a recibir a las otras personas. A ver, Eliseo fue un profeta bastante peregrino, como sabemos por el segundo libro de los Reyes. De hecho, él anduvo bastante, primero con Elías y luego con una especie de comunidad profética en la que él estaba. Pero si no me falla la memoria, la única mujer que hizo estos favores por Eliseo fue esta mujer. Yo no me acuerdo. Puede estarme fallando la memoria, pero yo no me acuerdo de nadie más que le haya hecho estos favores a Eliseo. Aquí Dios quiere enseñarnos algo también. ¿Qué nos quiere decir el Señor con esto? Que la hospitalidad, ¿De dónde nació? Nació de que el vacío lo había creado Dios. Ella no tenía un hijo a quien abrazar, no tenía a quien abrazar. Había un vacío en su corazón de mujer que quería ser fecunda. Había un vacío. Había un vacío en sus entrañas que nunca habían sentido el palpitar del corazón de un bebé. Tenía un vacío en las entrañas. Tenía un vacío en el corazón. Estaba vacía. Y ese vacío se puede mirar como tragedia o como el comienzo de ese espacio que me permite recibir a otros. Y ¡aleluya! Esta mujer tomó ese segundo camino. No volvió el vacío de sus entrañas, no volvió al vacío de su vida. No lo volvió abismo de locura. Abismo de desesperación. No le hizo un canto a la muerte. No se arrojó en los brazos de la nada. Ella, teniendo ese vacío, transformó ese vacío en casa. Volvió ese vacío habitación. Hizo de ese vacío un manantial. Y lo que Dios está diciendo en el fondo es eso, que tus vacíos son manantiales que están por nacer, que lo que no ha podido nacer en ti es un hueco que Dios dejó para que tú acogieras a tus hermanos. Que lo que parece frustración y muerte es el espacio providencial por el que Dios quiere regalarte la capacidad de también hacerle la vida posible a otros, bendecir a otros, convertirte en servidor o en servidora de otros. Así nace la hospitalidad. La hospitalidad nace del vacío. Me atrevo yo a pensar. No sé si estaré equivocado, pero yo digo cuántas mujeres felizmente casadas, felizmente fecundas, vieron pasar a Eliseo, pero tenían toda la casa llena, tenían todo el corazón lleno y tenían las entrañas llenas de otro bebé en camino, estaban llenas, no les cabía nadie más. Será más hospitalario, no el que más tiene, sino aquel que teniendo un vacío se arriesga a convertir ese vacío en manantial. Y eso fue lo que hizo esta mujer. Convirtió su vacío en un manantial. En la liturgia de las horas, en el oficio común de santas mujeres hay una oración tan bella referida a las viudas, no a las estériles, ni a las vírgenes, sino a las viudas. Y dice, aquellas. Es un elogio a las viudas santas. Y dice: -Aquellas que supieron superar, que supieron vencer la soledad a través de la oración y la hospitalidad-. El vacío, el vacío que hay en tu vida, no es una maldición que Dios te arrojó. El vacío que hay en tu corazón no es un castigo, no es una herida que Dios te propinó. Solo desde nuestros vacíos aprendemos a ser verdaderamente hospitalarios. Solo desde nuestros vacíos nos arriesgamos a acoger a otro, a recibirlo y a darle vida. De modo que cuando ella vio pasar al profeta y supo admirar que ese hombre era de Dios. Y así venció la tragedia y la desesperación. Cuando luego le hizo esa ermita y lo recibió y le permitió descansar, cuando hizo todo eso por ese hombre, ya ella estaba transformando el vacío de su vida en fecundidad. De modo que la palabra del profeta no es un simple regalo, no es una manera de pagarle un favor. El profeta no está diciendo mire por esta piecita que está más o menos buena, esta cama que se deja dormir y por este lugar tenga su niño. No, no es un pago. El profeta lo que hace es como buen profeta, ¡¡¡mirar, descubrir la acción de Dios!!! Que ha tomado esa vida y en la línea en la que Dios está levantando a esa mujer desde una situación de esterilidad a una situación de fecundidad. El profeta apenas se limita a pronunciar la última palabra, la bendición, que por decirlo así, consuma y resume el total de la obra de Dios en esa mujer. Lo que le dice el profeta no es otra cosa sino -Mira, eres fecunda y Dios da una señal de tu hermosa fecundidad en ese niño que vas a abrazar.- La hospitalidad. ¿Por qué la ama tanto Dios? ¿Por qué Dios nos invita a la hospitalidad? Como dice el Evangelio: "El que os recibe a vosotros, me recibe a mí". Esa es una gran promesa. Esa es una manera de encomiar soberanamente la hospitalidad. -El que recibe a un justo, porque es justo, tendrá paga de justo-. Oye, esto es darle demasiada importancia a la hospitalidad. ¿Por qué? Porque la hospitalidad, como aprendí por una traducción latina de los Salmos, es uno de los nombres de Dios. Dios en uno de los nombres que aparece en la Biblia en latín, eso no aparece en la Biblia en castellano o no lo he visto. Además, no sé cómo se traduciría, Dios es el susceptor, susceptor. Es un sustantivo que viene del verbo suscipere, que quiere decir recibir, acoger. Dios es el susceptor y por eso cuando una persona se vuelve susceptor o el femenino es susceptrix Cuando una mujer se vuelve susceptrix, como hizo la de la primera lectura. O cuando un hombre se vuelve susceptor, Dios, ve su imagen en esa persona. Es divino, es de Dios ¡¡Recibir!! Es de Dios poder acoger, es de Dios poder envolver, poder sostener, poder cuidar es de Dios aprender a servir. Es de Dios recibir al otro en su diferencia. Es algo tan de Dios que Cristo quiso adornar con esas promesas maravillosas que nosotros quisiéramos asemejarnos a Dios en eso; es de Dios. Y si nosotros lo miramos desde esta óptica, pues ¿Qué diremos? ¿Qué diremos, por favor? Sino que Cristo es el gran susceptor. Cuántos místicos, cuántos santos se derriten de amor y copiosas lágrimas de gratitud, mirando a Jesús con su costado roto, qué es el costado roto de Jesús, sino una manera de decir mi puerta está abierta todo el día y toda la noche. Jesús. Jesús es el susceptor, Su puerta está siempre abierta. Su corazón tiene todo lo que nosotros necesitamos. Aquella mujer buena de la primera lectura de hoy le preparó al profeta lo que a ella se le ocurrió que el profeta podía necesitar, una camita, una silla, una mesita y una lámpara. "Porque yo he visto que él quiere leer por las noches, voy a tenerle una lámpara". Es tan tierno, es tan bello. Pues así es Jesús. Jesús tiene ya la habitación preparada y en su corazón está todo lo que nosotros podemos necesitar. Esta mujer ofreció lo que ella podía dar, pues Jesús, que es el gran susceptor, nos da todo lo que Él ve que podemos necesitar. La mujer preparó una cama para que el profeta pudiera descansar. Jesús en su corazón tiene todo su descanso para nosotros. La mujer preparó silla, mesa, candil para que este hombre pudiera estudiar, para que pudiera leer, para que pudiera orar. Pues ahí está el Corazón de Cristo, que no hay biblioteca mejor que ese corazón, que no hay oratorio, mejor que ese corazón. Lugar de descanso, escuela de sabiduría, santuario de plegarias. Ese es el Corazón de Cristo. Y ahí está bien abierta la puerta, ahí está bien roto el costado para que sepamos que esa entrada está. Cuando uno de nosotros, movido por el Espíritu Santo. Porque acuérdate que esto no le nace a uno, esto no nace. Lo que a uno le nace es un corazón compacto, y negro, carbón de piedra. Pero cuando uno de nosotros, movido por el Espíritu Santo, deja el corazón de piedra y se le vuelve un corazón de carne. Y cuando uno de nosotros se arriesga en el Espíritu Santo, en el poder del Espíritu, cuando uno de nosotros se arriesga, también a abrirle el corazón a otro que es diferente a otro que tal vez es incomprensible. ¿Acaso esta mujer entendía todas las profecías de Eliseo? Si no las entendemos nosotros hoy todavía completamente. Esta mujer no entendía toda la vida de Eliseo, pero ella amó más de lo que entendió. Bendita mujer. Éso es recibir, amar más de lo que uno entiende. El egoísmo calcula y le pone un límite al amor. Solo amaré hasta donde yo entienda, Solo amaré hasta donde yo comprenda. Solo amaré hasta donde me parezca razonable. El egoísmo le pone números, le pone cifras, hace cálculos. El amor se arriesga. Esta mujer se arriesgó. No entendía cosas del profeta, pero abrió un espacio para el Profeta. Qué tal que uno de nosotros, movido por el Espíritu Santo, haga algo parecido y también abra un espacio así para el hermano al que no termino de entender. No termino de entender tu misterio y me duele tu misterio y me hace sufrir tu misterio. Pero ¿Sabes una cosa? -Voy a abrir un espacio en mi corazón para tu misterio y de hoy en adelante quiero que tu misterio también quepa en mi vida.- Si uno de nosotros llega a decir una cosa de esas, es Cristo que nos está diciendo. Decir una frase de esas es algo así como ser Cristo hoy. No te termino de entender. Hay muchas cosas que me duelen. No sé por qué haces lo que haces, pero te amo más de lo que te entiendo y por eso hay un espacio para ti en mí. Y en ese espacio, como esta mujer, quiero que tú puedas vivir. Quiero que tú puedas descansar, quiero que tú puedas ser feliz y estoy dispuesto a servirte. Uy, Jesús! Uf, se aturde uno, y le da vértigo de oír esas palabras. Si alguien puede decirlas, es Jesucristo. Uno no puede, Pero si Cristo las pronuncia en boca de uno, si Cristo las pronuncia en el corazón de uno, eso se llama ser de Jesús. Eso se llama ser cristiano. Y así entendemos porqué Cristo dijo lo que dijo en el Evangelio El que recibe a un justo, porque es justo, tendrá paga de justo. Claro, porque es que recibir no es fácil, porque es que para recibir hay que ser Jesús. Para recibir hay que tener un corazón como el de Él. Para acoger hay que hacer un susceptrix como Jesús, que venga a nosotros el Espíritu de Dios. Estos misterios nos rebasan, estos misterios, son mayores que nosotros, pero estos misterios Dios los realiza. Y si esa mujer en el Antiguo Testamento pudo abrir su casa a ese hombre misterioso y pudo hacerlo por amor a Dios, yo estoy seguro de que nosotros, movidos por el Espíritu, también podemos vivirlo. Y cuando nosotros lo vivimos, ¿En qué se convierte el mundo? Hay una palabra griega que lo describe: Koinonía, comunión, fusión, unidad. Uno solo, eso llegaremos a ser cuando movidos por el Espíritu, podamos acogernos unos a otros en el amor de Jesucristo.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|