Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cristo nos enseña que el miedo puede ser vencido a partir de tres verdades: (1) Nosotros somos de Dios; (2) Él nos considera valiosos; (3) Dios cuida lo que es suyo.

Homilía ao12010a, predicada en 20200621, con 31 min. y 8 seg.

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Transcripción:

Hermanos, es muy bella La consigna que nos trae el Evangelio de hoy nos repite Cristo más de una vez "No tengáis miedo". Estas palabras las dijo el Señor a los apóstoles en el capítulo décimo del Evangelio según san Mateo. Y si nosotros miramos cuál es el contexto, nos damos cuenta que Cristo los estaba enviando a su primera misión, por lo menos la primera que aparece registrada en el Nuevo Testamento. Como iban en misión y cómo iban a encontrar dificultades, como no los iban a recibir bien en todas partes, como tal vez tendrían que experimentar carencias, oposición, indiferencia. Por eso las palabras de Cristo son como el equipaje emocional que les da para que resistan cuando se den esas circunstancias, cuando llegue la oposición, cuando llegue la persecución, cuando llegue la indiferencia, no deben olvidar ellos que Cristo les había dicho, no tengan miedo. "No tengáis miedo".

Les da varias razones para superar el miedo. Y estas razones nos interesan mucho, porque aunque nosotros no estemos exactamente en la misma situación de los apóstoles, nosotros también tenemos nuestras propias razones, o así lo estimamos, para sentir miedo. Por eso este pasaje puede ser como una hermosa terapia que nos ayuda a vencer el miedo. No es fácil hacer la lista de los miedos que uno tiene. De hecho, uno trata de no hacer esa lista. Ahí aparecen cosas como enfermarse, perder a un ser querido, tener una enfermedad incurable, padecer un accidente, quedarse sin trabajo Y por supuesto, todo ello se acelera en un tiempo de pandemia en el que las noticias continuamente nos están hablando de contagiados, de muertos, problemas económicos, revueltas sociales.

Podríamos decir que en el ambiente en el que estamos se respira miedo. El miedo está casi que como un habitante no deseado, pero permanente en muchas casas. ¿Qué nos dice Cristo para vencer el miedo? Repito, nos da varias recomendaciones, pero yo quiero centrarme en una, en la comparación que hace entre nosotros y esos pequeños pajaritos que se llaman los gorriones. La parte pertinente del Evangelio de hoy dice así: "¿No se venden un par de gorriones por unas monedas?; Y sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre del cielo". Ahí empieza la comparación con los gorriones, el gorrión, un animalito que tiene poco precio y que sin embargo está bajo el gobierno, bajo la providencia, bajo el conocimiento de Dios Padre. "Vosotros, hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. No tengáis miedo. No hay comparación entre vosotros y los gorriones. . . " Antes había dicho que esos gorriones se venden por unas monedas, por unos cuartos, por poco precio en todo caso, esa es la idea.

Y lo que nos está diciendo es -ustedes valen mucho-. Y por supuesto, si somos de Dios y si somos muy valiosos ante Dios, entonces ¿Cómo no va a tener un cuidado, un gobierno, una providencia sobre nosotros? Ese es el argumento de Cristo. En síntesis, somos de Dios, somos valiosos y Dios cuida lo que es suyo. Ese es todo el argumento. Ahí lo tienes. Te lo repito: -Somos de Dios, somos valiosos y Dios cuida lo que es suyo-. ¿Cómo puede aplicar uno esa sencilla pero tan profunda enseñanza de Cristo a la propia vida?, ¿Cómo la podemos aplicar? Pues he dicho que son tres cosas. Somos de Dios, somos valiosos. Dios cuida lo que es suyo. En cuanto a aquello de que Dios cuida lo que es suyo, pues es parte del ser divino, eso no aumenta ni disminuye porque es tan permanente como Él mismo.

Pero en cuanto a las dos primeras frases que he dicho, nosotros sí podemos trabajar. ¿Cuáles son esas dos primeras frases? Primera, que somos de Dios y segunda, que somos valiosos. Es decir, que cuanto mayor sea la conciencia que nosotros tenemos de que somos de Dios. Más victoria tiene su amor en nuestra vida y más lejos le toca huir al miedo. El miedo solo puede entrar en los vacíos de tu corazón. Pero si tu corazón está lleno de fe, de confianza, de certeza en Él; el miedo, por más que quiera entrar, no lo va a lograr. Yo recuerdo un canto carismático por allá de mi juventud. Eso fue el siglo pasado. Ese canto carismático decía. . . "Si la duda llega a tu corazón y te dice déjame entrar, dile No, no, no, Cristo vive en mí y no hay lugar para ti".

Y me acuerdo también la melodía. -Si la duda llega a tu corazón y te dice: Déjame entrar; y luego se decía, si el miedo, si el miedo llega a tu corazón y te dice déjame entrar, dile No, no, no, Cristo vive en mí y no hay lugar para ti-. Como tantos cantos carismáticos, la melodía es muy sencilla, casi infantil, pero a mí eso me gusta, porque fíjate, fue una melodía que aprendí hace más de 20 años y la puedo repetir ahora. Yo a veces me pregunto cuando oigo canciones incluso muy bonitas pero tan sofisticadas que alaban a Dios. Yo digo, de aquí a veinte años, ¿Si habrá quien pueda cantar eso de memoria? Pero ese es otro tema. Entonces, fíjate que en la medida en que tú te sientes más de Dios, en esa misma medida tú sientes que le perteneces y que por consiguiente Él protege lo que es suyo. Entonces, en la medida en que crecemos en nuestra conciencia de que somos de Dios, el miedo va retrocediendo.

Bueno, ¿Y qué puedo hacer yo para crecer en esa conciencia de que yo soy de Dios? Bueno, para crecer en la conciencia de que tú eres de Dios y para que yo crezca en la conciencia de que yo soy de Dios y le pertenezco. Hay tres cosas por lo menos que podemos hacer. La primera es esta. La primera es: -Hay que tener una conciencia limpia, una conciencia limpia. Por eso tiene que llegar pronto el tiempo en que renovemos la práctica del sacramento de la Confesión-. Tener la conciencia limpia, tener la conciencia clara, despejada, ayuda extraordinariamente. ¿Por qué? Porque. ¿Qué es una mala conciencia? ¿Qué es una conciencia sucia? La conciencia sucia es la del que sabe que no está viviendo como Dios quiere. Y eso significa que por un lado va el plan de Dios y por otro lado va mi vida. ¿Cómo me voy a sentir yo pertenencia de Dios? ¿Cómo me voy a sentir que soy de los suyos si lo que Él me manda yo no lo hago y lo que Él quiere a mí no me importa? ¿Cómo me voy a sentir pertenencia de Dios si estoy obrando en contra, al margen, afuera de lo que Dios quiere? No tiene sentido, mis hermanos.

Por eso lo primero que tenemos que hacer para recuperar y para aumentar nuestra certeza de que le pertenecemos, de que somos suyos. Lo primero es una buena conciencia. Hay que tener una conciencia limpia. Soy consciente yo mismo de que las circunstancias actuales hacen difícil, si no imposible, celebrar el sacramento de la Confesión. Pero una cosa que tú puedes ir haciendo es el sincero arrepentimiento. De hecho, la Iglesia nos invita a que por lo menos una vez al día, todos los días, por lo menos una vez al día, hagamos el examen de conciencia. Idealmente, esto debe hacerse en la última oración del día. Y si estamos siguiendo la liturgia de la Iglesia, esa última oración se llama "Completas" y la oración de completas empieza siempre con un examen de conciencia.

Fíjate que también en la Santa Misa hacemos un -micro- examen de conciencia. Esos exámenes de conciencia no son para amargarte la vida. Esos exámenes de conciencia son para que tú puedas, desde ese reconocimiento, acercar tu vida al plan de Dios, acercarte al plan de Dios. Porque te repito, persona con conciencia sucia es una persona que en el fondo de su corazón sabe, Dios quiere otra cosa y yo hago otra cosa. Entonces, si Dios quiere una cosa y yo hago otra, ¿Cómo me voy a sentir pertenencia de Él? Ese entonces es el primer elemento que nos ayuda a sentirnos verdaderamente del Señor. Segundo, ayuda extraordinariamente a reconocernos como pertenencia de Dios, el conocer, el leer, el ver, ya sea en una película, en un video, en una lectura, las vidas de los santos, porque ellos son los que seguramente tuvieron que pasar por dificultades como las nuestras.

O, ¿Es que tú crees que las familias de los santos eran todas perfectas? Hay unas familias bellísimas, como la familia de Santa Teresa del Niño Jesús, ella Santa y sus dos papás. Papá y mamá canonizados, santos. Pero no todas las familias son así. Entonces muchos santos han tenido que pasar por graves dificultades y han tenido que vencer sus malas inclinaciones, han tenido que trabajar muchísimo, no fue fácil para ellos. Y en la medida en que nosotros vamos viendo cómo la mano de Dios los acompañó, entonces nosotros decimos Esto es absolutamente maravilloso, la providencia de Dios defendiendo lo suyo. Nosotros estamos felices por la próxima canonización de un hombre llamado Carlos de Foucault se escribe Foucault, Foucault, Carlos de Foucault. Por supuesto, es un nombre francés. Charles de Foucault.

Carlos de Foucault fue un hombre que pasó por el ateísmo más radical, tuvo una conversión impresionante, luego se fue como misionero en el silencio y el testimonio a tierra de musulmanes y murió a manos de ellos de hecho. Este hombre admirable, Carlos de Foucault, es una de esas historias que cuando tú empiezas a leerla, tú dices esta vida no iba para Dios, esta vida iba en contravía. Iba en una dirección totalmente opuesta. Y sin embargo, ¿Cómo Dios se manifiesta? ¿Cómo Dios va guiando a esa persona? Conocer las vidas de los que Dios ha llevado a la santidad. Porque siempre es cierto lo que dice el prefacio de los santos que Dios, al coronar a los santos, corona su propia obra. Conocer esas vidas nos infunde una certeza de que de verdad el Señor, el Señor, nos toma como posesión suya.

Bien dice el Salmo, Salmo número 100: "Somos su pueblo y ovejas de su rebaño". Entonces la primera recomendación es una buena conciencia. La conciencia sucia siempre verá a Dios como un personaje un poco lejano, que quién sabe si me ayuda o no me ayuda porque yo tampoco le ha ayudado mucho. Mucho más con las palabras que terminan el Evangelio de hoy. ¿Te fijaste? Dice Cristo: "El que se ponga de mi parte ante los hombres, yo me pondré de su parte ante mi Padre Celestial". Por eso la buena conciencia. Hay que tener una conciencia limpia en lo público y en lo privado, en lo que conocen de mí y en lo que no conocen de mí. Cuando me ven, cuando no me ven, cuando me aplauden, cuando me aplauden. No importa eso, lo que importa es quién soy ante Dios.

Segundo, hay que ver el testimonio de los santos. Esto es clave. Tercera cosa que nos ayuda extraordinariamente para sentirnos posesión de Dios, sentir que somos propiedad suya. Hay que pedir de los dones del Espíritu Santo. Uno que se llama el don de piedad. Como hemos explicado en otras oportunidades la "Pietas" en latín, "Eusebeia" en griego, es el nombre que tiene el amor propio entre padres e hijos, el don de piedad. Cuando llega a nosotros hace que nosotros crezcamos en la certeza de que somos hijos, de que somos preciosos, de que somos posesión de Dios, de que nosotros le pertenecemos a Él. Un santo obispo de la antigüedad, uno de los primeros, sino el primer canonizado no mártir en la iglesia, se llamaba Martín. San Martín de Tours. San Martín de Tours. Gran obispo, gran predicador, bendito misionero.

Fue atacado por el demonio. Cuando llegó la hora definitiva, La hora de su muerte. Esto se cuenta en las crónicas que describen la vida de San Martín de Tours. Pues resulta que cuando viene el demonio a atacar a Martín. Martín no tiene miedo y le dice: "¿Qué haces aquí? Nada encontrarás en mí" lo que está diciendo Martín es: -Yo soy de Cristo, yo soy de Él, y si yo soy de Cristo, el demonio no tiene nada que hacer conmigo, nada, nada tiene que hacer-. Es lo que sucede cuando uno se refugia en Cristo. Si tú estás refugiado, si tú estás refugiada en el corazón de Jesús, el demonio para atacarte tiene que meterse con Cristo y no lo va a hacer, va a huir y va a huir despavorido, porque bien sabe que su derrota será completa, vergonzosa y por consiguiente dolorosa. Porque si algo le queda al demonio es ego. Por eso el demonio no ataca a los que se refugian en el corazón de Cristo. Uno tiene que hacerse tan pequeño como para caber por esa herida del costado y refugiarse en Cristo.

Y eso es lo que nos da ese don de los siete dones del Espíritu Santo. El don de piedad nos da esa certeza de que somos hijos, de que somos posesión de Dios. Entonces tenemos esas tres recomendaciones para recordar siempre que somos de Dios. Primera recomendación, una conciencia limpia. Segunda, ver lo que Dios ha hecho en las vidas de otras personas, sobre todo los santos. Y tercera recomendación pedirle al Espíritu Santo el don de piedad, ese don que me hace sentirme, reconocerme. Posesión de Dios, Hijo de Dios. Bueno, de esa manera yo voy a poder avanzar en el primer punto que dijimos, es decir, en reconocer que yo soy de Dios. Pero es necesario que yo reconozca que soy valioso ante Dios, no solamente que soy de Él, sino que realmente valgo mucho para Él. Y de nuevo, aquí hay tres recomendaciones que nos sirven mucho.

Primera, leer el Evangelio en clave de periferia, como nos recomienda tantas veces el Papa Francisco. ¿Qué quiere decir leer el Evangelio en clave de periferia? Quiere decir darnos cuenta que Cristo tiene una especie de radar por el que está viendo no solamente lo que está aquí inmediatamente y lo que está aquí en el centro, sino que Él está viendo las periferias y ¿Cuáles eran las periferias en la época de Cristo? La gente que no importaba. ¿Doy unos ejemplos? Los voy a dar con mucho gusto. Los judíos. Es decir, habitantes del pueblo de Dios, habitantes del pueblo elegido en la región de Judea, se consideraban los verdaderamente fieles al Señor. Un poco al norte de la región de Judea, estaba la región de Samaría, y todavía más al norte estaba la región de Galilea, donde se crió Cristo, en Nazaret de Galilea, un pueblito que ni siquiera se menciona en el Antiguo Testamento.

¿Y qué nombre le daban los judíos a Galilea? La llamaban Galilea de los gentiles, es decir, tierra que ya se perdió para el paganismo. Y cuando Felipe, el Apóstol saluda al que después sería el apóstol Bartolomé, que tenía como primer nombre Natanael, cuando Felipe saluda a Natanael, le dice Hemos encontrado al Mesías, a Jesús de Nazaret. ¿Y qué dice Natanael? "¿Nazaret; y es que de Nazaret puede salir algo bueno? Fíjate cuánto desprecio, cuánto desprecio. Y sin embargo, ¿En dónde empezó la obra evangelizadora de Cristo, dónde se inició? Ahí en esa tierra que se llamaba Galilea de los gentiles y que pertenecía a lo que un día fue territorio de las tribus de Zabulón y de Neftalí, muy al norte de la actual Jerusalén. Entonces Cristo empieza su labor, no en Judea, rodeándose de la élite, la clase política influyente, la clase religiosa, la casta sacerdotal influyente; no en la periferia donde Él mismo se había formado.

Y Cristo muchas veces mostró con sus milagros cómo las personas excluidas, las personas que no importan para ojos del mundo, sí son valiosas para Dios. Piensa, por ejemplo, cómo un centurión romano; ¿Es qué acaso se podía detestar más a una persona que lo que los judíos detestaban a los romanos? Y cómo un centurión romano le dice: "Tengo en casa un criado que está sufriendo mucho" Y Cristo responde: "Yo voy allá a curarlo". El llamado de la compasión es tan fuerte en el corazón de Jesús que más allá de que ese sea de otra lengua, de otra cultura, o incluso que sea el que nos está oprimiendo a nosotros. Si hay dolor, me interesa. Si hay sufrimiento, allá quiero estar. Ése es Jesús, mis hermanos. Ese es Jesús. Entonces va donde ese pagano que luego él se humilla y dice: -No es necesario que entres. Dilo de palabra y me basta-. Cristo sanó leprosos. Cristo sanó paralíticos.

Muchas de las palabras más delicadas y amorosas de Cristo están dedicadas a las mujeres que eran vistas como seres de segunda categoría. De modo que el testimonio de un hombre se decía que valía lo que el testimonio de dos mujeres. Como si valieran el 50% de los varones. Pero, ¿Qué dice Cristo cuando una mujer, además conocida como mujer pública, pecadora, pública, le besa los pies? ¿Qué dice Cristo? La pone como ejemplo de gratitud y de amor. ¿Qué hace Cristo con la adúltera? La defiende. ¿Qué hace Cristo con la samaritana? La evangeliza con tanta delicadeza, con tanta ternura. Y así podríamos multiplicar ejemplos para referirnos a cómo Cristo trata a los pecadores. Llámese un Mateo, llámese un Zaqueo. Cómo Cristo tiene compasión incluso de sus propios verdugos, que sin duda estaban en los escalones más bajos de aquella sociedad.

Entonces, ¿Qué me sirve para reconocer lo valioso que yo soy ante Dios? ¿Qué me sirve? Acercarme al testimonio de las Escrituras. Ver cómo Cristo tiene esas palabras de paciencia, de amor. Cómo realiza sus milagros en favor de la gente que no tiene nada, ni puede nada ni cuenta para nada. Acercarnos al Evangelio de las periferias, eso es indispensable. Y en la medida en que hacemos ese acercamiento, yo te puedo asegurar que en muchas páginas de la escritura tú vas a decir, ése soy yo. Tú vas a decir, ésa soy yo. Y eso es lo que quiere el Espíritu Santo, que tú te identifiques con ese texto y que tú digas: Ésa soy yo, ése soy yo. Y que identificándote con ese texto tú puedas decir Jesús, amor de mi alma. Tú que trataste así a esa mujer, tú que trataste así a ese pagano, tú que trataste así a ese enfermo, a ese pecador, a ese marginado. ¡¡No te olvides de mí, Jesús. No te olvides de mí!! Pero eso me da una gran confianza, porque siento que soy precioso para Cristo. Segunda recomendación. Para darnos cuenta lo preciosos que nosotros somos ante Dios y vencer toda posibilidad de miedo.

Es necesario, además de ver el ejemplo que nos da nuestro Señor Jesucristo, ver en la cruz el precio que fue derramado por nosotros, ver en esa sangre el precio que fue derramado por nosotros, darnos cuenta que éso es lo que valemos. Por algo dice el Apóstol San Pedro habéis sido comprados a "Precio", el precio de la sangre del Hijo de Dios. Por eso también dice el apóstol San Pablo, y es frase que uno tiene que grabarse profundamente. ¿Quién acusará? Capítulo 8. De la Carta a los Romanos: "¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Acaso Cristo, el que murió por nosotros, el que se entregó por nosotros?" Y dice también en ese capítulo absolutamente memorable, dice San Pablo: "El que nos dio a su propio Hijo, ¿Cómo no nos dará con Él todas las cosas?" Todas las cosas.

Entonces somos preciosos ante Dios. Cada uno puede decir: -Valgo precio de la sangre del Hijo de Dios-. Y a medida que vas tomando conciencia de ese valor que tienes, el miedo va desapareciendo. El tercer recurso que también hemos predicado en otras ocasiones es el que predica, el que enseña Fray Luis de Granada, un elocuente dominico del siglo XVI. Recuerda tu propia historia. Revisa lo que Dios ha hecho por ti. Lo dice con estas palabras Fray Luis de Granada. Y siempre cito esa frase de él: -El que me trajo hasta aquí no me va a abandonar aquí-. Aquí no me va a dejar. Dios no me va a dejar aquí. Entonces recuerda, recuerda, sobre todo hay que empezar con San Agustín. Recuerda sobre todo la paciencia que Dios te ha tenido. El primer acto de amor que uno tiene que detectar, amor de Dios en la historia de uno. El primer acto de amor es la paciencia que Dios me ha tenido.

Ten en cuenta esa paciencia, mi hermano. Ten en cuenta todo lo que Dios ha soportado. ¿No es verdad que en la historia de muchos de nosotros hay tiempos en que uno dice, a mí Dios prácticamente no me importaba? A mí, Dios no me decía nada. Yo negué a Dios. Pasaban días, pasaban semanas sin que rezara. Incluso se me olvidaron las oraciones. ¿No hay muchos testimonios; ¿No es cierto que hay muchos testimonios de esa clase? ¿Y Dios, por qué tuvo esa paciencia? ¿Y Dios por qué nos aguardó? ¿Y Dios por qué nos esperó? Porque somos muy valiosos, porque Dios no quería perderte, por eso te esperó, por eso Dios te ha esperado hasta el día de hoy. ¿O es que no sabes que te hubieras podido morir cualquier otro día? ¿Por qué estás vivo; por qué? ¿Por qué puedes respirar; por qué? ¿Por qué estás respirando en este momento? Porque hay un Dios que te ha esperado hasta este día. ¿Y por qué me ha esperado tanto? ¿Por qué me ha tenido tanta paciencia?

Dice la segunda carta del apóstol San Pedro: "Tiene paciencia porque no quiere que nadie se pierda". Así trata uno lo que es valioso. Cuando una cosa no es valiosa, uno dice ¡Ah! que se pierda entonces. Pero Dios no tiene ese gesto de desprecio para con nosotros. Entonces, ¿Cuáles son los tres recursos para recordar lo valiosos que somos? Primero, leer el Evangelio en clave de periferias. Segundo, recordar el precio infinito de la sangre del Hijo de Dios. Y tercero, recordar uno su propia historia y ver ante todo la paciencia que Dios le ha tenido. Dios me ha esperado hasta este día. A ver, respira. Respira profundo y siente, -Estoy vivo, Dios me ha esperado hasta hoy, hasta hoy, para que yo le diga Te amo, Papá, abad de mi alma, te amo-. Y cuando nosotros vamos recordando todo esto valioso que somos, y cuando recordamos que somos de Él, y cuando recordamos que Dios cuida lo que es suyo, entonces el miedo se va, el miedo desaparece. Y si el miedo llega a tu corazón y te dice déjame entrar, dile No, no, no, Cristo vive en mí y no hay lugar para ti.

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