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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Muchas veces el creyente experimenta que habiendo escogido lo que es mejor recibe marginación burla o incluso persecución. En semejante drama no falta sin embargo el auxilio y el consuelo de Dios. De tres maneras sobre todo se vale el Señor para fortalecernos: su Palabra; el ejercicio de la oración y el don del santo temor de Dios.
Homilía ao12009a, predicada en 20200621, con 33 min. y 17 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos. Las lecturas de hoy nos presentan lo que podemos llamar el drama del creyente. ¿A qué llamamos el drama del creyente? Creyente es aquel que ha puesto su fe en el Dios vivo. Creyente es aquel que quiere edificar su vida sobre la roca firme. Creyente es aquel que ha dejado atrás las sendas del pecado y quiere ir en pos de Cristo. Ése es el creyente. Indudablemente, el creyente ha escogido la mejor parte. Indudablemente su elección por Dios es lo mejor que ha podido hacer. Pero aquí es donde entra el drama que aparece, por ejemplo, en los profetas y que aparece predicho en las palabras del Evangelio que hemos escuchado. ¿A qué me refiero? Jeremías, que en esto es muy representativo de lo que le sucedió a los profetas, habla de parte de Dios, es fiel y quiere permanecer fiel a Dios, ha escogido la mejor parte, ha optado con fe, sin grietas, por Dios. Y sin embargo, ¿Qué es lo que encuentra? Oposición. Ridículo. Amenazas, persecución. Ese es el drama del creyente. Escoger lo mejor y encontrarse con lo peor. Es el drama que vemos en las vidas de muchos santos, incluyendo muy particularmente el drama de los mártires. Si son mártires es porque tuvieron que padecer grandemente hasta el extremo de entregar su vida. Y ese es el drama de los mártires, el drama que experimentará con absoluta seguridad todo verdadero creyente. Ha escogido lo mejor, pero a veces le toca lo peor. Muchos pasajes de la Escritura nos hablan de este drama. Para quienes quieran profundizar en esta enseñanza, les invito a que se acerquen a lo que dice la Carta a los Hebreos. En muchos de sus pasajes. Pero uno podría recordar especialmente los capítulos 10 y 11. Ahí se habla de lo que tenía que sufrir aquella comunidad a la que se dirige esa carta que llamamos a los hebreos. Se llama carta a los Hebreos porque eran convertidos del judaísmo, judíos que habían descubierto bajo la luz del Espíritu Santo, que todas las promesas de Dios tienen su cumplimiento en la persona de Jesucristo. Habían escogido la mejor parte, pero se encontraron con que fueron expulsados de las sinagogas, fueron ridiculizados, fueron maltratados. Y entonces, habiendo escogido lo mejor, tuvieron que probar el sabor de lo peor. Otro pasaje de la Escritura en donde podemos aprender este drama del creyente lo tenemos en la segunda Carta a los Corintios. Muchos pasajes, muchos textos de esta segunda carta de San Pablo a los Corintios nos hablan del drama del creyente. El mismo Pablo dice en esta carta refiriéndose a su propia situación como él siendo apóstol de Cristo, ha tenido que pasar por azotes públicos, cárcel, naufragio, hambre, exclusión. Una vez más, el drama del creyente, ha escogido lo mejor y sin embargo, le toca probar lo más duro, lo peor. Podríamos mencionar otros ejemplos también de la historia de la Iglesia, pero creo que por ahora está bien con lo que hemos dicho. Más bien, preguntémonos en este momento ¿Cuál es la respuesta de Dios? ¿Cuál es la propuesta de Dios frente al drama del creyente? Porque es evidente que Dios no abandona a los suyos. Hace un momento he mencionado la segunda carta a los Corintios. En ese documento precioso está esta frase de alabanza que dice el apóstol San Pablo: -Bendito sea Dios que nos consuela en todas nuestras luchas, para poder también nosotros consolar a los que están en toda tribulación, con el mismo consuelo que recibimos de Dios-. Estas palabras nos demuestran que más allá de las dificultades, el auxilio de Dios existe, y ese auxilio de Dios es el que nos lleva a un nuevo nivel, a un nivel más alto de unión con Él, a un nivel más alto de comprensión del Evangelio y a un nivel más alto de servicio a nuestros hermanos. Por eso también nos dice el Apóstol San Pedro en su primera carta: "Ustedes ahora sufren. Pero la fe de ustedes va a ser acrisolada, está siendo acrisolada. Más que el oro, el cual, aunque valioso, perece. . . " -La fe de ustedes va a ser acrisolada.- ¿Qué es un crisol? Es como un horno de altísima temperatura donde se purifican y se separan los metales, de manera que solo lo más precioso es lo que sale del crisol. Así que la palabra de Pablo cuando habla del consuelo de Dios y la palabra de Pedro cuando habla del fruto de la tribulación, que es como un crisol. Ese doble testimonio de Pablo y de Pedro nos está haciendo ver con toda claridad que Dios no abandona al que está sufriendo. Dios no abandona al que está pasando, por lo que aquí hemos llamado el drama del creyente. Dios no abandona. Como ya tenemos esa seguridad. Preguntémonos ahora ¿Cuáles son esos auxilios preciosos que Dios da a sus creyentes? Y nos damos cuenta que son muchos. San Pablo nos hablaba del consuelo de Dios. Una expresión que también le gustaba a un gran santo de nuestra Iglesia Católica, San Ignacio de Loyola, el cual hablaba de las "Consolaciones" que Dios nos da. Son como los refuerzos de su gracia. Bueno, y nosotros ¿Cómo podemos recibir; y cómo podemos aprovechar esa gracia que Dios nos da? Digamos por adelantado que la creatividad de Dios para sostener a sus misioneros, a sus testigos, a sus apóstoles. La creatividad de Dios es inagotable y que ninguna palabra, ningún discurso mío ni de nadie podría hacer la lista completa de todo lo que se le puede ocurrir a Dios para hacerte sentir su presencia, su auxilio, su abrazo amoroso, la fuerza con la que te sostiene, la alegría que te da incluso en medio de la tribulación. Ninguna lista que yo haga será completa. Pero teniendo esto presente, quiero hacer énfasis en tres bendiciones, tres grandes consolaciones que Dios nos da y que es bueno saber que Dios las da. Digo que es bueno saberlo, sobre todo por esta razón, porque si nosotros sabemos que a través de esas puertas va a venir la visita divina, también sabemos que no nos vamos a engañar si esperamos su auxilio en estas puertas que ahora voy a describir. Dios nos ofrece un gran consuelo a través de su Palabra. Indudablemente, esta Palabra divina ha sido dada para que nosotros estemos equipados. Y por eso, quién conoce mejor, no tanto con espíritu de erudición, sino con espíritu de oración y de obediencia, quién conoce mejor la Palabra divina; Está mucho más fortalecido, mucho más. Por eso leemos en la segunda carta del apóstol San Pablo a Timoteo: "Toda palabra es útil para exhortar, para argumentar, para reprender". ¿Qué quiere decir eso? Que en la medida en que vas conociendo más la Palabra de Dios por ese contacto frecuente, amoroso, entrañable, tu corazón está equipado. Esto es tan cierto, mis hermanos, que el mismo Señor Jesús en el pasaje de las Tentaciones. Cuando el demonio pretendía agobiarlo con diversos pensamientos, el mismo Jesús se defendió utilizando las palabras de la Escritura. Así, por ejemplo, cuando el demonio le lanzó el último dardo tratando de perforar, lo que era imposible, perforar la voluntad de Cristo y separarlo de la voluntad del Padre, el demonio le dijo: "Aquí están todos, todos los reinos del mundo. Y todo esto te daré si me adoras". Así le habló el demonio. ¿Y Cristo qué hizo en ese momento de agobio y de ataque de Satanás?, ¿Qué hizo Cristo? Se defendió. ¿Cómo se defendió? Con la palabra: "Apártate de mí, Satanás, le dijo, porque está escrito amarás al Señor tu Dios, y a Él solo adorarás". Lo que le sirvió a Jesucristo en ese momento de tentación quedó escrito para que nosotros fuéramos edificados, hermanos. Y por eso el que se equipa, el que se provee, el que se alimenta con la Palabra de Dios, tendrá mayor defensa para el momento de la tribulación, para el momento de la persecución. En cambio, ¡Ay de aquel que tiene poca provisión de la Palabra! ¡Ay de aquel que no se alimenta con esa Palabra de Dios! Porque bien sabemos que es estrategia favorita del enemigo soltar sus propios oráculos. Así como la Biblia nos habla de que hay oráculos que son de Dios, así también hay oráculos, es decir, mensajes que son del enemigo. Lo encuentras, por ejemplo, en el Salmo 14. Dice el necio para sí: -No hay Dios-. Es decir, es una palabra que ha quedado resonando en la cabeza de esa persona. Esa palabra que ha quedado resonando le destruye. El malvado, dice otro salmo, "El malvado escucha en su interior un oráculo del pecado". O sea que el pecado también da sus oráculos y esos oráculos que da el pecado, esos oráculos que tienen su fuente en las entrañas de Satanás, esos oráculos quedan resonando en nuestra cabeza. Y eso es lo que quiere el diablo, que esos oráculos, que esos mensajes, que esas palabras se vuelvan obsesivas dentro de nosotros, se apoderen de nosotros. Y en esas palabras que se apoderan de nosotros, él nos va restando cada vez más las fuerzas y nos va empujando cada vez más hacia el abismo del pecado. Pues si queda claro que el pecado tiene sus oráculos y que el demonio tiene sus oráculos, ¿Con qué nos defenderemos, hermanos; si no es con la Palabra de Dios, que es viva y que es eficaz? Bien le dijo Dios al profeta Jeremías: -Hoy te constituyo en una muralla de bronce, No te calles-. Al hablarle de esta manera, Dios le estaba haciendo ver a Jeremías que así cómo vendrían esos oráculos, es decir, esos mensajes, esas ideas derrotistas, esos pensamientos de derrota, así como vendrían esos oráculos de las tinieblas. . . Jeremías tenía que ser instrumento para los demás y para sí mismo del oráculo de Dios, es decir, de la Palabra de Dios. Con todo esto queda clarísimo que necesitamos alimentarnos con frecuencia y con profundidad de la Divina Palabra, porque así estaremos fortalecidos en el momento en el que se nos presente el drama del creyente. El segundo recurso, ustedes ya lo conocen. Es indudable que necesitamos oración. Pero yo no estoy hablando aquí, mis hermanos amados, yo no estoy hablando aquí de la oración que se hace, llamémoslo así de ¡Emergencia!, estoy hablando de la fortaleza que da la oración cuando se convierte en un hábito de tu vida. Observemos cómo Cristo nos enseñó esta maravillosa precaución que debemos tener. Dijo en el pasaje del huerto en Getsemaní: "Orad para no caer en tentación". Y dijo también: "El Espíritu está pronto, pero la carne es débil". Y esto lo hemos experimentado muchos de nosotros, que aunque en ciertas épocas de nuestra vida hemos tenido el deseo y el impulso de hacer grandes y bellas cosas para la gloria divina, luego nos ha faltado perseverancia. Luego nos hemos desanimado sin poder entender bien por qué. Quizás la razón está en esa falta de oración. Observemos que la oración es un ejercicio según lo que le enseñó el apóstol San Pablo a su muy querido discípulo Timoteo, le dijo; estas son palabras de san Pablo: "Ejercítate en la piedad". -El ejercicio corporal para poco sirve-, dijo Pablo. No dijo que no servía para nada. Y está bien que tengamos el sano cuidado de nuestro cuerpo. Pero, pero, comparado con el bien que da el ejercicio espiritual, que es ante todo el ejercicio de la piedad. Según aquellas palabras de Pablo, comparado con el ejercicio espiritual, el ejercicio corporal para poco sirve. Eso nos dice Pablo. Y cuando le dice Ejercítate en la piedad, ¿De qué le está hablando? No le está hablando de hacer oraciones esporádicas cada que aparezca un problema. Pablo no le está diciendo y cuando venga un problema, póngase a orar, hermano. Es obvio que cuando venga el problema tendré que orar. Pero Pablo no está pidiendo que oremos solo cuando llega el problema, sino que nos ejercitemos en la piedad. ¿Y qué significa ejercitarse? Significa que es algo que yo he incorporado a mi vida como un buen hábito. Cada uno de ustedes, estoy seguro, tiene algunos hábitos muy buenos. Hay muchas personas que tienen buenos hábitos porque son ordenados, porque se alimentan bien, porque tienen una rutina de estudio, porque tienen una higiene mental también en donde saben distribuir el tiempo de trabajo y de descanso. Esos son buenos hábitos. Pues Pablo quiere que nosotros tengamos el buen hábito de la oración, porque si nosotros nos ejercitamos en la piedad, si nosotros tenemos el ejercicio de la oración, cuando llega el momento de la tribulación, cuando llega el drama del creyente, no nos va a encontrar desprovistos. Piensa en lo que sucede, por ejemplo, con un ejército. ¿Qué opinas tú de un ejército que nunca entrena para nada? Que ni siquiera saben manejar las armas que están en pésimo lamentable estado físico y un día los atacan. Atacan el cuartel de ese ejército. Qué tal que cuando empiecen los primeros disparos digan ellos. . . -Hey toca aprender a manejar el arma, a ver, ¿Ya sabes cómo se coloca esa arma?; ¿Ya sabes cómo se dispara? A ver, tú haz unas cuantas flexiones de pecho. . . Ese ya no es el momento para entrenar. Ya el ataque llegó. Hay que entrenar desde mucho antes y te lo voy a decir de otra manera, más precisa. Hay que vivir entrenado y esa es la oración. Hay una mujer notable del Antiguo Testamento que nos da muy buen ejemplo en esto que estamos diciendo. Esa mujer se llama Ester. Te invito a que vayas en tu Biblia católica, vayas al libro de Ester para que tú busques en ese libro no es tan extenso tampoco la oración de Ester. Te vas a quedar sorprendido, sobre todo por algo, porque cuando ella empieza su oración lo primero que hace es recordar lo que había aprendido desde niña. Es decir, ella tenía entrenamiento cuando estaba en un momento absolutamente dramático porque había un ataque masivo contra el pueblo judío en ese momento dramático que era el momento del ataque, que era el drama del creyente, en ese momento, ella ¿Qué hizo? Recordó que desde niña había escuchado la palabra. Desde niña había vivido la oración. La oración no era para ella una cosa nueva que de repente empezaba a hacer, sino que era alimento que conocía muy bien su paladar y que le había hecho grandísimo bien a su corazón. Así que ya tenemos dos elementos que nos ayudan para vencer en el drama del creyente. Tenemos que alimentarnos de la Palabra hasta hacerla nuestra. Recuerda lo que dice Pablo en la carta a los Colosenses: "Que la Palabra de Cristo habite entre vosotros con toda su riqueza". Segundo, necesitamos oración. Oración: "Velad y orad para no caer en la tentación". Tercero, es un elemento que aparece especialmente en el Evangelio que se ha proclamado el día de hoy. ¿Cuál es ese elemento?, ese elemento, mis hermanos, del cual se predica muy poco y por eso le doy gracias a Dios que nos da esta oportunidad. Ese elemento se llama el Santo Temor de Dios, el santo temor de Dios. No hace mucho, queridos hermanos, estábamos celebrando Pentecostés y cuando celebramos Pentecostés recordábamos que hay 7 dones del Espíritu Santo 7. Y uno de esos dones es el don del temor de Dios. Pero se predica poco del temor de Dios. Hay muchas personas que quieren otros dones. Tal vez el don de fortaleza, tal vez el don de sabiduría, tal vez el don de consejo. No está mal que anheles esos dones, pero que no se te olvide que tú y yo y todos necesitamos el don del temor de Dios. ¿Qué tiene que ver el temor de Dios y cómo nos ayuda en este tema que traemos del drama del creyente? ¿Qué tiene; qué aporta el don del temor de Dios? Hay que recordar, mis hermanos, que el don del temor de Dios, aún siendo un solo don, tiene como distintas fases, como que va obrando en distintos momentos de nuestra vida. Me explico: Cuando empieza a llegar el don del temor de Dios a nuestra vida, lo primero que empezamos a sentir es horror por el camino que va tomando nuestra existencia. Es decir, cuando el temor de Dios va llegando a nuestra vida, tomamos plena conciencia de que en nuestra condición de pecadores, ¿Qué destino nos podría esperar? Si no es el desastre. ¿Qué podría llegar a nuestra vida si no es el desastre? Nada distinto podría estar en nosotros. Nada distinto. De hecho, grandes santos lo han dicho con mayor precisión. San Felipe Neri decía: "Sosténme, Señor, porque si no, puedo traicionarte, y peor que Judas". Santa Catalina de Siena era todavía más precisa. Decía Catalina de Siena: -Infierno es lo que yo merezco por los pecados cometidos-. Ese es el primer rastro del temor de Dios el hacernos ver que nuestra vida, si se aparta de Dios, no tiene otro desenlace posible, sino el desastre y el desastre eterno tiene un nombre muy corto en la Iglesia Católica, se llama, ¡Infierno! Ese es el nombre que tiene. Entonces, el don del temor de Dios empieza por hacernos ver hacia dónde va nuestra vida y hacernos ver que estamos pésimamente orientados y que ya hemos perdido demasiado tiempo. Por ahí empieza el temor de Dios. Muchos de ustedes estoy seguro que saben de qué estoy hablando, porque muchos de ustedes, al dar su testimonio, lo dicen claramente, con absoluta claridad lo dicen. ¿Qué dicen? Pues dicen y tienen razón. -Yo no conocía de Dios; yo iba muy mal. Mi vida era un desastre-. ¿No es verdad que eso es lo que decimos al dar el testimonio? -Mi vida era un desastre-. Cuando tú dices esas palabras, no solamente te estás refiriendo del lugar existencial en donde te encontrabas, sino hacia dónde iba tu vida. Esa ya es obra, es toque del Espíritu Santo. La segunda fase en el temor de Dios es cuando empezamos a tomar conciencia de cuántas cosas nos estamos perdiendo por nuestra vida tibia, mediocre. Cuando tú, por ejemplo, lees las vidas de los santos y empiezas a sentir nostalgia de santidad, ¿Te ha pasado eso? Nostalgia de santidad. Cuando tú ves cómo el Espíritu Santo obraba con tanto poder en tantos santos y santas, por supuesto. Cuando tú ves todo lo que Dios puede hacer en una vida humana y te das cuenta que tu vida sigue aplastada, sigue chata, sigue siendo una vida mediocre y baja. Y tú sientes que te estás perdiendo todo ese bien. Y tú sientes que eso no es justo con Dios, ahí sigue obrando el don del temor de Dios. Pero la verdadera joya del temor de Dios, que es a la que se refiere Cristo en el pasaje de hoy, es cuando nosotros tomamos conciencia de que nuestra mediocridad, nuestra frialdad, nuestra inconstancia, nuestra indiferencia, es algo que Dios no se merece. Un Dios que me ha amado en llamas de Espíritu Santo no se merece que yo sea tan frío, tan distraído, tan disipado, tan inconstante. Entonces ya viene el santo temor. Ése sí que es el santo temor que es el temor de ofenderle es el temor de lastimar su corazón. Eso fue lo que sintió, por ejemplo, esta bendita mujer que Dios utilizó como instrumento para darnos la devoción del Sagrado Corazón de Jesús. Usted ya sabe de quién le estoy hablando. Santa Margarita María Alacoque. ¿Qué fue lo que ella descubrió? Que no es justo porque Cristo mismo se lo reveló a ella. No es justo que nosotros tratemos a Dios con tanta indiferencia y con tanta inconstancia, siendo Él un Dios que ha perseverado dándonos sus dones, siendo un Dios que nos ha amado en llamas de espíritu, de amor, en llamas de Espíritu Santo. Y es evidente que cuando uno se llena de ese santo temor de Dios, es evidente que cuando llega a nosotros ese santo temor de Dios, ese bendito temor de Dios. ¿Sabes lo que sucede? Que vamos entonces perdiéndole el miedo a los tiempos de persecución. Por algo dice la primera carta del Apóstol San Juan: "Os escribo, jóvenes, porque habéis vencido al mundo". Qué alegría encontrar esa comunidad a la que le escribe el apóstol Juan. Una comunidad donde hay jóvenes valientes que han vencido al mundo. ¿Y a qué se refiere el apóstol cuando dice que ellos han vencido al mundo? Que no tienen miedo a la oposición, a la exclusión, al ridículo, a la amenaza, a los recursos que usualmente utiliza el mundo para achicarnos, para asustarnos, para arrinconarnos, para acomplejarnos. Bendito sea Dios por esa comunidad donde hay jóvenes que han vencido al mundo. Eso es lo que sucede cuando de verdad el Espíritu Santo está ardiendo en nuestros corazones. Cuando de verdad queremos cumplir aquello de que amor con amor se paga. Y cuando tomamos conciencia de que Dios nos ha amado de una manera sublime y que Él no se merece que le amemos con tanta mediocridad, en ese momento, mis amados hermanos, tomamos una fuerza increíble y con esa fuerza, con ese poder, vencemos cuando llega el drama del creyente. Mis hermanos, estos eran los pensamientos que quería compartirles. Que existe algo que se llama el drama del creyente y que Dios nos ha dado los recursos para vencer en esas horas difíciles. Y esos recursos están en mantenernos firmes en la Palabra, conociéndola, meditándola, viviéndola. Mantenernos firmes en la oración. Hacer de la oración un hábito que está realmente integrado en nuestra vida, como la respiración. Y luego cultivar el santo temor de Dios para que el solo deseo de no ofender al Dios Altísimo nos haga resistentes, nos haga duros cuando lleguen los duros ataques que indudablemente llegarán. Sigamos esta celebración, hermanos, renovando en este momento nuestra fe y pidiéndole a Cristo que se hace presente en este humilde altar, pidiéndole a Cristo que traiga su gloria a nuestras vidas.

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