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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cómo orar por nuestros enemigos.
Homilía ao12002a, predicada en 19990620, con 20 min. y 17 seg. 
Transcripción:
La primera lectura nos presenta una oración del profeta Jeremías. La vida de Jeremías estuvo marcada por la angustia. Tanto que la expresión que hoy ha aparecido: "Pavor entorno"; Otras traducciones dicen: -Terror por doquier-. Parece que es esa expresión. Es como un retrato de una sensación, de una vivencia intensa, dolorosa, continuada, que tuvo este profeta. Una vivencia que luego tiene su prolongación en la Pasión de Cristo. De algún modo, las angustias de Jeremías son como una figura de las angustias del Mesías. Y Jeremías encuentra su fortaleza en Dios. Ese mismo Dios del que nos habla nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio. Ese Dios en el que podemos confiar porque nos conoce. Esto está dicho con la imagen de los cabellos de la cabeza contados. Nos conoce hasta el detalle, pero no solo nos conoce, nos ama. Valéis mucho más que los gorriones. Dios nos conoce, Dios nos ama. Y en esa sabiduría y en esa benevolencia de Dios está el piso, está el soporte para tener confianza, para hablar incluso con valor delante de los hombres cuando está en juego, obedecer a Dios, u obedecer a los hombres. Esta parece que es la relación que hay entre la primera lectura y el Santo Evangelio. Pero hay un detalle de la primera lectura en que quiero detenerme. Cuando Jeremías está rogando este auxilio de Dios, dice: "El Señor está conmigo como fuerte soldado. Mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará". Esta manera de orar del profeta Jeremías me parece sorprendente y a mí me lleva a reflexionar un poco sobre un problema antiguo, el problema de la verdad del corazón en la oración. La doctora de la Iglesia Santa Teresa del Niño Jesús, tenía una devoción casi increíble por la lectura de la Palabra de Dios. Consta que ella quería aprender las lenguas bíblicas como para deleitarse en su pura fuente de esta Palabra. Pero la Palabra de Dios parece que a veces nos contará cosas, como poco edificantes, como estas oraciones de Jeremías, que tienen sus ecos en otras partes de la Escritura. Como esa oración que está en el libro Eclesiástico: "Como les mostraste tu santidad al castigarnos, muéstranos así tu gloria castigándolos a ellos". ¿Cómo orar desde la verdad del corazón?, ¿Cómo puede la oración ser verdadera?, ¿Cuál es la verdad de la oración? A nuestros oídos, esta oración de Jeremías es sumamente imperfecta. Tal vez nosotros le hubiéramos dicho a Jeremías: -Mire, haga de cuenta que no es tan grave. . . - O le hubiéramos dicho a Jeremías: -Tenga paciencia-. ¿Quién sabe qué hubiéramos dicho? Pero el Espíritu Santo que habló por los profetas, dice el Credo Niceno Constantinopolitano. Aquí, por medio de este profeta, está diciendo estas palabras, estas palabras que nos obligan a pensar en la verdad de la oración. ¿Cómo puede ser verdadera la oración? Y, aunque no todo podrá pasar sin más al Nuevo Testamento. Aunque es cierto que Cristo supera, trasciende al Antiguo Testamento. Algo debe suceder con estas plegarias. Algo debe pasar aquí. La pregunta sería esta: -¿Qué de esas oraciones crudas, por así decirlo. . . ?- ¿Qué de estas oraciones queda después de la gracia de Cristo; del amor de Cristo? ¿En qué se transforma la verdad de todos estos sentimientos? No es un problema teórico. Es el problema de la oración por los enemigos. Cuando Cristo nos dice que oremos por los enemigos. ¿Qué tiene que ver esa orden, ese mandato de Cristo con esto que hace Jeremías? "Mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo, se avergonzarán de su fracaso". Tenemos que decir que esta rudeza de la súplica de Jeremías, por muy verdadera que sea, esta rudeza, queda superada, queda transfigurada en la oración de Cristo, pero no queda anulada. Eso es lo que yo quisiera que nos detuviéramos a meditar un momento. No nos podemos imaginar a Cristo diciendo. . . -Que yo vea la venganza que tomas de ellos-. No, no, Cristo no obraría así. La oración de Cristo es: -Perdónalos, porque no saben lo que hacen-. La oración de Cristo es súplica por sus propios perseguidores: "Orad por los que os persiguen". El mandato de Cristo es distinto. En el Sermón de la Montaña dice: "Habéis oído que se dijo amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo Amad a vuestros enemigos, rezad por los que os persiguen". Y aquí es donde uno se le puede volver un nudo en el corazón y un nudo en la interpretación de la Palabra de Dios. Si Cristo nos manda eso, ¿Qué pasa con la verdad de los sentimientos? ¿Queda qué, cómo maquillada, cómo ocultada, cómo reprimida? ¿Tienen que quedar las injusticias o los problemas que todos tenemos alguna vez, tienen que quedar ahí sepultados? Pensemos, por ejemplo, en la gente que sufre violencia. Una persona a la que le secuestran un pariente en misa, le secuestran y le llevan a la hija dos, tres semanas, un mes después la devuelven y la prensa dice sana y salva. Si está bien. La alimentaron, no la violaron, le cuidaron la salud. Pero. . . ¿Cómo pueden esas familias en la realidad de sus almas? ¿Cómo pueden orar por estas personas? ¿No estarían esas familias más cercanas a la oración de Jeremías? ¿No es esa la súplica que surge, por ejemplo, de nuestro pueblo colombiano azotado? Esto, que los enemigos tropiecen, que no les funcionen sus planes, que fracasen y se sonrojen. ¿No está esta oración más cercana cómo la verdad del sentimiento humano? Además de estar escondiendo uno los sentimientos y estarlos reprimiendo, lo que hace es aumentarle el trabajo a los psicólogos. Eso, tarde o temprano revienta dicen los psicólogos, todo revienta, todo revienta por algún lado. Todas estas familias oprimidas, toda la gente que padece injusticias. Me decía, por ejemplo, una joven hace unos días, había trabajado un tiempo en una empresa, tenía por consiguiente unas cesantías que no eran altas, eran de muchos millones. Y resulta que le proponen con melosas palabras. Le proponen que se haga un cambio de contrato. Fíjese cómo le plantean la cosa a ella, le dicen que: -En estos tiempos terribles de desempleo nosotros no queremos que usted se quede sin trabajo, pero tampoco podemos seguir empleando a las personas de tiempo completo. Por eso te vamos a pedir que firmes un contrato de medio tiempo para no despedirte-. "Uno oye eso y dice vea qué gente tan humanitaria para no dejarme sin trabajo. . . " Pero ¿Qué hacen después? La persona lleva no sé cuántos años trabajando. Le hacen firmar un nuevo contrato de medio tiempo, que desde luego tiene un sueldo muchísimo menor, y después de que lleva un tiempo muy corto, dos o tres meses con el nuevo contrato le cancelan, el contrato de trabajo. La ley pide que tienen que indemnizarla, pero la indemnización depende del último sueldo que haya tenido la persona. Y como ese último sueldo ha quedado reducido sustancialmente a la mitad o menos, de esa manera le han robado a una cantidad de empleados millones y millones y millones. Y todo fue hecho según la ley. Si hay algo terrible es que según la ley se hagan las cosas y se hagan las injusticias, y esto se lo iban a hacer a esta muchacha. Claro, a ella yo no sé quién le advirtió del asunto, pero entonces calcule lo que es eso, lo que es sentir, me están robando. Esa persona, esa joven que siente me iban a robar la mitad de mi trabajo, la mitad de mis cesantías. Esa persona cuando vaya a orar, ¿No estaría más cerca de la oración de Jeremías? "Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón que yo vea ahora, la venganza que tomas de ellos. Porque a ti encomendé mi causa" Y bueno ella se dio cuenta del problema; y aunque no se diera cuenta, los que la hacen completa y según la ley. . . Y terminó en. . . -Y que pena y aquí está su cheque, y vaya y alegue-, alegue a quién. Todo está de acuerdo con la ley. Este es el problema de la verdad de la oración. Es un problema existencial, Es un problema real, un problema que no podemos maquillar ni podemos esconder. Pero tampoco podemos decir que la verdad de la oración nos autoriza para maltratar en nuestras almas a los que han sido injustos con nosotros o para dar rienda suelta a todos nuestros impulsos, por ejemplo, de venganza. Lo que yo he podido encontrar y que el Espíritu Santo ilumine a cada quien. Lo que yo he podido encontrar es esto: Cuando Cristo dice: -Orad por vuestros enemigos-. Cristo está reconociendo que sí hay enemigos. La verdad de la oración de Jesucristo está ahí. Cuando les dice -Oren por los enemigos-. No les dice -Ustedes no tienen enemigos, los que parecen enemigos. Lo que pasa es que ese día tenían agrieras, por eso hacían esa cara. Pero ellos no son enemigos, no son enemigos. Cristo no maquilla, son enemigos. Y así enemigos y todo. Y precisamente porque son enemigos; por eso, por eso precisamente hay que pedir oración. La verdad, es muy importante avanzar en la verdad de la oración. Yo no creo que se pueda crecer en la oración, sino es una oración en la verdad. Porque cuando la oración está maquillada, cuando la oración es mentirosa o la oración es reprimida, a uno se le van todas las fuerzas tratando de no sentir, tratando de no pensar, tratando de no sacar las conclusiones lógicas. ¿Qué vamos a hacer para decirle a estas personas que no saquen las conclusiones lógicas, por ejemplo, sobre los jefes que tienen? O por ejemplo, sobre los secuestradores que les han hecho tanto daño. No, orar no puede ser dejar de razonar. Ahora no puede ser no darse cuenta de las cosas. Orar no puede ser hacer de cuenta de que nada pasó. Orar. Si Cristo les dice oren por los enemigos, es saber, es su enemigo, es mi enemiga. Ha obrado como un enemigo mío. Pero precisamente porque es así. Por eso pido a Dios que obre, que obre en esa persona, que obre en mí, que obre en esos enemigos y que obre en nosotros. Que obre en los que nos hacen daño y que obre también por las personas a las que nosotros hemos hecho daño. Porque yo creo que inocente no es nadie. Solo nos falta un punto. ¿Y qué pasa con esto de la venganza? La venganza es una manera de desquitarse del mal, de quitar el mal. Pero el Antiguo Testamento, la única manera que conocía de quitar el mal era quitando a los malos. En cambio, Jesucristo toma venganza, pero de una manera nueva. No quita al malo, lo convierte, que es quitar el mal del malo. Eso sí es sabiduría, eso sí es potencia la de Cristo. Cuando Cristo nos dice que oremos por los enemigos, está diciendo una sabiduría inmensa porque está diciendo que enemigos sí son, que eso no lo vas a maquillar tu, ni lo vas a esconder, ni lo vas a reprimir. Enemigos son, pero así enemigos que son, tú pides venganza de Dios, no venganza que elimine al malo, sino venganza que elimine el mal del malo. Y esa si es la gran victoria de Jesucristo. Así entendemos un poquito, quién va a decir que entiende todo. Así entendemos un poquito del misterio de la Pasión de Cristo y de su oración. Cuando Cristo está padeciendo y dice: "Perdónalos porque no saben lo que hacen". Cristo no está maquillando la maldad que sufre. Si pide perdón es porque se trata de un crimen, de hecho, el crimen más horrendo imaginable. Pero le pide a Dios venganza, no contra los malos, sino contra el mal de los malos. O sea que ¿Uno si debe pedir venganza? Pues sí, uno debe pedir venganza. Hay que pedirle a Dios venganza, pero no que le haga daño a nadie, a nadie, que le haga bien a todos, empezando por nuestros enemigos. Que le haga bien a esas personas. ¿Y dónde está la venganza? En que queda vencido el mal del malo. Ahí está la venganza. De este modo, y por este camino uno aprende a rezar. Uno aprende a orar con la verdad del corazón, sin quitarle el nombre a las cosas, sin maquillarlas, sin esconderlas, sin reprimirlas y con paz en el corazón, puede empezar a pedir por esas personas. Una señora tuvo el fracaso de su hogar. Se le acabó el hogar, ¿Por qué se le acabó el hogar? Porque apareció una perversa mujer que con descaro, con cinismo y con mala conciencia, le empezó a enamorar al esposo y el esposo se dejó llevar. Y el asunto acabó en que el hogar se disolvió. Separación. Esta señora había asistido a muchas actividades espirituales, se había confesado muchas veces, había tenido sanación muchas veces. Lo único que yo pude ver que le sirvió a ella, fue una reflexión como esta que hemos hecho hoy. Fue lo único que le sirvió. ¿Qué se le va a decir a esta mujer que vio cómo la otra acabó con su hogar, acabó con su pareja, acabó con su estabilidad, acabó con su paz y una parte de su salud. ¿Qué se le va a decir a ella? No, mire, lo que pasa es que son cosas de la vida, pero tenga paciencia. Pero, el corazón por dentro está gritando lo de Jeremías. . . -Que tropiece, que no le funcione, que le vaya mal-. Cristo no llega a ponerle un barniz color rosado a esos sentimientos. Cristo llega a ese corazón a decirle: -Sí, ella es tu enemiga. ¿Qué otro nombre tiene una mujer que hace eso? Ella es tu enemiga. Claro que es enemiga. Y ahora que sabemos que es enemiga, vamos a rezar por ella, ya que sabemos que es enemiga. Ahora sí vamos a rezar por ella. Claro. Esta señora se queda así como de una pieza, porque ella no se esperaba que yo le reconociera la verdad de su sentimiento y que yo le dijera: -Es tu enemiga-. ¡Ay! Pero descansó tanto. Cuando ya supo que era verdad, es que el corazón tiene que orar desde la verdad. Y entonces luego me preguntaba, -¿Y cómo puedo yo; qué puedo yo orar por ella? ¿Qué, qué le puedo pedir? ¿Qué sean felices, que se quieran y que se entiendan? Pues eso no es lo que uno debe pedir. La primera petición que uno debe hacer por los enemigos es la petición de Cristo en el Padre Nuestro: -Señor, haz tu voluntad en esa persona. . . Y uno puede ser muy sincero y decirle a Dios. . . En este momento, con esta revuelta que tengo en el alma, es muy difícil que se me ocurra nada sensato para pedir por esta persona. Estoy muy revuelto para pedir algo-. Imagínese por ejemplo esta que ve que se le acaba el hogar. -Yo estoy muy revuelta, muy dolida, muy trastornada, muy resentida para pedir cualquier cosa. De manera que no te voy a decir Señor, que se haga mi voluntad, tampoco voy a decir que se haga la voluntad de ella, porque esa voluntad de ella fue la que destruyó mi casa-. -Lo que te voy a decir es: Señor, lo dejo a ti, a ti encomendé mi causa. Señor, eso lo dejo a ti. Y hazme el favor de cumplir tu voluntad en esa persona. La tuya, Señor, la tuya, la que sea tuya, tu voluntad, hazla en esa persona. No te pido que hagas la mía, porque yo en este momento no puedo creer ni puedo confiar en lo que me digan mis sentimientos. Pero tu voluntad es siempre lo más sabio, es siempre lo mejor. Lo mejor para todos-. Por ese camino. Yo les cuento que he visto posibilidad de reconstrucción de vidas dentro de una gran sensatez, dentro de una gran verdad, dentro de una gran humildad. Y la persona siente que no está traicionando a Dios y que tampoco está traicionando su corazón. Siente que es fiel y verdadero en lo que expresa y siente, al mismo tiempo que la gracia de Dios va obrando en ella. Recibamos, pues, de estas lecturas la certeza de que Dios nos conoce hasta el último cabello de la cabeza, que Dios nos valora, que sabe a qué altura son nuestros vuelos y hasta dónde quiere llevarnos, y nos ama intensamente y es nuestro soporte. Y si llegan dificultades, ya vemos cómo la Sagrada Escritura nos educa para recibir bendición de Dios y para participar esta bendición a todos, a los amigos y a los enemigos.

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