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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Sana tu mirada en los ojos de Cristo
Homilía ao11008a, predicada en 20260614, con 8 min. y 35 seg. 
Transcripción:
Hermanos, según nos cuenta el Evangelio, todo empieza con una mirada. -Al ver Jesús a las gentes. . . - y todo sigue con un corazón. "Al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas". Hay muchas maneras de mirar. Uno puede mirar, reprochando, despreciando. La mirada marcada por el pecado, siempre ve en el prójimo o un estorbo, o una herramienta o un juguete. Esa es la mirada que el pecado, nos deja. Nuestros ojos podridos por el pecado ven en el prójimo solo una de esas tres cosas, repito, es un obstáculo. No me deja; no me deja avanzar, no me deja vencer, no me deja crecer. O es una herramienta; voy a ver cómo lo utilizo. Yo le puedo sacar jugo a esta situación. Yo puedo aprovecharme de esta mujer, se le ve la cara de necesidad a este hombre, se puede explotar, o si no, un juguete. Voy a divertirme con esta persona, voy a usarla en otro sentido. Eso es lo que hace el pecado. El pecado nos pudre los ojos y hay pecados que particularmente pudren los ojos. El exceso de consumo, el famoso consumismo, pudre los ojos porque nos enseña a mirarlo todo en clave únicamente de ganancia. La pornografía pudre los ojos porque nos hace mirar el cuerpo humano como un objeto de uso o de diversión, simplemente. Pero los ojos de Cristo son limpios y nosotros tenemos que pedirle a Cristo esos ojos limpios. Y la característica de los ojos limpios es que son capaces de compadecerse. Cuando una persona me lastima, yo puedo estar tan concentrado en mi dolor que no veo la miseria del que me ha lastimado. La característica de los ojos limpísimos de Jesucristo es que es capaz de mirar con amor, con misericordia al que lastima, al que ofende, al que hace daño. ¿Cómo se logra eso? Se logra cuando entiendo que cada persona me da de lo que tiene. El que me salpica con su maldad, ¿Cuánta maldad tendrá en el corazón? Así empieza la misericordia hacia el criminal, hacia el malvado, hacia el pecador. Por supuesto que no es agradable que alguien me salpique con su crueldad, porque se burló de mí, porque no agradece nada, porque me insultó, porque pretendió usarme. No es agradable. Pero yo he de pensar, esa fue la salpicadura. ¿Cuánto habrá allá; cómo estará de dañado ese corazón? Ese es el secreto de la misericordia de Cristo para con los pecadores. Entonces todo empieza con la mirada. Jesús veía a las gentes y se compadecía de ellas. Estaban como extenuados y abandonados. Jesús dijo a sus discípulos -La mies es abundante-. ¡Atención! Los mismos ojos que se compadecen, son los ojos que ven la mies. Bueno, la palabra mies no es tan frecuente hoy en castellano. Especialmente si uno ha crecido en un ambiente de ciudad. La mies es la cosecha. La cosecha es la oportunidad. Atención a ese detalle. La mies es abundante, significa hay mucha oportunidad. Yo puedo mirar el pecado del mundo y decir -Oh, todo está tan terrible, todo está tan sucio, todo está tan feo. Todo apesta tanto-. Yo puedo quedarme en eso. Pero esa mirada compasiva y limpia que es la mirada de Jesús, lo que ve es oportunidad. Aquí hay una oportunidad. Una oportunidad para el Médico divino, una oportunidad para el Buen Pastor, una oportunidad para hacer el bien. Y eso es lo que nos dice Cristo con esto de la mies. La mies es abundante, ¿Qué significa? Que hay mucha oportunidad, mucha. Realmente es una transformación muy grande la que deben tener nuestros ojos. Y esa transformación, si ustedes van siguiendo el hilo de esta conversación, esa transformación, significa dos cosas; primero, ver la miseria con compasión o ver la miseria con misericordia. ¿Cómo se logra eso? Acuérdense de la imagen de la salpicadura. Ver la miseria con misericordia. Esa es la primera parte de la transformación. Y la segunda parte de la transformación es ver la miseria como oportunidad. De la misericordia viene el ver la oportunidad. Esto no es para que lo apliquemos únicamente en la gente que está afuera, la gente que está en la calle, la gente que no cree en Dios, la gente que ataca a la Iglesia. Esto vale también para tu casa. La palabra que puede cambiar a un corazón es la palabra que viene del corazón, que lo cambió todo, es decir, el corazón de Jesús. Por eso decía San Juan Bosco que -Cuando uno habla para desahogarse, uno no cambia a las personas-. Eso también lo practicó San Francisco de Asís. Y esa historia también es muy linda, pero no la vamos a comentar ahora. Aprender a hablar, no para desahogarme, cosa que es muy difícil porque muchas veces las personas que nos abruman, que nos agobian, que nos fastidian, que nos ¡¡Sacan!! De nuestras casillas, son las que están más cerca de nosotros. Pero es necesario aprender a hablar, no para desahogarse, sino aprender a hablar porque hay una oportunidad. ¿Cómo puedo tener esa voz; cómo puedo tener ese lenguaje? Cuando descubro que lo que hay en ese corazón y ese corazón puede ser el corazón de tu hijo, de tu papá, de tu mamá, de tu esposo, de tu esposa, ese corazón está lleno de miedo, está lleno de miseria, está lleno de pecado, está lleno de mundo. . . Cuando tú seas capaz de ver que ese corazón está así rebosante de lo que he dicho: Mundo, idolatría, soberbia, pecado. Y tú seas capaz de sentir dolor por la miseria de esa persona, es posible que tus palabras salgan en el tono exacto para construir; en el tono preciso, para construir en esa persona. Entonces Jesús dice que los trabajadores son pocos, ¿Por qué son pocos los trabajadores? Porque son pocas las personas que tienen esta mirada. Son pocas las personas que después de recibirla la conservan. Son pocas las personas que realmente cultivan la misericordia, son pocas las personas que ven en las miserias de los demás oportunidades. Son muy poquitas, por eso son pocos los trabajadores. Y ¿Él qué nos indica? Pues que oremos, que oremos para que haya más trabajadores, es decir, para que haya más personas con los ojos limpios, más personas con ojos compasivos, más personas con ojos capaces de ver oportunidades incluso en las miserias del mundo. Vamos a hacerle entonces caso a Cristo y que Él nos siga mirando con su misericordia. Amén. Amén.

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