Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Homilía ao11005a, predicada en 20080615, con 15 min. y 38 seg.

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Transcripción:

En este mismo mes de junio de 2008. Tendremos en unos pocos días el comienzo del año de San Pablo. El Papa Benedicto XVI ha convocado a toda la Iglesia para que durante un año escuche de manera más atenta y más obediente la enseñanza de este gran apóstol. El año de San Pablo empieza el 28 de junio de 2008 y termina el 29 de junio de 2009. La razón de ese año de gracia, ese Jubileo al que nos llama el Papa, es la celebración de los 2000 años de la fecha tradicional del nacimiento de este apóstol. Estamos celebrando 2000 años del cumpleaños, o el cumpleaños número 2000 de Saulo de Tarso, conocido como Pablo, el gran apóstol de los gentiles.

Es el apóstol que con sus escritos especialmente, por supuesto, sus cartas, tiene una proporción mayor en el Nuevo Testamento. Y por eso yo quisiera tomar el pasaje que nos ofrecen las lecturas de hoy para hablar un poco de ese mensaje tan vigoroso, tan lleno de consuelo, tan lleno de luz, de esperanza que nos ofrece Pablo. Él mismo pudo palpar la misericordia de Dios en su vida. Él dice en alguna ocasión, en la primera carta a Timoteo, él dice, Esta es una verdad muy grande que. . . "Dios vino al mundo por los pecadores, y el peor de ellos soy yo. Pero quiso manifestar en mí toda la fuerza de su poder, para que quedara visible, para que fuera visible la magnitud de su gracia". Esto lo encuentran Ustedes en palabras más precisas, en el capítulo primero de la primera carta de San Pablo a Timoteo.

Es decir, estamos ante una persona que tiene, por decirlo así, una experiencia, una experiencia inmediata. Es alguien que puede hablar de algo que le ha sucedido. Indudablemente es el convertido que ha tenido una repercusión más grande en la historia del cristianismo. San Pablo nació en la ciudad de Tarso, que corresponde a lo que hoy es Turquía. Era en esa época parte del Imperio Romano y tuvo una formación, podríamos decir doble. Por una parte, toda esa, todo ese conocimiento del Imperio romano, de la cultura del Imperio por consiguiente, la lengua que se hablaba, que era el griego, no era el latín curiosamente, era el griego, una modalidad de griego simplificado que se llama "Koiné".

Koiné significa común en griego y la koiné era la lengua común la que se hablaba en el Mediterráneo y esa era lengua de Pablo. Pero él también hablaba hebreo. Y así como hablaba estas dos lenguas, podemos decir que su cerebro funcionaba en esas dos frecuencias. Conocía la mentalidad de Occidente, del Mediterráneo y del imperio, pero también conocía y amaba apasionadamente las Escrituras. Podríamos decir que era un caso de verdadero fanatismo. Él formó durante su juventud y su temprana edad adulta. Formó parte de la secta de los fariseos, y él estaba de todo corazón en esa secta. La personalidad de Pablo es la de un personaje, es la de un, la de un hombre que no sabe estar a medias en algo.

Él no sabe sino entregarse completamente a una causa. Y durante su infancia, seguramente y su juventud se entregó apasionadamente al conocimiento de la ley, como lo realizaban, como lo practicaban los fariseos. Los fariseos eran aquellos dentro de los judíos que creían que para que se cumplieran las promesas de Dios había un requisito. El requisito era, primero tenemos que obedecerle a Dios. Y cuando nosotros hayamos practicado a fondo y con constancia y con pulcritud y perfección todo lo que dice la ley, entonces va a despuntar el Reino de Dios. Un ideal, por supuesto altísimo, un ideal casi inalcanzable, porque la ley de Moisés era bastante exigente.

Y tenemos que pensar que Pablo sabía muy bien en qué mundo estaba. El mundo del Imperio Romano no era un mundo lleno de tantos permisos, lleno de tanta, digamos, de tanta claridad moral o rectitud moral. Muy al contrario, estaba lleno de pecado. Es lo que quiero decir. Era un mundo libertino, el mundo pagano, el mundo de los excesos, el mundo del gozar el día presente, el mundo de pasarla bien. El mundo del licor de toda clase de filosofías. El mundo de las orgías. Ese es el mundo que rodea a Pablo. Pero en medio de ese mundo, él, lo mismo que muchos otros judíos muy fervorosos, se mantiene como en una isla espiritual, como en un gueto firmemente convencido del poder y de la hermosura de la ley. Esa era la vida, ese era el corazón de San Pablo y por eso él sentía repulsión, sentía asco y sentía ira del cristianismo.

Porque resulta que el modelo que viene a plantear Jesús es un modelo muy diferente. No es el modelo de lo estricto, sino es el modelo de el regalo del amor que transforma. No es que el ideal moral del cristianismo sea menor que el ideal de justicia que tenían los fariseos, sino que el cristianismo dice que para que nosotros podamos alcanzar nuestra verdadera estatura, necesitamos ser tomados por el amor de Dios. Y ese amor se ha manifestado en Cristo como quien dice que lo que propone Cristo no es algo más pequeño. Por el contrario, es muchísimo más alto. Pero lo que dice es eso no lo puedes lograr tú por tu solo esfuerzo. Necesitas reconocer que solo con el auxilio, solo con la gracia de Dios, tú puedes llegar a cambiar. Y por supuesto, esto no sonaba muy bien a los oídos de San Pablo, porque él había dedicado su vida a eso.

Él era, como podríamos decir, un atleta del Espíritu. Imaginémonos la mentalidad de una de estas personas que puede ser hombre o mujer, que pasan muchas horas en el gimnasio todos los días y viven como mirando a ver si ya el abdomen está perfectamente plano, si ya los bíceps responden, si todos esos músculos, si ya está forrado de músculos como el hombre increíble que ahora volvió a las pantallas de cine. Muchas veces las personas que van a estos gimnasios, no digo todo el mundo, pero muchos de ellos tienen como una especie de placer en mirar su avance día por día. Estoy más fuerte, estoy más saludable, estoy más delgado, estoy más ágil. Hoy pude levantar más peso que ayer. Hoy pude correr más rápido que ayer. Y esa era como la mente de San Pablo, una mentalidad de luchar uno y cada vez vencer más y vencer más y vencer más.

Y cada vez soy más perfecto, pero no tanto en el aspecto físico, los músculos o los tendones, sino en el aspecto espiritual. Ya tengo menos defectos, ya estoy cumpliendo la ley, ya casi estoy a la altura de lo que Dios propone. Entonces, claro, como toda la mente de San Pablo, era el esfuerzo, esforzarse uno, o mejor, que todos nos esforcemos por cumplir hasta el último detalle de la ley. Y llega Cristo con que el primer acto no es esforzarse, sino el primer acto es, reconocer lo que uno es, arrepentirse, abrirse a la misericordia y dejar obrar ese amor de Dios. Eso le sonaba absolutamente ridículo, loco, perezoso, afeminado, tonto a San Pablo. Y él sentía que cuanto más se difundiera esa idea del arrepentimiento y de la gracia, cuanto más se regara esa idea, pues menos personas iban a practicar el gimnasio espiritual en el que él vivía.

Y si la gente no iba a practicar ese esfuerzo, día a día, entonces lo que iba a suceder es que jamás iba a llegar el reino de Dios. Él descubre que el cristianismo es la gran amenaza a su mentalidad, a su modo de ver, y se dedica a perseguir a los cristianos. Logra autorizaciones de los sumos sacerdotes. Va a la ciudad de Damasco con una campaña muy clara meter en la cárcel y seguramente ajusticiar a cuanto cristiano o cristiana se le pasara por delante, porque él sentía que el cristianismo era como un tumor y hay que exterminar ese tumor. Hay que acabar con esa falsedad para que la gente descubra que lo que hay que hacer es esforzarse como yo me he esforzado toda la vida y para eso estoy en el gimnasio todos los días. El gimnasio del espíritu, por supuesto. Así iba Pablo camino de Damasco cuando algo maravilloso le sucedió.

Es muy difícil saber exactamente qué fue. Los relatos que hay como tres de ellos en el Nuevo Testamento dicen que él cayó a tierra. Que hubo una cosa que lo deslumbró y que hubo una voz, un relato. Dice que la voz solamente la oyó Pablo. Otro relato dice que la voz la oyeron él y los que estaban con él. Y en todo caso, esa voz que según el relato es la de Cristo, le dijo estas palabras: "Pablo, ¿Por qué me persigues? Pablo no estaba persiguiendo a Cristo, estaba persiguiendo a los cristianos. Pero esa frase ya nos enseña la unión que tiene Cristo con su Iglesia. "Pablo, ¿Por qué me persigues?. . . y añade esto: "Te va a resultar muy duro darle coces a un aguijón. Sales perdiendo tú". Como quien dice, estás obrando en contra de ti mismo. Ese es el momento. Ese es el comienzo de una conversión impresionante y sumamente acelerada que tiene este hombre. Él queda en silencio. Él queda en tinieblas, no puede ver, no come, no bebe. Está como muerto. Está como atontado.

Dura así cerca de tres días y después de eso pide y recibe el bautismo a través de un hombre llamado Ananías, un cristiano que vivía allá en la ciudad de Damasco. Y en ese descubrimiento, o en ese acontecimiento impresionante, San Pablo descubre el amor gratuito de Dios. San Pablo descubre el mensaje que luego, gracias a él, muchos otros hemos podido descubrir. Y ese es el mensaje que aparece en la lectura de hoy. Cuando todavía éramos débiles, Cristo murió por los pecadores. Y viene esta frase, que es muy conmovedora: "Tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor. Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores". Este es como el corazón de la enseñanza de San Pablo. No hay un amor más grande que dar la vida, y no hay manera más grande de dar la vida que darla por alguien que no se la merece. Y eso es exactamente lo que ha hecho Cristo.

Es decir, a Pablo cómo que se le esclareció la mirada, como que pudo ver con claridad, como que pudo descubrir que precisamente lo que había sucedido en la cruz era una explosión de amor que es puro amor. Lo que hay en la cruz, que es un amor fantástico, más allá de todo lo que podíamos imaginar y que es ése tamaño de amor, esa dimensión de amor la que uno necesita cuando realmente se siente en el hoyo, cuando uno está en lo peor de su vida, cuando uno pasa por lo peor de la vida, cuando uno, por decirlo así, no tiene fuerzas para levantarse, mucho menos para ir al gimnasio. Entonces lo que uno necesita es que lo amen aunque no se lo merezca.

Cuando uno está en lo peor de la existencia, lo que uno necesita es eso que alguien me ame aunque yo no lo merezca, que alguien me ame sin que yo tenga que comprar ese amor, que alguien me ame sin que yo tenga que justificar ese amor, que alguien me ame porque me ama, que alguien me ame gratis, que no me lo cobre. Y esa clase de amor, ese amor perfectísimo, es el que está en la cruz. Ese es el amor perfectísimo, altísimo que hemos encontrado en Cristo. Entonces San Pablo se da cuenta que todo eso del gimnasio y estarse uno esforzando y voy a ser perfecto y lo voy a hacer, y yo puedo porque yo puedo, porque cómo no voy a poder si yo puedo, lo que tengo que hacer es concentrarme, concentrarme y hacerlo, fijar mis metas y darle duro, duro un día y otro día y otro día. Y yo puedo y yo puedo.

Toda esa mentalidad finalmente lo desorienta a uno. Y esa mentalidad lo vuelve duro a uno. Y esa mentalidad hace que uno no sea capaz de compadecerse del que se queda tirado por el camino porque ya no le dieron más las fuerzas. Entonces Pablo se da cuenta que su vida, aunque parecía muy recta, había estado llena de tremenda vanidad, de tremendo orgullo y de tremenda y espantosa dureza. Entonces deja atrás esa manera de ser, se une a Jesús, se vuelve discípulo del Señor y empieza a predicar con ese fervor que él sabía tener. Empieza a predicar este mensaje nuevo, el mensaje grande: "Dios me amó cuando yo menos lo merecía, pero más lo necesitaba".

Ese es el resumen. Se lo repito: -Dios me amó cuando menos lo merecía, pero más lo necesitaba-. Y ese es el Dios que yo estaba esperando, el único Dios que podía realmente cambiar mi existencia. Eso fue lo que encontró Pablo y el Papa Benedicto tiene la esperanza de que muchos de nosotros en este año de San Pablo, que va a empezar, tengamos una experiencia semejante, que cuando llegue el 29 de junio de 2009, muchos podamos decir: -Dios me amó cuando yo menos lo merecía, pero cuando más lo necesitaba-.

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