Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Homilía ao11003a, predicada en 19990613, con 23 min. y 54 seg.

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Transcripción:

Amados hermanos. Las lecturas de este domingo verdaderamente son un banquete. Pero hay banquetes de banquetes. Hay banquetes donde uno se sienta y tiene que contentarse con lo que le lleven a la mesa. A veces dan mucho, a veces dan poquito, a veces dan mucho de lo que a uno no le gusta y a veces da un poquito de lo que a uno sí le gusta. Hay un cambio, otra idea que yo no sé quién se la inventó, pero que sabía lo que estaba inventando, que es el banquete de tipo buffet. Tiene la ventaja de que si uno, por ejemplo come poquito, entonces se sirve solamente poquito el poquito que se va a comer. Si otra persona, por ejemplo, está en crecimiento, sea a lo alto o a lo ancho, tiene oportunidad de servirse un poquito más por aquello de las vitaminas, las proteínas y los minerales.

Las lecturas de hoy son como un suculento buffet. El surtido de enseñanzas es tan abundante que podríamos, sin temor entrarnos en cualquiera de las lecturas y cada una de ellas. Es como una sala, como una mesa dispuesta por nuestro Dios para que nos alimentemos, para que recibamos de Él, de su estilo, de su cocina. En la segunda lectura, por ejemplo, la de la Carta a los Romanos, está una declaración del amor de Jesucristo. Se puede sintetizar en esta frase: "Dios nos ha dado una prueba de que sí nos ama". Ahora vamos a decir cuál es esa prueba. Pero antes yo quiero que miremos esa frase que está en la Biblia.

Capítulo 15 de la Carta a los Romanos. -Dios nos ha dado una prueba de que sí nos ama-. Quiénes son papás, a veces tienen una hermosa costumbre, en su oficina o en su lugar de trabajo, tienen un escritorio encima del escritorio, un vidrio y entre el escritorio y el vidrio ponen una foto, de la familia, de las personas que aman, por ejemplo, el jefe, la suegra. Junto a esas fotos también ponen, por ejemplo, la foto de los niños, de los hijitos. Hace pocos días estaba visitando a un amigo que es papá joven. Y él está un poco aprendiendo a ser papá.

La niña que tiene en este momento, él con la esposa, una preciosa, encantadora chiquitina. Y yo sentía cómo le daba vida a este hombre. Él agotado de su trabajo. Pero llegar a la casa y ver esos ojos y esa sonrisa. Hola, papi. Abrazo, beso. Y el hombre sentía, -Mi vida tiene sentido. Mi esfuerzo tiene un para qué-. ¡Qué hermosa es la vida de familia! ¡Qué hermosa! Ciertamente tengo la gracia de haberlo vivido en mi familia de origen. Tengo la alegría de vivirlo también ahora, en la acogida de mi familia y de otras familias. Pero lo que quiero decir es que en esos amores está la vida. Esos amores le dan una razón a la lucha. En estos tiempos tan difíciles, donde a veces parecen escurridizos los centavos. En estos tiempos tan arduos, tener un motivo, tener la foto de un niño en el escritorio, tener, esa meta, ese camino, esa propuesta, ese reto, porque todo eso son hijos.

Cómo es de bello, es cómo es de bello en medio del trabajo y de las ocupaciones, tener un minuto para mirar el rostro sonriente y hermoso de los hijos. Otras personas guardan en un cajoncito documentos preciosos, por ejemplo, cartas. Dicen que uno cuando se va volviendo viejo, se va volviendo sentimental. Los que no éramos sentimentales, otros hemos sido sentimentales toda la vida. Se vuelven sentimentales con los años. Yo creo que yo en algunas cosas he sido sentimental y en otras he sido como muy desprendido, como muy indiferente. En términos de tarjetas, de fotos y de cartas, yo siempre había sido muy desprendido, pero creo que estoy envejeciendo.

Porque ahora me cuesta trabajo desprenderme de ciertas cosas. Ni creo tampoco que uno necesariamente se tenga que desprender de todo. Les quiero contar que hubo una persona. Ustedes en general están llenos de amor por los sacerdotes, de amor, por los predicadores y realmente hoy por ejemplo, han manifestado un amor muy grande y yo se los agradezco, por mí. Hubo una persona que expresando su agradecimiento en una carta, me decía: -Creo que usted ha recibido de Dios, era una frase como esta: "Usted ha recibido de Dios la ciencia de transformar las orugas en mariposas" Me pareció una flor tan bonita; uno no acierta siempre, a veces uno se equivoca. A veces uno no tiene el tono, no tiene la manera o no tiene todo lo que se necesita hoy. La cantidad que se necesita. Hay que tener cantidad para llegar a los corazones. A veces uno no tiene, pero una frase como esa es muy bonita. Y como sacerdote, que una persona me exprese con ese cariño y con esa pureza y con esa alegría, me diga mire: -Usted ha recibido de Dios eso- Eso es alimento para mí. Yo no soy ni de mármol ni de palo, yo recibo eso y realmente lo agradezco.

Así como las cosas que duelen; duelen, también las cosas que alegran; alegran. Pues estos ejemplos tan tiernos de la foto del niño en el escritorio o de la carta de las orugas y las mariposas, o de mi amigo, un amigo de colegio. Que algunos de los que están aquí lo conocieron. Este hombre sí se enamoró. Pero como dicen los muchachos, hoy: Lo perdimos. El hombre se enamoró completamente. Un día saca de su billetera un pedazo ajado, ajado, ajado, de la primera chocolatina que le regaló la novia. Yo traté de no hacer lo que ustedes hicieron: Reírse. Yo dije, -Voy a tratar de no reírme porque esto es muy importante para este señor-. Entonces yo comenté sobre todas las virtudes del chocolate y como. . .

Era una expresión de cariño tener una señal de amor. Cómo es de importante dar y recibir señales de amor. Ahí está la vida, ahí está la vida. La vida no es la multiplicación de una célula. La vida humana no es la multiplicación de unas células. Como un proceso automático. La vida está conducida por todas esas otras cosas. Por todas esas señales de amor. Nos decía una vez mi papá que cuando él estuviera muriendo le pedía a Dios que cuando él estuviera muriendo pudiera tener, como en una película ante sus ojos, el recuerdo de tantas escenas bellas de familia, de cuando nosotros éramos niños. Él le pide eso a Dios que pueda recordar eso, porque ahí está la razón, ahí está el para qué. El que da amor da vida.

Si esto es así, uno puede preguntar ¿Cuál es esa señal a la que San Pablo llama prueba? O esta tradición la llama: "Pruebas" Dios nos ha dado una prueba de que sí nos ama. Con una prueba de que Dios nos ama, uno es capaz de vencer lo que de otra manera no es capaz de vencer. Cuántas veces las injusticias de la vida, hablando en el plano puramente humano, sin meternos con religión ni con Dios, las injusticias de la vida se toleran cuando hay un para qué. Cuántas personas de pronto de ustedes mismos han pensado mandar todo a la quinta porra. Pero; piensan, un momento, hay unos hijos, hay una familia, hay unas responsabilidades. ¡Espérate, detente, detente!

Y se habla. La persona habla consigo misma y dice. Por ejemplo, con mi nombre dice Nelson. Espérate, espérate. Tú tienes una responsabilidad. Tú no puedes botar todo por la borda, tener a quien amar y tener de quien recibir amor. Tener una señal de amor. Tener una foto en el escritorio. Tener una carta en el cajón con una fuerte que pueda recordar.

A mí, por bondad de Dios. Me ha gustado el estudio. Particularmente he tenido cariño por los estudios de ciencias exactas, matemáticas, física. Me encontré en la biblioteca de la casa. Me encontré por allá un antiguo libro. Un antiguo libro de cálculo. Era yo estudiante de bachillerato en esa época y en el bachillerato, pues le dan a uno algunas nociones de cálculo. Me pareció simpático, conocer un poco más. Algo así como. . . qué sigue dándose en cálculo después de lo que uno aprende en el colegio. Tomé el librito este, un libro en inglés. Empecé a pasar algunas páginas y de pronto, sorpresa: Me encuentro un mechón de cabello.

El antiguo dueño de ese libro había inmortalizado un momento, un momento de amor, una persona a la que había conocido, una persona importante. Además, le cuento que el cabello es de lo que más dura, el cabello si que dura. Y allí estaba ese mechoncito de cabello. Yo que tenía como poca poesía para esos, para esas lides, en aquel tiempo. Miré ese mechoncito de cabello. Y me parecía una mezcla de basura y de tesoro. Como yo no sé de quién era ese mechoncito de cabello, ni qué champú utilizaba. Ni si era champú control caspa o no, El mechoncito de cabello podría convertirse en basura para mí. Pero alcancé a percibir que en ése sencillo mechoncito, había una voz. Había un instante que había quedado inmortalizado ahí, ahí. Ese mechoncito de cabello significaba: Alguien fue importante para alguien un día, ese era el título que llevaba ese mechón.

Alguien fue importante para alguien un día. ¿Son los mismos; qué fue de ellos? Se conocieron, no se conocieron. Es decir, ¿Se siguieron tratando? Se casaron, no se casaron; se separaron. ¿Enviudaron? ese mechón. No le podía decir eso. Y el libro en el que estaba; un libro de cálculo tampoco se mete en esos temas. De manera que ahí estaba el mechoncito de cabello para decirme simplemente. . . Alguien recibió vida de alguien, porque alguien fue importante para alguien un día. Y de esas señales de vida, de eso depende que uno tenga felicidad o que uno tenga tristeza. Que uno tenga sonrisa o que uno tenga depresión. Claro, hay muchos otros factores que influyen en todo esto, pero yo creo que usted me recibe la idea.

A través de esas pequeñas señales de vida, a través de esas señales de amor. Nosotros damos y comunicamos vida. El mapa en el que uno se mueve en la vida. Mis amados hermanos, ese mapa no es el mapa de las calles, las carreras, las diagonales y las transversales. Por efectos del ministerio sacerdotal he tenido que dar muchas vueltas por este Bogotá, y yo he descubierto que Bogotá es muchas ciudades, muchas. Cada rato resulto yendo a algún barrio, alguna región, alguna zona que dice esto no parece. Yo no sabía que esto existía, no tenía ni idea. Esto es. . . como otra ciudad. Uno no se mueve en el mapa de la ciudad, uno se mueve en el mapa de las señales del amor y de la vida.

¿Qué tan grande es Bogotá para usted? Eso es fácil responder, si nos vamos al Instituto Agustín Codazzi o a la Alcaldía Mayor, nos dirán Bogotá va de la calle tal sur, a la calle tal Norte y de la carrera tal este a la carrera tal oeste. Tiene tantas cuadras, manzanas, eso pueden decir los libros, pero esa no es mi Bogotá. Mi Bogotá está constituida por aquellas personas a las que yo puedo llamar, con las que puedo contar, aquellas personas para las que yo significo algo. Por eso lo terrible de sentirse uno extranjero, cuando uno llega como extranjero a un lugar, la ciudad tiene el tamaño de la ropa de uno. Así tenga todas las calles y carreras del mundo, las ciudad es del tamaño de la ropa de uno. Pero cuando por fin uno empieza a ser alguien para alguien, entonces ya la ciudad tiene por lo menos una calle. La calle que llega a la casa de mi amigo. Ya tiene una carrera. La carrera donde nos reunimos el día tal. Ya tiene un edificio.

La ciudad de una persona que está llena de amor. Es una ciudad que tiene muchas casas. La ciudad de una persona que tiene poquito amor. Es una ciudad que tiene muy poquitas casas. Hay ciudades con muchas casas cuando hay mucho amor y ciudades con muy poquitas casas, cuando hay muy poquito amor. Señales, señales de amor que hacen que el mundo sea ancho o que sea estrecho. Si uno no tiene más ciudad que el tamaño de la ropa de uno. Si ese es el tamaño de la ciudad de uno, uno se siente ahogado. Usted puede llegar al aeropuerto más amplio del mundo, en la ciudad más espaciosa del mundo. Una ciudad como cualquiera de las de Colombia, despejadas, sin trancones, sin huecos.

Se puede llegar a la ciudad más despejada del mundo. Pero si usted no es nadie para nadie, su ciudad es del tamaño de la ropa suya y eso oprime el corazón. Eso hace sentir angustia. Angustia significa literalmente eso, estrechez. Pero cuando llega una señal de amor, cuando llega una señal de vida, el mundo se abre. Y esa es la sensación de primavera. Ese es el babeo que le da a los enamorados. Es eso, el mundo se abrió. El mundo estaba cerrado. El mundo estaba clausurado. Estaba metido dentro de una cárcel, pero ahora el mundo se abrió. ¿Qué fue lo que hizo que el mundo se te abriera? ¿Qué fue lo que pasó? Me sonrió. ¿Y? ¿Le parece poco? Me sonrió. Ah, bueno, está bien. Para él, esa sonrisa, ya, le abrió el mundo.

Dice San Pablo: "Dios nos ha dado una prueba de que sí nos ama" Vivir en la ciudad de Dios que llamaba San Agustín, es vivir en esto, en la prueba de que Dios sí nos ama. Es mantenerse en esa señal, una señal indestructible, una señal invencible, una señal elocuente. Qué bueno que usted, que pone letreritos en su casa, que pega afiches en la puerta de su cuarto. Que bueno que usted de pronto, en un arrebato de fe, de fe, sacara en un papelito esta frase: "Dios nos ha dado una prueba de que sí nos ama, una prueba nos ha dado, una prueba de que sí nos ama".

Si es verdad, Él no se guardó su amor para sí. Nos dio una prueba, nos dio una señal y la señal del amor de Dios trae vida abundante para nosotros. Una vida tan poderosa, tan poderosa es más fuerte que la misma muerte. Porque todas las señales bellas de las que yo he hablado, incluido los recuerdos tiernos de la infancia de los hijos, todas esas señales bellas, de algún modo se acabarán con la muerte. Esta señal que viene del amor que Dios nos tiene, es la señal por excelencia. Todas son importantes, pero hay una que es la más importante de todas, la más grande de todas, la más maravillosa de todas. Dios me ha dado una prueba de que sí me ama. Yo tengo una prueba de que sí me amas.

¿Y qué es una prueba? ¡Una demostración! ¿Qué es? Pues lo que era el chocolate para mi amigo. Ese chocolate de la novia. Ese papel del chocolate. Es eso, es algo que yo puedo sentir. Es algo que yo puedo tocar que yo puedo percibir. Me ha dado una señal. Es como la foto del niño. Es como la carta en el cajón. Es algo que está ahí. La Escritura dice que Dios nos ha dado una prueba de que Dios nos ama. ¡Felices! ¡Felices! Mil veces felices, para siempre felices los que puedan repetir esta frase con San Pablo. El que pueda decir, el que pueda salir de este recinto y que pueda salir en esta tarde y decir, tengo pruebas, tengo señal de que Dios sí me ama.

El que tenga eso tiene una victoria sobre la muerte. Tiene una fuerza que es mayor que todo y que todos. Con esa señal, es posible navegar y aún en las angustias, las estrecheces y las soledades de este mundo. Porque hay traiciones, porque hay dolores, porque hay enfermedades, porque hay ingratitudes. Aún en medio de los mares de este mundo. Esta señal, si tú la has tenido, si tú la has recibido, esa señal es más fuerte que todo. Con esa señal, con esa señal que Dios te ha dado, la señal de que sí te ama Dios; con esa señal maravillosa, tú eres vencedor, con esa señal maravillosa, aunque te apresaran en la más oscura cárcel. tú podrás decir como San Pablo: " . . .Pero la palabra no está encadenada" con esa señal, aunque tu cuerpo se desmoronara por la enfermedad. Y todos nos vamos a desmoronar, alguna vez, todos.

Como decía un pensador, este mundo, bueno es una frase un poquito triste. Pero en fin, ustedes me entienden: "Este mundo es un pabellón de enfermos terminales, de los cuales unos pocos ya saben cuál es su fecha de partida". Los demás no sabemos, los demás no sabemos, pues aunque se desmorone nuestra morada en esta tierra, dice San Pablo, "Dios nos va preparando casa en los cielos". Esa es la certeza que brota de esta palabra. Es que tenemos una prueba de que sí nos ama. Yo lo que le pido a Dios es que esa prueba, que no es otra sino el sacrificio de Cristo y la cruz de Cristo, que esa prueba se quede, no aquí afuera. Este Cristo de metal lo guardarán en algún salón, se hará en alguna sacristía, allá en algún rincón.

Lo importante no es esto. Lo importante es que allá en tu corazón, como le pasó milagrosamente al bienaventurado Enrique de Ossó, allá en tu corazón, quede grabada la señal de la cruz. Que tú puedas decir, aunque destruyeran todos los crucifijos, aunque la persecución antirreligiosa más terrible acabara con todas las imágenes del Señor. Yo tengo una imagen. Yo tengo un crucifijo, yo tengo una señal, que es de mi propio tamaño, que es tan honda como mi corazón y tan viva como mi sangre. Y yo sé que Él sí me ama. Con esa señal y con ese amor es posible caminar por esta tierra. Y con esa señal y con ese amor, se abre la puerta del Reino de los cielos.

Gloria a Dios.

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