Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Homilía ao11001a, predicada en 19960616, con 10 min. y 39 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos. Dios no creó nada para la muerte, Dios todo lo creó para que subsistiera, para que permaneciera. Y el Libro de la Sabiduría en la Sagrada Escritura nos dice: -Dios no se recrea en la muerte de los vivientes-. La muerte, de cualquier manera que llegue, es un absurdo, y en la medida en que es un absurdo, toda muerte es un asesinato. En la medida en que es un absurdo, toda muerte nos arranca algo que no quisiéramos perder.

Cuando uno ve, por ejemplo a un enfermo, digamos, de cáncer, digamos de sida, y uno lo ve consumirse hasta destruirse y perder su vida. Eso no tiene, ese cuadro triste, no tiene la violencia de un homicidio o de un suicidio; pero ese cuadro triste es también una vida que se nos arrebata. La muerte es del enemigo. Y toda muerte es un asesinato. Cuando se piensa en un accidente, en una enfermedad, en un homicidio, en un suicidio o de cualquier forma que una persona pierda la vida. Morir es eso: Perder, perder la vida.

Ese absurdo, nos explica San Pablo, que tiene su origen en el pecado. No significa que haya una conexión inmediata, por ejemplo, entre la muerte de un enfermo y los pecados que cometió ese enfermo. Pero sí hay un vínculo general entre el pecado del mundo, el pecado que va de generación en generación y cada una de las de las muertes. También la muerte suya y también la muerte mía.

Dios creó todos los seres para que subsistieran, pero el ser humano cometió el absurdo del pecado y lo sigue cometiendo, y lo sigue repitiendo. Y lo que es más grave, el pecado forma cadenas. Porque llevados por el dolor, muy fácilmente multiplicamos los pecados. . . -Usted me insultó, yo lo insulto-. Eso significa que antes había un solo pecado, ahora hay dos. Lo que se llama la ley del Talión, que tiene su aspecto de misericordia, es verdad, lo que se llama la ley del Talión, es una multiplicación del pecado: -Usted no me comprende, yo tampoco la comprendo a usted, usted no me cree, yo no le creo; usted me hizo daño, yo le hago daño-. Eso se llama la multiplicación del pecado.

El pecado, pues, es el absurdo que trajo el absurdo de la muerte. Y lo que los cristianos celebramos cada domingo es que Dios le puso su freno. Dios le puso su freno a ese absurdo. Pero yo quiero dar una comparación muy gráfica de cómo le puso freno a esto.

Hace poco me comentaba un conductor de una empresa de transporte; sobre la horrible tragedia, que hace cerca de un año enlutó a nuestra ciudad de Bogotá, un bus relativamente nuevo de servicio de línea intermunicipal, puesto en manos de un muchacho inexperto. El muchacho se fue entusiasmando con la velocidad y en la bajada en camino hacia Ibagué, muchos de ustedes recuerdan el accidente, se fue acelerando, acelerando, acelerando ese bus. Me decía este conductor, que de acuerdo con los estudios que habían hecho, esta flota repleta de pasajeros, camino de Ibagué, donde se murieron todos, porque no quedó ni uno solo vivo, alcanzó velocidades superiores a los ciento sesenta kilómetros por hora antes de despedazarse.

Eso es lo mismo que le pasa a la humanidad cada pecado que cometemos, cada venganza que hacemos, cada vez que respondemos un insulto con otro, le estamos dando más velocidad al bus y se va apresurando más y más la flota y alcanza velocidades de muerte y acaba matando a todos. Más de ciento sesenta kilómetros por hora alcanzó ese bus.

Bueno, pero ¿qué dice Dios a este respecto? Yo no estoy en una tribuna, este no es un foro judicial y yo soy muy ignorante de leyes. Perdonen mi ignorancia. Este no es un foro judicial, esta es una iglesia. Pero no venimos a la Iglesia para olvidarnos de nuestros dolores, sino para preguntar al Señor cuál es su respuesta ante ese dolor.

Yo me voy a seguir explicando, si Dios me ayuda, con la imagen de la flota. Imagínate que se inventaran una súper flota fantástica a prueba de choferes irresponsables. Una flota super fantástica a la cual le ponen un bómper, le ponen una defensa hecha de un material maravilloso que tiene níquel, cadmio, que tiene carbono, acero que tiene hierro y yo no sé cuántos componentes más. Una defensa bastante grande. Bueno, ustedes y yo sabemos que a esas velocidades de ciento sesenta kilómetros por hora, que el bus tuviera defensa o no tuviera defensa, no importa. A esa velocidad no hay nada que hacer. Pero como la flota de la que les estoy hablando ahora es una súper flota que tiene un súper bómper, la cosa más espectacular de este mundo: ese bómper resiste. Es una imaginación que yo tengo. Ese bómper resiste los golpazos más terribles. Pero claro que ustedes saben cómo queda un bómper después de un accidente.

Ahora sí les voy a mostrar cuál es el bómper, porque está aquí en la iglesia. Ahora sí les voy a mostrar cuál es la defensa de ese bus, que es la humanidad desbocada por la suma de nuestros pecados. Le voy a mostrar cómo quedó la defensa de esa flota, ya no la de los ciento sesenta kilómetros por hora, sino la flota desbocada del pecado de la humanidad. Esa flota está allí, sobre el altar, ese bómper está allí sobre el altar. ¿Usted ve ese señor despedazado? Esa es la defensa de la flota. El pecado fue detenido en la humanidad. Pero el que lo detuvo sirvió como de bómper, como de defensa, y aguantó el golpazo, el inicuo golpazo del pecado, pero no lo aguantó por cobarde ni porque le faltara ser hombre, lo aguantó porque no quería que la flota se siguiera acelerando, porque no quería que el bus, la humanidad entera terminará por destruirse.

Y eso es lo que nos dice San Pablo en la carta a los Romanos que hemos escuchado hoy. Mira qué palabras tan ¡hermosas! "Cristo murió por nosotros precisamente cuando éramos unos pecadores, pecadores incapaces de valernos" . Cuando a mí me contaron la historia de la flota a ciento sesenta kilómetros por hora, yo que soy bobo y lloriquetas, sentí que se me hacía un nudo en la garganta y se me escurrían las lágrimas de pensar en la angustia de la gente dentro de ese bus. ¿Usted se imagina los gritos de histeria de esa pobre gente?

Así dice San Pablo: -pecadores incapaces de valernos-. Gente como usted y como yo, que en nuestro dolor y desesperación gritamos de histeria hasta decir tonterías. Y dice San Pablo: -Es difícil que alguien dé la vida por un justo, porque usted no tiene mucha cara de bómper, ni yo tampoco, tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor, pero Dios nos ha dado una prueba de que ¡Si! nos ama. . . al morir Cristo por nosotros, cuando éramos todavía pecadores, cuando estábamos todavía en la flota-.

Esto es lo que celebramos los cristianos cada domingo: que ese es el tamaño del amor de Dios. Y yo no le voy a decir a usted que se olvide de su dolor o de sus problemas. Solo hágame un experimento: Mire la defensa, mire la defensa, ¡mírela!, porque si usted se queda mirando la rueda, se marea y acelera. Mire la defensa, mire la defensa. Usted tiene defensor, créame.

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