Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La meta a la que nos lleva el Evangelio de Cristo es la que quería pero no podía alcanzar por sí sola la Ley de la Antigua Alianza.

Homilía ao06013a, predicada en 20230212, con 20 min. y 14 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos. El texto que acabamos de escuchar del Evangelio está tomado de una colección de palabras de Cristo que solemos recordar con el título general de Sermón de la Montaña. Es la colección más amplia que tenemos los discípulos de Jesús. La colección más amplia de palabras de Él ocupa los capítulos quinto, sexto y séptimo de San Mateo. El tema general de este Evangelio y de las lecturas de hoy creo que se puede definir como la relación entre la ley de Moisés y el Evangelio de Cristo. Y pronto nos vamos a dar cuenta que no es algo fácil de establecer, no es algo fácil de responder. Veamos por qué.

Resulta que los preceptos que Dios le dio a su pueblo elegido se supone que tenían una validez indefinida. Si nosotros miramos las prescripciones con respecto a la circuncisión, la pascua, los alimentos o el lugar de culto, una expresión que se repite en la ley de Moisés, es decir, en la Toráh, es que se trata de una disposición para siempre. Se supone que eso es algo que no debía cambiar, algo en lo que Dios empeñaba su Palabra: ?Esta es mi Alianza con ustedes?. Cuando pensamos que la ley de Moisés debía tener una especie de validez eterna perpetua. No queda como mucho espacio para un predicador a la manera de Jesús.

Lo primero que uno piensa es que a Jesús le quedaban solo dos alternativas, o mejor dicho, una alternativa con dos caminos. A Jesús le correspondía o cancelar la ley de Moisés, o, como dice el texto, abolir la ley de Moisés y venir con otra propuesta diferente, o si no, reiterar la ley de Moisés y llamar, como llamaron todos los profetas del Antiguo Testamento, llamar al juicioso cumplimiento de la Alianza y por lo tanto, al juicioso cumplimiento de la ley. Parece que no había otra posibilidad. O cumples con la ley, la subrayas, la reiteras. al modo de los profetas antiguos. O estás aboliendo la ley. Esa alternativa es muy complicada, sobre todo si pensamos en la comunidad cristiana a la que seguramente pertenecía Mateo. El evangelio que se leyó fue el evangelio de Mateo, porque según el consenso de los estudiosos de la Biblia, la comunidad a la que pertenecía Mateo tenía un fuerte sabor, una fuerte presencia de elementos judíos, incluyendo las mismas personas que seguramente venían en gran número como convertidos del judaísmo. O sea que para éllos este era un problema muy vivo y un problema que podríamos llamar un verdadero quebradero de cabeza.

Repito: la situación, ¿Es Cristo, uno que cancela la ley de Moisés?; ¿Es Cristo, uno que simplemente subraya, repite la ley de Moisés? Lo de cancelar la ley de Moisés o sea abolirla iba a ser absolutamente inaceptable para aquella comunidad, y si lo pensamos, tenía que ser también inaceptable para nosotros, porque abolir o cancelar la ley de Moisés significaba que Dios no dijo lo que dijo, y eso es impensable para un judío, y en realidad es impensable para todo el que tome a Dios en serio. O sea que lo de abolir la ley no podía ser. Se supone que el único camino que quedaba era que Cristo fuera uno que repetía subrayaba la ley de Moisés.

Pero ¿Quiénes eran en aquel tiempo los que repetían y subrayaban la ley de Moisés? Pues eran los escribas y los fariseos que eran conocidos ante el pueblo como aquella gente meticulosa en la observancia de la ley, como aquella gente que estaba continuamente criticando a los que desobedecían la ley, porque ellos pensaban, los fariseos y los escribas, que jamás podría venir el reino de Dios, jamás podían venir tiempos nuevos, tiempos de bendición, de prosperidad, de independencia, tiempos que fueran dignos de la memoria del rey David. Jamás podían venir esos tiempos a menos que se cumpliera estrictamente con la ley de Moisés. O sea que usted se da cuenta para dónde va esta reflexión.

Parece que a Cristo solo le quedaban dos posibilidades o Cristo es un rebelde contra Dios, y entonces el que debe ser cancelado e incluso ejecutado es Él, o Cristo tenía que unirse al grupo de los escribas y fariseos y, en cierto sentido, al grupo de los antiguos profetas, para decirle a la gente simplemente -mire, hermanos, cumplamos la ley, hagámosle caso a Dios. Moisés tenía razón-. Aparentemente esas eran las únicas dos posibilidades. Pero, Cristo aparece con un verbo nuevo, y ese Verbo nuevo también contiene en sí la novedad del Evangelio. Ese Verbo nuevo es el que vamos a tratar de explicar con la ayuda del Señor en los minutos restantes de esta homilía.

Ese verbo nuevo es -dar plenitud-. "Plenificar". En latín lo dicen "Adimplere", en griego lo dice "Plerosay" -dar plenitud-. ¿Qué quiere decir ese dar plenitud?, ¿Qué es darle plenitud a la ley de Moisés? ¿No se supone que estaba completa?, ¿No se supone que era un pacto para todos los siglos? Esa es la gran pregunta. ¿Qué significa plerosay?, ¿Qué significa dimplere?, ¿Qué significa dar plenitud? Esa es la gran pregunta. Y esa pregunta nos atañe directamente a nosotros. Porque aunque usted no lo crea, estos temas que a veces parecen muy judíos y muy intelectuales, afectan directamente la moral de nuestro tiempo.

Por ejemplo, hay un poco una tendencia en algunos sectores de la Iglesia a utilizar la palabra amor o la palabra misericordia como una especie de cobija que lo cubre todo, hasta el punto de que ya no importan las exigencias que tenía la gente del pasado. Como quien dice, todo lo que sea exigencia, sobre todo exigencia moral, algunos lo ven como simplemente legalismo, fariseísmo. Pero a ver, si nosotros vamos al texto mismo que se proclamó. Si nosotros vamos a este texto es muy difícil justificar esa postura que, repito, nos atañe a nosotros. Es muy difícil justificar que la Nueva Alianza o que el Evangelio de Cristo es una especie de permiso para ser mediocres a nombre de una especie de comprensión o de misericordia.

Porque los textos que acabamos de oír, lejos de parecer que son como una especie de relajación de lo pedido por la ley de Moisés. Más bien parecen más exigentes. Cito apenas uno de los textos dice aquí, dice aquí: "Si alguno mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con élla en su corazón". Entonces la pregunta que uno se hace es ¿Qué es más exigente?; ¿Lo que pedía a Moisés, que era refrenarse de las malas obras; o lo que pide Cristo?, Que incluye no solo las malas obras, sino lo que habite, lo que circule, lo que dé vueltas en tu corazón. A mí me parece que es un poco más difícil lo que pide Cristo. Y lo mismo por ejemplo, con el tema del divorcio. Los judíos tenían divorcio, divorcio solo para los hombres. La mujer no tenía posibilidad de acceder al divorcio. Los judíos tenían esa acta de divorcio, ese mecanismo. Pero Cristo, como lo acabamos de escuchar, no va por esa línea y tiene unas exigencias que son más grandes.

Entonces, por eso digo que este tema nos atañe a nosotros, porque cualquier interpretación que convierta el Evangelio de Cristo en una especie de relajación de lo que pedía la ley de Moisés, pues entonces está traicionando el texto. Claro, siempre existen las trampas y los trucos en los que uno puede tomar y retorcer y retorcer los textos y decir que hay una historia de la redacción y que hay una historia de interpretaciones y que hay unos condicionamientos culturales. Podemos decir montañas de cosas, pero si nosotros nos ponemos serenamente ante este texto y muchos otros textos del Nuevo Testamento, realmente no podemos decir que el Nuevo Testamento sea un permiso para ser mediocres.

De este mismo tema nos habla San Pablo, por ejemplo, en la Carta a los Romanos; defendiéndose de calumnias que le hacían porque había gente que calumniaba a San Pablo diciendo que él enseñaba que se podía pecar, porque para eso está la gracia de Dios. De ese tema habla San Pablo, a la altura del capítulo sexto de la Carta a los Romanos, donde se ve que es un tema que, repito, impacta la vida ética, la vida moral de las comunidades.

Pero volvamos al tema de la plenitud. Entonces, ¿Qué es alcanzar plenitud? Basándonos no solamente en este Evangelio, sino también en la primera carta de Juan, en la Carta de Santiago, en las cartas de San Pablo a los Romanos y a los Gálatas, y en otros textos, podemos hacernos una idea que espero que sea justa de lo que es dar plenitud. Si nosotros recordamos los antiguos profetas, ellos decían que la alianza de Dios era eterna. Eso es cierto, pero también ellos mostraban que la alianza era insuficiente y eso no se lo inventa Cristo, ni mucho menos nosotros.

Así, por ejemplo, Jeremías habla con estos términos: "Esta será la Alianza que haré" Eso está en tiempo futuro, entonces Jeremías, que vivió en una época tan compleja y tan amarga del pueblo de Dios, tenía conciencia de que la Alianza, la Alianza de Moisés, se quedaba corta. Otro profeta, también contemporáneo de los acontecimientos de Jeremías, el profeta Ezequiel también nos habla en esos términos cuando, por ejemplo, dice que Dios nos daría de su Espíritu, que Dios nos iba a dar un corazón nuevo y un espíritu nuevo, que Dios iba a escribir su ley en nuestros corazones. O sea que ya los antiguos profetas tenían conciencia de que la ley de Moisés, aunque apuntaba sin duda en la dirección perfecta y justa que es la santidad del ser humano, la santidad del hombre y la plena comunión con Dios. Aunque la ley de Moisés apuntaba hacia allá, la ley de Moisés no alcanzaba. Eso no se lo inventa Cristo.

Eso ya estaba en Jeremías, eso ya estaba en Ezequiel. Y si uno sigue mirando textos de profetas, se encuentra una serie de oráculos que se refieren al futuro, a lo que Dios va a hacer. Eso encontramos en el profeta Zacarías, por ejemplo, cuando habla de cómo los pueblos gentiles iban a acercarse e iban a participar de un modo, podríamos decir, indirecto, pero real. Iban a participar de la Alianza. Y el profeta Joel también nos decía que iba a venir una abundancia de espíritu, "Derramaré de mí Espíritu sobre toda carne", dice Joel. Entonces la alianza, aunque tenía la dirección exacta, justa y perfecta, no podía lograr su propósito. Y por ese lado va la Palabra de Cristo. Cuando Cristo dice: "Yo quiero darle plenitud a la ley". No es invitarnos a que seamos unos mediocres con permiso para pecar, porque nos tapa una cobija bonita, ponle el nombre que quieras. Nó, no es una invitación a pecar, es más bien el anuncio de eso que le faltaba a la ley de Moisés.

Y la primera lectura de hoy nos ayuda a encontrar. Exactamente. Es un pequeño detalle, pero quizás algunos de ustedes lo notaron. La primera lectura del texto Eclesiástico, si digo que es el texto del libro Eclesiástico, estoy diciendo que es un texto tardío. Eso significa que ya estamos casi en los albores del Nuevo Testamento. Y mira cómo empezó la lectura del capítulo 15 de Eclesiástico, la que se leyó hoy: "Si quieres guardarás los mandamientos y permanecerás fiel. -Si quieres-. Y luego dice: Él te ha puesto delante fuego y agua. Extiende tu mano a lo que quieras?. La ley de Moisés finalmente depende por entero del verbo querer. Es decir, depende de un acto de la voluntad humana. Ese es el límite de la ley de Moisés. La ley de Moisés nos muestra, nos revela quién es el Dios verdadero. La ley de Moisés nos muestra dónde está lo bueno y dónde está lo malo.

Pero la ley de Moisés no tiene la fuerza en el lugar donde todos somos finalmente débiles, y es en la voluntad. Es ahí donde está el quiebre. Es decir, en que el bien no sepa bueno, porque el gran problema con el pecado es que el pecado es atractivo, como ya lo dice Génesis 3. El gran problema con el pecado es que el pecado es delicioso. Si no fuera delicioso, si no fuera lucrativo, si no diera algún bien, uno jamás pecaría. De esto también enseña Santo Tomás cuando nos habla del acto primero de la voluntad, que es buscar el bien. Si el bien no existiera de alguna manera bajo el nombre de pecado, uno jamás pecaría.

Entonces, ¿Cuál es el problema? El problema está en que la ley de Moisés no sanaba una de las enfermedades. Nosotros teníamos dos enfermedades. Una enfermedad es la incapacidad de reconocer apropiadamente al Dios verdadero. Y dónde está el bien nuestro. Y eso lo sanó la ley de Moisés. Pero la otra enfermedad es la enfermedad de nuestra voluntad, que quedó rota, que quedó fracturada, como cuando una persona se fractura y no puede apoyar bien el pie. Pues el efecto del pecado es que no podemos apoyarnos bien en nuestra voluntad y terminamos fallando. De esto hace una reflexión lindísima el apóstol San Pablo al final del capítulo segundo de Romanos. Entonces, hermanos, nos damos cuenta qué significa dar plenitud. Cristo viene a traer una sanación de esa voluntad nuestra que a pesar de enterarse dónde está el bien, no tiene los recursos interiores para llegar a ese bien. ¿Cómo nos sana Cristo? Nos sana con su ejemplo. Ese es el primer punto. Él es admirable, Él es fascinante, nos encanta Cristo, nos maravilla Cristo y así gana al principio nuestros corazones.

Cristo suple, sana nuestra Voluntad a través de su oración, especialmente su oración expiatoria, su oración propiciatoria desde el altar de la cruz. La oración de Cristo es potente. Anticipo de esa oración Tenemos en el capítulo 17 de San Juan, Cristo ora con una fuerza por tí, por mí. Él dice, por ejemplo, en ese capítulo: "Padre, te pido no solo por los que están aquí, sino por los que van a creer, por la palabra de estos". Y uno tiene que tener una gran confianza de que Dios, Dios Hijo, ha orado por mí y sigue orando por mí, como dice la carta a los Hebreos. Entonces así me sana Cristo. Pero sobre todo, la gran sanación que trae Cristo es la efusión del Espíritu Santo que llega a nosotros por los méritos de su sacrificio y de su intercesión en el altar del cielo según dice la Carta a los Hebreos, es abundantísima efusión del Espíritu es la que nos sana nuestro corazón, nuestra voluntad, y así nosotros podemos alcanzar lo que la ley de Moisés buscaba, pero no podía alcanzar.

La ley de Moisés y nosotros buscamos lo mismo, la santidad, la plena comunión con Dios. ¿Cómo describe la plena comunión con Dios la mayor parte de la Biblia?, la expresión repetida es "Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios". En la teología de San Juan, esa es la koinonía. Es el tenerlo todo en común con Dios. Hermanos, eso fue lo que vino a traer Cristo, no a cancelar lo que se había hecho en el Antiguo Testamento, no a darnos un permiso para pecar, sino atraer con su palabra, con su ejemplo, con su oración y con la fuerza de su Espíritu, la vida nueva que puede hacer de nosotros, hombres y mujeres que participan en plenitud del Reino de Dios. Esa es la gran noticia que nos trae este bello Evangelio de hoy.

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