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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

De la Ley de Moisés a la enseñanza de Jesucristo

Homilía ao06011a, predicada en 20200216, con 19 min. y 25 seg.

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Transcripción:

Muy querido y respetado Monseñor Eduardo. Agradezco esta oportunidad que me concede de compartir una reflexión sobre la Palabra de Dios de este domingo. Mis hermanos, hay muchas maneras de hacer la predicación. En esta oportunidad vamos a seguir un modelo sencillo, con preguntas y respuestas, como si fuera un catecismo, porque muchas veces la mente humana fija mejor las enseñanzas con ese estilo de preguntas y respuestas.

Entonces la primera pregunta es, ¿De qué tratan las lecturas de este domingo? Si recordamos, la primera lectura fue tomada del libro Eclesiástico, también llamado Sirácida, y el Evangelio fue tomado de San Mateo. Una parte sustanciosa del llamado Sermón de la Montaña. El Sermón de la Montaña es una colección de palabras de dichos de Jesús que ocupa los capítulos cinco, seis y siete de San Mateo. Es la porción más grande que tenemos en toda la Biblia de palabras del Señor Jesús y por eso, con justicia, ha sido un texto apreciado, orado y practicado por los cristianos en todos los siglos. Pero en esta parte del Sermón de la Montaña, en consonancia con lo que aparecía en la primera lectura, se habla de los mandamientos. Podemos decir que el gran tema en este domingo es lo que Dios manda.

Y aquí viene la segunda pregunta: ¿Para qué, o por qué Dios manda tantas cosas? Hay personas que se sienten incómodas con la religión porque ven en la religión, sobre todo en la religión católica, solamente un conjunto de prohibiciones, y sienten que los mandamientos son como una nube de prohibiciones, una nube en la que todo es ¡Nó!, no haga, no haga, no haga. Pero si lo pensamos bien, los mandamientos en realidad son un gran sí, Un gran sí de Dios que por amor a su criatura, es decir, el ser humano quiere que nosotros evitemos lo que nos hace daño.

Piense usted lo que sucede, por ejemplo, con las leyes de tráfico. Si usted va conduciendo un coche, un carro, usted se da cuenta que hay una cantidad de cosas que están prohibidas y hay otra cantidad de cosas que son obligatorias. Cada vez que usted ve una luz roja, ¿Qué le está diciendo? Nó pase. Otras veces usted entra a un carril y dice debe salir ?Exit online?, obligatorio salir. Luego hay otra señal que dice -No se le ocurra estacionar aquí-. ?No parking?, prohibido estacionar. Hay otra señal que dice ?Aquí es el lugar para los bomberos?. Ahí no puede hacerse usted. Uno podría pensar que todas esas son prohibiciones. No me dejan. No me permiten estacionar donde yo quisiera. No me permiten andar a la velocidad que yo quisiera. Yo me siento feliz a ciento treinta y cinco millas por hora, pero no me dejan. Entonces uno podría decir que son prohibiciones. Pero esas prohibiciones ¿Por qué las tiene el Estado? Para protegerme. ¿Por qué las tiene el Estado? Para protegerme a mí y para proteger a los demás. Lo mismo sucede con los mandamientos de Dios.

Cuando Dios dice -No haga esto, o cuando Dios dice haga esto otro-. Es por amor. Es para protegernos. Es para que no nos hagamos daño a nosotros mismos. Y estoy seguro que Monseñor Eduardo. Mucho más que nosotros; pero también los sacerdotes tenemos una experiencia que cuando la gente se empieza a apartar de los mandamientos, empieza a encontrar una cantidad de problemas. Y como yo sé que muchas personas, sobre todo sienten resistencia a los mandamientos que tienen que ver con el amor y con el sexo. Ahí es donde más se da. Uno cuenta que Dios de verdad nos cuida y nos guía. Dios dice el sexo es obra mía, pero tiene su lugar en el matrimonio. Donde hay sacramento del matrimonio es donde debe estar esa vida de intimidad. Y nosotros a veces somos tercos.

Y ¿Qué le pasa a la persona que se expone a salirse del camino que le mostró Dios? Con mucha frecuencia esa persona se encuentra decepcionada, se encuentra con una marca que le quedará toda la vida por un aborto que se hizo. Se encuentra en una situación difícil de criar a un niño sin tener un papá. Esas son las cosas que Dios quiere que nosotros evitemos. ¿Por qué? Porque nos ama. Entonces, ¿Para qué están los mandamientos de Dios? Están para cuidarnos. Son una expresión del amor de Él para que todos estemos bien.

Tercera pregunta: Si era tan sabia la ley de Moisés, ¿Por qué ahora Jesús viene con otros mandamientos?, y refinamos esa pregunta de esta manera. ¿Los mandamientos de Jesús son como una segunda parte de la ley de Moisés? Como quien dice: ¿Cosas que se le olvidó decir a Moisés?, o ¿Son una corrección de la ley de Moisés; o son una manera de suprimir la ley de Moisés? Entonces, esta es la pregunta más difícil de esta homilía. Que Dios me ayude. Es la pregunta más difícil. ¿Cómo es la relación entre la ley de Moisés y la predicación y el servicio de Cristo? Y es evidente lo que dice Cristo que Él no vino a cancelar la ley de Moisés. Algunas veces uno puede haber escuchado en una misa que algún predicador, diácono o sacerdote dice: "Ya la ley de Moisés quedó atrás, ya, eso está superado; olvídense de eso. Ahora lo único que importa es amor y misericordia".

Amor y misericordia. En parte tiene razón, pero esa manera de hablar es muy peligrosa porque deja lugar a muchos malos entendidos. Las palabras de Cristo no fueron irresponsables. Fueron palabras muy claras. Él dijo: -Yo no vine a cancelar. Yo no vine a abolir la ley de Moisés-. Para entender un poquito la relación entre la ley de Moisés y las enseñanzas de Cristo, debemos darnos cuenta que la ley de Moisés tenía una función muy especial. Esa función. ¿Cuál era? Despertar, educar, iluminar nuestra conciencia sobre qué es lo bueno y qué es lo malo. La ley de Moisés tenía esa función y en cuanto tal esa función es necesaria siempre. Por eso hay un valor permanente en la ley de Moisés. ¿En qué sentido? En que, como dice San Juan Pablo II, en varios documentos, entre otros en su carta "Reconciliación y Penitencia," la ley ayuda a despertar la conciencia sobre lo que es bueno y lo que es malo y por consiguiente, tiene un valor permanente. En ese sentido, tiene un valor permanente y no ha sido abolida.

Pero luego tienes un problema con la ley de Moisés. Y es que la ley de Moisés, aunque muestra qué es lo que uno tiene que evitar y muestra qué es lo que uno sí debe hacer, no nos da la fuerza interior necesaria para evitar lo que hay que evitar y para hacer lo que hay que hacer. Por eso uno se encuentra que ya algunos profetas iluminados por el Espíritu Santo, profetas del Antiguo Testamento, hablaron abierta y claramente sobre la necesidad de una nueva alianza y de una nueva ley. Solamente voy a recordar dos textos que son los más famosos. Observemos que el profeta Jeremías dice en el capítulo 34, ?Se necesita una Nueva Alianza. Dios hará una nueva Alianza?. Esas palabras de Jeremías tenían que sonar como una verdadera bomba, como una auténtica revolución en los oídos de la gente de aquel tiempo, porque éllos no tenían nada más sagrado que el templo y la ley.

Y Jeremías les dice Viene otra Alianza, Luego tenemos el capítulo 36 del profeta Ezequiel, donde este otro profeta dice ?Les daré una nueva ley -Y nos enseña cuál es esa nueva ley- Escribiré mi ley en sus corazones?. Es decir, que Dios en la Nueva Alianza tiene un modo de actuar diferente. No solamente nos enseña, sino que también escribe la ley en el corazón. Modo hermosísimo de indicar que nosotros recibiremos una fuerza interior, según enseñan después grandes santos como Santo Tomás de Aquino, San Alfonso María de Ligorio. Esa escritura interior es la que hace el Espíritu Santo. Por eso Santo Tomás se atreve a llamar al Espíritu Santo -Ley nueva de Dios en los corazones de los creyentes-. Entonces, al fin, ¿Cómo es la relación entre la ley antigua y la enseñanza de Cristo? Que la ley antigua tenía una función y la cumplió, la cumplió bien, pero era insuficiente porque le faltaba la fuerza interior. Y eso es lo que nos da la nueva ley y eso es lo que nos da la nueva Alianza.

Observe usted que cuando el obispo o el sacerdote celebra la Santa Misa, al momento de consagrar el vino para que sea Sangre del Señor, dice las palabras de Cristo: "Este es el Cáliz de mi Sangre, Sangre de la Nueva Alianza". Ahí se cumple lo que pidió Jeremías y lo que pidió Ezequiel cada vez que el obispo preside la misa o el sacerdote preside la misa, se cumple lo que pidieron los profetas Jeremías y Ezequiel, Ahí está la nueva Alianza.

Penúltima pregunta. Nuestra pregunta número cuatro es; esa realidad tan bella de la Nueva Alianza, ¿Cómo aparece en el Evangelio de hoy?, ¿De qué modo aparece en el Evangelio de hoy? Ante todo, observemos que en el Evangelio de hoy Cristo habla con autoridad, que es una de las cosas que más le impactaba a la gente de aquella época. Jesús hablaba con autoridad, no tomaba prestadas las palabras de otros, por ejemplo, los escribas, sino que hablaba como auténtico legislador, ocupando, ocupando, me atrevo a decir, el lugar mismo de Dios. Porque si estaba claro que la ley de Moisés era palabra que venía de Dios, y Cristo se atreve a decir: "Pero yo os digo..." Sólo es posible entender esas palabras desde una realidad de autoridad divina en Jesucristo, como comenta el Papa Benedicto. Este es uno de esos textos en los cuales uno ve la afirmación de la divinidad de Jesucristo.

Sólo alguien que tiene clara conciencia de su autoridad y de su ser divino puede pronunciar palabras como las que hemos oído hoy en el Evangelio: "Pero yo os digo". Está poniéndose al mismo nivel de la ley de Moisés, incluso más alto, porque es el que va a llevar a plenitud esa ley. Pero ¿Qué tiene que ver esto con la nueva Alianza? Si nosotros observamos los ejemplos que aparecen en el Sermón de la Montaña. Nos damos cuenta que lo que hace Cristo no es relajar la ley. Este es otro malentendido que a veces se produce en la predicación.

Hay gente que cree que la predicación de Cristo fue para relajar las cosas, como quien dice, antes estaba muy estricto. Pero -yo les voy a soltar un poquito las cuerdas para que quede más relajada la vida cristiana-. Muy al contrario, una lectura serena y objetiva de estos textos nos muestra que en realidad Cristo está planteando una exigencia mayor, porque en realidad Cristo está llevando la exigencia de la ley no solamente a las palabras y a las obras, sino también a los pensamientos y a las intenciones, cosa que no hacía Moisés.

Pero ahí es donde está la clave y la grandeza de la ley de Jesucristo que Jesucristo quiere que el poder de Dios, el poder del Evangelio, no empiece simplemente en lo que hacemos, muchas veces buscando aparentar o impresionar a otros, sino que el poder de Dios y su Gloria empiecen adentro de nosotros. Y ahora ya te das cuenta de la relación que esto tiene con la nueva Alianza. Así como Ezequiel decía, "Escribiré mi ley en sus corazones". Así también Jesucristo está diciendo -Yo quiero que ustedes obedezcan a Dios, pero empezando por el corazón, desde dentro-. Por eso dice Cristo que es indispensable que nosotros purifiquemos nuestras intenciones y pensamientos.

Y por eso el famoso ejemplo que Él da, no es simplemente el adulterio que se cometió; ya si hubo un deseo impuro en el corazón. Así no se pronuncie, así no se diga una palabra y así no se realice, ya hubo pecado. Cualquiera podría decir que esto era simplemente volver más exigente, una ley que ya era bastante exigente. Pues no, en realidad lo que Cristo está mostrando es que el lugar de la Gloria y del Evangelio es el corazón humano. Es ahí donde Dios quiere reinar.

Última pregunta: Y entonces, ¿Cómo podemos aplicar este Evangelio a nuestra vida? La respuesta está prácticamente dada. Lo que se necesita es que nuestro corazón sea el santuario donde Dios obtiene la respuesta que está esperando de cada uno de nosotros. Y de nuevo, me remito a las palabras de San Juan Pablo II en su hermoso documento sobre la Reconciliación y la Penitencia. Hablando del corazón y hablando de la conciencia, dice nuestro amado y bien recordado Papa San Juan Pablo II, que ese es el santuario a donde Dios quiere tener cita con cada uno de nosotros. De modo que nuestra vida cristiana en este domingo, amados hermanos, nuestra vida cristiana es invitada a renovarse en la intimidad de un encuentro y de un sí con Jesucristo.

Hoy somos invitados a ser cristianos, no simplemente de fachada, de apariencia, por la costumbre de la familia o porque así son las cosas en este lugar. Hoy Cristo espera de cada uno de nosotros un sí resuelto en el corazón, sobre la base de que ese sí será posible únicamente por la Gracia y el poder del Espíritu Santo. Continuemos esta celebración dando gracias a Dios, también yo quiero decirlo en público por el hermoso retiro que hemos tenido con los amigos de Encuentro Personal con Jesús. Porque si lo piensas bien, este movimiento lo mismo que otros, porque hay obras muy buenas en toda la Iglesia. Este movimiento ¿Qué es lo que quiere? Que cada persona desde el fondo de su corazón le dé un sí de amor a Jesucristo, un sí de fé y de amor que transforme su vida y la vida de su familia. Así nos lo conceda el Señor por su ternura, su misericordia y su poder. Amén.

Amén.

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