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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cuidemos la sencillez del lenguaje cristiano evitando confusiones, sin cambiarle el nombre a las cosas y definiendo claramente lo que es bueno y lo que es malo.
Homilía ao06008a, predicada en 20170212, con 7 min. y 54 seg. 
Transcripción:
¡Feliz domingo para todos! Este es el sexto domingo del tiempo ordinario durante el ciclo A. Como seguramente recordamos, el ciclo A quiere decir que durante este año estamos siguiendo para los domingos, textos del Evangelio según San Mateo. Y ciertamente este evangelista es particular porque nos presenta, por ejemplo, la más amplia colección de palabras de Cristo en forma de un discurso. A ese discurso se le suele llamar el Sermón de la Montaña. Ocupa tres capítulos enteros de San Mateo, desde el cinco hasta el siete. Teniendo en cuenta que Mateo tiene veintiocho capítulos, quiere decir que estamos ante una porción generosa del texto del evangelista. Y¿ qué contiene? El Sermón de la Montaña ha sido siempre muy apreciado por los cristianos. Las consignas de este sermón que empieza con el texto de las Bienaventuranzas, han sido inspiración durante todos los siglos, sobre todo porque las palabras de Cristo vienen a hacer un contraste con las enseñanzas que eran tradicionales para los judíos. Y creo que en pocos lugares se nota tanto este contraste como en el Evangelio que ha sido proclamado hoy. Básicamente la frase que sirve de coyuntura o que sirve de bisagra entre la Antigua Alianza y la Nueva Alianza es la expresión: "Pero yo os digo" una expresión que al mismo tiempo muestra la autoridad de Jesús y la novedad de esta alianza que Él viene a traer. Son muy ricas las enseñanzas que pueden extraerse de aquí. Por ejemplo, uno se da cuenta que mientras que la ley de Moisés, miraba fundamentalmente a los actos. La ley de Cristo mira también a cuáles son las disposiciones de nuestro corazón, es decir, con qué propósito, con qué intención hacemos las cosas o incluso con qué intención queremos hacer las cosas. Porque en el solo hecho de querer, en nuestro querer, ya estamos empeñando de alguna manera nuestra responsabilidad. Se nota particularmente en aquel ejemplo tan bien conocido donde Él dice: -es que, el que miró a una mujer deseándola ya cometió adulterio con ella-. Es decir, el acto humano se configura no solamente en lo exterior, sino incluso ya desde el interior. Esta es una de las hermosas novedades que trae la ley de Cristo. Yo quisiera que hoy, sin embargo, que nos detuviéramos un momento en la parte final del texto donde Jesús nos invita a utilizar un lenguaje sencillo, -Que tu sí sea sí y que tu no sea no- Y advierte Cristo, lo que viene después ya proviene del maligno. Cristo quiere que utilicemos un lenguaje sencillo, transparente, directo y que en ese sentido nos apartemos de toda esa retórica que es tan frecuente cuando se quiere engañar o cuando se quiere mentir. ¿Cuáles son los enemigos del mensaje cristiano? ¿Cuáles son los enemigos del lenguaje cristiano? Enumeremos algunos, obviamente, con el propósito de evitarlos y de acercarnos un poco más a la obediencia a nuestro Señor Jesucristo. Observemos, que es contrario, a la sencillez del lenguaje cristiano?, eso que muchas veces se hace: cambiarle el nombre a las cosas. Por ejemplo, -el aborto ya no se llama aborto, es interrupción voluntaria del embarazo-. Claro, cuando se presenta esa frase larga, interrupción voluntaria del embarazo, lo que parece quedar más a flote, lo que queda más a la vista es, el acto libre de voluntad de una mujer que ha decidido terminar con su estado de gestación. Es decir, toda nuestra atención se va al acto libre voluntario de esa mujer. Pero resulta que ese acto de esa mujer, y por supuesto, de las que le ayudan o le obligan a abortar, ese acto o esos actos resultan en la muerte de un ser inocente. Eso queda maquillado con esa expresión. Lo mismo la eutanasia. No la llamemos eutanasia, llamemosla, muerte digna. Entonces, el primer atentado contra la sencillez del lenguaje cristiano es andarle cambiando el nombre a las cosas ¡no!, digámoslas como son. Otro atentado que se comete contra la sencillez del lenguaje cristiano es cuando aquellas cosas que son claramente buenas no se pronuncian como buenas, no las presentamos como buenas o las cosas que son claramente malas no las presentamos como malas. Hay cosas que son absolutamente malas, que son perversas en sí mismas. Así, por ejemplo, Santo Tomás de Aquino dice: -Mira-, la blasfemia nunca es buena en ningún caso, el sufrimiento inútil del inocente, el causarle un sufrimiento voluntario a una persona inocente no es bueno, eso no puede ser bueno, el adulterio nunca es bueno, nos dice Santo Tomás de Aquino. Entonces hay actos que tienen esa configuración de específicamente buenos o de específicamente malos. Y negar que existen estos actos causa confusión, porque entonces da la impresión de que cualquier cosa, por muy mala que sea, puede llegar a ser buena o cualquier cosa, por muy buena que sea, puede llegar a ser mala. Y eso no es cierto. Esto causa confusión. Un último ejemplo que creo que es conveniente es cuando nosotros sabemos algo y no lo decimos, o cuando no sabemos algo y pretendemos que sí lo conocemos. Hay cosas que nosotros no sabemos. Hay muchas cosas que desconocemos. También en asuntos de Biblia y en asuntos de teología hay muchas cosas que desconocemos, desde asuntos relativamente triviales, como por ejemplo: ¿qué talla de zapatos hubiera tenido Cristo si hubiera vivido en el siglo veintiuno? Nadie tiene realmente un método para responder una pregunta de esas. Pero esa no es tan importante. Hay otras preguntas que realmente desconocemos y eso que desconocemos por alguna razón, el Espíritu Santo quiere que nosotros no detengamos nuestra atención allí. Por ejemplo, hay toda una colección de obras que se han sacado sobre: ¡¿Qué hizo Cristo entre los doce y los treinta años de edad?!, que si estaba aprendiendo en la India, que si estaba metido en el yoga, que si estaba en nosequé doctrinas..., esas personas que hacen mucho dinero escribiendo tonterías y que precisamente se vuelven millonarios por la ingenuidad de otros, están rascando la curiosidad sobre un aspecto que precisamente no nos corresponde a nosotros saber. Es que no tenemos que saberlo todo. El Espíritu Santo nos ha dado saber, aquello que es útil que sepamos. De modo que también ahí tenemos que cuidar la sencillez del lenguaje cristiano. Sigamos, pues, estas indicaciones y pidamos a Dios que, siendo fieles al mandato de Cristo, podamos servir también mejor a su propósito y a su gloria. Amén.

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