Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Nuestra cultura exalta la rebeldía pero sólo cuando se trata de obedecer a Dios y sus mandamientos.

Homilía ao06007a, predicada en 20140216, con 32 min. y 9 seg.

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Transcripción:

Muy queridos hermanos. Las lecturas del día de hoy nos hablan de mandatos y mandamientos. No es el tema más simpático para los oídos contemporáneos. Nuestra época tiene un gusto especial por la libertad. Y solemos entender libertad como que nadie interfiera conmigo. Que yo pueda hacer lo que yo quiera, como yo quiera, cuando yo quiera, mientras yo quiera. Con esa idea de libertad, cualquier mandamiento se ve como una interferencia, como una interrupción de mi libertad. Y por eso algunas personas consideran que la religión es como una prisión.

Si yo quiero hacer algo y la religión me lo prohíbe, la religión me está quitando mi libertad, mi autonomía, mí capacidad de decisión. Y por eso también algunas personas, especialmente al llegar a la juventud, tienen la tentación y pueden caer en élla, la tentación de apartarse, de dejar la religión. Porque la religión, dentro de ese enfoque, estaría en contra de la libertad. Especialmente en las cosas que uno siente como más propias resulta más difícil la obediencia y lo que uno siente como más propio, es exactamente lo que sirve de materia para los votos religiosos.

Nosotros, los religiosos, hacemos votos de obediencia, de pobreza y de castidad. Si lo analizas bien, cada uno de esos votos se refiere a una realidad que uno siente como muy propia. La obediencia, que sin duda es la más importante, es la consagración de mi futuro. Las decisiones mías y mis decisiones son las mías. La castidad se refiere al corazón y al cuerpo. Mi cuerpo es mío, yo hago con él lo que quiera. Mi corazón es mío yo amo al que yo quiera. La pobreza tiene que ver, como su nombre lo indica, con el desprendimiento de aquellas cosas que uno considera más suyas. Entonces, para recordar cuáles son las realidades humanas que uno suele considerar más propias. Sirve recordar los votos de los religiosos. Pero ya vemos que este es un tema polémico. Es un tema difícil y como dije al comienzo, un tema que suena antipático ante ciertos oídos.

O sea que lo primero que tenemos que preguntarnos es ¿Con qué derecho, con qué título o autoridad viene alguien a decirme que tengo que hacer algo o que no puedo hacer algo? Para empezar a soltarnos a desatarnos de esa idea absurda de libertad. Aquello de que la libertad es simplemente hacer lo que se me dé la gana. Siempre me ha parecido buena idea recordar la actitud que tenemos, por ejemplo, con un médico. Los médicos nos ponen mandamientos. Usted va donde el médico y el médico le dice: ¿A usted le gustan mucho las sodas, cierto? Y usted le responde con una sonrisa. "Sí, doctor". Y el médico le dice. "Pues se acabaron las sodas en su vida. Usted no debe tomar eso. ¿Le gustan las harinas?" -Muchísimo, doctor-, "Se acabaron las harinas en su vida; ¿Le gusta la grasita?" -Bastante, doctor-, "también eso se acabó en su vida.

De ahora en adelante, su régimen es el siguiente: Tiene que comer mucha fruta, mucha verdura, mucha proteína, agua natural, poco en la grasa, poco en la sal, poco en el azúcar". Y el doctor va a seguir soltando los mandamientos. Y aunque usted llore. El doctor sigue implacable, "Sin azúcar" -No Doctor- "Sí, sin azúcar, sin sal, sin grasa, sin harina.... " Usted sale de ese consultorio con un papelito muy pequeñito, un papelito diminuto que indica lo que sí puede comer. Y con un papelito grandecito que dice todo lo que nó puede comer. Esos son mandamientos.

Si usted aprecia su propia vida, si usted aprecia a su familia. Si usted siente temor de un derrame cerebral u otra catástrofe en la salud, usted dice yo mejor le voy a hacer caso al médico. El médico le puso una obediencia. El médico le dio un mandamiento ¿Y usted qué hace? Obedece. ¿Usted diría que el médico le está coartando su libertad? Si vamos a entender como libertad hacer lo que se me dé la gana. El médico me está limitando mi libertad. Porque cuando voy caminando por el centro comercial, después de salir de donde el médico. Resulta que ese día han abierto cuatro heladerías gigantescas. Y las fotos son fantásticas. Como chorrea ese caramelo. Todo es azúcar y grasa. Y usted ve. Y usted quiere. Pero usted obedece.

¿Por qué? Porque usted se da cuenta que es por su bien. Usted obedece. ¿Le está limitando la libertad el médico? Sí. ¿Por qué? Porque si vamos a entender por libertad, hacer lo que se me dé la gana, a mí la gana, lo que me dice es gana de helado con harto, harto caramelo, mucho, y con frutas apetitosas y chocolate. Eso es lo que me dice la gana. Pero hay un papelito chiquitito y ese papelito chiquitito dice lo único que yo puedo comer. Y entonces yo no puedo, yo no puedo comer eso. O sea que si vas a tomar esa definición de libertad, tenemos que decir ?el médico me limitó la libertad?. Y alguien podría decir -¿Y tú por qué te dejas limitar la libertad?- Y la respuesta que habría que dar es muy sencilla: "Yo me dejo limitar la libertad. Porque yo estoy buscando un bien. el bien de la salud, el bien de una vida feliz junto con las personas que amo". Entonces, sí somos capaces de obedecer, no le obedecemos a Dios, pero si somos capaces de obedecer, por ejemplo, al médico.

Hay otro ejemplo que es importante porque tiene la dimensión social. Es la primera vez que vengo a este monasterio de la Visitación. Venía disfrutando el paisaje. Ustedes lo mismo que yo. Se dieron cuenta que esta última parte tiene un camino muy bien pavimentado, pero es estrecho. Cuando uno está manejando o las personas que van llevando estos automóviles o buses están obedeciendo. Hay que obedecer, por ejemplo, una obediencia que está hace mucho tiempo, en la mayor parte de los planetas del mundo, de los, de los países del mundo. Uno va por la derecha. Esa es una obediencia.

Usted se imagina una persona que saliera aquí después de la Santa Misa y dijera: "¿Y yo por qué?, ¿Por qué tengo que andar por la derecha; por qué?, Se me ha dao la gana hoy de andar por la izquierda... ¿Por qué tengo que andar a sesenta kilómetros por hora? Quiero andar a ciento cuarenta kilómetros por hora por la izquierda, porque yo soy libre y se me ha dao la gana, hoy se me dio la gana de manejar a ciento cuarenta por la izquierda y aquí voy yo.... " Sabemos que esa historia no puede acabar bien. Eso va a acabar muy mal. O esta persona se mata o mata a otras personas. Y esa es una obediencia.

Tú vas por una calle congestionada con un sol implacable y tienes que llegar a un banco que está cuarenta metros a tu derecha. Pero resulta que hay una flechita que dice contravía. Tú sabes que el banco lo van a cerrar. Ya casi lo van a cerrar. Tú ves que el banco está a cuarenta metros. Tú ves que está despejada esa calle. Miras por si acaso estuviera uno de aquellos personajes. Son cuarenta metros. -Me van a cerrar el banco, esto no se mueve ¡Que tranque espantoso! Tengo que avanzar dos cuadras, dar la vuelta, dar la otra vuelta.... No voy a alcanzar. Son cuarenta metros. Son cuarenta metros-. Y sin embargo, aunque te cierren el banco. La gran mayoría de las personas, hay unos desobedientes, pero la gran mayoría por temor al policía, por temor a la multa, por temor al accidente, por temor a dar mal ejemplo. ¿La gran mayoría qué hacen? Obedecen. Y mientras dio toda la vuelta, le cerraron el banco, pero obedeció.

¿Por qué yo le hago caso a un pedazo de letrero que lo único que tiene es una flecha blanca dibujada sobre fondo negro?, ¿Yo por qué le hago caso a eso? Eso es obedecer. Y en ese momento hay que hacerse esta pregunta. Cuando usted está a cuarenta metros de ese banco, en ese sol implacable, ¿Qué es lo que le dice su gana? ¿Qué es lo que a usted le da la gana? La gana que usted tiene es la gana de meterse en contravía. Pero usted no se mete en contravía, Usted obedece, usted obedece a ese pequeño letrero, usted obedece al semáforo, usted obedece las leyes de tránsito y usted se disgustaría muchísimo si una persona desobedeciera por creerse muy astuto. Usted se sentiría muy mal y se disgustaría con esa persona.

Todos obedecemos unos códigos, unas leyes, códigos y leyes de tránsito. Los obedecemos. Entonces, sin obediencia no puede funcionar la sociedad. No lejos de aquí, tenemos un colegio de hermanas Belemitas. Se imaginan que el profesor de matemáticas llegara a la clase y dijera "Hoy no me da la gana enseñar matemáticas. Hoy voy a enseñar poesía griega del siglo XIV, yo no voy a enseñar, nó, no me nace, no me nace. No, no sé, Nó, hoy; no estoy como para matemáticas, no estoy. Hoy estoy como para poesía griega del siglo XIV, eso es lo que me nace, es lo que me da la gana". No hace eso. A usted le puede gustar la poesía griega del siglo XIV, pero hoy usted lo que tiene que hacer es dar matemáticas.

Tenemos aquí un hermano muy querido él con inspiración artística. Usted se imagina; Dentro de un momento vamos a tener en la continuación de la misa, vamos a cantar El Santo, "Santo, Santo es el Señor... " Usted se imagina que este caballero a quien no tengo el gusto de conocer su nombre, se imagina que él dijera: ?Pues el Padre quiere y la misa se supone que tiene ahora El Santo. Pero yo quiero cantarle un himno a la Virgen?. Nó, así no es. Cuando llega el momento del Santo, lo que se canta es El Santo. -Pero es que no me nace. Es que no me da la gana. No sé, yo en este momento quiero cantarle cómo una canción a la Virgen- No, es que no es de la Virgen. Entonces fíjate que es una gran tontería, una soberana tontería. Esa idea de libertad y de hacer lo que a uno se le dé la gana. Esa no es la libertad. Y es una gran tontería creer, que uno va a ser mejor persona o mejor ciudadano, haciendo simplemente lo que se le da la gana.

Es imposible el funcionamiento de la comunidad humana, es imposible el funcionamiento de la sociedad si no es a través de la obediencia. Cuando uno empieza a descubrir esto, uno empieza a descubrir que en la obediencia todo depende de una sola cosa, y esa sola cosa es el bien que se obtiene a través de la obediencia. ¿Por qué le hago caso al médico que me impone dura obediencia? Todo lo que a usted le gusta, ya no puede, hermano. Algunos médicos incluso creo que son un poco sádicos y miran con mezquino placer la cara del paciente a medida que le van imponiendo la obediencia: "No puede, nó, puede". A mí me parece ver un rictus mezquino de placer oscuro al imponerle ?prohibiciones y prohibiciones?.?

¿Por qué es bueno obedecer a ese médico? Porque trae un bien a mi vida. ¿Por qué es bueno manejar por la derecha y dentro del límite de velocidad estipulado?, porque es un bien para mí y para los demás. ¿Por qué es correcto que yo cumpla con mis deberes profesionales y mis deberes de Estado, aunque no me sienta especialmente motivado? Porque es un bien para mí y para la sociedad. La clave en la obediencia es el bien. ¿Por qué tengo que hacer caso a los mandamientos de Dios? Porque hay un bien, un bien mayor que el de la salud física, un bien mayor que el funcionamiento organizado del tránsito. Cuando Dios me dice que no entregue mi corazón a la envidia, a la mentira, a la lujuria, al orgullo, a la idolatría. Cuando Dios me dice que el amor a Él tiene que estar en primer lugar. Está buscando mi bien.

Porque cuando el corazón humano encuentra a Dios como su primer lugar, ese corazón humano recibe tres grandes bienes, no uno, sino tres. El primer gran bien que recibe es el que describió San Agustín: "Nos hiciste, Señor, para tí, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en tí". Cuando descubro el amor de Dios como el primer amor de mi vida, descubro lo único realmente, lo único, realmente Él único que puede saciar la infinita sed de amor y de infinito que hay en mí. Infinita sed del Infinito. Eso es el ser humano. Solo amando a Dios esa sed puede saciarse. Cuando Dios me dice ámame, en primer lugar a mí, es porque Él me ha hecho, porque Él sabe cómo estoy hecho y porque Él sabe que mi mayor bien está en encontrarlo a Él.

En segundo lugar. Cuando el amor de Dios adquiere el primer lugar en mi vida, cuando está de primero Dios, toda la escala de los valores se organiza. La persona que pone en primer lugar el dinero, entonces va a poner en quinto o en décimo lugar la vida humana y va a matar por dinero, o va a ser cómplice en la muerte de otros por dinero. Cuando Dios aparece en primer lugar, entonces el hombre imagen de Dios, adquiere su propia dignidad, y entonces la sociedad tiene un orden y la vida florece. Así que ese mandamiento, esa obediencia, es para mi bien, porque con esa obediencia yo adquiero una escala de valores, unas prioridades que son bien para mí y que son bien para los demás.

Y en tercer lugar, cuando yo descubro como primero en mi vida el amor de Dios, también encuentro una ruta en los actos, porque dice Santo Tomás de Aquino que la vida humana es como un camino y que cada decisión y cada acción que tú realizas es como un paso en ese camino. Pero tienes que preguntarte, ¿Para dónde va tu camino? Esa es la gran pregunta del sentido de la vida. El que tiene a Dios como primer lugar sabe que su vida tiene una dirección. Entonces su vida adquiere sentido. Voy hacia mi Padre que me ama. Voy hacia la casa del Padre. Como dijo hermosamente el Papa Benedicto: "En esta etapa final de mi vida, soy solamente un peregrino hacia la casa del Padre". Entonces, fíjate los grandes bienes que se siguen de la obediencia a Dios. La infinita sed de infinito encuentra su saciedad. La escala de valores se establece de una manera sana, bendita, hermosa, fecunda. La vida adquiere un sentido y un significado. Entonces nosotros tenemos que decir, y no de una manera acomplejada, sino de una manera orgullosa en el sentido especial de la palabra orgullo, no orgullo de pecado de orgullo, sino orgullo del que está agradecido y feliz de lo que tiene.

Pues yo quiero que tú te sientas agradecido y feliz de los mandamientos de Dios. Que te sientas gozoso de ser cristiano, católico y obediente. Frente a todos aquellos que pretenden presentar el libertinaje y la anarquía y la idolatría como norma única de la vida humana, nosotros cristianos católicos, decimos con orgullo "Yo obedezco a Dios, yo obedezco a la Iglesia, -Hay que tonto- tonto, nó, tonto es el que no conoce los verdaderos bienes". Por eso nos dice claramente el apóstol San Pablo en la segunda lectura de hoy: "Predicamos una sabiduría divina, misteriosa, que ha permanecido oculta y que fue prevista por Dios desde antes de los siglos para conducirnos a la Gloria". ¡Qué cosa tan hermosa! Como termina el pasaje de la primera carta a los Corintios, dice Pablo: "Lo que nosotros predicamos es, como dice la Escritura que lo que Dios ha preparado para los que lo aman, ni el ojo lo ha visto, ni el oído lo ha escuchado. Dios nos lo ha revelado por el Espíritu".

O sea que la obediencia cristiana no es simplemente una obediencia ciega, más bien es una obediencia en el claroscuro de la fé. Es una obediencia en los bienes que alcanzo a entrever, pero los veo aunque sea difusamente, en un espejo y como en misterio, los alcanzo a ver porque Dios da esa iluminación. Hay algunos bienes que trae Dios que son clarísimos, pero los grandes sacrificios, el paso por la cruz, la victoria plena sobre el pecado, no se logra sin esta acción íntima del Espíritu Santo que da la sabiduría divina, misteriosa, oculta, celestial. Y cuando llega esa sabiduría, uno entiende el valor del sacrificio, el valor de la cruz, el valor de la renuncia, el valor de abrazar la cruz misma del Señor.

Como les pasa por ejemplo, a las monjas de este monasterio. Mucha gente las quiere o las queremos, pero muchas otras personas no entienden nada. ¿Qué hacen allá esas mujeres encerradas? Deberían salir. ¿Para qué? Para que compren. Para que compren muchas cosas. Otros dirán que salgan. ¿Para qué? Para que trabajen. Por los pobres. Por los enfermos. Por los niños. Por los ancianos. Pero el que tiene esta sabiduría divina, misteriosa, que ha permanecido oculta y que ha sido prevista por Dios desde antes de los siglos, se da cuenta que, por ejemplo, por ejemplo, es un simple ejemplo, un simple ejemplo. La clausura incluso rigurosa de un monasterio, es una participación en el misterio de Cristo. De hecho, de varios momentos del misterio de Cristo. Es una participación del misterio de Cristo en el Sagrario que está como en clausura.

Uno ve allí a Cristo y está bajo llave, está en clausura. Es una participación del misterio de Cristo en clausura en Nazaret. La vida oculta es una participación de la clausura de Cristo en la cruz. Está en clausura rigurosa. No puede mover ni siquiera una mano. Entonces uno se da cuenta que hay una clausura en la vida de Cristo y hay una obediencia. Y es posible que una mujer movida por el Espíritu Santo vea que hay una participación hermosa de la vida de Jesús en el monasterio y entonces diga ?Esa vocación puede ser la mía?. Y esa es una obediencia particular que va a tener esa mujer a través de esa vocación hermosa.

Resumen: Tres puntos. El mundo hoy no entiende o se hace, que no entiende la obediencia. Y digo se hace porque en el fondo la gente sigue obedeciendo al médico, al tráfico y todas esas cosas. Únicamente hablan de desobediencia cuando se trata de la religión y de Dios. Ahí sí, ahí sí vale desobedecer. Pero bueno, primer punto: El mundo actual no entiende o se hace que no entiende la obediencia. Segundo punto para abrazar el bien de la obediencia hay que descubrir cuál es el bien al que nos conduce. Y tercero, ese bien llega a revelarse de una manera más plena con la acción del Espíritu, que es el que nos muestra, incluso en el claroscuro de la fe, cómo Dios, más allá de las renuncias, nos lleva a la plenitud y más allá de la cruz, nos lleva la Pascua.

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