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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Todos seguimos mandatos y mandamientos, y en ese sentido todo ser humano tiene algún "señor." Pero los que creemos en Cristo hemos descubierto en Él a nuestro Señor, Dios-Hombre de inmenso amor.
Homilía ao06004a, predicada en 20110213, con 15 min. y 28 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos. Esta lectura que acabamos de escuchar del Evangelio pertenece a una sección del texto de San Mateo, una sección que se llama El Sermón de la Montaña. Seguramente ustedes quieren mirarlo con más detenimiento en sus casas. Pueden hacerlo se encuentra en la Biblia Evangelio de San Mateo, capítulos del cinco al siete. Es el discurso más extenso de Cristo, tal como aparece en los Evangelios. Y es un discurso que nos ayuda a comprender qué lugar le da Cristo a la ley, cuál es el lugar que Él le da a los mandamientos. Por eso también en la primera lectura de hoy se habla del mandamiento o de los mandamientos. La primera lectura fue tomada de uno de los libros Sapienciales del Antiguo Testamento. Este libro se llama el libro Eclesiástico. También por otro nombre el Sirácida. Y el capítulo quince del libro Eclesiástico nos habla de la observancia de los mandamientos y nos invita a escoger la voluntad de Dios. Entonces, pues, reflexionemos un momento sobre lo que quiere decir esto de los mandamientos y la ley de Dios, y qué aporta Cristo en este sentido. Lo que vamos a hacer son dos cosas primero, hablar de la importancia de los mandamientos y luego ver cuál es la mirada de Cristo sobre estos mandamientos. Los mandamientos, con ese nombre, no parece que vayan a ser muy populares, porque a nosotros usualmente no nos gusta que nos manden cosas, no nos gusta que nos den órdenes. Hay ciertos lugares y hay ciertas edades en la vida en que uno es especialmente refractario, alérgico a que le estén dando órdenes casi siempre en la adolescencia o en la juventud somos muy resistentes, rebeldes. A mí no me den órdenes. Y hay también lugares, culturas, países en los cuales la libertad se exalta de tal manera que parece que nadie le puede dar instrucciones a nadie. -Estoy en un país libre. A mí no me vengan a dar instrucciones-. Yo manejo mi vida como a mí me parezca. Yo soy dueño de mi cuerpo, yo soy dueño de mi dinero, yo soy dueño de mis cosas, yo soy dueño de mi futuro. Que nadie me dé órdenes. ¡Soy libre!. Y entonces oponemos libertad y mandamientos. ¿Qué tiene que decirnos la Biblia sobre este problema? Podría estudiarse desde un punto de vista muy teórico, pero me gustan más los ejemplos prácticos. Cuando vas al médico. ¿Qué te da el médico? Órdenes. Esos son mandatos. El médico te da mandamientos, te dice -Mire, de ahora en adelante usted tiene que comer esto; no puede comer esto. Debe tomar tantas de estas pastillas, tiene que untarse esta crema, tiene que hacer esto. Esos son mandamientos. Y nosotros recibimos las órdenes del médico y usualmente las seguimos con una que otra desobediencia. ¿No es verdad? Pero normalmente seguimos lo que el médico nos dice. Si el médico me dice, por ejemplo, como le acaba de suceder no hace mucho a mi padre. Mi padre está cerca de los ochenta años de edad y el médico le ha dicho tiene que disminuir las proteínas porque usted tiene una deficiencia renal, caballero. Entonces usted no puede comer más de ciento veinticinco gramos de proteínas al día. Eso equivale más o menos a lo que cabe en una hamburguesa. Eso es todo lo que mi papá puede comer de proteínas en un día. Por supuesto, es una restricción de dieta bastante fuerte. Y como además tiene algo de hipertensión, la sal va al mínimo y como el azúcar tampoco puede subir, entonces ya se imaginan cómo es la dieta de mi papá. Y mi papá está muy obediente, muy obediente a los mandamientos del médico y seguramente a mí me va a tocar lo mismo de aquí a un tiempo, porque todos tenemos restricciones y nos dan órdenes. Pero no son sólo los médicos. Muchos de ustedes vinieron a esta Eucaristía conduciendo sus carros, sus coches y ¿Qué es lo que hacemos a lo largo del camino? Obedecer órdenes. ¿Tú por dónde manejas?, ¿Por dónde te parece? No, ¡Cuidado! Te vas a ir por la derecha y no puedes cruzar la doble línea. Eso es una prohibición. Ustedes. ¿No les parece simpático ver cómo todos nosotros obedecemos aparatos? Todos obedecemos aparatos. Esos aparatos se llaman semáforos. Somos una cantidad de personas adultas libres en un país libre. Pero cuando llegamos al semáforo, nos detenemos. Estamos obedeciendo a un aparato y estamos aquí veinte adultos esperando a que ese aparato nos diga. Ahora sí, ahora deténgase. Usted puede seguir. Usted nó. Y todos obedecemos. Entonces los mandamientos en realidad, sí los obedecemos, incluso las personas que parecen más rebeldes. A veces los jóvenes se las dan de rebeldes. Yo soy rebelde. Pero los jóvenes rebeldes van a tiendas de gente rebelde donde les venden su rebeldía. Entonces todos los rebeldes aprenden a peinarse de una determinada forma. Aprenden a llevar una determinada camiseta, aprenden a ponerse unos determinados zapatos, usan un determinado tatuaje. Siguen las órdenes. No siguen las órdenes de sus padres, No siguen las órdenes de la Iglesia. No siguen las órdenes de los profesores, pero siguen otras órdenes siguen otros mandamientos. Todos seguimos mandamientos, Todos. Y por eso un gran hombre al que todos creo que admiramos mucho y que se llama San Pablo, hablaba de cómo todos somos esclavos. ¿Cómo me vas a decir esclavo? Pues esclavo eres si sigues las instrucciones de tu Señor. No solamente el drogadicto, que es un caso claro de esclavitud, sino muchos de nosotros somos esclavos en el sentido de que tenemos que seguir una voluntad distinta de la nuestra y tenemos que seguirla. Y el que diga que no, que haga la prueba de manejar su coche como le venga en gana y a ver qué sucede. Te aseguro que el sistema te obliga a obedecer y te quitan tu licencia y te vas a la cárcel y te hacen la vida amarga hasta que al fin, al fin, entra, al fin entra por la puerta. Porque para eso existen las leyes, para que subsista la sociedad. Entonces dice San Pablo que todos seguimos a alguien, Todos. Y el punto es ¿A quién voy a seguir yo? Y el mismo Pablo entonces firmaba sus cartas diciendo "Yo por lo menos sigo a Cristo, mi amo, mi Señor". Eso es lo que significa la palabra Señor. Cada vez que tú dices Dios nuestro Señor, el Señor, o como lo quieras decir en el idioma que lo quieras decir, si tú dices Jesus is my Lord. Cuando tú dices Lord, o cuando tú dices Señor, tú estás diciendo Él es el que da las órdenes, yo soy el que la sigue. Y es una cosa muy sensata. Todos seguimos órdenes, solo que unos de nosotros que nos llamamos cristianos y además tenemos el precioso apellido de católicos, nosotros, cristianos católicos, seguimos a nuestro Señor que se llama Jesucristo y nos sentimos felices de seguir sus órdenes. Bueno, ¿Qué es lo que hace que unas órdenes sean tan fáciles de seguir y otras no? ¿Por qué yo le hago caso al médico? ¿Por qué las órdenes del médico me gustan o por lo menos las sigo? Porque yo creo sinceramente que el médico está buscando mi bien, ¿Por qué yo me detengo ante el semáforo?, porque yo creo que los acuerdos, las leyes que llevan a que ese semáforo esté ahí con esa luz roja, amarilla o verde. Esa ley es por mi bien, porque si no hubiera esas leyes habría demasiados accidentes y demasiados heridos y muertos. Entonces, lo que hace que una ley tenga poder sobre nosotros es que nosotros estemos vivamente convencidos de que ahí se juega nuestro bien. Eso es lo que hace posible la obediencia de la ley. Yo estoy convencido de que ahí está mi bien y por eso lo sigo. El médico o la médica que le pone tantas restricciones a mi papá, está buscando el bien de él y mi papá está convencido de eso y por eso él obedece. La obediencia está ligada a la bondad que uno cree encontrar en la persona que lo está dirigiendo. Por eso, en la medida en que uno descubre esa bondad, la obediencia se vuelve mucho más sencilla. Si yo, por ejemplo, estoy en una pandilla juvenil, me visto como se viste el jefe de la pandilla, hablo como él habla, empiezo a imitarlo casi sin darme cuenta, utilizo su mismo modelo de tenis o de sneakers o como los quieras llamar. Pero un día descubro que ese jefe de esa pandilla es capaz de traicionar a sus mejores amigos. Es una persona completamente egoísta y repugnante que además se aprovecha de todos los que se acercan a él. Entonces ya no estoy convencido del bien de esa persona y entonces se rompe la obediencia. Este esquema es muy importante para descubrir cómo nuestra vida puede volverse conforme a los mandamientos de Dios. Una vez que Dios revela plenamente su bondad, se vuelve muy sencillo obedecer. Es más, la obediencia se vuelve una obediencia de corazón. Porque es que la obediencia que nosotros prestamos puede ser únicamente externa, mientras que por dentro el corazón y las intenciones van por otro lado. Eso es como una especie de hipocresía. Cristo en el Evangelio cuando dice que nosotros tenemos que limpiar nuestro corazón. Bienaventurados los limpios de corazón. Y cuando Cristo dice que no debemos tolerar el pecado ni siquiera como una intención que nadie ha visto, ni siquiera como una intención allá en lo profundo del corazón. El pecado no puede habitar en ti, ni siquiera en lo más recóndito de tu corazón, donde nadie ve. Porque resulta que hay uno que siempre ve que se llama Dios. Cuando Cristo nos habla de esa manera, lo que quiere es que nuestra obediencia sea real, sea verdadera, y esta obediencia real y verdadera obediencia de corazón, solo puede darse cuando yo descubro de corazón la bondad de Dios. Y esta es la novedad que trajo Cristo. Cristo reveló de tal manera imprimió de tal manera la bondad de Dios en nuestros corazones, que quien recibe el mensaje de Cristo, quien es bañado en la sangre de Cristo, quien recibe el Espíritu Santo que Cristo mereció para nosotros, queda completamente conectado con la voluntad de Dios, esta es la novedad que Cristo trae. Por eso dice Él al final del Evangelio según San Juan: "Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado". La novedad de Jesucristo es la revelación de un amor tan perfecto, tan profundo, tan santo, tan eficaz, tan transformante, que cuando ese amor se imprime en nosotros, entonces nosotros quedamos viva, completa y totalmente convencidos de la bondad de Dios que nos ha mandado tales cosas. Y por eso la perfección de la nueva y eterna alianza, la perfección del Nuevo Testamento supera completamente al Antiguo Testamento, porque el Antiguo Testamento no nos había mostrado esa bondad absoluta de Dios impresa en nuestros corazones. ¿Quién es el que hace esa obra? Lo hace el sacrificio de Cristo en la cruz y lo hace el don del Espíritu Santo. Cuando yo veo la sangre derramada de Jesús en la cruz, y cuando yo recibo el torrente de su Espíritu, entonces la bondad de mi Dios queda grabada, impresa indeleblemente en mi corazón. Y ahí entonces descubro la bondad del Médico Divino y sigo sus instrucciones. ¿Cómo podemos aplicar estas palabras a nuestra vida? Número uno: Descubriendo la sabiduría de los mandatos divinos. Nuestra sociedad y nuestro mundo le están dando la espalda a Dios de muchas maneras. ¿Y las consecuencias cuáles son? Las estamos viendo. Le estamos dando la espalda a Dios y mira para dónde va el mundo. Entonces nuestro primer, nuestra primera aplicación de estas lecturas es descubrir la bondad y sabiduría de lo que Dios manda, empezando por los Diez Mandamientos. Y lo segundo, ¿Cuál es? Clamar por el don de esa sangre redentora y clamar por el don de ese espíritu de amor para que se imprima en nosotros la bondad del Dios que nos ha ordenado, lo que nos ha ordenado. Y una vez que nosotros somos transformados por ese amor, una vez que esa bondad queda impresa en nosotros, entonces se cumple lo que dijo Cristo: "Mi yugo es suave y mi carga ligera". Y esa es la vida del cristiano, una vida que es al mismo tiempo de enorme heroísmo y de gran facilidad, heroísmo si pensamos en lo que se consigue, facilidad si pensamos que Dios mismo nos ayuda a conseguirlo. Como decía San Pablo, he trabajado más que los demás, pero no yo. La Gracia de Dios conmigo. Sigamos esta celebración, queridos hermanos, descubriendo la sabiduría de los mandatos divinos y pidiendo el poder del Espíritu para obedecer con alegría, con amor y de corazón lo que Dios quiere de nosotros.
Amén.

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