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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El fuego del Espíritu hace que resulte tan absurdo un cristiano que no evangelice como sal que no sale.
Homilía ao05009a, predicada en 20170205, con 6 min. y 32 seg. 
Transcripción:
Terminamos nuestro retiro espiritual con esta Eucaristía y las palabras del Evangelio se convierten en una consigna. Yo me atrevería a decir, una fórmula de envío. Cristo nos deja un propósito, una meta, un objetivo. Con esto que nos está diciendo el día de hoy; que salgamos de aquí, pero no para esconder lo que hemos recibido y que salgamos de aquí, no para escondernos nosotros; tenemos tarea, tenemos misión. Esa misión está en las imágenes de los libros de hoy, de los textos de hoy. La misión de ser sal que da sabor y que preserva. La misión de ser luz que muestra los obstáculos y que anuncia la meta. De eso se trata, de ser sal y de ser luz. Pero existe el peligro de perder el sabor. Desde pequeño me llamó la atención en este evangelio esto que dice el Señor -Si la sal se vuelve sosa, si la sal pierde su sabor-. Con la edad que tengo todavía no he encontrado que eso le pueda pasar a la sal. ¿Cómo será una sal sosa? Es algo antinatural. Quizás otros de más experiencia o de más edad sí hayan conocido sal sosa. Pero pues aquí, con tanta juventud acumulada, nó. Y quizás eso está también en el mensaje de Cristo. Es tan absurdo pensar en una sal sosa como debería ser absurdo pensar en un cristiano que no evangeliza. Más fácil es que te encuentres una sal que no sala a que te encuentres un cristiano que no evangeliza. Es antinatural, antinatural, es absurdo, es una contradicción en los términos. Es como decir un viento quieto, como decir un sol de tinieblas. Son contradicciones, un círculo cuadrado. Pues así como no hay círculos cuadrados, ni soles de tinieblas, ni vientos quietos, así el cristiano no puede reprimir. Es absurdo que reprima. Observemos que esa fuerza interior no viene de nosotros. Los apóstoles decían, según nos cuenta el capítulo cuarto; el capítulo tercero y cuarto de los Hechos, decían: "No podemos dejar de contar lo que hemos visto y oído". El trabajo del testimonio de la evangelización no es una tarea que me sobre impongo, además de todo lo que tengo que hacer. Es un asunto de amor. El que ama llena con una mirada toda la habitación. El que ama llena con una sonrisa toda la plaza. El que ama llena con una palabra un país entero. El amor se difunde por sí mismo. El amor se nota. Repletos, colmados, ungidos por el amor. No podemos tapar ese perfume de amor que nos rodea, esa aura de amor que nos acompaña, ese rastro de amor que dejamos. Es que no lo podemos dejar de dar. Si a una persona le regalan o la misma persona se aplica un perfume delicioso y luego sale a la calle, pues no se puede dejar de sentir ese perfume. Nosotros no podemos, no podemos dejar de ser lo que somos. Pero la única consigna es mantener esta fuerza de Gracia, conservar, agradecer, animar, cultivar todo eso que hemos acogido y recibido para que siga dando fruto. Una palabra sobre la segunda lectura. San Pablo recuerda los orígenes de la comunidad de Corinto y dice esto, que lo siento muy cercano, pues porque amo a San Pablo y porque yo vengo por allá de Suramérica.... "Yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo". Yo tengo algo de esto, particularmente cuando vengo a Europa, porque la fé que, que tenemos allá la hemos recibido de vosotros y yo, yo realmente llego así. Yo llego débil y consciente de que soy un pecador. Pero luego dice Pablo: "Mi predicación fue en la manifestación y el poder del Espíritu para que vuestra fé no se apoye en sabiduría de hombres". Es decir, finalmente Dios se sale con la suya. Aquí no importa si es América Latina, si es el sur de Asia, si es el norte de África o si es Europa. Lo que importa es ese poder del espíritu que, que se sale con la suya, que logra lo suyo, que hace su obra. Porque, porque él es el Señor. Pues ese espíritu que se sale con la suya es el que nos dará el sabor y es el que nos dará la luz.

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