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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Estamos llamados a ser luz que advierte contra el peligro, muestra el camino, ayuda a que otros se conozcan a sí mismos, revela la belleza y muestra cuánto nos ha amado Dios.
Homilía ao05008a, predicada en 20170205, con 5 min. y 52 seg. 
Transcripción:
¡Feliz domingo para todos! Las lecturas de este domingo nos hablan sobre la luz, especialmente la primera tomada del profeta Isaías en el capítulo número cincuenta y ocho y el Evangelio tomado de una parte del Sermón de la Montaña en el capítulo quinto de San Mateo. La luz. Isaías nos hace ver que una existencia luminosa es siempre aquella que marca una diferencia en el mundo. Más que palabras, más que teorías o explicaciones, son las obras lo primero que está a la vista de nuestros contemporáneos. Mucha gente no tiene tiempo para teorías, mucha gente tiene gran confusión en sus oídos, de manera que las palabras han perdido fuerza en ellos. Pero hay algo que nunca pierde fuerza: el testimonio que llevamos con nuestra vida y las obras que marcan una diferencia en las vidas de los demás. Es bueno hacernos esa pregunta como personas, como familias, como comunidades. Mi historia, mi vida, en ¿qué sentido está impactando la vida de otras personas? ¿Cuál es el bien que estoy llevando a otras personas? ¿Cuál es la diferencia que yo marco en otras historias? La lectura de Isaías nos invita a reflexionar en esa dirección. Por su parte, Jesús en el Evangelio nos dice: "Vosotros sois la luz del mundo." De inmediato uno piensa, por ejemplo, en el faro? Por cierto, ¿para qué se ponían esos faros? Ya desde la antigüedad, el primer propósito de esas luces que estaban en lo alto y que desafiaban a la noche, el primer propósito era señalar un punto peligroso en el recorrido que debían hacer los barcos. Efectivamente, de día, mientras los marineros expertos podían distinguir el perfil de la costa, resultaba sencillo para ellos, sí tenían los mapas o recursos adecuados, saber en dónde estaban las zonas de peligro, por ejemplo, aquellas zonas en las que el agua era demasiado poca en su profundidad y había riesgo de que el barco encallara e incluso se destruyera. Mientras hay luz, eso se puede ver en el día, pero de noche, sin la referencia de la costa hay una tremenda diferencia entre trescientos metros y cien metros, por ejemplo, y es muy fácil que el barco entre en una zona peligrosa, perdiéndose su cargamento y sobre todo sus pasajeros y tripulantes. Para eso servían los faros, para decir: Cuidado con esto, mostrar en dónde hay peligro. En otro sentido, la luz sirve para guiar durante el camino. Es hermoso recordar el testimonio, por ejemplo, en mi país, de tantos campesinos humildes que llevaban sus cargamentos, que llevaban sus mercancías durante la noche, alumbrándose con humildes linternas o guiándose por la luz de la luna. Pero allí donde hay luz, hay un camino. Otro efecto que tiene la luz es que nos permite también conocernos a nosotros mismos para vernos en un espejo, para saber quiénes somos o cómo estamos, necesitamos de la luz, Y finalmente, la luz sirve también para reconocer lo que es bello. En las más espesas tinieblas no existe la ternura, no existe el primor de las flores, en la más espesa de las tinieblas, los rostros amables o sonrientes, no tienen ningún significado. Por eso la luz cumple todas esas funciones: Advierte contra el peligro, muestra el camino, nos ayuda a conocernos, revela la belleza y dice Cristo que nosotros estamos llamados a ser luz, es decir, nuestra vida y también nuestro testimonio en palabras; está llamado a mostrar en dónde hay peligro. Una joven, por ejemplo, que sea verdaderamente cristiana, que tenga verdadera fe en su corazón, puede ser una oportuna consejera de algunas de sus amigas. Quizás algunas de ellas están metiéndose en relaciones extrañas y sucias, por ejemplo, con hombres casados. Esta puede advertir del peligro..., Su manera de ser alegre, sincera, transparente, servicial, muestra un camino. Así se puede vivir. Además, esa luz nos invita a conocernos a nosotros mismos. Porque la persona que vive con coherencia, según sus principios, revela las mediocridades y fallas que tantos otros tenemos. Finalmente, el esplendor de una vida verdaderamente cristiana, sobre todo de aquellos que tienen la plenitud de la fe, con los santos, con los sacramentos, con toda la hermosura de nuestra Iglesia Católica, es un verdadero atractivo para que muchos otros también sepan cuánto nos ha amado Dios. No se nos olvide. Esa es nuestra vocación: ser luz del mundo.

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