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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Si Cristo nos envía como luz para el mundo es porque el mundo no es luz.
Homilía ao05005a, predicada en 20110206, con 13 min. y 31 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, en una frase tan sencilla como la que dice Cristo ?Vosotros sois la sal de la tierra?. Hay una afirmación sobre la tierra y hay un imperativo sobre ese grupo al que el Señor se dirige cuando dice: ?Vosotros? Se dirige a un grupo de personas, esencialmente sus discípulos, y pide y también ordena a esos discípulos que sean como la sal. Ahí hay un imperativo, hay un mandato, Es un mandato que brota del amor, pero sigue siendo un mandato. Pero lo que quiero subrayar esta vez es que además de ese mandato que tiene que ver con ese grupo de discípulos, la frase de Cristo tiene también una afirmación sobre la tierra. Si les dice a ellos -Vosotros sois la sal de la tierra-, está diciendo algo sobre cómo es la Tierra. Y cuando dice -Vosotros sois la luz del mundo-, está mandándoles algo a éllos, pero también está diciendo algo sobre el mundo. Cuando dice que -los discípulos son la sal de la tierra-, está también diciendo que la tierra carece de sal. Y cuando dice Vosotros sois la luz del mundo, está diciendo que el mundo carece de luz. Parece una cosa elemental, tal vez un detalle menor, pero no lo es. Realmente esto define la actitud del cristiano con respecto al mundo. Si yo voy a salir como cristiano, que soy, como discípulo de Jesucristo, voy a vivir mi fé en el mundo. Es muy importante que yo sepa que no puedo esperar de ese mundo la luz, que no puedo esperar de ese mundo el sabor propio de la sal representado por la sal. Voy a tratar de explicarme, con la ayuda del Señor, con el Espíritu Santo, que es el único que nos permite escrutar la Divina Palabra. Pensemos la cosa de esta manera: Cuando uno ve tantos crímenes y desengaños y problemas, cuando se descubre tanta corrupción en todas las esferas del poder, cuando los medios de comunicación nos están bombardeando con tantas noticias malas, uno puede tomar una de dos actitudes. Uno puede tomar una actitud de derrota progresiva, aplastante y deprimente. Cada vez que enciende el aparato de la radio, cada vez que enciende su aparato de televisión, usted recibe otro bombardeo de malas noticias y usted siente -ay que mal está el mundo-. Y luego por la tarde vuelve a encender el televisor y dice -Ay el mundo está peor de lo que yo pensaba-. Al otro día enciende el televisor y dice -Ay esto no mejora.- ¡Dios mío! Y luego por la noche. -No, es peor de lo que yo creía-. Y hay cristianos que son así. Hay cristianos que se dejan llevar por esa ?Amargura Progresiva? y entonces no tienen en su corazón más que quejas. El mundo está mal, los jóvenes están mal, los niños están muy mal y no hay respeto por las personas mayores. Los valores se perdieron, la familia se acabó. ¡Es el colapso!, es el fin! Uno puede tomar esa clase de actitud. Esa actitud se llama amargura progresiva. Cada vez que uno enciende las noticias, -Ay, otra vez-. Pero se da un círculo vicioso, una especie de masoquismo. Esto ha sido estudiado por los psicólogos. Las personas pueden volverse adictas a las noticias y a los noticieros, como se vuelven adictas a la nicotina, como se vuelven adictas al licor. Hay personas que necesitan su dosis de malas noticias todos los días. Y entonces hay veces que los doctores tienen que recetarles a algunas personas: ?Usted tiene que oír menos noticias,? porque la persona se ha vuelto adicta a las noticias y se vuelve una amargura progresiva. Y esa amargura progresiva obviamente no tiene nada que ver con el Evangelio, porque esa es la pregunta que nos hacemos ¿Cómo se puede vivir el Evangelio en un mundo que cada vez que nos va a contar una noticia esto está peor? Esto está muy mal. Es que mal no es palabra, peor, es que está grave, pésimo, horrible, horroroso, horrendo, trágico, pervertido. ¡Se acabó! Colapso. Esa es una actitud, ¿Pero de dónde proviene esa actitud? Esa actitud proviene de que uno sigue esperando que haya esas buenas noticias, que haya esa bondad. Uno sigue esperando que haya una buena noticia que venga de parte del mundo. La razón: Y si logro explicarme con esta frase, la homilía valió la pena. La razón por la que el Evangelio se llama ?Buena noticia" es porque uno parte de la base de que el mundo, real y genuinamente está herido por el pecado. La comparación que me gusta hacer es esta. Suponga que usted es un médico y usted como médico lo invitan a ir a un lugar donde se ha presentado una tragedia. Esa tragedia puede ser, por ejemplo, que hubo un deslizamiento de tierras, de modo que mucha gente ha muerto. Mucha gente está en shock. Mucha gente está mal herida. Usted es médico y usted va a ese lugar. Su expectativa como médico que es; ¿Cuál es su expectativa? Cuando usted va de camino, Por ejemplo, en la avioneta, helicóptero, bus, automóvil. Cuando usted va de camino acercándose a ese lugar, ¿Usted qué espera encontrar? Usted espera encontrar cadáveres, cuerpos mutilados, gente enloquecida, gente malherida, gente paralizada o paralítica, cuadrapléjica. Usted tiene una expectativa de ese nivel. Usted sabe que lo que está esperando es una tragedia. Y por consiguiente, cuando llega y le empiezan a mostrar cuerpos mutilados, gente en shock, cadáveres. Usted no entra en amargura progresiva porque lo que usted estaba esperando era eso. Usted sabía que así estaban las cosas. Si usted va a un campo de batalla, si usted acompaña a los ejércitos en una guerra, usted sabe qué es lo que va a encontrar. Winston Churchill lo resumió en "lágrimas, sudor y sangre". Es que no se espera otra cosa. Si yo voy a un campo de batalla con un ejército y soy un médico, lo que espero encontrar. ¿Qué es? Dolor y más dolor. Sangre. Odio, trauma. Eso es lo que espero encontrar. Y porque espero encontrar eso, No me extraña encontrarlo. Más bien, cuando logro salvar a un paciente, digo ¡Aleluya! Cuando uno que parecía estar al borde de la muerte se recupera. Yo digo ¡Aleluya! Y me siento feliz. Mis hermanos, ese es el secreto del cristianismo. Ese campo de batalla donde hay heridos por todas partes es esta tierra y este mundo. Solo que las heridas, en la mayor parte de los casos no son heridas visibles sobre la piel, los músculos o los huesos; son heridas en los corazones, en la mente, en el alma, pero son heridas. Entonces nosotros tenemos que partir de la base de que el mundo realmente está a oscuras y tenemos que partir de la base de que nosotros tenemos una lamparita que se llama la fé, la esperanza y el amor, pero nosotros somos esos médicos, nosotros somos esos que llevamos una lamparita y esa lamparita es la que está contándole a los demás que sí hay una esperanza. Entonces yo por lo menos no sé ustedes, pero yo por lo menos cuando voy a encender el televisor, yo siempre espero pésimas noticias, porque sé que el corazón humano, mientras no se abra total y plenamente al amor de Cristo Jesús, lo único que va a dar son flores muertas, frutos pichos. Es lo único que da el corazón humano, porque el corazón humano sin Dios, lo único que da es muerte. Muerte. Muerte prolongada. Muerte dolorosa, muerte escondida, muerte solapada. Muerte, no da otra cosa. El corazón en pecado solo da muerte. Entonces yo me miro a mí mismo como ese médico que va al campo de batalla, o ese médico que va a atender a las víctimas de un deslizamiento de tierra. Y yo no espero otra cosa que el gobierno de no sé dónde, es una porquería. Eso es lo que da el corazón humano. Es que ¿Quién esperaba algo diferente? Que el tal sacerdote de no sé dónde, es un incoherente y es un miserable. Pues sí, está hecho de barro, realmente eso es lo que da el corazón humano. Que hubo un papá que hizo y deshizo; y unos adolescentes que mataron y violaron. Sí, es que mientras no reine Jesucristo no habrá buenas noticias. Te invito a que nos miremos como los médicos del mundo. Nosotros que creemos en Jesús, nosotros que hemos recibido la buena noticia, nosotros sí queremos pertenecer a este grupo al que le habló Cristo, porque Cristo le estaba hablando a un grupo específico y a ese grupo le dijo: "Vosotros sois la luz del mundo", vosotros, ¿Quiénes?, Vosotros, "los que habéis puesto la esperanza en mí", -dice Jesucristo-, vosotros los que habéis acogido el Evangelio, vosotros los que tenéis vuestra alegría en el Señor, vosotros sois luz, lo demás no es luz. Entonces uno deja de vivir la amargura progresiva y uno vive feliz. Hay santos que se han caracterizado por su alegría. Entre ellos destacan Francisco de Asís, Felipe Neri y otros. Pero quedémonos con esos. El caso de Felipe Neri es interesantísimo, un santo en la época del Renacimiento, algo después del Renacimiento, un santo que podía ver pecado por todas partes. Pero él lo que pensaba era lo que hemos dicho hoy es que el mundo, mientras esté en pecado, ¿Qué va a dar? Podredumbre. Y una vez que uno no espera sino podredumbre del corazón humano, cuando está lejos de Dios, uno se alegra como el médico. Cuando por fin logra que un pacientico se recupere. Así era Felipe Neri. Felipe Neri escuchaba una confesión en la mañana y tenía alegría para todo el día, porque Jesús dijo: "Hay alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta". Y Felipe Neri se sentía feliz. Hoy se salvó uno. ¡Qué maravilla! Así se siente un médico cuando está en el campo de batalla. Así se siente un enfermero cuando está en un terreno de tragedia invernal. Hoy tenemos que optar, mis hermanos. ¿Vamos a ser gente de amargura progresiva?; que no hace sino quejarse y decir: ?Ay, esto está peor, cada vez está peor, esto se acabó, es que ya no queda nada?. ¿Vamos a ser de esos; tú sabes lo que hace la gente que habla así? Le hace homenaje al mal, le hace homenaje a las tinieblas. -Y estoy por decirle, le hace homenaje al demonio-, porque cada vez que decimos "esto está mal, esto está mal". Lo que estamos repitiendo es: "Que poderoso es el mal ¡Oh, poder el del mal, cuán poderoso es el pecado! ¡Qué poderoso es Satanás!, ¡Cuidado con eso! La amargura progresiva termina siendo alabanza a Satanás. Lo que nosotros debemos hacer es partir de la base de que ¡El corazón sin Dios es un lodazal. Es que no da nada, es que no da nada, no da de sí, tarda en morirse, pero en su tardanza solo tiene agonía. Una vez que uno comprende eso, vive en la alegría y nadie entiende la alegría de uno. Pero uno vive en alegría, porque cada paciente que se salva, cada enfermo que se recupera, es una muestra más de la ternura y del amor de Dios. Les invito a descubrir esa alegría del Evangelio y a propagarla para ser sal de la tierra y luz del mundo.

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