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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Creer firmemente en la eficacia y en el poder de la Palabra de Dios
Homilía ao05001a, predicada en 19960204, con 12 min. y 23 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, queridos amigos. No son desconocidas para nosotros las palabras del Evangelio que acabamos de escuchar. Más bien puede decirse que son de esas palabras que uno se ha acostumbrado a oír tanto que necesita un esfuerzo para oírlas de nuevo y para captar en ellas, para recoger de ellas nuevo fruto, nuevo provecho, nueva savia. Nos dice el Señor: ?Vosotros sois sal de la tierra?. Nos dice también: ?Sois la luz del mundo?. Desde que soy niño, desde que era niño, recuerdo estas palabras y recuerdo que siempre el sacerdote al predicar saca como conclusión de este Evangelio una cantidad de obligaciones que uno tendría que cumplir. La manera como yo he escuchado predicar de este Evangelio casi siempre es: "Si usted es luz del mundo, usted tiene que portarse supremamente bien. Si usted es sal de la tierra, usted tiene que ser una señal de santidad entre las demás personas", y así sucesivamente. De tal modo que todo este evangelio no solo resulta muy conocido, sino además resulta muy obligante. Parece que este evangelio fuera como, como una cantidad de obligaciones, sobre todo de obligaciones, de comportamiento. Yo quiero hoy compartir con ustedes otro modo de ver este Evangelio; que a mí creo que me ha hecho bien y por eso con gusto lo comparto, porque quizá le pueda ser útil también a usted. Todo el chiste está en relacionar este evangelio con el libro del Génesis, con la Palabra poderosa de Dios en el Génesis. Si recordamos el capítulo primero del Génesis, que es también el pórtico para toda la Sagrada Escritura, allá Dios crea todas las cosas simplemente con su Palabra. Dice Dios: "Haya luz" y hay luz. Dice Dios: "Haya vida" y hay vida. Dice Dios: "Reúnanse las aguas", y se reúnen. La palabra poderosa de Dios se diferencia de nuestras palabras humanas en eso en que yo digo, por ejemplo: "haya plata en mi bolsillo", y no la hay. Yo digo, por ejemplo: "voy a ser feliz" y no necesariamente lo soy. Fíjate entonces la diferencia entre la palabra humana y la Palabra Divina. La Palabra Divina es eficaz y poderosa, hace lo que dice. la palabra humana muchas veces se queda en su suspiradera. Creo que nosotros hemos tratado muchas veces a este Evangelio y hemos tratado a la Palabra de Dios como si fuera una palabra humana, es decir, hemos tratado estas palabras de Jesucristo como si fuera simplemente una especie de legislador, una especie de rey. Suponte, en el mejor de los casos, una especie de nuevo Moisés. Pero eso se queda corto para hablar de Cristo. Una especie de legislador que nos dice a todos nosotros con un lenguaje medio poético y medio raro -Oigan, pórtense bien, pórtense bien, para que la gente sepa lo que significa ser cristianos-. Y ahí estamos, tratando quizá inconscientemente, a la Palabra de Dios como una palabra humana, como un alguien que nos habla desde fuera de nosotros, dándonos consejitos para que nos portemos bien. En este nuevo modo de ver este Evangelio, se trata de darle toda su fuerza a la Palabra de Dios como tal. ¿Y qué nos encontramos en esa nueva lectura de este Evangelio?, Que cuando Jesús dice: "Vosotros sois la sal de la tierra", su palabra, lo mismo que la Palabra de Dios, en el capítulo primero del Génesis realiza lo que dice. Es decir, con estas palabras Jesús está convirtiendo a sus discípulos en sal. Y cuando les dice: ?Vosotros sois la luz del mundo?, los está convirtiendo en luz. Es que en el modo tradicional de entender este evangelio, el problema es -Bueno, y yo ¿Cómo hago para convertirme en luz? Por favor; y yo cómo hago para convertirme en sal?- Tal vez seré salado; pero ¿Cómo hago yo para convertirme en sal? Fíjate que en la lectura tradicional de este evangelio, todo el problema de ser sal y de dar luz le queda al pobre oyente que entonces dice para su corazón, -Muy bonito que haya gente que es sal y muy bonito que haya gente que es luz. Pero yo no sé cómo es eso. Mejor me devuelvo rápido a mi casa, enciendo rápido el televisor-. El sentido original parece que es más por el otro lado, por el lado de esa que parece nueva, pero en realidad es antiquísima interpretación de este texto: "Vosotros sois sal". En ese momento, en ese momento, como se dará después en los sacramentos, Cristo hace lo que dice. En ese momento le estaba dando sabor al mundo. En ese momento de su propio sabor de Gracia y de Gloria, estaba impregnando a los que creen en Él, y en ese momento de su fuego de ardor y de luz, estaba llenando de amor y de claridad a sus discípulos. Y por eso, después de que les ha dado sabor, les dice: -Cuidado con perder ese sabor-. Por eso añade: ¿Si la sal pierde su sabor, con qué la salarán? Jesús sabe bien que esa sal, que ese sabor viene de lo alto, porque en el fondo no es otro que la gracia del Espíritu Santo. Jesús sabe bien que ese sabor no lo puede producir el ser humano por sí mismo. Y por eso les dice: "Sois sal" ahora, cuidado con perder el sabor. Pero el que realiza la obra de que nosotros tengamos sabor y de que nuestra vida tenga sentido, el que hace esa obra maravillosa es el don del Espíritu que viene abundante por la palabra, por la carne, por la sangre, por la Pascua de Cristo. Y luego les dice: "Sois luz del mundo". En ese momento los hace luz y luego les advierte: "No vayan a ocultar la luz que tienen", porque así pasa con la luz que nos da Cristo. Lo mismo que pasa con el don teologal de la fé. Si la fé no se ejercita, se atrofia. Queridos amigos, la palabra poderosa de Cristo para todo aquel que crea, es capaz de convertirlo en sal y en luz. Y por eso el Evangelio de hoy no es en primer lugar una obligación, sino en primer lugar, una oferta magnánima, inmensa, de Gracia, de amor, de sabor, de sentido, de claridad. Y a partir de ese sabor y de esa claridad, una advertencia: Ahora no pierdes, no vayas a perder lo que eres, ahora no vayas a perder el sabor que te da Cristo. Ahora, no vayas a perder la luz que Él te ha regalado. Quisiera terminar haciendo un comentario sobre eso de que solo Cristo nos puede dar sabor y luz. Muchas personas sin darse cuenta o dándosela, están metidos en un proyecto de auto redención. Cuando, cuando las personas se dedican, por ejemplo, a los proyectos de superación personal, en ellos hay muchos mensajes muy hermosos. Solamente quiero decir con toda sencillez que si de sus lecturas de autosuperación, si de sus lecturas de superación personal, usted saca la conclusión de que usted se va a convertir en sal y sabor por usted mismo, si usted va a sacar la conclusión de que usted saca la luz de usted mismo. Este evangelio no le puede aprovechar a usted. Cuando usted hace de la superación personal un proyecto de auto redención distinto y opuesto casi a la redención de Cristo. El evangelio de Cristo no es para usted. Esa buena noticia no es para usted. Y dígase otro tanto de todos los métodos mentales y todos los métodos más o menos extraños que en últimas lo que pretenden es que la persona haga una acumulación de su propio poder y a base de repetirse soy sal, soy sal; claro que cada credo y cada filosofía lo dice a su manera: -Soy importante, tengo fuerza, tengo paz, tengo armonía, dígaselo, repítaselo, repítaselo. De tanto repetirse esas cosas, se supone que las personas tendrían que obtener el sentido de su vida. Pues bien, tú no te trajiste a esta vida. Por consiguiente, tú eres, nó el resultado solamente de ti mismo. Fuiste traído, fuiste disparado a esta vida con un disparo de amor y de verdad. Y ese disparo de amor y de verdad proviene del corazón mismo de Dios. Renegar de ese Dios para pensar que te redimes a ti mismo es decirte mentira y es negar al que te creó y que solo tiene amor para ti. Este evangelio, pues, nos invita a acercarnos a la fuente de la que hemos salido, a la piedra de la que hemos sido cortados. Este evangelio nos invita a volver nuestros ojos a los ojos de Cristo. En ellos reconocer la mirada de Papá Dios y decirle: "Tú que me has creado, tú eres el sabor de mi vida. Tú eres la luz de mi existencia". Amén.

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