Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Aquel que se ha decepcionado del ser humano, de sí mismo, de las riquezas y empieza a confiar solo en Dios, es quien va a conocer la auténtica bienaventuranza.

Homilía ao04009a, predicada en 20230129, con 6 min. y 2 seg.

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Transcripción:

¡Feliz domingo para todos!

El Evangelio de este domingo nos presenta lo que podemos llamar la Carta Magna de nuestra fé cristiana, es decir, las Bienaventuranzas. Muy al comienzo de su ministerio público, Cristo predica a sus discípulos y a la multitud presentando estas frases que son al mismo tiempo tan sencillas, tan profundas y tan paradójicas. Sencillas porque estoy seguro que al escucharlas, por lo menos alguna, se te quedó. No son enunciados muy complicados, pero sí son muy profundos. Porque, por ejemplo, cuando se habla del Reino de Dios, cuando se habla de poseer la tierra, cuando se habla de recibir el consuelo del Señor. No son trivialidades, no son tonterías.

Hay algo muy profundo y a la vez es algo paradójico. Y la paradoja está en que casi todo lo que el mundo suele valorar, Cristo lo presenta aquí al revés. El mundo suele valorar la alegría y aquí dice Bienaventurados los que lloran. El mundo valora mucho la prosperidad y la riqueza. Y resulta que Cristo dice Bienaventurados los que lloran. Al mundo le gusta que nosotros podamos estar saciados, pero después resulta que Cristo dice Bienaventurados los que nó están saciados, los que tienen hambre. Por eso es paradójico, cuando uno se queda solamente con el texto de las bienaventuranzas, yo creo que corre el riesgo de no entender nada.

Quizás solo queda una especie de eco poético por allá en el corazón. Pero la primera lectura de hoy realmente nos ayuda mucho. Sobre todo hay una frase clave en la primera lectura de hoy de uno de los profetas llamados menores en el Antiguo Testamento, el profeta Sofonías. Dice esa frase que considero clave: "Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde". Ahí conecta con el tema de las bienaventuranzas. Pero ¿Qué es lo característico de ese pueblo pobre y humilde? -Un pueblo que confía en mí-. Y yo creo que ahí está una clave muy importante para todo lo que nos quiere enseñar este domingo.

Porque cuando se habla de un pueblo que confía en el Señor, ¿Qué es lo que se nos está diciendo? Que a veces, cuando nos sentimos fuertes en nuestra riqueza, ponemos la confianza en la riqueza y nó en el Señor. A veces, cuando nos sentimos fuertes en nuestro gozar de la vida y nuestra alegría, ponemos nuestra confianza en nosotros mismos o creemos ingenuamente que esa alegría no se va a extinguir nunca, y así sucesivamente. El que manipula, el que maneja, el que parece conseguir en todo sus metas muy fácilmente puede caer en la tentación de apoyarse en sí mismo o en los de su clase, o en los de su grupo, o en los que son y piensan como él.

Pero aquél que se ha ?decepcionado?, palabra importante. Aquel que se ha decepcionado incluso de sí mismo, que se ha decepcionado del ser humano, que se ha decepcionado, de la riqueza. Que ha visto que la riqueza puede comprar muchas cosas, pero que tal vez las más importantes no tienen precio. -Como dice por ahí, una campaña publicitaria-. El que se ha dado cuenta de eso y empieza a poner su confianza realmente en Dios y solamente en Dios, ése, ése es el que va a conocer la auténtica bienaventuranza.

Entonces, a la luz de este versículo de Sofonías y de esta pequeña explicación, yo creo que empezamos a entender que las bienaventuranzas no son simplemente frases un poquito exóticas o simplemente poéticas, sino que muestran la entraña misma del encuentro entre el hombre y Dios. Porque en la medida en que el hombre va aprendiendo a deponer la confianza en sí mismo y en las cosas creadas, y va aprendiendo a centrar su corazón y su confianza en el Señor, en esa medida empieza a descubrir la felicidad que nadie puede destruir, el triunfo del amor, de la Gracia y finalmente de la Gloria. Que Dios te bendiga.

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