Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El Evangelio es buena noticia, comprendido por quienes se han decepcionado de sí mismos, de los poderes de esta tierra y confían sólo en el Señor, aceptando la persecución y la cruz.

Homilía ao04008a, predicada en 20170129, con 6 min. y 8 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

¡Feliz domingo para todos!

Este es el cuarto domingo del Tiempo Ordinario y podemos decir que hoy aparece en nuestra liturgia uno de los textos absolutamente centrales para la predicación del Evangelio. Estamos hablando de las Bienaventuranzas. Son ellas el comienzo del más famoso de los discursos de Cristo, el llamado Sermón de la montaña. Este sermón ocupa los capítulos cinco, seis y siete de San Mateo y empieza precisamente con el texto que se nos ha presentado hoy el Sermón de las Bienaventuranzas.

Hay tres consideraciones que vale la pena hacer al llegar a este texto central que ha sido llamado la Constitución del cristianismo. Lo primero es que el anuncio del Evangelio es un anuncio de felicidad. Cristo viene a traer una buena noticia. Y esta perspectiva no debemos perderla. No se trata simplemente de portarnos bien. No se trata simplemente de ser funcionales dentro de una sociedad. No se trata simplemente de ser productivos o de lograr llevar la fiesta en paz, como a veces se dice. Lo que propone Jesucristo es una verdadera oferta de felicidad.

Felicidad que significa el encuentro con el verdadero bien. Así nos lo enseña Santo Tomás de Aquino cuando en el Tratado de las Pasiones dice que lo propio de la felicidad es reaccionar o ser la reacción que uno tiene cuando se encuentra con un verdadero bien. Así, por ejemplo, la persona que tenía mucha hambre y se encuentra con un plato delicioso. O el que está muy cansado y llega por fin a su casa y a su cama, se siente feliz porque ha encontrado un bien. Este es el primer punto. El Evangelio es una propuesta de verdadera bondad que trae gozo al corazón. No es simplemente una propuesta moral. No se trata solo de portarnos bien.

En segundo lugar, dice nuestro Señor Jesucristo Bienaventurados los pobres. Y si miramos a las personas que le rodean, pues lo que encontramos es sobre todo eso los pobres, los que el mundo rechaza, los que el mundo no tiene en cuenta, los que parece que no, no ofrecen nada, los que tienen muy poco para aportar. Esos parece que son los primeros destinatarios de la buena noticia del Evangelio. Pero si ahondamos un poco más en la historia del pueblo de Dios, encontramos quiénes son estos pobres. Es que en el siglo sexto, antes de Cristo, el pueblo de Dios sufrió el destierro, y el destierro significa perderlo todo. Conservaron la vida, conservaron la fé, pero todo lo demás lo perdieron.

El destierro fue el tiempo en el que el pueblo judío aprendió a desconfiar de los ídolos de este mundo, a decepcionarse de los poderes de esta tierra y también, lo que es más importante, decepcionarse de éllos mismos, o sea, darse cuenta que ellos mismos habían pecado y que habían fallado gravemente ante el Señor. Ese descubrimiento es el que hace que el pueblo, el pueblo humilde, ese pequeño resto del que nos habla el Antiguo Testamento, se vuelva hacia Dios, no en el sentido de buscar simplemente un beneficio, sino en el sentido de comprender que esa es la única, la única posibilidad que tenemos.

Esa manera de acercarse a Dios para decirle -Tú eres lo único que yo tengo. Tú eres mi única esperanza, Tú eres mi única fuerza-. Eso es lo que precisamente pone en la ruta de la bienaventuranza. Los pobres son bienaventurados porque aprenden a poner toda su confianza en el Señor porque aprenden a poner toda su esperanza en Él. Y aquél que pone toda su esperanza en Él, ése es el que descubre a Dios reinando en su vida. Ese es el que le abre la puerta a Dios para que reine en su vida. Y por eso bienaventurados son los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos. Esos pobres son fundamentalmente los que han hecho el itinerario de Israel. Son los que han pasado por la radical decepción. Son los que han aprendido a confiar totalmente en el Señor. Así que ésta es la segunda reflexión.

Y la tercera y última que quiero hacer es que si nosotros miramos la manera como termina este texto, nos demuestra que la oferta de Jesucristo no es simplemente una oferta de bienestar y de prosperidad, y de ahora sí vamos a pasarla bien. Lo que Él anuncia es persecución. Lo que Él anuncia es rechazo. Lo que Él anuncia es cruz. Y esto es muy importante porque hay una cierta versión del cristianismo que se va metiendo en los corazones. Una versión que a veces se llama "Evangelio de la prosperidad" y el evangelio de la prosperidad es creer que si yo acepto a Jesucristo todo me tiene que salir bien, entonces ya no voy a tener enfermedades, ya no voy a tener problemas, ya nadie me va a engañar, todos los negocios me van a salir bien.

Eso es mentira, eso es mentira, eso no es lo que dice el Evangelio de Jesús. Entonces, las tres consideraciones. Primera, el Evangelio es buena noticia, buena noticia. Segunda, el Evangelio es primero comprendido por aquellos que se han decepcionado de sí mismos y de los poderes de esta tierra, y aprenden a confiar radicalmente en el Señor. Y tercero, lo que anuncia Jesucristo en las Bienaventuranzas no es un evangelio de prosperidad, sino con mucho realismo. Un evangelio que muestra el lugar de la persecución, pero únicamente como puerta hacia la verdadera y eterna felicidad, la que nadie nos podrá arrebatar.

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM