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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Sobrevivientes, despreciados, perseguidos: tres extrañas pero auténticas señales de los bienaventurados, si su esperanza está puesta en Dios.
Homilía ao04007a, predicada en 20110130, con 21 min. y 5 seg. 
Transcripción:
El profeta Sofonías nos habla de los humildes. El apóstol San Pablo nos dice: ?Dios escogió lo que para este mundo es insensato, para humillar a los sabios?, escogió lo que para este mundo es débil. Lo que es bajo y despreciable. Entonces Sofonías habla de los humildes. San Pablo habla de lo despreciable. El Evangelio de San Mateo nos habla de los que tienen espíritu de pobres. Y también los que sufren y los que tienen hambre y sed de la justicia. Sofonías dice: ?Los humildes de la tierra?. San Pablo dice: ?Los que son despreciados por el mundo?. Jesús dice: ?Los que tienen espíritu de pobres -y también dice- los que han sido insultados, perseguidos, calumniados? por causa de Cristo. ¿Quiénes son esas personas? Tratemos de ubicarnos. ¿De quiénes habla Sofonías? Sofonías habla de la gente que sobrevivió ese desastre espantoso que fue el exilio. Los judíos fueron desterrados a Babilonia. Los que se quedaron en la tierra, en la tierra de Israel fueron los más despreciados, los más pequeños, los más humildes. El Señor hará que solo quede en el país la gente pobre y desvalida que pone su confianza en Él, es decir, los que sobrevivieron al desastre. Después de eso tan espantoso, después de esa catástrofe que es lo más doloroso que tiene el Antiguo Testamento, esos son el pequeño resto del que habla Sofonías. Fueron los sobrevivientes de la catástrofe. Ese es el nombre que les podemos dar a éllos. Pero todavía no nos despedimos de ellos. Ahora miremos en Corinto. ¿Qué? Corinto es un puerto en Grecia y en todos los puertos circulan mercancías, dinero, gente e ideas. En Corinto había todo tipo de filosofías, religiones, creencias, cultos. Era como un supermercado, pero no solo supermercado de comida o de vestido, sino como un supermercado de religiones. Por eso yo digo que tal vez el mundo es Corinto, porque hoy la gente vive como se vivía en Corinto y quieren hacer un supermercado. En los supermercados uno va llevando su carrito y va echando lo que le gusta y lo demás lo deja. Y así hay mucha gente que quiere hacer con la religión lo que les gusta de la Iglesia, lo que les gusta de la religión católica lo echan ahí. Pero si luego se encuentran otra cosa que se llama Nueva Era, pues le echan un poquito de Nueva era también, y le echan un poco de salsa protestante y le echan un poco de literatura agnóstica. Y eso es lo que se llevan para la casa. Corinto era un supermercado y en ese supermercado pues circulaba todo tipo de ideas, muchas de ellas con grandes pretensiones, ideas, por ejemplo, ideas, por ejemplo, de éxito, de poder. Si ustedes se ubican en el mapa, ven que muy cerca de Grecia queda Egipto, la tierra milenaria, de la magia, la tierra del saber oculto, escondido, todavía la imagen de la Esfinge, Todavía las pirámides tienen una especie de poder mágico, o eso creen algunas personas. Entonces, entre todo ese supermercado de ideas, había muchas que tenían grandes promesas, promesas de prosperidad, promesas de placer, promesas de éxito, incluso promesas de inmortalidad. Porque al fin y al cabo, lo que se buscaba con las pirámides y con la técnica de embalsamar los cadáveres era una especie de inmortalidad. Entonces. Entonces, en medio de ese circo, en medio de ese supermercado, llega San Pablo a predicar un hombre crucificado. Es decir, mientras que todo el mundo está contando prosperidad, éxito, riqueza, abundancia. Llega Pablo a decir -Pues yo traigo un mensaje de uno que murió en la cruz-. Morir en la cruz era, por supuesto, lo más vergonzoso que se podía decir de alguien. Era el castigo reservado a los peores criminales. Entonces, ¿Quiénes podían creerle a San Pablo? ¿Quiénes podían creerle a ese predicador que venía con ese lenguaje tan raro? Un lenguaje de muerte, un lenguaje de un muerto que vive así como se ve al final del libro de los Hechos de los Apóstoles, cuando en la corte del rey Festo, alguien intenta resumir la predicación de Pablo y dice: -Este Pablo habla de un muerto que él dice que vive y que yo no sé cómo es la cosa. Un muerto vivo, una cosa rara que él tiene-. ¿Quiénes creyeron a Pablo? No las grandes autoridades de Corinto, no la gente que estaba fascinada con el poder, con el éxito, la prosperidad o la riqueza. Los que le creyeron a Pablo fueron estos que él mismo enumera: ?Fijaos qué tuvo en cuenta Dios cuando os llamó?. No que hubiera muchos sabios, ni poderosos, ni nobles. Dios escogió lo que es insensato. Entonces, ¿Quiénes son estos de los que habla San Pablo? Son aquellas personas que por una razón que en este momento no conocemos, personas que despreciaban el mensaje de otras religiones o se habían desengañado de esas promesas de mucho dinero, de mucha prosperidad, de mucho poder, se habían desengañado de eso, no creían en eso, prefirieron creer en un Dios crucificado por amor a nosotros en uno que había resucitado para nuestra salvación. Entonces vemos que hay una partecita de contacto entre la gente de Sofonías y la gente de San Pablo. Porque ¿Quiénes fueron los que quedaron en Israel? Los sobrevivientes del desastre. La gente que parece que no servía para nada porque el exilio de los judíos lo causaron los caldeos. Los caldeos fueron los que llegaron allá y que se llevaron lo mejorcito, lo mejorcito, la gente inteligente, la gente rica, la gente influyente, la gente noble. Las familias sacerdotales. Eso fue lo que agarraron primero. Y ¿Quiénes dejaron ahí en la tierra? La gente que parece que no valía nada, ni contaba nada ni servía para nada. Y ¿Quiénes son los de San Pablo? La gente despreciada, la gente que parece que no servía para nada, no servían para tener ese éxito y prosperidad que predicaban otras religiones. Quedémonos en el caso de la lectura de Sofonías con la palabra "sobrevivientes" y quedémonos en el caso de San Pablo con la palabra "despreciados." Pero ya sabemos que las dos cosas están muy relacionadas. Los sobrevivientes, los despreciados. Y esa es la misma gente de la que nos habla Jesús. Pero Jesús añade otro puntico, Jesús dice: "Dichosos cuando os insulten, persigan, y calumnien de cualquier modo por mi causa". Es decir que son también los perseguidos, son sobrevivientes, son despreciados, pero son también perseguidos. Es decir, el mundo los considera sus enemigos. Son personajes subversivos, personajes peligrosos, personajes que con su manera de vivir, que con los valores que defienden, con las palabras que tienen, cuestionan el orden del mundo. Son gente antipática, son gente que produce desconfianza y sospecha. Son personas a las que se mira con cierta distancia, son sobrevivientes, son despreciados y son perseguidos. No parece que sean como muy bonitas esas medallas. Pero miremos nuestro caso. ¿Ustedes se sienten así?, ¿Ustedes son sobrevivientes?; ¿De qué son sobrevivientes?, ¿De qué son sobrevivientes ustedes? ¿Ustedes son despreciados?, o ¿Ustedes quiénes son? Como no nos conocemos, apenas nos hemos saludado unas cuantas veces y siempre con ocasión de que hay que comer algo. ¿No? La fiesta de no sé qué. La toma de hábito. La profesión. La fiesta de la Virgen. ¿Quiénes son ustedes? ¿Ustedes son despreciados?, ¿Quién los desprecia a ustedes?, ¿Ustedes son perseguidos? Porque hay un problema, las lecturas, estas hablan de un grupo de personas que se llama el resto de Israel, que se llama la comunidad de Corinto y que se llama la, la gente de Jesús, la gente de Jesús. Y son los sobrevivientes, los despreciados y los perseguidos tienen esas características. Entonces la pregunta que uno se hace es si yo no soy sobreviviente de nada; entonces ¿Sí seré del grupo del Señor?, Si yo no soy despreciado, será que ¿Si soy de los de Jesús?, Si yo no soy perseguido, -pero no perseguido porque me robé una gallina-, sino perseguido por Cristo, perseguido porque soy seguidor de Cristo; o vamos a hacer la pregunta de esta manera. ¿Mi vida, a quién le cuestiona? Mi vida, ¿Para quién es un interrogante?, Mi vida, ¿A quién sacude de tal manera que esa persona dice: -Yo me deshago de este tipo, cosa tan aburrida, cosa tan harta. Lárguese, váyase aunque le vaya bien- Lárguese. ¿A quién? ¿A quién le fastidia la santidad de mi vida; a quién?, ¿A quién cuestiona la calidad de mi vida?, ¿A quién? Porque si mi vida no está cuestionando a nadie, ¿Será que yo sí soy de Jesús? Si mi vida no cuestiona a nadie, si mi vida nadie la desprecia, si yo no soy un sobreviviente de mil ataques y de mil exilios. San Pablo, por ejemplo, en la segunda Carta a los Corintios, se pone a hacer todo un recorrido de las persecuciones que ha tenido, de las cosas que le han sucedido. Y el hombre era un sobreviviente. ¿Usted es sobreviviente de qué?, ¿Yo de qué soy sobreviviente? Porque tal vez nosotros no somos. Tal vez nosotros parecemos y no somos. Y entonces no experimentamos las bienaventuranzas de Jesús. Por ejemplo, a mí me llamó la atención apenas empezamos la misa. Me llamó la atención esa actitud de cansancio de varios de ustedes. Yo digo: ¿Si serán bienaventurados estos muchachos?, ¿Si serán de los que traen la buena noticia en sus ojos? Es que hay gente que uno la mira y se le ve el amor, se le ve la alegría. Se ve que tienen a un Jesús vivo. Otros, en cambio, están fatigados, nacieron cansados, nacieron cansados y todos los esfuerzos les parecen duros. Y todo es complicado y todo es difícil. Es que la verdad es que la vida es difícil, pero cuando se tiene la bienaventuranza de Jesús, entonces uno experimenta el yugo suave y la carga ligera de Cristo. ¿Ustedes son bienaventurados?, ¿Ustedes tienen la felicidad de Jesucristo adentro?, Yo por lo menos no se la ví a mucha gente. Claro que yo estoy malo de los ojos. Estos aparatos nó, no sé si me están sirviendo ya bien, pero.... Pero eso normalmente se nota, La felicidad de Jesús. La felicidad de Jesucristo. Somos sobrevivientes. Yo he conocido sobrevivientes. Cuando yo era novicio. Me acuerdo una de las religiosas. Ya estaba viejita en esa época, murió poco tiempo después, una religiosa, allá en Chiquinquirá, de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Esta hermanita tenía la característica de que había sobrevivido la persecución comunista en Cuba. Cuando se montó Fidel Castro con sus comunistas por allá. Esta hermanita estaba en Cuba. Obviamente las obligaron a dejar de utilizar el hábito religioso. Tenían que vestirse de paisanas. Pero les dejaron la casa para que le resolvieran un problema al Estado cubano. Es decir, ¿Qué se hace con tanto viejo, aburrido y sucio? Pues que haya por ahí unas señoras que trabajen con ellos. Esas señoras se llaman dizque Hermanitas de los Ancianos Desamparados. El gobierno las trató como si fueran un trapo sucio, pero las dejó ahí y después de un tiempo les permitió utilizar el hábito otra vez. Y una de esas hermanas estaba en Chiquinquirá cuando yo era novicio. Y esa hermana tenía una alegría. Mire, tenía más de setenta años cuando yo la conocí, pero era más joven, era más joven que ustedes y que yo, tenía a Jesús adentro, se le veía la bienaventuranza. Esa sí era bienaventurada, no como una cantidad de gente que uno conoce, que.... Se le veía la felicidad. Era una sobreviviente, había aguantado el azote, la cachetada del comunismo se la aguantó completica y siguió, "Jesucristo Fiel". ¿De qué son sobrevivientes ustedes? Hay gente sobreviviente. Yo he tratado varios de esos, sobrevivientes y despreciados y perseguidos. Me acuerdo una hermana de un monasterio de clausura en la época en que había tantas discriminaciones en algunos conventos. Y era una hermana que por su poca educación no podían recibirla con todos los títulos de lo que se llama las hermanas de coro, porque en aquella época se distinguía las hermanas de coro, que eran las que sí tenían como todos los derechos. Y había otras hermanas que eran las hermanas de los oficios humildes de la casa, las hermanas legas. Y estas hermanitas, como no podían rezar en latín, a duras penas leían algo de español. Entonces no tenían ni siquiera el oficio divino. A ellas les decían que ocuparan su tiempo rezando rosarios. Eso sí, les dejaban un hábito. Utilizaban un hábito. Y entonces, con el hábito dominicano y rezando rosarios y haciendo oficios. Y en esas se la pasaban y eran peor que empleadas domésticas, porque no tenían un sueldo, no tenían nada. Viviendo una pobreza extrema. Pero bueno, luego cambiaron las cosas y entonces ya les permitieron a estas hermanas rezar en español. Y entonces esta monjita yo la conocí, yo la traté. Esta monjita cuenta como la cosa más bella del mundo, cuando le dieron el libro de la Liturgia de las Horas, -por fin puedo rezar la liturgia de las Horas- y lloraba de alegría con su librito y la liturgia de las horas, tan bella. "Por fin puedo rezar". Ella había sobrevivido al desprecio. Años de desprecio. Uno ¿Qué ha sobrevivido?. Bueno, pidamos al Señor que nosotros seamos de los bienaventurados, que entremos en este grupo, que de vez en cuando, que de vez en cuando nos insulten y nos maltraten. Pero porque somos de Jesús, no por otra cosa. Yo le doy gracias al Señor. A mí me han dado unos cuantos insultos, a mí me han insultado, han insultado a mi familia. Una vez me trataron de satánico. Otras veces bueno, le dicen a uno todo tipo de estupideces, pero eso es tan bello. Otra vez en un aeropuerto en Londres había una persona ahí. Tenía una ira, una rabia, un fastidio con la Iglesia. Y resulta que yo ese vuelo lo había tomado utilizando mi hábito. Entonces prácticamente me hizo desnudar delante de toda la gente que se viera que quedara yo en ridículo. ¿No?, Eso me pasó en un aeropuerto allá en Londres. Son tonterías ¿No?, para lo que ha sufrido la gente. Eso son tonterías. Pero yo digo bueno, ya puedo tener dos o tres tonterías que yo he sufrido por Cristo. Dos o tres cositas por ahí, que unos cuantos madrazos y unos cuantos insultos. Pero... Pero es poca cosa. Es poca cosa. Que Dios nos dé un amor muy grande por Él y que Él sea nuestra bienaventuranza. Uno entra a la vida religiosa para ser feliz, pero con la felicidad de Cristo. Ser feliz con la felicidad de Cristo. Yo necesito ver religiosos felices. No hay nada peor que un cura neurótico. ¡Ah! Eso sí es terrible. Un cura neurótico, Una monja amargada. Eso es terrible. Pero, hay unos que, para no ser neuróticos. Entonces son superficiales. Son vanos, no aportan nada. No suman nada. Tampoco sirve. Necesitamos gente alegre, con la alegría de Jesucristo. Gente que haya sobrevivido, que haya sido despreciada, que haya sido perseguida y que lleve el sello de la resurrección en su rostro.

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