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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Un discurso con fuerza suficiente para cambiar a la humanidad

Homilía ao04001a, predicada en 19960128, con 7 min. y 9 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, el Evangelio del día de hoy nos presenta el comienzo de un texto famoso importante, de un discurso con fuerza suficiente para cambiar a la humanidad. Está en los capítulos del 5 al 7 del Evangelio según San Mateo y es conocido como el Sermón de la montaña o del Monte, porque empieza precisamente como lo hemos escuchado hoy, con ese gesto de Cristo que sube a una montaña y se acercan primero los discípulos y luego el resto de la gente. Y Jesús les predica.

Este sermón del Monte, que seguiremos escuchando en domingos posteriores. Nos presenta, podríamos decir, una serie de paradojas o contradicciones con nuestro modo de ver las cosas. ¿Qué puede tener de bueno ser pobre?, ¿De qué puede servir el sufrimiento?, ¿Cuándo los humildes han logrado cosas que valgan la pena? ¿No resulta mejor alimentarse de las injusticias en vez de estar suspirando por la justicia?, ¿Cuándo ganan los misericordiosos?, ¿En qué momento la pureza de corazón ha producido algo que valga? Y los que trabajan por la paz, ¿No son los grandes fracasados? Parece que frente a este texto, que está como una especie de pórtico del Sermón de la Montaña. Frente a este texto de las bienaventuranzas. El mundo tiene sus propias bienaventuranzas y casi tendríamos simplemente que buscarle el contrario a cada uno de estos textos para encontrar lo que es el pensamiento más común en el mundo.

Dichosos los que tienen espíritu de ricos, diría seguramente el mundo. Dichosos los que gozan, los que la pasan bueno, dichosos los altivos, los soberbios, los que tienen un corazón de bulldozer y pueden pasar por encima de la gente y pueden aplanarla. Dichosos los que saben sacar mejor partido de cada circunstancia y no se ponen a sufrir con escrúpulos ni a sufrir con lo verdadero, lo bello o lo justo. Y el mundo nos seguiría diciendo.... Dichosos los fuertes, los crueles, dichosos los rambos que no se detienen; que logran siempre su meta, que tienen algún género de arma de ametralladora en la manga. Dichosos nos diría también el mundo.

Dichosos los del corazón retorcido, Dichosos los que tienen sus deseos y los logran y los consiguen a cualquier precio. No importa si parecen oscuros, no importa si parecen inmorales. Y por eso las bienaventuranzas de Cristo siguen siendo un escándalo en el mundo. ¿Qué hago yo, pobre hombre, qué hago yo, pobre sacerdote o pobre predicador con este texto; qué hago?, ¿Cierro el libro y no hablo de estos asuntos? Es una palabra tan incómoda para usted como para mí. Es una palabra difícil. Es una especie de papa caliente de la que a veces uno quisiera salir rápidamente.

A mí me parece que en tiempos de Jesús tampoco era distinta la situación. Tampoco era más sencilla. También en tiempos de Jesús la pobreza era una desgracia y el sufrimiento había que evitarlo a toda costa. Y la humildad parecía inútil. A mí me parece que en las bienaventuranzas no vamos a entender ni una sola palabra, ni una sola sílaba, a menos que entremos por esta luz, ¿Ésta cuál? que esas bienaventuranzas se realizan en el mismo Cristo. Las bienaventuranzas no son una teoría. Las bienaventuranzas no son ningún código para organizar una nación, no son una especie de constitución como pudo ser o quiso ser la Constitución del 91 en nuestro país.

Las bienaventuranzas son el canto de amor, de revolución, de poesía que surge del corazón de un hombre que ama y que tiene el corazón al revés de todo el mundo y que tiene ojos para ver una poesía y una belleza que nadie más estaba viendo. No pensemos en las bienaventuranzas como salidas de la mente de un estadista, ni de la mente de un moralista. Pensemos en las bienaventuranzas como salidas del corazón de un hombre que porque había vivido estas cosas, porque las estaba viviendo y porque estaba dispuesto a hacerse matar por estas cosas; y se murió por éllas. Por eso las dice, porque no puede hablar de otra cosa. Así como cuando una persona está llena de ansias de poder, solo puede hablar de sus proyectos, de sus ambiciones y de sus codicias, porque es lo que lleva dentro del corazón.

Así como una persona vulgar solo sabe hablar chistes de doble sentido y solo puede hacer alusiones a cosas torpes o sucias, porque eso es lo único que tiene en el alma, Jesús cuando se sienta y mira esta multitud. Jesús cuando está frente a la montaña, junto a esos discípulos y junto al cielo. Imagen del cielo eterno. Lo que le sale del alma son estas palabras, porque Él las lleva adentro, porque Él las vive.

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