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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La conversión es respuesta al amor generoso, persistente, compasivo, bondadoso de Dios.
Homilía ao03010a, predicada en 20170122, con 8 min. y 0 seg. 
Transcripción:
En alguna ocasión se pregunta San Agustín. ¿Qué éramos nosotros para que Dios viniera a buscarnos? A Dios no le agradaba nuestra forma de vida. No le agradaban nuestros pensamientos ni nuestras palabras. No eran de su agrado nuestras acciones y decisiones. ¿Por qué viene a buscarnos?, ¿Por qué está en medio de nosotros?, ¿Por qué se fatiga recorriendo nuestros caminos?, ¿Por qué pasa esas noches en oración? ¿Por qué durante el día gasta sus fuerzas atendiendo con paciencia a los desvalidos, a los necesitados, a los enfermos?, ¿Por qué enseña con esa pedagogía?, ¿Por qué su vida entera es un destello de amor? Pareciera que no sabe ser de otro modo. Así como el agua no puede dejar de mojar y el fuego no puede dejar de quemar, está en la naturaleza del Hijo de Dios amar y servir. Y ese es el hermoso espectáculo que nos presenta el Evangelio de hoy. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz. Hay que deleitarse en esa misericordia divina. Hay que agradecer tantos gestos de caridad del Señor. En aquella época y en cada siglo de la historia y en cada una de nuestras vidas. No pasemos por encima apresuradamente, no pasemos por encima de, de toda esta ternura de Dios. No pasemos por encima de tantas muestras de su bondad. Vamos a recibirlas con las manos abiertas, con el corazón jubiloso, con la humildad, con la gratitud propia, propias de quienes aprecian lo que les está llegando. Ha brillado la luz de Cristo en nuestras vidas. Y esa gratitud y esa humildad nos ponen ya en sintonía con sus palabras. Conviértanse, dice Él. Es otra caridad más, su Palabra. Otra caridad que quiere prepararnos para que recibamos aún más. Nada saca a Dios de nuestra conversión. Somos nosotros los beneficiados. Nada saca a Dios de nuestra conversión. Pero la desea porque el mismo amor que le ha movido a estar en esta tierra, le mueve a hablarnos de esa manera para que acercándonos a Él, podamos recibir mejor sus beneficios. Observemos cómo esa invitación a la conversión es la manera de completar la obra. Es como si Cristo nos dijera: "Ya llegué hasta la puerta de tu casa, Ahora ábreme, mí camino ha sido largo. No me dejes aquí esperando." Una comparación que me gusta y que he utilizado varias veces. Es la de la luz del sol. ¡Qué cosas tan bellas nos cuenta la ciencia! Los fotones, esa especie de partículas que hacen posible el milagro de la luz se producen en las entrañas del sol. Pero un fotón, por la densidad que tiene ese astro, tarda cerca de ciento setenta mil años en llegar, desde el núcleo del sol hasta el borde, hasta la superficie. Ciento setenta mil años son los cálculos que han hecho los estudiosos de ese tema. Una vez en la superficie, el fotón se desplaza a la velocidad de la luz y tarda cerca de ocho minutos en llegar al planeta Tierra. Y llega hasta tu ventana, pero si tú cierras la ventana, se perdieron ciento setenta mil años. Y se perdieron ocho minutos de un viaje de ciento cincuenta millones de kilómetros. Es una comparación un poquito sencilla que a mí por lo menos me conmueve porque me hace pensar en Jesús. Todo lo que Él ha recorrido, todo lo que Él ha hecho para llegar hasta nuestra casa, hasta nuestros oídos, hasta la puerta de nuestro corazón. Y ya en la puerta, como dice el Apocalipsis, llama "Aquí estoy. -Y esa es la palabra de conversión- Ya llegué hasta aquí; ahora ábreme." No hagamos esperar a Cristo, vamos a abrirle la puerta. Vamos a decirle con sencillez de corazón: "Mi casa está un poco desarreglada, tal vez mi corazón no es digno de tu presencia, pero claro que sí. Sigue, sigue, sigue, ven entra, ven y reina". El reino de Dios está cerca. -Dice Jesús-. El Reino de Dios está cerca para que no esté cerca, sino que esté en nosotros, solo hace falta una cosa, que abramos la puerta. Sea esa la cumbre de nuestro retiro espiritual, abrir más la puerta para que Jesús el Bendito, el que es Dios de Dios, luz de luz, reine en nosotros.

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