Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

¡Cristo no tiene asco de nuestra miseria! Él tiene el poder, la gracia y la fuerza para vencer lo que nos ha vencido a nosotros.

Homilía ao03009a, predicada en 20170122, con 7 min. y 1 seg.

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Transcripción:

¡Feliz domingo para todos!

El Evangelio de hoy ha sido tomado de San Mateo en el capítulo cuarto. Efectivamente, nos encontramos en el ciclo A de las lecturas dominicales y es Mateo el evangelista que va a guiarnos durante este año. El año entrante vamos a tener a San Marcos y después el año siguiente a San Lucas. Esa es la manera como la Iglesia quiere que nos alimentemos con la palabra de estos preciosos testigos del misterio de Cristo. Cada uno de estos evangelistas nos va mostrando alguna faceta, va haciendo énfasis en algún aspecto de la vida de Cristo. Y no cabe duda de que al ver estas distintas facetas, al encontrarnos con estos distintos enfoques, todos resultamos beneficiados y podemos alimentar mejor nuestro espíritu.

Así que Mateo es nuestro guía. Y como estamos al comienzo del tiempo ordinario, apenas en la tercera semana, pues el texto que hemos oído también se refiere a los comienzos de la misión de nuestro Señor Jesucristo. ¿Qué tenemos con respecto a esa misión? Es decir, ¿Hay un orden que podamos encontrar en lo que Cristo hace? Indudablemente, Él se dejaba guiar mucho por aquello que también quiso inculcarnos a nosotros, es decir, ?Por los signos de los tiempos".

Cristo no tenía una especie de plan quinquenal, no tenía un programa completamente definido. Pero sí hay algo que es cierto, algo que nos muestran los tres evangelios sinópticos Mateo, Marcos y Lucas, y es que la misión de Cristo empieza a desplegarse en su región, o sea, donde Él se crió, que es Galilea, y luego, en cierto momento, Cristo se desplaza. Ya hacia el final de su misión, se desplaza hacia la región de Judea, y es en Jerusalén donde da el testimonio supremo en el templo, y luego, por supuesto, en su dolorosa pasión y en el momento de la cruz.

O sea que el movimiento general de la misión de Cristo empieza al norte, en Galilea. Atraviesa en ciertos momentos Samaría y al final de su misión se encuentra en Judea, cuya capital es Jerusalén. Teniendo eso claro, pues, la misión de hoy o el texto de hoy se refiere a la misión de Cristo en Galilea. Era una región y es una región de cierta prosperidad en la agricultura, en la ganadería y en ese aspecto un sitio floreciente. Pero en otro aspecto era visto como una región perdida para la fé. Tratemos de entender por qué había ese apelativo que aparece en la primera lectura y en el Evangelio de hoy "Galilea de los gentiles". Los gentiles quiere decir los paganos. O sea que Galilea era tratada especialmente por los judíos como una región de tinieblas. País de Zabulón, país de Neftalí.

El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una luz grande. Era vista como una región de tinieblas. ¿Por qué? Lo que sucede es que la división que hubo entre el Reino del Sur, es decir, Judea y el reino del norte, cuya capital fue Samaría, esa división no solamente fue política, sino también religiosa. Hasta el punto de que los samaritanos únicamente admitían como texto inspirado por Dios los libros de Moisés, o sea, el Pentateuco. Esto quiere decir que los judíos, que tenían toda esa larga y hermosa tradición profética, veían a los samaritanos como traidores de la fé, como una especie de herejes. Y resulta que Galilea queda todavía más al norte de Samaría. Es decir, Samaría era como el bloqueo mental que tenían los judíos. Ahí se acaba la fé. Ya no hay más fé. Y Galilea queda detrás de esa barrera mental, detrás de ese rechazo visceral, espiritual, profundo de los judíos hacia los samaritanos.

Por eso Galilea era vista como tierra completamente perdida en lo que respecta a Dios. Tierra donde nada bueno se puede esperar. Por otro lado, como era una región que fue atravesada a lo largo de los siglos por distintos invasores. Particularmente por los asirios. Luego también muchas veces por los romanos. Pues es evidente que esa región era considerada como lo que dice la palabra de hoy una zona de tinieblas. Y en esa zona de oscuridad, en esa zona que parecía completamente perdida, en esa periferia, como diría el Papa Francisco, en esa periferia sucia, repugnante espiritualmente hablando para los judíos. Ahí es donde empieza la tarea de nuestro Señor Jesucristo. Así como tomó nuestra condición humana en las más arduas, en las más arduas circunstancias allá en Belén, así también el comienzo de su misión se da en las más arduas circunstancias en Galilea, donde la fé parece completamente perdida, donde las enfermedades abundan, donde la superstición reina y donde se dan tantísimos casos de posesión diabólica.

Podemos decir que Cristo aborda la tarea de la predicación del Evangelio por el lugar más difícil, por la puerta más incómoda, por por el lodazal más terrible. Y esto nos enseña algo que no debemos olvidar, y es que Cristo, como también ha dicho el Papa Francisco, no tiene asco, no tiene asco de nuestra miseria, tiene el poder, tiene la Gracia, tiene la fuerza para vencer eso que nos ha vencido a nosotros y por eso se acerca a lo más espantoso de nuestras llagas, a lo más duro de nuestra vida, a lo más asqueroso de nuestro pecado. Y ahí, ahí es capaz de obrar, ahí es capaz de hacer una diferencia, porque el pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una luz grande y esa luz es Jesucristo.

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