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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Lo que hace único a Cristo
Homilía ao02012a, predicada en 20200119, con 19 min. y 42 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, lo primero que podemos recordar el día de hoy es que estamos empezando, hemos empezado ya esta semana un tiempo litúrgico que se llama Ordinario. Ha terminado el tiempo litúrgico de Navidad, precisamente el domingo pasado con la fiesta del bautismo del Señor. Y la verdad es que desde el lunes pasado ya estamos en este tiempo llamado ordinario. Una aclaración importante que hay que hacerla con frecuencia es que ordinario no significa aquí algo de baja calidad, que es una de las acepciones de esta palabra. Decir que algo es ordinario o una persona ordinaria o un comportamiento ordinario. El tiempo ordinario recibe su nombre de una palabra en latín que es ordo, que quiere decir orden. Es un tiempo en el que hacemos un recorrido con orden. Hacemos un camino ordenado. ¿Qué camino? Se parece mucho a lo que sucede con la Tierra alrededor del Sol, que hace un camino y en ese camino mira hacia el sol, por así decirlo. Podemos decir que en el tiempo ordinario, la iglesia, como si fuera la tierra, da la vuelta en torno al misterio de Jesucristo, que es nuestro Sol. Y vamos mirando, por ejemplo, en los domingos vamos mirando pasajes escogidos que nos ayudan a descubrir la belleza y la potencia de esa luz de Cristo. Ese es el recorrido que hacemos en el tiempo ordinario. Como el centro de todo es Cristo. Este pasaje de hoy es absolutamente clave, el del Evangelio de Juan, porque nos ayuda a responder tres preguntas que son fundamentales para todo cristiano que quiera tomar su fé en serio. La primera pregunta es ¿Qué hace especial a Cristo en comparación con tantos otros líderes sociales, políticos, intelectuales o religiosos? La segunda pregunta es ¿Cuál es la obra fundamental de Cristo? Y la tercera pregunta es si nosotros somos cristianos, ¿Qué nos corresponde hacer a nosotros? Ese tipo de preguntas pertenecen en la teología a lo que se llama la cristología, es decir, el estudio del misterio de Cristo. Miremos brevemente las respuestas a estas preguntas a partir de los textos que nos propone la Iglesia en la liturgia de este domingo. ¿Qué hace especial a Cristo? Evidentemente, hay muchas personas que han hecho grandes cosas por la humanidad desde el punto de vista científico técnico intelectual pedagógico. Gracias a Dios son muchas, son miles, seguramente millones de personas, hombres y mujeres, que han dejado una huella positiva en el mundo. Y quiera Dios que nosotros también seamos de ese grupo. Que se pueda decir de nosotros, como el apóstol San Pedro dijo de Cristo en el capítulo décimo de los Hechos de los Apóstoles. "Pasó haciendo el bien, dejó una buena huella, dejó un rastro positivo, fecundo, bello". Así que son muchas las personas que han dejado cosas buenas. Pero el Evangelio de hoy, a través de los ojos atentos, podríamos decir, de la mirada reconcentrada de Juan Bautista nos presenta algo fundamental que tiene Cristo. Y ese algo fundamental es que es el Cordero que quita el pecado del mundo, el Cordero que quita el pecado. Cuando se descubrió la penicilina por el Señor, el científico Ian Fleming, se quitaron muchas enfermedades. De ahí viene toda la ciencia de los antibióticos que tenemos hoy. Cuando Luis Pasteur, que por cierto era científico y muy católico. Cuando Luis Pasteur descubre cómo se da la propagación de los microbios y pone las bases de un procedimiento que hoy llamamos pasteurización, él quitó muchas desgracias de la humanidad, así como también abrió el camino para el buen uso de las vacunas que han librado, de dolencias y de desgracias a millones de personas. Entonces, cada buen hombre, cada buena mujer, ha hecho algo y ha quitado algo, ha sumado un bien y ha quitado un mal. Pues el Evangelio de hoy nos cuenta cuál es el bien que va a traer Cristo, que está preanunciado en esa paloma del bautismo. El bien que trae Cristo es la efusión del Espíritu, es decir, la fuerza nueva de Dios que hace que nosotros podamos responder a nuestros anhelos más profundos y no nos quedemos solamente lamentando nuestras incoherencias. Esta es una de las obras fundamentales del Espíritu Santo y en Hechos de los Apóstoles, capítulo dos. El apóstol Pedro habla precisamente de Pentecostés, que es lo que se cuenta en ese capítulo, y dice que Cristo glorificado ha hecho llover al Espíritu Santo. Ese es el bien que trae Cristo. Louis Pasteur trajo salud. Thomas Alva Edison trajo luz eléctrica o así se dice. Y así cada científico y técnico ha hecho cosas, trae un bien. El bien que trae Cristo es el diluvio del Espíritu Santo, sobre todo aquel que crea y que se acerque a Él. Y el mal que quita Cristo, así como Pasteur quitó una cantidad de desgracias y enfermedades. El mal que quita Cristo es el pecado. Si usted examina con seriedad, con profundidad su vida o yo la mía, descubrimos que nuestra gran desgracia por encima de otra se llama el pecado. Habiendo tantas cosas difíciles y malas, y el pecado arruina nuestros mejores sueños. El pecado destruye las familias felices, el pecado extingue la inocencia en los niños, el pecado llena de desesperación el final de la vida de tantas personas que gritan pidiendo suicidio asistido. Entonces esa es la desgracia que ha quitado Cristo. Sabios hay muchos, filósofos, hay muchos, gente que diga cosas interesantes, inteligentes y útiles son muchas, y en particular en los líderes religiosos, como decir un Lao-Tsé, como decir un Confucio, uno puede encontrar unas perlas de luz y de sabiduría, pero nosotros no esperamos de Confucio que quite el pecado que anida en el fondo de nuestras almas. Eso es lo que trae Cristo. Eso es lo que hace único a Cristo. Y ahí queda prácticamente respondida la segunda pregunta ¿Qué es lo esencial que hace Cristo? Pues lo esencial y lo primero que quiere Él es eso, eso exactamente, quitar el pecado de nuestra vida. Hay un pasaje del Evangelio que se leyó no hace mucho en la misa de entre semana. Varios de ustedes sé que tienen esa bendita costumbre de asistir a la Eucaristía entre semana, o por lo menos leer las lecturas de la misa entre semana. Y salió esa lectura de aquel hombre paralítico que fue llevado por cuatro amigos y lo pusieron delante de Cristo porque no había manera de llegar donde estaba el Señor por la multitud. Y lo que quiero destacar en este caso es que ese hombre paralítico queda ahí frente a Cristo y lo primero que dice Cristo es "tus pecados te son perdonados". Por favor imaginemos lo que podía ser la vida de una persona paralítica en la época del siglo primero; imaginémonos los sufrimientos físicos, las enfermedades, las amarguras, la soledad, el maltrato, en fin, todo lo que le puede suceder a una persona paralítica en aquel tiempo. Y Cristo teniendo todos esos dolores que son como una expresión de tantos otros que hay en el mundo. Cristo teniendo a ese paralítico postrado y lleno de dolor ahí al frente, lo primero que le dice no es te voy a aliviar tu dolor o las llagas que tal vez tienes en tu piel, las famosas escaras que se forman cuando una persona está demasiado tiempo en una posición, por ejemplo, acostado. Lo primero que le dice Cristo no es -voy a aliviar tus escaras, voy a, voy a darte de nuevo el movimiento- Claramente lo primero que quiere Cristo, y en eso pone su esfuerzo y en eso pone su primer impulso, es quitar la desgracia central. Y esa desgracia central es la del pecado. De modo que ya sabemos qué es lo primero que quiere Cristo en nosotros que nosotros seamos perdonados, que nosotros seamos sanados de las heridas de nuestros pecados y que nosotros recibamos fuerza, que es la que nos da el Espíritu Santo para no recaer en nuestros pecados. Pasemos a la última pregunta ¿Y ahora qué nos toca a nosotros como cristianos, -como Iglesia- qué nos toca? Indudablemente, y se dijo en la monición antes de las lecturas. Lo que a nosotros nos corresponde es, en cierto modo, extender esa misión de nuestro Señor. Lo que a nosotros nos corresponde es hacer eso mismo posible para otros. Hay un versículo impresionante en la primera carta de San Juan dice este versículo ?Así como Él es -Refiriéndose a Cristo-, así somos nosotros en este mundo?. Y Cristo estaba tan convencido de eso que en el evangelio de Juan dice a sus apóstoles "El que los escucha a ustedes, a mí me escucha; el que los recibe a ustedes, a mí me recibe". Esa unión estrechísima entre los discípulos y el Señor significa que también nosotros estamos llamados a trabajar por aliviar los dolores del mundo, por quitar tantos males que agobian a la humanidad y por traer muchos bienes. Pero también nosotros debemos tener una brújula que muestre que el principal de los bienes es una vida sin pecado, porque la peor de las desgracias es el pecado. ¿Qué consecuencias trae esto, para nosotros? Pues demos para simplificar, demos unos tres ejemplos. Pensemos en unos papás. Hoy papás y mamás suelen ser muy diligentes, muy atentos para ver qué educación dan a sus hijos. Buscan según sus posibilidades económicas los mejores colegios donde les den la formación más completa. Pero en mi experiencia, un aspecto que es triste que se olvide en ese discernimiento de los papás es la parte de la fé. Buscan máxima calidad académica, la mejor calificación del Ministerio de Educación Nacional. Buenas conexiones, Bachillerato doble. Ojalá que quede con título de Colombia y título de otro país, qué sé yo. Canadá, Estados Unidos, Bachillerato Internacional. No está mal buscar esos bienes, pero quizás se nos está olvidando buscar el bien mayor. Y muchos se emocionan de pensar que sus hijos van a hacer estudios avanzados. Cuántas veces he visto yo el rostro de satisfacción de los papás, de las mamás, cuando hablan de su hija o de su hijo y dicen está en tal país, está allá terminando su doctorado. Qué maravilla! Está en Australia, está en Francia, está en Alemania. Todo eso está muy bien, Pero cuántas veces, como me pasó en una misión del año pasado, estaba hospedado en casa de unos amigos líderes de la Renovación Carismática Católica en ese lugar. Ellos organizaron un evento de evangelización con más de cuatrocientas personas. Yo era uno de los conferencistas o predicadores y me cuenta con tristeza la mamá: ?Pero el Hijo nuestro perdió la fé?. Y lo grave del caso es que en el momento en el que ellos estaban felices y orgullosos de la formación de su hijo, que ya habla tres idiomas, porque hoy por hoy que una persona hable español e inglés se va volviendo poco a poco el estándar. Pero no es que ya este tiene, qué sé yo, francés, alemán, otra cosa chino, por allá me resultó un amigo que ya el hijo habla chino, habla el mandarín, perfectamente o el cantonés, no sé qué es lo que habla. A ver, no está mal que nos preocupemos de esas cosas, pero ¿Tú le pones el mismo empeño a que tus hijos crezcan sin pecado, que sean victoriosos en la lucha contra el pecado? Eso es ser cristiano. Ser cristiano significa que las prioridades de Cristo se vuelven mis prioridades y eso es muy importante. Entonces ahí queda un temita de reflexión para algunos papás. El otro ejemplo que quiero dar es de la Iglesia de nuestra Santa Iglesia Católica. Resulta que muchas personas aprecian la labor de la Iglesia cuando eso se expresa en términos humanitarios. Iglesia que construye viviendas, Iglesia que lleva agua potable al África, Iglesia que abrió una escuela en el Tibet, Iglesia que atiende a los refugiados y a los inmigrantes; Bien. Nadie duda de que ese es un gran bien y que en la medida en que es expresión de amor, le pertenece de modo integral a la Iglesia. Pero el tema está en que muchas veces nosotros mismos, sacerdotes, las religiosas, empezamos a entrarnos en un lenguaje en el que desaparece todo el orden de la Gracia y todo el orden sobrenatural. De modo tal que ya lo que nos interesa es lo que el mundo sabe valorar lo que el mundo sabe aplaudir. Me impresionó mucho el caso de una religiosa dominica élla, por cierto, en Cataluña, estaba hablando con mucha, con mucho entusiasmo, de lo que está haciendo su comunidad. No sé cuánto tiempo se demoró, media hora o más, hablando de todo lo que hacen y llevan alimentos y mantas y atienden refugiados. Eso está precioso, eso está precioso. Bendito sea Dios y bendita la iglesia que hace eso. Pero ni por un momento, ni en esa intervención, ni en todo el tiempo que yo pude conversar con ella o estar cerca de ella, mencionó absolutamente nada que tuviera que ver con lo que más le interesa a Cristo, ?Tus pecados son perdonados?. Entonces eso tenemos que preguntárnoslo en los colegios católicos, por ejemplo. Es una gran pregunta. No es que disminuyamos la calidad académica, es que tengamos un orden, tengamos unas prioridades que sean las de Cristo. Y mi último ejemplo tiene que ver con los novios y con la preparación al matrimonio. Una cosa que está sucediendo en muchos países es que la gente se prepara para el matrimonio y piensan en todo. Absolutamente. Necesitamos unos ruiseñores de porcelana para los detalles de las flores en el camino de entrada al salón de la recepción. Y esos ruiseñores tienen que ser importados de no sé dónde, a un costo altísimo. Y los ruiseñores, y los ruiseñores, ¿Y dónde queda el Señor?, ¿Y dónde queda el Señor? ¿Y dónde está el lugar de Cristo para que esa unión, más allá de las fotos y más allá de los videos, eso realmente tenga fundamento, sobre todo en estos tiempos tan difíciles por los que estamos pasando tiempos que tienen tantos desafíos para la familia. Mis hermanos son reflexiones. Eso le puede servir a alguien para que pensemos en esto, para que admiremos lo que Cristo hizo, para que agradezcamos lo que Cristo hizo y para que nosotros mismos nos demos cuenta en dónde han de estar nuestras prioridades, sobre todo si tenemos alguna responsabilidad de guía o de formación sobre otras personas. Así nos lo conceda el Señor, que tanto, pero tanto nos ha amado. Amén.

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