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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El deseo de alcanzar la gracia y la paz viene a sintetizar la totalidad de los dones de Dios.
Homilía ao02008a, predicada en 20140119, con 10 min. y 24 seg. 
Transcripción:
Con mucha frecuencia. En las lecturas del domingo uno puede identificar un tema común entre la primera lectura y el evangelio. Con mucha frecuencia, en cambio, la segunda lectura tiene un tema diferente. Abre un tema distinto. Por esta razón, como lo más común es tomar el Evangelio para centro de la predicación. La segunda lectura se queda sin reflexión porque como tiene un tema diferente, se queda a veces sin atención y se queda sin reflexión. Cambiemos hoy, miremos un poco este saludo del apóstol San Pablo al comienzo de su carta a los corintios. Solamente quiero compartir un pensamiento que me parece muy bello de nuestro hermano Santo Tomás de Aquino, quien escribió en su época un comentario, un estudio sobre esta primera carta a los Corintios. Y ha quedado grabado en mi mente lo que dice Santo Tomás sobre el comienzo de esta carta, meditando en particular sobre ese saludo que utiliza el apóstol y que la Iglesia ha hecho suyo. Se refiere Santo Tomás a estas palabras "La gracia y la paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo sean con vosotros". Ese fue el saludo que yo también utilicé al comienzo de la Misa, porque es una de las posibilidades que nos ofrece el ritual. Lo que sigue entonces es la reflexión de Santo Tomás. Dice este hermano nuestro al desear la Gracia y la paz, de alguna manera está deseándoles todos los bienes, porque todos los bienes que nos ha traído Cristo tienen su comienzo en la Gracia y tienen su culminación en la paz. Gracia que indica que todo es don, que nada es merecido, que todo es regalo y que ese regalo es suficiente. Al hablarnos de la Gracia, está aludiendo tanto al sacrificio de Cristo en la cruz, por el cual hemos sido perdonados como al regalo del Espíritu Santo por el cual somos santificados. Los dos grandes episodios de la Gracia son el derramamiento de la sangre y el derramamiento del Espíritu. Con esa sangre ha sido pagado el precio para nuestro perdón. Con ese espíritu hemos ganado el precio para nuestra vida eterna. Precio de sangre y precio de espíritu. Así hemos llegado a ser preciosos ante los ojos de Dios. Ya no sabe mirarnos Dios nuestro Padre de otra manera; sino a través de este lente, el de la sangre de su propio Hijo. Y cómo nos mira a través de las llagas de Cristo, y como nos ve cubiertos con el manto de su sangre. Por eso le resultamos aceptos. Por eso tiene hacia nosotros tantas bondades. Pero esa mirada de Dios no se queda simplemente en un aprecio en Él. Es una transformación que se realiza precisamente por la Gracia del Espíritu. Uno de los nombres que tiene el Espíritu Santo es ese don Gracia, y por eso se dice del Espíritu que Él es la Gracia increada, porque es eterno como el Padre y el Hijo. Pero esa Gracia increada al llegar a nosotros, nos crea de nuevo, nos hace de nuevo. Esa acción perdurable, esa acción duradera, permanente, transformante del Espíritu en nosotros, es la que Santo Tomás llama la Gracia creada. Y así cada uno de nosotros se convierte también en Gracia, se convierte también en regalo. Se nota especialmente en el sacramento del matrimonio. Ese hombre es un regalo para su esposa, y élla es un regalo para él. Se nota también en la comunidad religiosa Francisco de Asís cuando empieza a agrupar a aquellos primeros discípulos. Dice ?El Señor me ha dado, hermanos?. Cuando aprendemos a recibir a los hermanos como regalos que Dios nos ha entregado, los empezamos a mirar con los ojos con que Dios los mira. Por todo ello, la Gracia es el primero entre todos los dones. Pero luego esa obra de la Gracia tiene que llegar a la paz. La paz, que es como el resumen de todos los bienes. Y -nos explica Santo Tomás- no puede haber paz ni donde hay conflicto, ni donde hay legítima carencia. Por eso, cuando San Pablo desea la paz a la comunidad de los corintios, está deseando que no les falte nada de lo que Dios ha querido hacer en éllos y que no haya nadie que pueda arrebatarles los dones, los tesoros que el Señor les entrega. Llegar a la paz, esa paz que el mundo no conoce, esa paz que solo Cristo puede dar. Esa es la culminación de la vida cristiana. Es muy hermoso ver en la enseñanza de Santo Tomás como este criterio de la paz es el criterio de la verdadera virtud. El que obedece pero obedece con conflicto interior, no ha llegado a la plenitud de la virtud. Se doblega, se esfuerza, se vence. Pero en realidad el conflicto sigue adentro, Ahí no hay verdadera obediencia. Hay que aspirar a una obediencia más alta, una obediencia que lleve a la paz. Esa obediencia que es con la mente y con el corazón. Esa obediencia que como hemos visto estos días, es obediencia a la Palabra y obediencia al Espíritu. Lo mismo sucede con la castidad. La persona que se frena, que se contiene y que evita cometer el pecado, pero por dentro parece que sigue codiciando tal o cual placer, tal o cual compañía, tal o cual afecto. Esa persona no ha llegado a la verdadera virtud. Dice, en cambio, Santo Tomás, que la castidad va más allá de la continencia, como indica la palabra continencia es contenerse, no cometer la falta. Pero la simple continencia no es suficiente. La palabra castidad, según Santo Tomás, está relacionada con aquella educación que recibe el niño que recibe el joven y que a menudo supone algún género de corrección o castigo. Es decir, que el que es verdaderamente casto es el que ha educado su corazón, el que ha educado su cuerpo, el que ha educado su imaginación. Y dice Santo Tomás que en una vida casta gobierna la recta razón y gobierna la Gracia de Dios, pero no gobierna como un tirano que está dando latigazos y que está reprimiendo, no la castidad no es represión, es como un cuerpo, como una vida educada que en serenidad y en gran paz unifica toda su energía en la obediencia y en el amor y servicio a Dios. Y lo mismo con la pobreza, esa pobreza llena de resentimiento, esa pobreza que en el fondo sigue codiciando lo que tiene el rico. Esa pobreza que muchos predicaron como un camino hacia la liberación, una pobreza resentida, una pobreza que pretende armar primero la mente y después quizá también las manos del pueblo para que recupere, para que tome lo que es suyo. Ese tipo de pobreza no es en la que cree Santo Tomás. La verdadera pobreza es la de aquel que ha encontrado la verdadera riqueza. Y por eso, en los verdaderamente pobres, como un Martín de Porres, como un Francisco de Asís, como el mismo Domingo que muy a menudo era el más pobre del convento, careciendo incluso de una celda propia. Hasta ese extremo, el verdaderamente pobre lo es porque ha encontrado su verdadera riqueza y puede decir con el salmo ?Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad?, está en paz, no tiene resentimiento, no tiene codicia. Pidamos entonces al Señor que este saludo tan bello del apóstol San Pablo se realice en nosotros, es decir, que todos renovemos nuestra experiencia de la Gracia y que todos alcancemos el don precioso de la paz.

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