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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Juan el Bautista nos pone en la ruta de Cristo, y al llamarlo "Cordero de Dios," nos orienta finalmente hacia el corazón compasivo del Padre.
Homilía ao02006a, predicada en 20110116, con 11 min. y 22 seg. 
Transcripción:
El Evangelio de hoy está en continuidad con el Evangelio del domingo pasado, que era el del bautismo del Señor. Sucede que nos encontramos en el ciclo A para las lecturas de los domingos y acabamos de iniciar el tiempo ordinario. El evangelio que más vamos a leer durante estos domingos de este año es el Evangelio según San Mateo, pero se da una excepción. En el domingo de hoy tomamos este texto hermosísimo de San Juan que, repito, viene a prolongar la escena del bautismo. Preguntémonos entonces ¿Qué nos aporta el texto de hoy? Yo creo que esta es la pregunta que uno tiene que hacerse siempre que va a la Misa ¿Qué, qué alimento, qué medicina, qué corrección?, ¿Qué soporte recibo yo en las lecturas y en la celebración de esta misa? Entonces nosotros nos preguntamos ¿Qué aprendemos? ¿Qué recibimos? De este texto, está sobre todo la expresión que utiliza Juan el Bautista aquí llama a Cristo Cordero, el Cordero de Dios. Tengamos en cuenta que el Cordero era el animalito destinado al sacrificio, pero ese era el cordero de los hombres, o mejor, los corderos de los hombres, porque eran muchos. Cuando Moisés estableció la fiesta de la Pascua, enseñó a los israelitas que tenían que tomar un cordero o cabrito que debía haber cumplido apenas un año, ser macho y sin defecto, y que este animal tenía que ser sacrificado. La sangre debía servir para pintar el dintel y las jambas de las puertas y la carne del cordero era para que se la comiera la familia. Una comida que tenía el sello de la Pascua. La prisa por partir de Egipto y también el paso del Señor haciendo justicia en esa nación opresora. Entonces la palabra cordero hace alusión al sacrificio, solo que este es el Cordero que, que nos da Dios. Esta víctima es perfectísima porque es la víctima que nos da Dios y por eso el sacrificio de esta víctima es definitivo. Como que siempre quedaba algo faltando a los sacrificios de la ley de Moisés y por eso tenían que repetirse una y otra vez. En cambio, este sacrificio perfectísimo del Cordero único del Padre, el Cordero de las praderas celestiales, este sacrificio es completo, no le falta nada, y por eso mismo es perfecto. Este sacrificio perfectísimo no tiene que ser repetido, ni tiene que ser reemplazado. Su validez es eterna. Es lo que recordamos en las palabras de la consagración en la Misa. "Esta es la sangre de la alianza nueva y eterna, derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados". Entonces hoy nos están invitando a mirar a Cristo como el Cordero de Dios, ¿Qué era el Cordero para esos antiguos israelitas?, Era la promesa para el futuro del rebaño. El Cordero era una señal de riqueza, de posesión y muchas veces, especialmente los pobres, desarrollaban un afecto, un cariño muy grande además que son animales muy tiernos estos. Por eso también, cuando el episodio de la viña de Nabot nos encontramos al profeta denunciando el pecado que se ha cometido y en el caso del rey David, también se denuncia lo que hizo este rey poderoso cuando tomó la esposa de Urías, el hitita. Y la comparación que utiliza el profeta Natán es la de un pobre que tenía sólo una corderita. De modo que Dios nos ha dado toda su riqueza. Dios nos ha dado lo más entrañable que tenía. Dios se quedó pobre para hacernos ricos. Dios nos ha dado lo más precioso para que nosotros seamos salvos. Es, es un episodio de amor, es una historia de amor que nos invita a vivir agradecidos. Sea ese el primer punto en nuestra reflexión de hoy. Si Cristo es el Cordero, Papá Dios se quedó pobre para salvarme. Papá, Dios me dio todo lo que tenía, lo más precioso, lo más entrañable, para que su sacrificio, el de Cristo, fuera perfecto, definitivo y eterno. Como segundo y último punto, miremos qué caracteriza a este cordero. Dice Juan Yo he salido a bautizar para que sea manifiesto a Israel, para que sea manifiesto el Mesías a Israel, y la manifestación es el espíritu lo que tiene de característico este cordero. Es el Espíritu. No ha sido ungido con aceite material, no ha sido ungido con perfume de nuestros campos, ha sido ungido con el Espíritu Santo de Dios, y el perfume que trae es el aroma del cielo. Este es el Cordero de Dios. Este es el Cordero que ha sido ungido con esa unción única y perfectísima. Ha sido ungido para también Él ungir. Ha sido bautizado para también Él bautizar aquello que le sucederá a Cristo. Después Cristo hará que nos suceda a nosotros. Esto se nota mucho, especialmente en el Evangelio de Juan, cuando en los discursos de despedida dice Cristo palabras como éstas: "Así como el Padre me ha enviado, yo los envío" también "Si han rechazado mis palabras, también rechazarán las de ustedes". Es decir, que la continuidad que hay entre el servicio de Cristo, el ministerio de Cristo y nuestra vida cristiana es la continuidad del Espíritu. Es el Espíritu el que hace que nosotros participemos de la vida de Cristo. Nosotros no podemos entonces excusarnos diciendo "Ah, es que Cristo hacía milagros, pero es que Él era Dios". O tampoco podemos decir es que "Cristo podía perdonarlo todo, pero es que Él era Dios". Esa excusa se nos acaba el día de hoy porque nos damos cuenta de que hay una continuidad entre el ministerio de Cristo y nuestra vida cristiana. El mismo Espíritu que recibió Jesús es el Espíritu que tú recibes en el bautismo y en la Confirmación. Es el mismo Espíritu que viene a ti si tú lo clamas, si tú le dices -Ven, Espíritu Santo de Dios, hazme semejante al Cordero, hazme semejante a Jesucristo-. Si tú le clamas al Señor, si tú le pides el don del Espíritu, la misma fuerza que obró en Cristo obra en ti. La divinidad de Jesucristo no era una especie de depósito de superpoderes que tuviera Jesús para usar en momentos de dificultad o momentos de angustia. No es que Cristo llevara una vida normal, pero en el momento difícil apelar a los superpoderes porque yo soy Dios y entonces, como Dios, puedo saber lo que nadie sabe, puedo superar lo que nadie supera, puedo perdonar, puedo hacer muchas cosas. Algo así como Superman, el de las tiras cómicas, puede hacer cosas que nadie más puede hacer porque tiene poderes. De otra parte, ese no es Jesucristo. La divinidad de Cristo no hay que entenderla como un superpoder añadido a una naturaleza humana. Ese no es Cristo. Cristo ha desarrollado su vida movido por el Espíritu, ungido por el Espíritu. Y ese espíritu está también a tu disposición. Ese Espíritu está también para ti, y el mismo Cristo te da el Espíritu. Por algo San Juan, como lo hemos explicado muchas veces, cuando muere Cristo no dice murió, sino dice ?Entregó el Espíritu?. Ese Espíritu habita en tí. De modo que no cabe quejarse y decir "Ah, es que yo como soy un ser humano, entonces tengo, por -decirlo así- derecho.... -Si eso existiera-, derecho a ser mediocre, ignorante o pecador?. El mismo Espíritu que está en Jesucristo es el Espíritu que está en tí. El mismo Cristo que ha sido bautizado por el Espíritu y por eso se llama Cristo, que quiere decir ungido. Es el mismo Espíritu que ha venido a ti para obrar en ti, y eso te convierte también en Cordero, que participa del sacrificio de Cristo. Como dijo San Pablo Yo completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo. Quedémonos entonces con esas dos enseñanzas. Primera: Cristo es el Cordero. Papá Dios se quedó pobre, lo dio todo, lo entregó todo en sublime acto de amor. Y el sacrificio de Cristo es el perfecto sacrificio de reconciliación que ya no tiene que ser repetido y que ya no tiene que ser reemplazado. La Misa no es repetición del sacrificio de Cristo. La Misa es conexión, unión con el sacrificio de Cristo. Esa es la primera enseñanza y la segunda: Este Cordero ha sido ungido con el Espíritu, el mismo Espíritu que te ha ungido a ti. No cabe disculpa ahora que Dios se hizo hombre, entendemos que el hombre puede vivir y pensar y sentir y obrar como Dios. Gracias a este Espíritu Santo con el que hemos sido bautizados.

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