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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
No debemos tenerle miedo a la propuesta de Jesús.
Homilía ao02003a, predicada en 20020120, con 11 min. y 41 seg. 
Transcripción:
Hermanos. Algunas veces uno se asombra del miedo que le tenemos a Jesús. Del miedo que le tenemos a la propuesta de Jesús. ¿Qué me irá a quitar Jesús? Les voy a contar un secreto, un secreto entre tanta gente. Resulta que por cosas de la vida he tenido que oír muchos testimonios de personas que aseguran haber recibido mensajes de Cristo o de la Virgen, o de los ángeles; que cuentan, haber tenido apariciones o visiones, o haber recibido mensajes. Es algo que es difícil de discernir. No es fácil aclararse uno, pero casi siempre la sensación que a uno le queda es, esta es una persona buena, una persona piadosa que expresa por medio de ese lenguaje lo que tiene en el corazón. Es decir, no se trata propiamente de una aparición ni de un mensaje. Pero entre tanta gente que he oído hace unos años conocí a una jovencita que me contó también su historia y por todas las preguntas que pude hacerle, por el modo de vida, por la sinceridad y por lo que decían los mensajes, Yo; Yó pensé en este caso, hasta donde yo alcanzo a ver sí se trata de una manifestación de la Virgen María. Es de las pocas veces en mi vida en que yo me he sentido completamente convencido de la presencia de la Virgen en la vida de una persona. Y de mensajes de la Virgen. Bueno, esta niña llegó al convento donde yo vivía porque ella quería como una dirección espiritual, como una orientación, precisamente por esas experiencias que había tenido. Y nos pusimos a hablar y por todas las señales que yo vi en la vida de esa persona, yo llegué a una conclusión orando, pidiéndole la luz a Dios. Llegué a una conclusión y se la dije. Le dije mira, yo saco en limpio que si hay una presencia muy grande de la Virgen María en ti y saco en limpio que yo creo que a ti Dios te quiere para religiosa. No es que tengan que estar juntas esas dos cosas, No es que porque la Virgen esté muy cerca de una niña, por ejemplo, ella tenga que ser religiosa, pero en ese caso yo sí sentí eso, lo vi muy claramente y se lo dije. La respuesta de esta joven fue ?lo mismo, me dijo el anterior director espiritual que yo tenía y por eso lo dejé?. Y entonces entendí que ella había dejado la dirección espiritual con otro sacerdote mucho más sabio, de más años, de más experiencia y de mayor santidad. Desde luego lo había dejado, porque también ese padre le había hablado a ella de vida religiosa y ella no quería ese mensaje. Sentía miedo. Ella sentía que si Cristo llegaba a la vida de ella y le tocaba hacerse religiosa, era perder mucho, era perder demasiado. No es que ser religioso sea la única manera de comprometerse con Dios, porque yo he conocido gente separada, gente soltera, gente viuda que hace muchísimo por el Reino de Dios y que le da un testimonio muy grande. Simplemente le cuento esa historia por una razón, porque me llamó la atención el miedo que tenía esa niña. Miedo a perder muchas cosas si Dios me quiere para religiosa. Y entonces fue cuando llegué a la conclusión de que a veces le tenemos miedo a la propuesta de Cristo. No somos los primeros que sienten miedo ante la propuesta de Cristo. Una vez estaba Cristo hablando de la confianza en el poder de Dios, en el amor de Dios y en el desapego a las riquezas. Y allá fue donde dijo que es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja, a que un rico, uno de esos apegados a las riquezas, entre al reino de los cielos. Y dice el Evangelio los apóstoles se espantaron y dijeron ¿Y entonces quién puede salvarse? Llega Cristo a nuestra vida, y sentimos miedo, miedo de dejar nuestras malas costumbres, porque ya estamos precisamente acostumbrados a ellas. Las malas costumbres son como esas cobijas sucias, viejas, rotas, remendadas, pero que son las que más calientan cuando se trata de abrigarse. Las malas costumbres son como esos zapatos viejos que dijo el poeta sucios, torcidos, feos; pero son los que calzan bien en el pie. Y entonces uno se apega a los zapatos viejos y uno se apega a la cobija sucia. Y nos cuesta trabajo separarnos de nuestra cobija sucia. Y llega Cristo a nuestra vida y sentimos miedo. Otras veces nos puede pasar lo que le sucedió a un joven, un joven rico al que se acercó Cristo. Mejor dicho, el joven se acercó a Cristo y el joven le preguntó a Cristo ¿Qué tengo que hacer para tener vida eterna? Cristo le dijo Cumple los mandamientos. Y el joven le dijo -todo eso ya lo he hecho-. Y Cristo le dijo "Si quieres llegar hasta el final, ve, vende eso que tienes, dáselo a los pobres, así tienes tesoro en el cielo y luego ven conmigo". Y el muchacho se quedó pensando como la niña de la historia mía. El muchacho se quedó pensando, pensando. Y arrugó la frente y se fue triste. Y explica el Evangelio tenía muchas riquezas. Claro que ahí quedó como mal escrito. Realmente las riquezas lo tenían a él. Él no tenía las riquezas, las riquezas lo tenían a él. Y este joven rico arrugó la frente y dijo -Hombre tan bueno Cristo-, esto estaba hasta bueno, pero ¡ah! ¿Qué vamos a hacer? Bueno, Y se fue triste. Sintió miedo, sintió miedo por lo que Cristo le estaba pidiendo. Y hay otro caso en los Hechos de los Apóstoles de un rey que se llamaba Festo, el rey Festo, creo que ese era su nombre si no estoy confundido. Le gustaba oír a uno de los mejores predicadores que ha tenido el mundo, el apóstol San Pablo. Y San Pablo predicaba y predicaba. Y un día San Pablo empezó hablando. Empezó a hablar del tema de la continencia y del orden que Dios le viene a traer a la sexualidad humana. Y entonces Festo ya hizo mala cara y dijo -No, ya esto se puso como pesado, llévenselo otra vez para la cárcel-. Ya cuando le tocó el tema en el que él vivía en pecado porque era un hombre sexualmente muy desordenado. Así que lo mismo que Festo y lo mismo que Herodes y lo mismo que el joven rico y lo mismo que la niña de mi cuento. Muchos, muchos hemos sentido miedo cuando llega Cristo; sentimos miedo. Por eso a veces, uno debería ser sincero cuando se va a confesar -Padre, me confieso que no fui a misa-. ¿Y por qué no fuiste a misa? -Uno debería ser sincero y decir- por miedo, padre, por miedo, porque tengo miedo a que Cristo me vaya a cambiar mi vida, Tengo miedo a separarme de mi cobijita rica, tengo miedo de salir de mis zapatos viejos; tengo miedo-. Pero el evangelio de hoy, mis hermanos, viene para curarnos del miedo. El evangelio de hoy trae una palabra maravillosa de San Juan el Bautista, una palabra bellísima. ?Este es el Cordero de Dios?, ¡Qué imagen tan linda! Es regalo de Dios y es un cordero. Imagen tan hermosa de mansedumbre, de inocencia, de ternura. Incluso el cordero tierno que quita, ¿Que quita qué?, ¿Qué quita?; quita el pecado viene a quitar el pecado. Eso es lo que Él viene a buscar en nosotros. San Pablo decía una vez, me parece que era a los corintios. Yo no busco las cosas de ustedes, yo los quiero a ustedes y los quiero a ustedes para Cristo. Lo mismo y todavía mejor puede decir Jesús, yo no vengo detrás de tu plata, no vengo detrás de tu posición, no vengo detrás de tu salud, vengo a buscar tu corazón, pero tu corazón está sepultado por el pecado. Yo vengo a quitar lo que pesa sobre tu corazón, Yo vengo a arrancarte del poder del pecado, a eso viene Jesús a nuestra vida. Hermanos, ¿Qué tal arriesgarse uno; qué tal arriesgarse un día cualquiera? Puede ser hoy, puede ser en esta iglesia, puede ser en tu casa. Puede ser cuando nadie te esté mirando. ¿Qué tal arriesgarse alguna vez y extender las manos ante Cristo y decirle -Aquí estoy, Señor-, como decía esa canción del principio de la Misa "Renuévame", porque todo lo que hay dentro de mí necesita más y más de ti. Me arriesgo, Jesús, me arriesgo, me arriesgo ante Ti. Yo pienso que tú no vienes a quitarme las cosas buenas, sino tú vienes a quitarme lo que me está estorbando, lo que no me deja ser feliz, lo que no me deja mirar con tranquilidad a la cara a los demás. Tú vienes a quitarme mi pecado. Yo creo en ti, Jesucristo, y quiero recibirte como Salvador de mi alma.

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