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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesucristo viene a nosotros para darnos un corazón libre de la carga del pecado.
Homilía ao02002a, predicada en 20020120, con 13 min. y 51 seg. 
Transcripción:
Lo que tenemos hoy, mis amigos es como un eco, una prolongación de esa fiesta tan hermosa del domingo pasado, la fiesta del bautismo de Cristo. Estamos hoy. Escuchando el testimonio de Juan. ¡Qué grande es Juan Bautista! Un hombre que podemos decir vivió para realizar su misión, anunciar a Jesucristo y luego desaparecer. Y ¡Qué grande esa misión! Quedémonos por un momento en lo que eso significa anunciar a Jesús Y desaparecer. Fue Juan precisamente el que dijo, "Es necesario que Él crezca y que yo disminuya". De manera que en Juan brillan dos virtudes: un amor inmenso y una humildad incomparable. Anunciar a Jesús es una obra de amor. Luego desaparecer es una obra de humildad. Y esa fue la alegría de Juan. Y él dijo que su alegría era completa porque había logrado su misión. La primera enseñanza entonces hoy es admirémonos de Juan y de esas dos virtudes hermanas que él tuvo en tan alto grado la caridad y la humildad. ¿Y cuál fue el testimonio que nos dio Juan? Se resume en una palabra, en una frasecita que la decimos siempre al celebrar la Santa Misa "Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". Lo dice el sacerdote cuando, momentos antes de la comunión presenta la hostia consagrada ante la Iglesia. -Este es el Cordero-. Esa frase la dijo primero Juan. Y el pasaje en el que sabemos esto es el que hemos oído hoy. Se encuentra hacia el final del capítulo primero del Evangelio de San Juan Evangelista. Este es el Cordero de Dios que quita el pecado. -El pecado, que quita el pecado- Busquémosle sinónimos a la palabra pecado y descubriremos un poco cuál fue la maravilla de testimonio que dio Juan. Por ejemplo, el pecado es como una carga. A menudo, después de la confesión, le pregunta uno a la persona que se acaba de confesar y además es experiencia que yo tengo porque yo también me confieso. Le pregunta uno a la persona ¿Usted cómo se siente? Y muchas veces la respuesta es, me siento livianito, como que me he quitado una carga de encima. Una vez, en otro lugar, tuve ocasión de escuchar la confesión de un caballero que tenía más de setenta años y ¡más de cincuenta sin confesarse! por un asesinato que había cometido allá en la juventud. ¡Cincuenta años! Más de cincuenta años sin confesarse. Y este hombre que ya siente la debilidad en las piernas y ya escucha los pasos de la muerte, se acerca a un sacerdote jovencito que era yo en esa época a contar una cosa que había sucedido mucho antes de que yo naciera. Una cosa que él no se había atrevido a confesar nunca, ese horrendo asesinato. Y luego se levanta con el cuerpo que le tiembla por los años y el alma que le tiembla por la alegría y dice "Padre, me he quitado un peso de encima". El pecado es peso, es una carga. O sea que podemos tomar la palabra de Juan y decir -Este es el Cordero de Dios que quita tus cargas- que quita tu peso, eso que te agobia, eso lo quita Cristo de encima. Cristo viene a quitarte eso. El pecado es también una vergüenza y de hecho mucha gente como ese caballero de la historia que les he contado, se detiene y no se confiesa por vergüenza. Con mucha sabiduría decía un sacerdote ya mayor ¿Por qué sienten vergüenza de confesarse? ¡Han debido sentir vergüenza de pecar! No, vergüenza de confesarse. No es vergüenza confesarse. Vergüenza es pecar. Porque el pecado es el que trae el oprobio, es el que trae la vergüenza. Pregúntele usted, pregúntele usted a una persona, sobre todo si los años ya van pasando. ¿Usted de qué se avergüenza? Y verá que la respuesta siempre son pecados. Por un engaño que hice, por una trampa que hice, porque calumnié a un inocente. Yo no debí haber hecho eso. Me avergüenzo con mis hijos por el mal ejemplo que les di. Me avergüenza que esta mujer no ha hecho sino quererme. Y yo la he maltratado. Me avergüenza. Me avergüenza. El pecado es la vergüenza de la vida. Y viene nuestro Señor Jesucristo. -Y San Juan dice- Este es el Cordero que quita el pecado. Y es verdad, este es el Cordero que quita nuestra vergüenza. Había un pueblecito que se llamaba Sicar, que quedaba en la región de Samaria y en ese pueblo había una mujer. Pueblo pequeñito ese. Y en ese pueblo una mujer que ya llevaba cinco maridos, iba para el sexto o estaba en él. Ustedes se imaginarán, en un pueblecito así pequeñito, la mujer que ya llevaba cinco maridos. ¿Cómo se hablaría de esa mujer? ¡Qué vergüenza meterse con esa mujer! Ella caminaba y tenía que sentir cómo las miradas de reproche caían implacables sobre sus espaldas. Pasaba y tenía que sentir cómo iba dejando una estela de murmuraciones. Mírala. Allá va. Quién sabe si irá a conseguir otro. Uy, qué desvergonzada, qué zorra, ¡Qué perra! Me imagino las expresiones duras, los índices acusadores contra esa mujer. Y ella lo sabía. Estoy hablando de la samaritana. La samaritana tenía que ir al pozo a sacar agua y ustedes ¿Se acuerdan lo que ella le dice a Jesús? Le dice ?Señor, dame de tu agua para que yo no tenga que volver a sacar agua del pozo?. No es que le pesará únicamente el jarro de agua, es que le pesaba tener que salir a la calle y le pesaba la vergüenza. Le pesaba sentir que todo el mundo tenía una historia que contar de ella. Yo sé que todas y cada una de las mujeres que están aquí entienden lo que estoy diciendo. Y creo que nosotros, los hombres, nos lo podemos imaginar. ¿Por qué traigo a la memoria la historia de esta mujer? Porque esta mujer se encontró con Jesucristo, ese Cristo del que dice San Juan Cordero que quita el pecado. Y Jesús nuestro Señor, con esa delicadeza, con esa pureza que tienen los ojos de Cristo, que tiene la voz de Cristo y que tiene el Corazón de Cristo con esa luz tan grande que tienen sus palabras, Nuestro Señor Jesucristo entró al corazón de esta pobre mujer y Jesús trajo una luz, trajo una Gracia especial a ella. ¿Y sabe qué es lo más sorprendente? Lo más sorprendente es que esta mujer volvió al pueblo, nos dice el Evangelio, volvió al pueblo y empezó a decirle a la gente del pueblo "Oigan, aquí hay un hombre que me ha dicho todo lo que yo he hecho; ¿No será el Mesías?" ¡Por Dios! Asombrémonos ¡Qué maravilla la que hizo Cristo en esta mujer! Ella que Caminaba avergonzada que tenía que sentir una mezcla de fastidio, repugnancia, vergüenza, rabia, resentimiento contra todo lo que la rodeaba. Ella, cuando recibió la luz de Cristo, fue tanto lo que recibió que fue capaz de salir con rostro descubierto a decirle a los demás "¡Oiga, aquí está Cristo!" O sea, le sucedió algo tan grande, tan grande, que incluso su misma vergüenza la dejó a un lado. ¡Qué importa lo que yo haya sido, si esa llaga mía sirve para que aparezca la virtud del médico que me curó! Es lo mismo que pasa cuando uno ha tenido una enfermedad muy terrible y resulta que hay un buen médico y ese médico lo cura a uno. Entonces la enfermedad ya no es vergüenza, sino la enfermedad se convierte en una ocasión para celebrar esa ciencia y esa habilidad y esa capacidad del médico. Así que cuando San Juan dice ?Este es el cordero que quita el pecado del mundo?, está diciendo también Este es el Cordero que quita lo que a ti te avergüenza, lo que no te deja levantar la mirada. Que pesar siente uno como sacerdote con esto que les voy a contar. Uno va a una escuela primaria como la que tenemos aquí vecina, uno va a una escuela primaria y saluda. Hola, niños. Todos los niños se ponen de pie. Hola, padre. Hola. Saludan. Uno va a la escuela y saluda. Todos los niños devuelven el saludo. Lo miran a uno a los ojos, lo abrazan, Le tienden la mano. no se esconden. ¡Qué pesar! Cuando pasa el tiempo y uno se encuentra ya el niño que tiene catorce, quince, dieciséis años y ya le huye al sacerdote, ya no le da la cara al padre. Hola padre, ¿Cómo está? Hola. ¿Y la niña? Ya no saluda, Ya no mira a los ojos. Y si uno logra tener confianza con ellos y acercarse a ellos; y si ellos tienen la confianza de abrir el corazón y de hablar; ¿Qué es lo que les ha alejado del sacerdote?, ¿Qué es lo que hace que no puedan sostener la mirada? El pecado. Es que han perdido la inocencia. Es que han visto lo que no tenían que ver. Es que andan tocando lo que no deberían tocar. Y por eso, porque el pecado llegó a la vida, con el pecado llegó la vergüenza. Jesucristo, nuestro Señor, viene a nosotros para darnos un corazón limpio, para darnos un corazón sano, para darnos un corazón que pueda sostener la mirada, un corazón que no sienta vergüenza. Esa es la grandeza de la presencia de Cristo en nuestra alma. Ese es el Cristo que nos quita la carga del pecado y que nos quita la carga de la vergüenza. Ese es el Cordero que saludó San Juan diciendo que quitaba el pecado del mundo.

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