Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El que descubre su propia indigencia, descubre la grandeza de la Encarnación

Homilía anun029a, predicada en 20260325, con 16 min. y 45 seg.

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Transcripción:

Hermanos queridos, decíamos al comienzo de la Eucaristía que celebramos hoy la Anunciación a María Santísima, la Encarnación del Hijo de Dios. En muchos lugares, Dios quiera que pronto, oficialmente en Colombia también, se celebra el 25 de marzo, el Día del Niño por nacer, reconociendo así la dignidad de ser humano que tienen todos aquellos desde el momento de su concepción. Pero además, hay otro título un poco informal que le podríamos dar a este día, este es el día en que se acabaron las excusas, se nos acabaron las disculpas, se nos acabaron las excusas.

¿A qué me refiero? A que muchas veces nosotros tomamos como disculpa para nuestras mediocridades, para nuestros pecados, tomamos como disculpa que Dios está muy lejos, muy lejos. Si nosotros nos vamos, por ejemplo, al mundo clásico, al mundo griego, todos esos dioses en los que creían aquellas personas estaban lejos. Y uno también puede pensar, Dios está muy lejos, Dios es omnipotente y yo no, Dios es eterno y yo no, Dios es santísimo y yo no. Y resulta que esa distancia, esa distancia entre Dios y nosotros la convertimos como en una excusa, una manera de disculpar nuestros errores y nuestras mediocridades.

Pues hoy, en el día de la Encarnación, se nos han acabado las excusas, porque hoy tenemos que decir: La Palabra se hizo carne, acampó entre nosotros y hemos visto su gloria. Ahora bien, para apreciar ese misterio sublime de la encarnación, uno tiene que tener hambre, porque lo que se nos está contando aquí es una noticia maravillosa, es una noticia feliz, es algo grandioso lo que tenemos aquí, pero será grandioso únicamente para el que se sienta necesitado. Es más o menos lo mismo que pasa con un enfermo y una medicina. Solo el que está enfermo aprecia la medicina, solo el que tiene dolor aprecia el analgésico, solo el que tiene hambre aprecia realmente el alimento.

Solo el que ha encontrado su limitación y, al mismo tiempo, el deseo irreprimible del infinito y de la perfección, solo quien tiene esas dos cosas en el corazón puede llegar a apreciar lo que significa la encarnación. Hay que tener esas dos cosas, por una parte, un deseo vivo de infinito y, por otra parte, una conciencia viva de las propias limitaciones. Saber que nuestro querer es ilimitado, pero que nuestro poder se estrella con barreras y con límites por todas partes. Cuando uno tiene esas dos cosas, entonces uno tiene la espiritualidad del Antiguo Testamento.

Porque todo el Antiguo Testamento fue precisamente para que el pueblo elegido y detrás del pueblo elegido, después nosotros, para que el pueblo elegido sintiera las dos cosas que estoy diciendo. Es decir, la necesidad irreprimible, innegable de lo que es grande, de lo que es bello, de lo que es santo, pero al mismo tiempo la conciencia de los propios límites. Cuando uno necesita muchísimo algo, pero no lo puede tener, el deseo crece. Y si uno se da cuenta que uno es responsable por los propios pecados, uno es responsable de esa propia limitación, entonces uno no solo crece en el deseo, sino que crece en la humildad.

Y ahí están los requisitos, hermanos, un gran deseo, una gran humildad y solo nos falta la última palabra para llegar a la Encarnación. Esa última palabra es una fe inmensa. Ahí tenemos los requisitos para vivir este misterio de la Encarnación con toda su fuerza. Los repito, tomar conciencia del anhelo de infinito que hay en mí. Cada uno tiene que decirlo de sí mismo, no importa la edad, no me interesa si eres hombre o mujer, joven o mayor, no, descubrir esa ansia de infinito, número uno. Número dos, conciencia de la propia limitación y de la responsabilidad que uno tiene en esa limitación. Tercero, eso nos conduce entonces a un gran deseo, a una gran humildad.

Y ahora agrégale el último elemento, la fe, es decir, esa certeza que viene del Espíritu Santo, la fe de que Dios puede solucionarlo, esa fe, esa confianza de que a Dios se le puede ocurrir algo. ¿Qué se le puede ocurrir? No sabemos. Uno de los versículos de la Biblia que toca más mi corazón está en el profeta Isaías, hacia el final del libro de Isaías, es un libro que tiene más de 60 capítulos en la Biblia, encontramos esta súplica. Es un hombre que le grita a Dios, suplicándole: «Ojalá rasgaras el cielo y bajaras». En esa frase está todo lo que yo estoy tratando de expresar aquí: anhelo de infinito, conciencia de la propia limitación, por consiguiente, deseo y humildad, y la fe de que Dios puede hacerlo.

¿Cómo lo va a hacer? No lo sabemos, no lo sabemos. Y lo que se le ocurrió a Dios desborda no solamente la imaginación humana, sino, según dicen algunos santos, lo que podían esperar, lo que podían pensar los ángeles por encima de todo plan, por encima de toda imaginación humana, por encima de todo lo que pudieran proyectar los ángeles, que son intelectos mucho más potentes que los nuestros, por encima de todo eso se le ocurrió a Dios este designio maravilloso que se llama la Encarnación. La Palabra se encarnó, la Palabra se hizo hombre y acampó entre nosotros. Por eso, el nombre que aparece en la primera lectura. En la primera lectura aparece el nombre de ese Dios encarnado.

¿Cómo se llama? Se llama Dios con nosotros. No es únicamente Dios para nosotros, que ya es gran cosa que uno le crea al verdadero Dios, que uno tenga el verdadero Dios eso es maravilloso, pero necesitamos pasar del Dios para nosotros, al Dios con nosotros. Y luego hay que pasar del Dios con nosotros, que es Cristo, al Dios en nosotros, que es el don del Espíritu que Cristo ganó para nosotros. Apréndase esas tres proposiciones para aplicarlas a la Santísima Trinidad, apréndaselo porque le conviene. Dios para nosotros, así se ha mostrado Dios Padre. Dios con nosotros, ese es el Emmanuel, ese es Jesucristo. Dios en nosotros, esa es la efusión del Espíritu Santo. Padre, Hijo y Espíritu Santo.

En esta fiesta bellísima de la Encarnación del Hijo de Dios, lo que estamos contemplando es al Dios con nosotros, y ese Dios con nosotros se convierte en nuestro Maestro, en nuestro camino, en nuestro aliado. Cristo, en el Evangelio de Juan, se da a sí mismo una palabra, que luego la escuchamos, sobre todo, atribuida al Espíritu Santo. Cristo, en el Evangelio de Juan se llama el Paráclito, el que está a tu lado, el que te apoya, el abogado, el que te defiende, el que se pone de tu parte, no importa lo que haya sucedido en tu vida, no importa los errores que hayas cometido, el Emmanuel, este Dios encarnado es Dios puesto a favor nuestro, es Dios que se ha declarado a favor nuestro. Esa fue la solución que encontró Dios.

Entonces, ¿quiénes viven con mayor intensidad y con mayor alegría esta fiesta de la Anunciación a María y de la Encarnación del Hijo de Dios? Pues se vive con más intensidad esta fiesta en la medida en que uno crece en lo que hemos dicho, es decir, en ese anhelo inmenso de infinito, en esa conciencia humilde de los propios límites y en esa fe, esa fe intensa, viva, ardiente, que afirma una y otra vez: Dios puede hacerlo. Cuando terminaba un retiro espiritual, esto me sucedió hace años. Ustedes saben que es frecuente que las personas den testimonios cuando terminan los retiros espirituales.

Una señora tomó el micrófono y comentó, en su testimonio dijo: Yo sé que yo no soy una persona fácil. He tenido conflictos con muchas personas. Mi vida no ha sido sencilla. Pero les quiero decir algo, y este fue el resumen de su testimonio, Dios pudo conmigo, Dios pudo conmigo. Eso es lo que nos dice la Encarnación, que Dios no se va a detener frente a nuestras limitaciones, que necesitamos abrir la puerta de la fe y necesitamos decirle como el profeta Isaías: Rasga el cielo y baja. Te necesito en mi vida, te necesito en mi casa, te necesito en mi corazón, te necesito en mis circunstancias.

Si usted es una persona casada, dígale a Cristo: Te necesito en mi matrimonio. Usted es una persona anciana, dígale a Jesucristo: En mi vejez te necesito. Usted es una persona enferma, dígale a Jesucristo: Te necesito en mi dolor, en mi soledad, en mi enfermedad. Usted tiene su noviazgo, dígale a Jesucristo precisamente para que ese noviazgo llegue a su culminación y sea bendición para ambos, dígale a Cristo: Te necesito en mi noviazgo. Yo, por supuesto, tengo que decirle con toda la humildad de mi alma, tengo que decirle: Te necesito en mi vida, te necesito en mi sacerdocio.

Una última palabra quiero compartir con ustedes, hermanos, la oferta de Dios está, el regalo de Dios está, ahí está ¿quien lo quiere recibir? Pues hoy sabemos quién lo quiere recibir, el corazón humilde, virginal y creyente de María Santísima, ella nos está mostrando qué significa recibir a Cristo. Porque quiero decirte que, así como la Palabra se encarnó y se hizo hombre en las entrañas purísimas de María, así también, de algún modo, la encarnación se quiere repetir en cada uno de nosotros. Y hay textos de la Biblia que nos ilustran en este sentido. Así, por ejemplo, en la Carta a los Filipenses capítulo 2, nos enseña San Pablo diciendo: «Tengan entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo».

Y en otra carta, la Carta a los Gálatas, capítulo 2, llega a decir San Pablo: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí». En la primera carta de Juan encontramos: «El que ha nacido en Dios, el que ha nacido de Dios ya no comete pecado». Esto nos muestra que Cristo no está junto a nosotros únicamente para que le admiremos, porque eso ya podíamos hacerlo en el Antiguo Testamento con la grandeza de Dios Padre. Cristo está a nuestro lado para que nosotros sepamos que esa vida de Cristo es nuestra vida, que los sentimientos de Cristo son nuestro modelo y nuestra referencia, y que cada uno de nosotros, como San Pablo, está llamado a decir: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí.

Y ¿eso qué es? Como una pequeña encarnación. Entonces, necesitamos vivir no sólo esto como una contemplación agradecida, sino como una realidad transformante. Cada uno de nosotros, siguiendo los pasos de María, abriéndose a la humildad, a la fe, a la pureza, cada uno de nosotros está llamado a vivir la encarnación, de manera que Cristo realice su reinado en mí. Por eso, una aplicación muy práctica en esta fiesta de la Encarnación, es que uno se pregunte ¿cuáles son las áreas de mi vida en las que no está reinando Cristo? Imagina que tu corazón es como una casa.

¿Cuáles son los cuartos que no le has abierto, las alcobas, que no le has abierto a Cristo, cuáles son los sectores de tu vida, las épocas de tu vida, las amistades de tu vida, los rincones de tu celular o de tu computador que son escondidos o que tú pretendes esconderle a Cristo? Nada se le puede esconder. Acuérdate de lo que les pasó a Adán y Eva en el paraíso, que después de que pecaron, se fueron ahí entre los árboles, a ver si Dios no los veía. Somos tan tontos los seres humanos, así también es uno. Uno le esconde pedacitos, pedacitos a Cristo: A ver, mi plata la manejo yo. Yo manejo mi plata, este es mi pedazo, el mío. Te va mejor si Cristo está presente en tus finanzas.

Otros dicen: Mi sexualidad la manejo yo, que nadie se venga a meter en mi sexualidad. Te va mejor a mediano y largo plazo, sobre todo, si tu intimidad, tu afectividad, tu sexualidad están regidas por Jesucristo, tus amistades, tu entretenimiento, tu vida laboral. Una consecuencia entonces, de esta fiesta de la encarnación del Hijo de Dios, es que nosotros nos preguntemos ¿dónde está reinando ya Cristo, y dónde falta que Cristo reine? Porque ahí es donde se realizará plenamente el misterio hermosísimo de la encarnación.

Mis hermanos, sigamos esta celebración con inmenso gozo, con gratitud, con los ojos puestos en María, para avanzar en ese triple camino. Acuérdate, humildad, pureza y fe. No quites ninguna de las tres, porque no funciona, no funciona. Humildad, pureza, pureza de corazón, pureza de intención, pureza en las palabras, pureza en el cuerpo. Humildad, pureza y fe, así es como funciona. Y así, el mismo Dios que hizo maravillas, pues el milagro de milagros que es la Encarnación, el mismo Dios que hizo ese milagro en las entrañas de María, hará su obra en cada uno de nosotros. Que la gloria, el amor y la alabanza sean para Él, por los siglos de los siglos. Amén.

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