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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Jesús se hace participe de la vida humana en el Misterio de la Encarnación para que nosotros participemos de la vida divina gracias a su Resurrección.

Homilía anun027a, predicada en 20240408, con 6 min. y 44 seg.

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Transcripción:

Bienvenidos, mis hermanos. Hoy celebramos la Solemnidad de la Anunciación, es decir, la gran fiesta de la Encarnación, que solo sucedió cuando María dio el sí a la propuesta de amor que Dios le hizo. ¿Por qué estamos celebrando la Anunciación en esta fecha? Bueno, porque hay un principio litúrgico en nuestra Iglesia Católica, cuando una solemnidad como es la Anunciación, cae en tiempo de Semana Santa, se posterga su celebración hasta después de la octava de Pascua. Es algo así como el primer día libre para hacer esta gran festividad y darle su importancia.

Pero ya que en esta oportunidad quedan como mezcladas la Encarnación y la celebración de la Pascua, porque de hecho seguimos en tiempo pascual, es interesante, y que el Espíritu Santo nos ayude, es interesante preguntarnos precisamente por la relación entre la Anunciación y la Pascua. O podríamos decir, entre el misterio de la Encarnación, que es lo central en la Anunciación y el misterio de la glorificación, que es lo central en la Pascua. Fíjate que la encarnación es el comienzo de la vida terrena de Cristo y la glorificación, que tiene su comienzo en la resurrección, que por eso la llamamos la gloriosa resurrección, es el final de la vida de Cristo. De manera que esta coincidencia litúrgica, que se presenta este año, nos invita a mirar al principio y al final de la vida de Cristo.

Pero atención que hay más todavía. Mira que la encarnación es el gran misterio por el que nosotros celebramos que Dios ha asumido nuestra naturaleza, Dios se hizo hombre, o como dice bellísimamente el evangelio de Juan: «El Verbo se hizo carne». Pero si nosotros nos preguntamos cuál era el propósito de la Encarnación, solo hay una respuesta posible. El propósito de la Encarnación era que nosotros pudiéramos acceder a la vida divina, que nosotros pudiéramos tener vida, como dice el mismo Cristo: «Yo he venido para que ustedes tengan vida y vida en abundancia». Para eso ha venido Cristo, ese es el propósito de la Encarnación. La vida que viene Cristo a darnos no es simplemente esta vida natural, la vida que Cristo viene a darnos es la vida de la gracia, es la vida en el Espíritu, o como la llaman los Evangelios, la vida eterna. Lo que Cristo viene a traernos es el don de la vida eterna. Lo cual explicita, hermosamente, el apóstol San Pedro cuando dice que nosotros hemos sido hechos partícipes de la vida divina. Entonces, ahí se une todo, Cristo se hizo partícipe de la vida humana, recibiendo una naturaleza humana tomada de las entrañas de María. Cristo se hizo partícipe de una vida humana, para que finalmente nosotros fuéramos hechos partícipes de una vida divina. Y Él participó de la vida humana en el misterio de la Encarnación, y nosotros hemos recibido la gracia, el regalo de participar de la vida divina, gracias a su resurrección.

Por eso nos dirá, por ejemplo, el apóstol San Pablo, que en el bautismo nosotros hemos sido sumergidos en su muerte, para también tener parte en su vida. De tal manera que la resurrección de Jesucristo es la fuente de la vida nueva para nosotros. Si en la Encarnación Cristo se hizo partícipe de la vida humana, gracias a su resurrección, nosotros somos hechos partícipes de la vida divina. Y por eso, estos dos misterios nos invitan como a mirar cada uno hacia el otro, mirar la encarnación en relación a la glorificación, y mirar la glorificación en relación a la encarnación. Porque la resurrección fue, no la resurrección de la naturaleza divina, efectivamente, Dios de ninguna manera muere, fue la resurrección de esa naturaleza humana que Cristo había asumido por amor y había tomado de las entrañas purísimas de María.

O sea que María está también en el misterio de la resurrección, porque esa naturaleza que María, por designio de Dios, le dio al Mesías, esa es la naturaleza que resucita. Podríamos decir, aunque la expresión es un poco, requiere una cierta extensión del pensamiento, podríamos decir que la carne que resucita es la carne que María le dio. Entonces, en la encarnación, Él recibe esa carne de María, que luego, en la resurrección, por obra del Espíritu, por el poder del Padre, se levanta victoriosa.

Qué hermoso hacer este ejercicio de contemplación, qué hermoso encontrar a María al principio y al final de la vida de Cristo, para también nosotros entender que nuestra vida cristiana de algún modo tiene que nacer en María, ser guiada por María y encontrar en el ejemplo y la oración de María su feliz conclusión. Feliz día, feliz bendición para todos. Amén.

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