Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Pidamos al Señor que podamos valorar mucho más nuestros cuerpos y el don de la virginidad en la Iglesia y en la sociedad.

Homilía anun023a, predicada en 20210325, con 6 min. y 58 seg.

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Transcripción:

El 25 de marzo nuestra Iglesia Católica celebra la Anunciación a María Santísima y la Encarnación del Hijo de Dios. Una fecha preciosa, una fecha que a mí personalmente me transporta a mi infancia, porque mi parroquia en mi infancia y adolescencia, fue y sigue siendo la parroquia de la Anunciación, aquí en la Arquidiócesis de Bogotá. Desde aquí mi saludo a los vecinos, parroquianos y, por supuesto, al párroco de la Anunciación. Bien, entonces hay tanto para decir de la Anunciación la grandeza de un Dios que se humilla por ejemplo, el lugar de la ternura, el valor de la voluntad humana cuando se abre a Dios.

En esta ocasión quisiera que compartiéramos una pequeña reflexión sobre el don de la virginidad. Para muchas personas la palabra virginidad está asociada con anécdotas, con burlas, con chistes, con un pasado imposible de recuperar, con los tabúes del pasado, las represiones de las mujeres. Es decir, cuesta trabajo y créeme que lo estoy intentando, cuesta trabajo encontrar un uso positivo de la palabra virgen. Por supuesto, para nuestro pueblo sencillo, hablar de la Purísima y hablar de la Virgen María significa mucho. Pero, quitando ese aspecto de la piedad popular, es muy difícil encontrar una valoración positiva de la virginidad. Aunque sí hay una, si nos gusta encontrar y si nos gusta hablar de selva virgen, lo que no ha sido tocado, lo que no ha sido perturbado por el ser humano. Puede decirse que la naturaleza intacta en toda su fuerza y belleza, es algo que sigue atrayendo, y tal vez en el lenguaje común, no religioso, ese es, que yo me acuerde, el único uso positivo de la palabra virgen en nuestra cultura.

Pero, pero ahí está precisamente ella, ahí está María para ayudarnos a descubrir qué puede significar este don tan grande. Tal vez, la manera de acercarnos siempre con respeto al don de la virginidad es descubrir cómo se guardan los tesoros, cómo se guardan los tesoros. Mira, lo que es valioso, lo que es realmente valioso, no es para todos. Lo que es íntimo de tu corazón no lo compartes con cualquiera. La inmensa mayoría de la gente tiene una especie de conciencia como instintiva, es algo que está en nosotros, la conciencia de que nuestro cuerpo tiene un valor. Por eso la gran mayoría de las personas no abrazan a cualquiera, no besan a cualquiera, no se acuestan con cualquiera. De hecho, si una persona sale de esa valoración, que es como natural del cuerpo humano, si una persona sale de ese esquema, y es una persona que se acuesta con cualquiera, por ejemplo, o que besaría a cualquiera, ¿cuánto valen esos besos?, ¿cuánto vale ese cuerpo? De hecho, se suele utilizar en español una expresión que es muy dura, y como en tantas otras cosas, hay un cierto sesgo que perjudica a la mujer, para decir que una mujer realmente es de muy poco valor, ¿qué se dice? Es una cualquiera, una cualquiera.

Entonces, por ahí podemos empezar a descubrir lo que significa el don virginal, aquella persona que tiene conciencia de lo que vale su cuerpo. Es una persona que no lo entrega porque sí, ni por juego, ni simplemente por aprender. Es una persona que sabe que su cuerpo sí, esa es su vocación, si su vocación es de pareja y de familia, sabe que su cuerpo es demasiado valioso, y quiere dar el tesoro de ese cuerpo a quien realmente lo merezca, a quien realmente lo valore. Por eso decía una señora en un retiro de jóvenes, esto fue hace muchos años, les decía a estos jóvenes de ambos sexos, les decía, siendo ella una mujer casada, decía yo no perdí mi virginidad y la gente se miraba así como un poco diciendo, que nos está diciendo, si conocemos sus hijos. Yo no perdí mi virginidad, decía ella, y luego añadía con una sonrisa de gran pureza y de gozo decía: -Es que yo no la perdí, yo la entregué y la entregué al único que podía merecerla, el que es hoy mi esposo y padre de mis hijos. Por supuesto, estas reflexiones valen también para nosotros los hombres. Repito, debemos quitar ese sesgo que recarga todo en la mujer. Nosotros estamos llamados, cada uno según su vocación.

En el caso de María Santísima, su cuerpo destinado a ser sagrario del Espíritu Santo, y destinado a ser el lugar de bodas entre la naturaleza divina y la naturaleza humana, estaba reservado para quien estaba reservado, no para nadie más. Por eso ella es la siempre Virgen, y por eso el don de la Encarnación no viene a perturbar la serenidad ni alterar el aroma de esta pureza de María, sino que, al contrario, lo resalta, lo consagra y de alguna manera lo hace patente a todos. Demos gracias a Dios en esta fiesta que es de María y de Jesús. Anunciación a María, Encarnación de Jesús. Y pidamos al Señor que podamos valorar mucho más nuestros cuerpos y el don precioso de la virginidad en la Iglesia y en la sociedad.

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