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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El milagro de la Encarnación en el conjunto de la Historia de la Salvación

Homilía anun022a, predicada en 20200325, con 19 min. y 16 seg.

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Transcripción:

Amados hermanos, este es un día de gozo, un día que nos invita a la gratitud y a la alabanza. En este día, brilla la misericordia de Dios con un fulgor incomparable. En este día, el poder de Dios se muestra de un modo que llena de asombro no solo a los hombres, sino a los mismos ángeles. Estamos hablando del milagro de la Encarnación, estamos hablando de aquellas palabras preciosas que hemos recordado en la aclamación antes del Evangelio: «La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria». Palabra que ha llegado a nuestra vida, milagro incomparable y que, sin embargo, aún siendo único, para mejor entenderlo, mis hermanos, conviene situarlo dentro del conjunto de esa historia de amor que llamamos, la historia de la salvación. Conviene mirar este milagro, este acontecimiento único, como la culminación de toda una historia precedente y el comienzo de toda una obra maravillosa que tendrá su plenitud, como nos dice San Pablo, cuando Dios sea todo en todos.

Y ¿cuál es esa historia precedente? La carta a los Hebreos lo sugiere cuando nos dice: «De muchas maneras habló Dios a nuestros padres por medio de los profetas. En estos tiempos, que son los últimos, nos ha hablado por medio de su Hijo». O sea que según la Carta a los Hebreos, hay una historia anterior que la podemos llamar, un diálogo. Dios ha entrado en diálogo con la humanidad, y ese diálogo tiene un momento fundamental cuando el Señor le habla a Abraham y lo llama, y le promete que de él va a ser un pueblo, y le promete que él va a ser bendición. Y esas palabras tienen que quedar grabadas en nuestro corazón, amados hermanos, porque la vida sin Dios solo merece el nombre de maldición. Pero Dios promete bendición, Dios promete victoria y por eso se construye un pueblo a partir de la descendencia de Abrahán. Y se establece así un diálogo, porque Dios habla con Abrahán y acepta la voz de Abrahán. Así, por ejemplo, antes de la destrucción de las ciudades corruptas de Sodoma y Gomorra, antes de esa destrucción, Dios escuchó a Abrahán que le hablaba. O sea que Dios ha querido conversar con su criatura, y esa conversación se irá haciendo más intensa, más profunda, más luminosa, en esa que llamamos, la historia de la salvación.

Por eso, hay que recordar aquí también a otro hombre grande, aquel hombre santo, Moisés, el hombre que le otorgó la ley y la alianza al pueblo elegido. Si lo piensas bien, esa ley era un paso más en el diálogo del amor de Dios, porque de esa ley, dice el libro del Deuteronomio: «¿cuál de las naciones tiene dioses tan cercanos como está nuestro Dios siempre que le invocamos?» Y también de esa ley, dice el mismo libro del Deuteronomio: «Las demás naciones, cuando conozcan estas leyes, van a decir: en verdad ese es un pueblo grande, ese es un pueblo sabio y santo». Efectivamente, la ley es un paso muy grande para que se haga realidad aquella bendición que Dios le prometió a Abrahán. La ley ilumina la conciencia, la ley ayuda a que no nos digamos la mentira homicida, la mentira destructora. Y esa mentira destructora está denunciada en el profeta Isaías: «Ay de aquellos que llaman mal al bien, o llaman bien al mal», ay de aquellos, esa es la mentira homicida.

Pero de esa mentira homicida nos rescata el testimonio de Moisés. A medida que nosotros educamos nuestro oído y nuestra mente en los santos mandamientos de Dios, va despertando y manteniéndose lúcida nuestra conciencia. Y así, podemos escoger con mayor certeza lo que es bueno y evitar con mayor fuerza lo que es malo. Dios, además en esta historia preciosa, selló una alianza con su pueblo a los pies de la montaña Santa, el Sinaí. Es tan grande esta ley que uno podría preguntarse, qué le hacía falta. Es tan bella esta alianza, incluso con sus hermosas celebraciones, con su liturgia, la liturgia que luego se realizaría en el templo edificado por Salomón. Es tan grande esta ley que uno podría preguntarse, qué hacía falta. Ya parece que Dios había bendecido a ese pueblo y ya parece que le había mostrado un camino, un camino de rectitud, un camino de bendición.

Se supone que ya estaba todo, pero no es así. Faltaba algo muy importante a la ley, la ley efectivamente muestra la gravedad del pecado y las consecuencias irreversibles del pecado que llegan hasta la muerte eterna, eso lo muestra la ley. La ley también muestra las inmensas bendiciones que Dios reserva para los que le aman y le obedecen. La ley, por ejemplo, muestra cómo el plan de Dios es llenar de vida, de amor, de unidad y de alegría a su pueblo, su pueblo amado, el pueblo que está llamado a amarle y a obedecerle. Pero en esa alianza, también descrita por el Antiguo Testamento, hay una parte que no funciona. Dios había dicho en el libro Levítico: «Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo».

La ley solo funciona, la ley solo da su fruto si nosotros somos fieles a ella, si nosotros cumplimos lo que la ley manda. Y ahí es donde está el problema, es decir, más que problema, la deficiencia de la ley de Moisés. La ley de Moisés se quedaba corta porque, aunque prometiera grandes bendiciones para quienes la obedecieran, no daba la fuerza interior. Como lo fueron mostrando uno por uno los profetas, y también en esos profetas seguía el diálogo precioso de Dios con la humanidad, como lo mostraron claramente los profetas, la enfermedad está aquí, la enfermedad está en el corazón, el corazón del ser humano. La fuerza, el atractivo que encontramos en la inmediatez, en la belleza de las criaturas, hace que muchas veces, como ya denunció San Agustín, y comentábamos estos días, hace que muchas veces le demos la espalda al Creador. Escogemos lo inmediato, escogemos el bien inmediato, escogemos la fruta dulce, escogemos aquello que parece que cuesta menos esfuerzo.

Y ejemplo de que esto es así lo tenemos desde el comienzo de esta historia de salvación, allá en el paraíso, según el relato preciosamente simbólico del Génesis. Aquella mujer, Eva, y luego su esposo, mayor fue la fuerza del ataque del enemigo contra Eva, menos se necesitó para derribar a Adán. Aquella mujer, ay, aquella mujer. Ella escogió lo que le parecía más a la mano, lo que le parecía más fácil, lo que le parecía más próximo. Hermanos míos, las consecuencias del pecado están, entre otras cosas, en una mayor inclinación a pecar, y la inclinación a pecar es la inclinación a escoger lo que es más fácil, lo que está más a la mano, lo que cuesta menos esfuerzo, lo que es más inmediato. Por eso, mis hermanos, es grande la tragedia de la humanidad.

Pero, ¿qué hizo Dios? Se quedó entonces en derrota, viendo que su criatura amada, el ser humano, a pesar de mostrarle el camino de la ley, seguía el camino de la rebeldía y del pecado, ¿se quedó Dios inactivo, distante o se llenó tal vez de ira y deshecho para siempre? No, mis hermanos, a través de sus profetas, especialmente de Jeremías y de Ezequiel, pero también hay que contar ahí a Joel y a Malaquías y a tantos otros. A través de sus profetas, empezó a hablar de una Nueva Alianza. Nueva Alianza, y ¿cuál es esa Nueva Alianza?, mis amados hermanos, esa es la que se va a realizar en Jesucristo. ¿Por qué había que dar esta Nueva Alianza? Porque lo que estaba dañado era el corazón humano. Bien dijo el profeta Jeremías en el capítulo 17 de su libro: «Nada más falso y enfermo que el corazón, ¿quién lo entenderá?» Corazón corrupto, corazón corrupto, corazón mal inclinado, cerviz dura, que no sea baja, que no se inclina ante Dios.

Una Nueva Alianza, y el profeta Ezequiel nos habla sobre cómo será esa Nueva Alianza. En esa Nueva Alianza habrá un nuevo corazón y en esa Nueva Alianza habrá abundancia de espíritu. Y el profeta Joel también anuncia «ekcheo apo tou pneumatos mou epi pasan sarka», que se traduce: «Derramaré de mi Espíritu, sobre toda carne». Es decir, que Dios, que ya nos había dado la ley por Moisés, anuncia una Nueva Alianza que sí va a ser permanente, eficaz, real y eterna, porque esa Nueva Alianza tiene un nuevo corazón.

Y ¿cómo se llegó a esa Nueva Alianza? Pues mis hermanos, el paso más importante de esa Nueva Alianza es el que recordamos hoy, hoy en la fiesta de la Anunciación, porque no hay lugar donde sea más perfecta la unión entre Dios y el hombre que en la persona adorable de nuestro Señor Jesucristo. Como bien enseña la Santa Iglesia Católica, Él es verdadero Dios y verdadero hombre, pero no es dos personas, sino una sola persona. Misterio que, por supuesto, desborda nuestra inteligencia. Misterio que va mucho más allá de lo que nosotros podemos comprender, pero misterio que es tan real como tu carne y la mía, así de real es la carne del Hijo de Dios. Por algo decía san Ireneo: «La carne es el quicio fundamental, es el eje de la salvación». «Caro cardo Salutis» es la frase de San Ireneo en su lengua original, en latín.

La carne de Jesucristo, tan real como la nuestra. Carne que luego entregaría Él en el suplicio, en el sacrificio de la Cruz, esa carne bendita es la que nos muestra la Nueva Alianza. Podemos decir que Cristo mismo es la expresión, Él es el sacerdote de la Nueva Alianza, el único Sumo y Eterno Sacerdote de la Nueva Alianza. Pero es que Él mismo, Él es la Nueva Alianza y por eso, el corazón de Jesús, bendito, bendito corazón de Jesús, por eso el corazón de Jesús es el lugar de la Alianza.

Pero si tú me preguntas en dónde se celebró esa alianza, en dónde se realizó esa unión que la Iglesia llama con una palabra misteriosa, unión hipostática. Hipóstasis quiere decir aquello que está debajo, aquello que es subiectum, aquello que es el sujeto. Esa unión en un solo sujeto, en una sola persona de la naturaleza humana y de la naturaleza divina, esa unión ¿dónde, dónde se realizó? Se realizó en las entrañas de María, se realizó en las purísimas entrañas de la Virgen, y se realizó, nos enseña San Agustín, primero en el corazón de ella. Dice Agustín, la encarnación sucedió primero en el corazón de ella, cuando ella aceptó el misterio, un misterio que desbordaba la inteligencia de ella, la comprensión de ella, como desborda nuestra comprensión. Pero una vez que ella tuvo certeza de que era Dios el que lo quería y era Dios el que lo podía, a ella no le interesó comprenderlo, sino vivirlo, obedecerlo, y por eso dijo las palabras que hemos escuchado en el Evangelio: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra».

Este Cristo bendito, este Señor y Salvador, nuestro Jesucristo, es el que realiza en sí mismo lo que la ley de Moisés no podía, es el que lleva a plenitud lo que fue prometido a Abraham. Por eso, disputando alguna vez con los judíos, dice nuestro Señor Jesucristo: «Abrahán vio mi día y se alegró». Jesucristo es la alegría de Abrahán, porque esa bendición que a través de la fe de Abrahán entró en la tierra, solo llegará a toda la tierra a través de nuestro Señor Jesucristo. Solo a través del Señor, solo a través de su sacrificio, solo a través de su amor.

Porque debes saber que Cristo ofreció esa carne que recibió de las entrañas purísimas de María, la ofreció por ti y por mí. Y hay prueba en la Escritura de que Él quiso orar por ti y por mí. Efectivamente, en el capítulo 17 de San Juan, es decir, a las puertas mismas de su pasión, mira lo que dice Jesucristo, qué admirable, es cosa que a uno lo conmueve, mis hermanos, orando a su Padre celestial, según aparece en ese capítulo 17 de San Juan, Cristo dice: «No te ruego solo por ellos, por los apóstoles que tenía ahí, te ruego también por los que van a creer, por la palabra de ellos». Cristo, estando a pocas horas, casi minutos de iniciar ese sacrificio cruel, sangriento, espantoso, que fue su pasión, estando a minutos como sacerdote, ofrece la carne, no carne de cordero o de cabrito, ofrece su propia carne. Por eso Él es el sacerdote y Él es la víctima.

Y Cristo ofrece su propia carne por nosotros en la Cruz, orando, habiendo orado por nosotros primero. Es muy importante que tú sepas que Cristo ha orado por ti y que Cristo ha ofrecido su sangre por ti. Y ese es el mismo Cristo que se hace presente en este divino sacrificio de la Eucaristía. Y es esa carne, y es esa sangre la que nosotros tenemos aquí, y eso es lo que comulgamos santamente, y transformados así por el poder de Cristo, nos hacemos receptores que acogen la gracia del Espíritu Santo para que se cumpla lo que dijo Ezequiel, que tengamos un corazón nuevo y un espíritu nuevo.

Hermanos, hermanos míos, qué palabras, qué palabras podrán ser suficientes para decirle al Señor, gracias, gracias, gracias por tanto que has hecho. Gracias por tanto amor. Y cómo no dirigiremos nuestra mirada a la Santa Virgen para con lágrimas decirle, gracias, gracias por haber dicho que sí, gracias por haber aceptado, gracias por haber creído. Bienaventurada eres, María, porque has creído, le dijo su pariente Isabel, como consta en ese capítulo primero del Evangelio según San Lucas.

Hermanos míos, sigamos esta celebración amando a Cristo, adorando a Cristo, alabando a Cristo, agradeciendo a Cristo. Estos son los prodigios que alimentan nuestra fe. Y suceda lo que suceda, suceda lo que suceda, aunque haya tragedias en la naturaleza o en la humanidad, nada puede destruir el amor con el que hemos sido amados, con esa esperanza, con ese gozo, sigamos esta celebración. Amén.

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