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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Vínculo estrecho entre el misterio de la Encarnación, el milagro de la Eucaristía, y la presencia profética de la vida consagrada en la Iglesia.
Homilía anun018a, predicada en 20170325, con 17 min. y 47 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos, nuestra Iglesia Católica celebra hoy la Solemnidad de la Encarnación del Señor. Hemos escuchado en el relato evangélico, cómo Dios toca a la puerta del corazón de la voluntad de la Santísima Virgen. Ahí tenemos ya una enseñanza para nosotros, Dios espera nuestra respuesta, nuestra respuesta libre, nuestra respuesta generosa. No aplasta, no invade, no se impone. Dios propone, Dios invita. María responde, movida por la gracia, con un sí, un sí que hace posible el milagro de la encarnación.
La Carta a los Hebreos, en el pasaje que hemos oído, nos recuerda algo fundamental, que ese cuerpo formado por Dios en las entrañas de María, es el que ha sido ofrecido para que nosotros seamos consagrados y santificados. Es decir que, el milagro de la encarnación está vinculado, desde el principio, a la ofrenda sacrificial en la cruz. O como dicen hermosamente los padres de la Iglesia, Cristo todo lo que recibió de nosotros, lo entregó por nosotros. La existencia del Señor está marcada por ese nivel de amor. Es lo que recordamos también en el Credo: «Por nosotros y por nuestra salvación se encarnó y se hizo hombre». Ser amados en ese nivel, en esa profundidad, en esa extensión, es precisamente lo que nos libera del encanto de los diversos ídolos de este mundo. Cuando nos sentimos, cuando nos reconocemos amados hasta el extremo, el corazón empieza a desatarse de las muchas cadenas que con facilidad lo limitan y lo aprisionan. Porque uno cae en el pecado y uno cae en idolatría, porque busca, por ejemplo, felicidad, o porque busca compañía, o porque busca amor, o porque busca alegría.
Pero cuando llega ese amor, ese nivel de amor, ese Cristo que nada tiene sino para dar, cuando uno se encuentra con ese Cristo, en Él, lo encuentra todo. Y por eso, el que de verdad se ha encontrado con Cristo, se libera de todas esas cadenas, de todas esas ataduras. Lo que es imposible para el mundo, no es imposible para Dios. Estas señales de libertad fueron las que acompañaron toda la vida de Cristo. Vemos que su vida es una vida pobre, casta y obediente. La libertad frente a los bienes de este mundo, la libertad frente a los afectos de este mundo, la libertad frente a los planes de este mundo, esa triple libertad de Cristo, esa es la que muestra lo que Él también nos concede. De modo que, el que va encontrando a Cristo en su verdadera dimensión se libera de codicias, se libera de la seducción del placer, se libera del capricho.
Ese milagro de amor que es Jesucristo caminando por los caminos de nuestra tierra, equivale muy bien y realiza en plenitud lo que dijo el profeta Isaías: «Qué hermosos son sobre los montes los pies del que trae la Buena Nueva». Jesucristo es la Buena nueva, porque su manera de amar es libre. No está subyugado, no está encadenado ni por codicias, ni por placeres, ni por caprichos, Él es la Buena Nueva. Pero entonces, viene una pregunta, una vez que Cristo ha entregado su vida en la cruz, ha resucitado y está más allá del alcance de nuestros ojos, entonces, ¿cómo encontrarnos con esa manera de vivir y de amar? Es ahí donde el Espíritu Santo, el mismo Espíritu que realizó la encarnación de Cristo, hace su obra en la Iglesia.
Algunas mujeres y algunos hombres sienten un llamado, un susurro del Espíritu. Ese llamado, es el llamado a reproducir cada uno en su propio tiempo y en sus propias circunstancias, la manera como vivió Cristo, y ese es el origen de la vida religiosa. Una religiosa, un religioso es, en su corazón, una persona que ha escuchado ese susurro del Espíritu y esa fuerza del Espíritu Santo, repito, el mismo Espíritu que hizo la Encarnación, para ser como una especie de señal de la encarnación de Cristo. El religioso que vive sus votos, tristemente hay imperfecciones, hay caídas, hay grietas, hay traiciones, tristemente. Pero el religioso que sí vive sus votos, esta mostrando la frescura, la belleza, el perfume del corazón de Jesús en cada época. De modo que, en la libertad frente a los bienes de esta tierra, en la libertad frente a los afectos de esta tierra y en la libertad frente a los planes y proyectos de esta tierra, el religioso es como una especie de señal permanente de la Encarnación. Es algo que se acerca bastante a un milagro. Algo que se sostiene, como se sostiene un milagro.
Hay una relación muy íntima entre la vida religiosa y la Eucaristía. Por eso la Iglesia quiere que las profesiones religiosas se hagan dentro de la Eucaristía, porque en la Eucaristía también sucede algo parecido a la Encarnación, para que cada uno de nosotros pueda alimentarse con Cristo, pueda alimentarse de Cristo, quiero decir, con la misma intensidad y cercanía que tuvo la Santísima Virgen, para eso está la Eucaristía. Cada persona que comulga santamente está recibiendo, sin ningún intermediario, el mismo amor de aquel que caminó en Galilea y que murió en la cruz. Usted ve la relación hermosa que hay entre la encarnación, la Eucaristía y la vida religiosa. La Encarnación hace posible aquel cuerpo que Cristo ofreció por nosotros cada día y cada noche. La Eucaristía hace posible que, en todas las épocas, nos alimentemos de ese mismo amor en su misma fuente, como dice Santo Tomás de Aquino.
Y la vida religiosa es una presencia de ese modo de ser de Cristo, ¿en donde? En Villavicencio, en Mesitas, en Bogotá, en Baton Rouge, en Toulon, en Popayán. Cada religioso, por virtud de su profesión, está haciendo como una especie de presencia eucarística ahí donde está. Este ideal nos rebasa, este ideal permanece siempre como una especie de llamado que nos cuestiona y que nos invita y que nos mueve. En más de una ocasión, mirando lo que hemos de ser, nos podemos sentir incluso desanimados por nuestra fragilidad. Pero repito, hay esa relación entre estos tres misterios la Encarnación, la Eucaristía y la vida consagrada. De modo que el consagrado, que se siente corto, que se siente incoherente, que se siente agrietado, debe saber a dónde tiene que acudir. Tiene que renovar su unión de amor con aquel que se encarnó a través de la oración, sobre todo, y tiene que volcarse sobre la Eucaristía. La adoración a Cristo en la Eucaristía hará posible que ese Cristo cada vez viva más en nosotros.
Por estas razones, amados hermanos, he pedido en mi condición de superior temporal de Comisario de los Misioneros, he pedido y he dispuesto, las dos cosas, que esta ceremonia de votos la tengamos el día de la Anunciación, el día de la Encarnación, porque es una fecha sumamente apropiada. Con el deseo de que estos hermanos, que hoy hacen su primera profesión, y con el deseo de que los hermanos que renuevan su profesión, contemplando con gozo el misterio de la Encarnación, se sientan muy amados y muy cuestionados por Jesús, lo mismo que los que ya llevamos un tiempo en este caminar, y con el deseo de que al comulgar en esta Eucaristía y en cada Eucaristía, cada uno de nosotros renueve ese sentido de su propia vida consagrada.
Vamos, pues, a continuar esta celebración. Vamos a pedir al Señor que haga grande su obra. Sabemos muy bien que esta congregación religiosa ha tomado, desde sus orígenes, una opción que la vincula todavía más con el misterio de la Encarnación. Dice San Pablo en la carta a los Filipenses: «Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. Al contrario, se anonadó a sí mismo». Y desde el principio, la comunidad de misioneros de Cristo Maestro ha bebido de esa espiritualidad. La espiritualidad del abajamiento, como lo vamos a escuchar en la fórmula de profesión de nuestros hermanos. El deseo expreso de esos votos es: -Quiero ir donde nadie quiere ir. Son valientes ellos, quiero ir donde nadie quiere ir, quiero bajar, descender. Mientras el lenguaje del mundo es: -Quiero subir, quiero que me honren, que me aplaudan, que me reconozcan, que me obedezcan. El lenguaje de los misioneros de Cristo Maestro es, quiero bajar, en el servicio a los pobres, singularmente en la persona de los niños, los enfermos abandonados, los que llegan a convertirse incluso, en un estorbo para sus familias.
Es muy importante, cuando presenciamos a estos jóvenes que renuevan sus votos, es muy importante que entendamos que las fuerzas de ellos no van a ser suficientes, esto humanamente no se logra. Es muy importante que nosotros, o sea todos ustedes, familiares, amigos, sean buenos amigos de ellos, sobre todo orando, aconsejando, ayúdennos a ser fieles. ¿Por qué estoy yo aquí? Porque la Iglesia, a través del obispo que ha acogido esta comunidad y de otras autoridades, está diciendo, queremos que esto tome fuerza. Por favor, ayuden ustedes también ayuden, ayuden a los religiosos a que sean fieles en su vocación, ayúdenlos a que vivan en plenitud sus votos de manera que puedan verdaderamente expresar eso que hemos dicho en esta reflexión, en esta homilía, puedan expresar esa presencia de Cristo.
Vamos a apoyarlos, vamos a orar por ellos, vamos a pedir al Señor que sigan avanzando en su camino. Vamos a orar también por aquellos que, en algún momento, han tenido que retirarse o han tenido que ser retirados. No se nos olvide que esta es una congregación religiosa, pero esta no es toda la Iglesia. O sea, de ninguna manera le estamos diciendo a una persona si le toca retirarse, de ninguna manera le estamos diciendo que, esa persona queda por fuera del plan de salvación, claro que no, es muy importante que eso también quede claro. Y las personas que por cualquier motivo han tenido que retirarse son personas que siguen en nuestra oración. También tenemos muy presente en esta celebración a un hermano nuestro que por razones geográficas no puede estar aquí, pero que hoy está renovando también sus votos. El hermano César se encuentra en Estados Unidos, no puede venir aquí para renovar su profesión religiosa, pero hace esa renovación en el lugar donde se encuentra, también está en nuestra oración.
Sigamos, pues, mirando hacia Jesucristo y con un propósito de que todos vamos a ayudar. Familias ayuden, amigos, benefactores, ustedes religiosas de Cristo Maestro, ayuden con el testimonio, ya lo están haciendo, ya lo están haciendo con el testimonio, con la amistad, con algún consejo en un momento, se puede ayudar a un religioso que está confundido, que está atribulado. Y ahí vamos dando pasos y en el nombre del Señor sabemos que lo que Él ha dado, Él quiere cuidarlo y quiere llevarlo a plenitud.

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