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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
En el misterio de la Encarnación se revela el misterio de la Trinidad.
Homilía anun012a, predicada en 20130408, con 7 min. y 58 seg. 
Transcripción:
Hermanos, en la fiesta de la Anunciación interviene todo el misterio trinitario. Es únicamente la segunda persona de la Trinidad, el Verbo de Dios, quien se encarna, pero eso no significa que sea una obra únicamente de este Verbo, de esta Palabra eterna de Dios. Las lecturas nos presentan, de una manera muy pedagógica, cómo el misterio de la Anunciación implica todo el misterio de Dios y, de hecho, revela este misterio.
Nos muestra, por ejemplo, la segunda lectura, cómo Cristo, al encarnarse, toma sobre sí una obediencia perfecta. Y uno puede mirar la obediencia del Hijo hacia el Padre, pero puede mirar también que esa perfecta obediencia hace de Cristo la imagen visible del Dios invisible. Es decir, no miremos la obediencia únicamente desde el ámbito de la voluntad, desde el ámbito de, yo quiero lo que mi Padre quiere, o yo hago lo que mi Padre me manda, la obediencia de Cristo podemos mirarla también como la perfecta revelación que el Padre hace de sí mismo en la persona de su Hijo.
Voy a tratar de explicarme con la ayuda de Dios, vamos a pensar en un escultor, un escultor en el bronce, por ejemplo, con el bronce o con el hierro. Lo que necesita el escultor es tomar esa inspiración, esa idea que tiene y plasmarla en ese metal. Y lo que necesita de ese metal, es la absoluta, la perfecta docilidad, y ese es el desafío técnico que tiene, cuando logra la perfecta docilidad del metal, entonces la idea exacta que tiene queda plasmada ahí. Si el metal no fuera completamente dócil, si no fuera un metal que respondiera a la intención del escultor, entonces una cosa sería la idea del escultor y otra cosa sería la escultura. Es la docilidad del metal, docilidad que cuesta trabajo conseguir, pero es la docilidad del metal la que hace que la idea que tenía el escultor sea luego la escultura.
Ahora, cambia la palabra docilidad por otra muy semejante obediencia. La perfecta obediencia de Cristo, la perfecta docilidad de Cristo, hace de Cristo la expresión plena, la expresión perfecta y perdurable de la caridad del Padre, de la sabiduría del Padre, de la hermosura del Padre. Y esto es lo que permite que luego Jesucristo le diga al apóstol Felipe en la última Cena: «Quien me ve a mí, ve al Padre». Es el mismo misterio, la absoluta docilidad de Cristo, la perfecta docilidad de Cristo, hace que aquello que está en la mente eterna del Padre, la Palabra eterna, como el Padre esté ahora presente con nosotros, Él es el Dios con nosotros y está presente con nosotros. Y por eso Cristo puede decir: «El que me ve a mí, ve al Padre».
Esta misma docilidad de Cristo encuentra un eco bendito, hermosísimo, en la docilidad de la Santísima Virgen María. Ya sabemos cómo termina el pasaje de hoy, ella responde al final: «Yo soy la esclava del Señor. Cúmplase en mí, como tú has dicho». Es decir, la obediencia de Cristo se encuentra con la obediencia de María. La docilidad del Hijo al encarnarse, se encuentra con la docilidad de aquella que, movida por el Espíritu, convencida por el Espíritu y posibilitada por el Espíritu, adquiere la misma docilidad. De hecho, esta es la obra del Espíritu, poner en sintonía la perfecta docilidad del Hijo y la perfecta docilidad de la madre.
Esa sintonía, ese ámbito, esa atmósfera de obediencia, es lo que viene a hacer el Espíritu Santo en la Encarnación. Y este es un misterio digno de ser contemplado, la obra del Espíritu. El Espíritu no es propiamente quien engendra a Cristo, porque si el Espíritu engendrara a Cristo, entonces Cristo sería Hijo del Espíritu y no Hijo del Padre. Esa no es la obra del Espíritu, el Espíritu no viene a engendrar a Cristo, el Espíritu viene a constituir la atmósfera, viene a constituir el ambiente, viene a constituir la sintonía que levanta la obediencia de criatura de María, hasta hacerla dócil a la altura de la docilidad del Verbo. Y en esa mutua docilidad del Verbo y de María se hace posible el hermoso milagro, la bendita fiesta que hoy tenemos, esa es la obra del Espíritu.
Hermanos, contemplando la perfecta obediencia de Jesucristo al encarnarse, y la perfecta obediencia de María al acoger la Encarnación, ¿cuál creen ustedes que va a ser la invitación para nosotros? Esa misma obediencia. Por eso también dice Jesucristo a sus apóstoles: «El que me ama cumple mis mandamientos». Esa palabra hay que entenderla desde este misterio de la Encarnación. Sabemos que es el amor el que ha posibilitado la obediencia de María, porque ya dije que el Espíritu es el que pone en sintonía estas dos obediencias. Lo mismo quiere Cristo con nosotros, que nosotros respiremos la atmósfera del Espíritu, que respiremos la gracia del Espíritu y, desde ese amor, seamos también nosotros expresión de Dios, rostro de Dios, como dice San Pablo: «Llevamos en nuestro rostro descubierto, la gloria de Cristo». Aquellos que entran en esa sintonía de Jesús y de María, se convierten en expresión de la gloria del Padre, incluso mientras caminan en esta tierra. Esa es la vida cristiana, ese es el llamado a la santidad.

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