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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
De retorno al Padre con Cristo.
Homilía anun005a, predicada en 20010326, con 3 min. y 44 seg. 
Transcripción:
Para Dios nada hay imposible. Si Dios pudo venir a nuestra tierra y hacerse uno de nosotros, ha quedado también abierto el camino para que nosotros vayamos al cielo, para que participemos de su naturaleza divina, como nos dice la carta del apóstol Pedro. El objetivo de la encarnación, la meta, podríamos decir de la Encarnación, no es que Cristo se quede en la tierra. Bien sabemos que nuestro Señor Jesucristo, terminada su misión de amor aquí, ascendió a los cielos. Y en el Evangelio de Juan leemos: «Salí del Padre y vine al mundo. Ahora dejo el mundo y voy al Padre». El objetivo de la encarnación, no es que Cristo llegue a la tierra, más bien es aquello otro, que nos dice el apóstol San Pablo: «Subiendo a la altura, llevó cautivos». Vino Cristo solo, nos enseña San Agustín, pero no se fue solo.
La encarnación es el comienzo de una aventura de amor, de gracia, de poder, de sabiduría. Y nosotros estamos en esa aventura, porque Cristo, que vino solo del Padre, no vuelve solo al Padre, sino que vuelve con todos nosotros. En ese sentido, apreciaremos más el don de la encarnación, cuanto más unidos estemos a Cristo en su retorno al Padre. El que no acompaña a Cristo de vuelta al Padre, no tiene mucho que decir de la llegada de Cristo que viene del Padre. Solo unidos a Cristo, que retorna al Padre, entendemos por qué el Padre envió a su Hijo: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad», dice Cristo. Y ¿esa voluntad cuál es? Nuestra salvación, eso es lo que decimos en el Credo Niceno Constantinopolitano, por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo y se hizo hombre.
Nosotros, nuestra salvación, nuestra liberación, esa es la razón de la encarnación, esa es la voluntad del Padre, esa es la obediencia del Hijo, ese es el motivo de ese despliegue único, singular, irrepetible, del poder del Espíritu Santo, según las palabras que el ángel le dijo a la Virgen: «El Espíritu vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra». Agradezcamos este milagro y preparémonos para el otro milagro, para ir de vuelta con Cristo, que si ya es cosa grande ver a Cristo hecho hombre, no será menor, sino mayor prodigio, ver que nuestra naturaleza, en Cristo y por Cristo, contempla a Dios y se hace semejante a Él.

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