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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El sí de María, el alfabeto de María.

Homilía anun004a, predicada en 20000325, con 6 min. y 9 seg.

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Transcripción:

El misterio que hoy celebramos sucedió precisamente después de donde terminan las palabras del Evangelio que ha sido proclamado. Gabriel ha comunicado el mensaje y ha recibido también la palabra de aceptación de María. En verdad es grande el misterio de este arcángel, a quien Dios encomendó el mensaje más importante de toda la historia, y que recibió también el sí más importante de toda la historia. Sea esta ocasión, para acrecentar nuestro amor al Arcángel San Gabriel, porque ha recibido la declaración del amor de Dios a María y en ella a la humanidad, y ha recibido la obediencia de la humanidad por la palabra de María.

Pero él también se retira, él también tiene que retirarse, como lo dice al final del Evangelio, porque la obra de la Encarnación, de alguna manera, no tiene mediador alguno. El diálogo que se sucede en palabras parecidas a las palabras humanas, podemos suponer, en ese diálogo puede estar el ángel. Pero en el milagro mismo, en el misterio mismo de la Encarnación, no hay ángel ni criatura otra humana, sino solamente la potencia del amor de Dios, según aquella voluntad de la que nos habla la carta a los Hebreos. La voluntad que nos hace salvos, la voluntad por la cual puede ser vencido el pecado y se prepara en el vientre de María, el Cordero para el sacrificio.

En efecto, ha querido la Santa Madre Iglesia, que en este día en que celebramos el verdadero y primer comienzo de la vida de Jesucristo en esta tierra, tengamos también presente cuál es la intención de ese milagro, como hermosa y sabiamente lo dice Santo Tomás de Aquino: «El Verbo de Dios entregó por nosotros, todo lo que recibió de nosotros». Y lo que recibió de nosotros lo recibió, sobre todo, a través de la Santísima Virgen María. Eso que recibe su carne, su sangre, su naturaleza humana, unos días de nuestro tiempo, una lengua, una cultura, todo eso que recibió de nosotros, gastado por nosotros, entregado por nosotros, va a servir para la revelación del misterio del amor de Dios. De modo que, Dios vino a ser revelado en nuestra naturaleza, no porque ella fuese de igual dignidad, ni mucho menos que la naturaleza divina, sino porque el acto de ofrenda continua de nuestra naturaleza hoy recibida de las entrañas de María, ese acto de crecimiento continuo, esa acción de donación hasta el extremo de la cruz, va a ser la revelación plena del amor de Dios.

De manera que lo que hoy celebramos, es la llegada en la carne de María, presidida por el Verbo de Dios. La llegada de ese alfabeto, por así decirlo, en que Dios podrá pronunciar su palabra definitiva de amor y de salvación para nosotros. Los buscamos de aquí, cuánta es y cuánta debe ser nuestra gratitud para la Santísima Virgen. Y aprendamos de aquí también, de qué manera se puede expresar a Dios en nuestra naturaleza. Lo que hace posible que Dios aparezca en nuestra carne y con nuestra carne, y con nuestra sangre, no es el hecho extraordinario o los hechos extraordinarios, que a veces se vieron en la vida de Cristo, como decir, por ejemplo, sus milagros. No es eso, precisamente, lo que mejor revela la naturaleza divina, sino el acto de perder lo recibido, el acto de entregar lo que había acogido, el darse. No podemos competir con la divinidad en las obras extraordinarias, pero sí podemos revelar nosotros también, ungidos por el mismo Espíritu que hoy vemos obrar, podemos revelar la divinidad en el acto de donación de lo que nosotros somos, en la entrega amorosa de lo que tenemos, en fin, en ese modo de asociarnos con Jesucristo para la vida del mundo.

Que en este día venga también sobre nosotros el Espíritu Santo, para que así como María, nuestra hermana en la naturaleza humana, ha podido darle hoy a Dios un alfabeto para que viva su amor, así también, nuestra propia naturaleza santificada por el Espíritu, se convierta en una palabra que proclama la salvación de Dios, que anuncia la misericordia de Dios para la vida del mundo.

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