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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El amoroso silencio de María en el misterio de la Anunciación.
Homilía anun003a, predicada en 19990325, con 15 min. y 19 seg. 
Transcripción:
La solemnidad de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo tiene esta fecha de relación con el 25 de diciembre en que la Iglesia entera celebra su nacimiento. Así, esta fecha de la encarnación queda incluso por su lugar en el calendario, relacionada con el nacimiento de Jesús. Y la segunda lectura que escuchábamos de la Carta a los Hebreos, nos cuenta cuál es el camino que ha de recorrer esa carne que el Espíritu Santo toma y forma de modo arcano en el seno de la Virgen María. Se trata de carne para ser ofrecida como holocausto, como sacrificio. No es un derroche solamente del poder de Dios, aunque nunca hubiera hecho tal prodigio. El objetivo de este prodigio maravilloso, en cierto sentido, incomparable, el objetivo de este prodigio, no es el lograr una síntesis o una unión de dos naturalezas en una persona, el objetivo es la salvación, es nuestra salvación. Y por eso, cuanto más grande es este objetivo, cuanto más arduo está en que, más abiertamente, nos declara Dios su amor, preparando el cuerpo en el que se hará posible esta salvación nuestra.
El Salmo 40, en el que nos apoyamos para meditar en este misterio, nos habla de ese cuerpo: «No pide sacrificio expiatorio. Entonces yo digo aquí estoy». Viene este cuerpo, que hoy comienza su camino en esta tierra, viene este cuerpo a reemplazar, a completar, a superar todo lo que estaba figurado por los sacrificios de la Antigua Alianza. Yo quisiera que fijáramos nuestra atención especialmente en eso, la carne de Jesucristo es el fruto maduro, no solo de la fe y la humildad de la Virgen, sino de todo el camino que Dios ha recorrido con su pueblo. Detrás del sí humilde y creyente de María, está la historia de un pueblo que ha aprendido, muchas veces con dolor, a reconocer la voluntad de su Señor, a aceptarla y a obedecerla. Detrás del sí de María está una historia de celebraciones, de invitaciones, de sacrificios, de holocaustos que estaban, una y otra vez, expresando nuestra miseria y pidiendo la misericordia del Padre. Detrás del sí de María, están todos los caminos de la Providencia que han ido preparando, precisamente, la sabiduría de Dios, la manifestación de la sabiduría de Dios, especialmente en esta obra de la Encarnación, carne bendita de Jesucristo, tanto tiempo esperada.
Decía alguna vez Jesús en sus controversias con los judíos: «Abraham vio mi día y saltó de gozo». Carne bendita de Jesucristo, en la que al fin pueden abrazarse, como amigos, Dios y el hombre. He aquí una naturaleza humana que ya no tiene que huir de la mirada de Dios, como Adán en el Paraíso, que no tiene que gemir y reconocerse culpable como David, he aquí nuestra naturaleza, que puede por fin presentarse ante su Creador. Y así como un nuevo Adán, en este día están empezando todas las cosas. Aquí está también un Dios del que no necesitamos huir. Cuando el pueblo pecador escuchó los terribles truenos de la voz de Dios en el Sinaí, temblando de miedo, dijeron a Moisés: «Háblanos tú, que no nos hable él». Ha desaparecido ese temor. Nunca vimos a Dios tan callado, tan humilde, tan cercano y tan nuestro.
Carne bendita, en que se celebran, pues, las bodas entre Dios y el hombre. Carne que no sabemos si es más, una humillación de Dios, o una exaltación del ser humano. Porque en un mismo movimiento este misterio de la Encarnación nos presenta a Dios tan abajo y al hombre tan alto. Carne que significa también, el comienzo de esa alianza nueva y eterna. Habitando de modo más íntimo que todo lo que pueda decir nuestro pensamiento, habitando así Dios, en el ser humano, la alianza entre Dios y el hombre queda sellada por la misma fidelidad y por la misma estabilidad que solo Dios puede tener. Y por eso, esta alianza no fallará.
¿Cuánto supera esta alianza a la antigua? Podemos entenderlo si comparamos lo que estamos presenciando hoy con aquel lenguaje que tuvo que oír el pueblo de Israel por boca de Amós. Lo estaba diciendo Dios, a Amós, qué castigos preparaba para su pueblo. Castigos que nacían del amor, porque la carta a los Hebreos dice: «Solo el Padre que ama corrige a sus hijos». Pero, al fin y al cabo, castigos. Amós se duele, y ante cada una de las reprimendas de Dios, Amós apenas dice: «¿Cómo resistirá Jacob siendo tan pequeño?» Y Dios escucha esa intercesión. Pero como la medida de los pecados del pueblo desborda, casi cual si fuera una burla, la piedad divina, finalmente, Dios presenta un castigo que será severo, que será definitivo, pero que también llamará a conversión al pueblo que quede. Y le dice Dios al profeta y por boca del profeta al pueblo: -Esta vez no dejará de suceder. Esta vez ninguna palabra tuya frenará lo que tengo que hacer. Y de este modo, el dolor, fruto del peso de la justicia, tiene que caer sobre Israel. Esta vez tiene que ser así, esta vez tiene que caer y tiene que sentirse el dolor.
Si ahora volvemos nuestros ojos a la mansedumbre de Jesucristo, qué lenguaje tan distinto encontramos. Unidos así, Abrazados así, Dios y el hombre, también hay ahora algo que tiene que suceder. Ahora hay un perdón, ahora hay un amor, ahora hay una gracia que tiene que suceder. Así como Dios le decía a Amós: -Esta vez el castigo tiene que llegar al pueblo. Ahora parece que nos dijera, en el silencio de la carne de Cristo, muy dentro de las entrañas de María: -Es que mi perdón tiene que llegar, es que mi amor tiene que llegar a realizarse y tiene que cumplir su obra. Y así, toda la dureza de la justicia va a caer sobre esta carne, es lo que contemplaremos en la cruz. Y toda la dulzura y la piedad del amor de Dios, a través de esa carne macerada, llegarán hasta nosotros.
Adoremos, pues, con silencio de amor, esta carne silenciosa. Todavía no es el cuerpo fatigado de Cristo por los campos de Galilea y de Judea, todavía no es la boca elocuente de Jesucristo, describiéndonos de mil modos, los misterios del reino de Dios, todavía no son las manos maravillosas, benditas, ungidas de Jesucristo, repartiendo salud y otorgando perdón. Apenas es el silencio de María que le ha hecho casa al silencio de Dios, apenas sabemos que existe. Lo sabe el ángel, lo sabe la Virgen y lo sabemos nosotros. Pero ya ese silencio es una palabra elocuente, porque parece que Dios estuviera ahí escuchando todo lo que somos, acogiendo y recibiendo todas las humillaciones desde el principio, todos los dolores desde su raíz. Y aunque, en ese silencio no lo veamos todavía bendecir a los enfermos, es ya la medicina, es ya el terror de los demonios, es ya desde su silencio, la elocuente bendición del Padre para nuestra tierra.
Día este, para hacer nosotros también silencio. Día este, para acoger con la humildad y la audacia de María, la presencia del Verbo en nuestras vidas. No es la carne de ella, de otra naturaleza que la nuestra, también la nuestra, tomada por el mismo Espíritu que hizo su obra en María, también la nuestra puede ser a partir de hoy como un embrión del Verbo. También nuestra naturaleza como un germen, como un brote de la casa de David, si es santificada por el Espíritu Santo, será una presencia primero oculta y luego manifiesta del Dios con nosotros.
El silencio de María, el amoroso silencio de María que recibió este misterio, puede también envolver y acoger el misterio de nuestra transformación en Cristo. Cristo, entonces, crecerá tomando cada vez más y más de nuestra propia historia. Un día, sus ojos aparecerán en los nuestros. Un día sus manos en las nuestras. Un día su corazón, como lo hizo en más de un santo, palpitará vigorosamente en el nuestro. Y cuando su sangre recorra nuestras venas, también nosotros, unidos a Él, seremos hostia para gloria del Padre y para salvación del mundo.

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