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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La Anunciación
Homilía anun001a, predicada en 19960325, con 19 min. y 4 seg. 
Transcripción:
Nos reúne la Iglesia en este día para escuchar la palabra de salvación y para alimentarnos del sacramento que es la vida misma, el Sacramento de la Eucaristía. Las lecturas que hemos escuchado, nos hablan bien del misterio que se celebra. Dice el texto del Evangelio: «A los seis meses fue enviado el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, y la Virgen se llamaba María».
A los seis meses dice, ¿a los seis meses de qué? Pues precisamente, a los seis meses de otra anunciación. Este mismo arcángel había sido enviado a otra pareja, Zacarías e Isabel. Pero hay una gran diferencia, Zacarías oye el anuncio del ángel y le cuesta trabajo creer. Y por eso pregunta, casi con violencia: «¿Yo cómo voy a estar seguro de esto?» Zacarías e Isabel eran de edad avanzada, parecía imposible que tuvieran ya hijos. Zacarías, probablemente resentido contra Dios, que le había negado el ser papá, y eso solo podía ser visto como una maldición en el pueblo judío, tenía en el fondo de su alma una pregunta: ¿Por qué si yo cumplo con los mandamientos de Dios, Dios me castiga así? ¿Por qué si yo soy bueno, Dios me trata mal? Y por eso, cuando llegó Dios a tratarlo bien, Zacarías le salió lo que tenía en el alma, hiel, amargura, y le dijo al arcángel, le dijo a Gabriel: «Yo cómo voy a estar seguro de eso?» El ángel le dice: «Mis palabras se cumplirán en su momento. Tú, por ahora, vas a quedar mudo». Y Zacarías quedó mudo hasta que nació su hijo, y ese hijo fue el precursor del Mesías, San Juan Bautista.
Seis meses después, tenemos de nuevo a este arcángel enviado por Dios, para un nuevo anuncio, para un nuevo nacimiento. Esta vez ya no se trata del precursor, sino se trata del Señor en persona. El arcángel se refiere, habla directamente a la Virgen, «Alégrate», le dice. Ese era el saludo común, era el saludo común en el griego del siglo primero. Y como este Evangelio fue escrito primero en griego, ese alégrate que en griego se dice Xaire, en parte es un saludo, pero en parte es la noticia maravillosa de que por fin llega la alegría de este mundo.
Porque si uno lee el conjunto del Antiguo Testamento, el balance del Antiguo Testamento es triste, el Antiguo Testamento entero, es la historia de cómo Dios hace cosas y la humanidad no lo entiende, dice cosas y la humanidad no le cree, manda cosas y la gente no le obedece. Ese es el Antiguo Testamento y por eso, el Antiguo Testamento es una historia de intentos fallidos. El modelo patriarcal, el modelo de los jueces, el modelo de los profetas, el modelo de los reyes, el modelo de los sacerdotes, ¿qué no falló en el Antiguo Testamento? Parece que todo lo que Dios hubiera intentado, hubiera fallado. Y por eso, el Antiguo Testamento se parece mucho a nuestra vida, porque no todos los que estamos aquí en este día estamos en el Nuevo Testamento, ni todo en nuestras vidas está en el Nuevo Testamento. Hay mucho en nosotros de ese resentimiento de Zacarías, hay mucho de ese sentir que somos buenos y nos tratan mal, hay mucho de esa amargura, y hay mucho de esa sensación de que el mundo entero y la humanidad entera se derrumba bajo su propio peso como una estructura de concreto mal diseñada.
De manera que, cuando el ángel le dice a María, «alégrate», también nos dice a cada uno de nosotros. Deja que se quiebre la cadena de malas noticias en tu vida, deja que se rompa ese saco de hiel que tiene tu alma. No entres tú en la mudez de Zacarías, entra mejor en el cántico de la Santa Virgen. Y no le dice el nombre, no le dice: alégrate María, la llama Kejaritomene en griego, la llama, llena de gracia. Parece que el nombre de esa niña, María debió tener unos trece o catorce años, parece que el nombre de esa niña para Dios no es María, sino Kejaritomene. El nombre de ella es la muy amada, la amadísima, la predilecta, la agraciada, así le habla el Señor.
«El Señor está contigo», dice el ángel, estas mismas palabras habían aparecido muchas veces en el Antiguo Testamento, siempre que se trata de una misión difícil. Así, por ejemplo, en el libro de los Jueces leemos que, a Gedeón, un ángel también le dice: «El Señor está contigo», porque Gedeón va a tener que emprender una terrible lucha y necesita de su auxilio divino. Entonces, como si se tratara de una batalla que va a empezar y en realidad esa va a ser la vida de Cristo, el ángel le dice a María: «El Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres». Habría tanto que comentar sobre esto, pero por decir solo una palabra, el misterio de lo femenino, el misterio de lo materno, el misterio de lo esponsal, solo encuentra su lugar justo en María Santísima.
Hay muchas mujeres y niñas y esposas y madres hoy aquí. A usted, ¿quién le está enseñando a ser mujer? Perdón que hable en estas palabras solo al público femenino. A ti, mujer, seas esposa, madre, hija, amiga, novia, a ti ¿quién te está enseñando a ser mujeres? ¿Qué modelo de mujer es el que marca tu vida y tu ritmo? La Iglesia quisiera, en este día, que nosotros pudiéramos levantar nuestro corazón y nuestros ojos hacia María y descubrir en ella lo que significa ser mujer. A ti te está enseñando a ser mujer, dime la verdad, una cantante por ahí. Es una ejecutiva por ahí, la que te está enseñando a ser mujer. Es una actriz, la actriz de moda, la que te está enseñando a ser mujer, ¿quién te está enseñando a ser mujer, qué mujeres te han enseñado a ser mujer a ti? ¿Tu vida ha sido esculpida por la mirada de Dios, como es el caso de la Virgen, o han sido las miradas de deseo, de ira, de venganza, de plata, las que han hecho tu cuerpo y tu alma, mujer? Porque las mujeres se esculpen, se tallan, no con cincel y martillo, cual si fueran trozos de mármol, sino con miradas. ¿Qué miradas aceptas tú? ¿Qué miradas han modelado tu cuerpo, tus ojos? ¿Qué miradas te han enseñado a amar? ¿Ha sido la mirada de Dios?
Esa es María, una mujer hecha, hecha por los ojos de Dios, hecha por la mirada de Dios. Y esto, entonces, también significa mucho para nosotros los hombres, porque esto también significa que solo en ella podemos comprender nuestro propio origen, todos hemos nacido de mujeres, y que solo en ella podemos comprender cuál es el verdadero trato, el verdadero amor, la verdadera amistad, el verdadero noviazgo. «Bendita tú entre las mujeres», le dice el ángel, María se sorprende ante estas palabras. El ángel le dice: «No temas, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús». La pregunta que hace ella, es muy distinta de la pregunta de Zacarías. Zacarías, como está de pelea con Dios, como algunos de nosotros, pide certezas, asegúreme. María no pide certezas, pide caminos. «¿Cómo será eso?» Pero todavía hay más, si María dice: «Pues no conozco varón», esta pregunta sobraría a menos que hubiera en ella un propósito de ser virgen y de permanecer virgen, un propósito que venía indudablemente del mismo Dios. Propósito rarísimo, inexplicable dentro de la cultura hebrea, pero comprensible si entramos en el corazón de Dios, que tenía ese designio y que así quiso venir a esta tierra.
Un eminente criptólogo y mariólogo dice que, muy probablemente, Dios quiso nacer así de una virgen, porque de esa manera queda como más patente que la salvación es enteramente de Dios, es decir, la virginidad de María es una imagen inmediata, perfecta, completa, de la gracia de Dios, y de que solo Dios puede salvar a su criatura. Si ella dice: «No conozco a varón», es evidente que no se trata simplemente de un hecho fisiológico, no he tenido relaciones. No conozco a varón, solo puede significar, he tenido este propósito. Y puesto que ya estaba comprometida con José, esto significa que el mismo propósito de Dios, para en José. Si a alguien esto le parece imposible, arrodíllese y rece, entre en el corazón de Dios y sepa que el Señor tiene palabras de amor para las personas que quieren ser solamente para Él. Al fin y al cabo, los deseos que Él inspira, cuando son de Él, cuando son suyos, Él mismo tiene fuerza y gracia para realizarlos.
María dice: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». Dios llevaba siglos esperando esa respuesta, porque eso era lo que nadie le había dicho. Nadie había abierto así la vida. María no abrió simplemente sus entrañas a la concepción, abrió su mente a la luz, abrió sus oídos a la Palabra, abrió su inteligencia a la fe. María es aquella criatura invadida de Dios. Y cuando ella dice: «Aquí está la esclava del Señor», con esas palabras se desatan las rebeldías de la humanidad, porque la humanidad no podía redimirse a sí misma, pero Dios tampoco podía redimirla sin un sí de esta naturaleza. Cuando ella acepta la voluntad de Dios, el sí de María y el sí de Dios se convierten en un abrazo y un beso, se convierten en una caricia y una unción, se convierten en una luz y una penumbra, y en ese momento inicia su existencia en nuestra tierra, el Verbo de Dios eterno.
A partir de este momento es también criatura del tiempo, espíritu espiritual invisible como el Padre, a partir de este momento tiene una carne, tiene una historia, tiene una fragilidad. Y al entrar en este mundo, nos dice la Carta a los Hebreos, el primer sí de Jesús está todavía en el eco del sí de María. El primer sí de Jesús se convierte en una aceptación de la voluntad del Padre, como ha hecho María. Y esa voluntad, nos dice la carta a los Hebreos, es que nosotros nos salvemos.
De manera que, el gran protagonista en este día, el gran protagonista, es Papa Dios. Es el Padre Celeste, que por una voluntad inexplicable que desborda nuestro entendimiento, ha querido ser solícito, ser diligente de nuestra salvación, cuando ya nosotros eso no nos importaba. El protagonista de este día es el Padre Celeste, que ha querido introducir a su Hijo en nuestra historia, ¿para qué?, ¿para que sea aplaudido y recibido? No, para que esta carne, que hoy le da María, sea desgarrada y despedazada. Hoy Dios nos da a su Hijo, no para que sea aplaudido, abrazado y festejado. Hoy nos da su Hijo para que sea destruido ante sus propios ojos, para que muera en la cruz por nuestros pecados, para que ese hijo, llevando la misma historia nuestra, quede tan pegado a nuestra historia, que Dios no le pueda mirar a Él, para que desde este día Papá Dios no pueda mirar a su Hijo sin mirarnos a nosotros, para que desde este día toda culpa humana quede cosida a la cruz y lo que era nuestra desgracia sea nuestra salvación. Eso, infinitamente más que eso, es el amor de Dios.
Yo les pido por el amor de María, por el sí de María, recíbanle ese amor a Dios. Abran su corazón a Él. Este amor y este dolor, esta fe y esta misericordia no se pueden perder para nosotros. Aleccionados por el sí de esta mujer que fue torturada en su ser femenino viendo morir a su propio Hijo, aleccionados por esta mujer y, sobre todo, por este hijo de quien viene la salvación, vamos a decirle también nosotros un sí infinito a Dios.
Eso es lo que sucede en el bautismo, que no es otra cosa que la aplicación de este amor de la cruz a nuestras vidas. Por eso pregunto yo, si hay una obra de misericordia que se parezca a bautizar una persona. Nunca nadie, nunca nadie, hará por nosotros un favor tan grande. Nunca nadie podrá hacer algo semejante, algo que se parezca a ese entrarnos en el amor mismo de la Trinidad, a ese hacernos semejantes, al que se hizo semejante a nosotros. Bendito sea Dios en este día Santísimo, y que la gracia abundantísima de María y el don inefable del Espíritu nos hagan semejantes a Cristo.

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