Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El poder de la muerte no se limita al final de la vida.

Homilía ak05019a, predicada en 20260322, con 17 min. y 5 seg.

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Transcripción:

Hermanos queridos. Quizás la mejor manera de entender, de asimilar este precioso Evangelio es conectándolo con los Evangelios que hemos escuchado los dos domingos anteriores. Efectivamente. Repasemos. En el primer domingo de Cuaresma tuvimos las tentaciones, en el segundo domingo de Cuaresma, la Transfiguración. Esos dos primeros domingos como que nos dan el mapa general, porque las tentaciones nos recuerdan el combate espiritual propio de la Cuaresma. Mientras que la Gloria de la Transfiguración nos recuerda cuál es la Pascua que nos aguarda. Esos dos primeros domingos siempre tienen ese tema En cada año se escuchan las tentaciones según el evangelista del año, el evangelista de este año es Mateo. Por eso decimos que estamos en el ciclo A. El año entrante será San Marcos y el siguiente será San Lucas.

Eso quiere decir que en la Cuaresma del año entrante, si Dios permite, tendremos nuevamente las tentaciones. Pero será según San Marcos y la Transfiguración según San Marcos y el siguiente año. Las tentaciones según San Lucas y la Transfiguración según San Lucas. Siempre los dos primeros domingos de Cuaresma llevan ese tema. Pero la Cuaresma tiene en total seis domingos. Tenemos entonces el domingo tercero, el cuarto y el quinto. El sexto domingo ya es el que abre la Semana Santa, es el Domingo de Ramos y ya sabemos lo que se lee en el Domingo de Ramos. Se lee La Pasión de Cristo según cada evangelista. De tal manera que. Pues este año Mateo, el otro año. La pasión según San Marcos y el siguiente la pasión según San Lucas. Eso será lo que escucharemos el Domingo de Ramos.

La pregunta es entonces para los domingos tres, cuatro y cinco. En el ciclo A en el que nos encontramos esos tres domingos no se toman de San Mateo, sino que haciendo una especie de excepción se toman de San Juan. Y hay un motivo porque esos tres domingos, como lo hemos comentado oportunamente en las semanas anteriores, nos presentan encuentros. La palabra clave es "Encuentro". El domingo número tres nos presenta el encuentro entre Jesús y la Samaritana y el tema ahí es la sed. El domingo número cuatro nos presenta el encuentro entre Jesús y el ciego de nacimiento. Y el tema ahí es la luz. Y el domingo número cinco nos presenta también un encuentro. Es este domingo es el encuentro entre Jesús y Lázaro. Y el tema ahí es la vida. De manera que en esos tres domingos se nos presenta a Jesús como aquel que quiere encontrarse con nosotros.

Y esto es lo primero que debemos tener muy claro el propósito de la Cuaresma, que ya va llegando poco a poco a su culminación. El propósito de la Cuaresma es el encuentro con Cristo. Pero, ¿Qué voy a recibir de Cristo? Ahí es donde nos enseñan estos tres domingos. Cristo es el que puede saciar mi sed. Cristo es el que puede curar mi ceguera o mis cegueras, y Cristo es el que puede rescatarme del reino de la muerte. O también lo podemos mirar de esta manera Cristo es la fuente de agua viva y por eso calma mi sed, como calmó la sed de la samaritana. Cristo es la luz verdadera y por eso Él puede curar mi ceguera. Y Cristo es la vida eterna, y por eso puede sacarme de la muerte y puede sobre todo, exterminar el poder de la muerte. Con ese contexto, les invito a que ahora nos centremos ya en el texto que hemos oído en el domingo tres. El texto era del capítulo cuarto de San Juan. Luego, la curación del ciego de nacimiento es el capítulo 9 de San Juan y este que hemos oído hoy es el capítulo 11 de San Juan.

Entonces, el tema aquí es la victoria sobre la muerte. Y por supuesto que para nosotros, lo mismo que para aquellos judíos, el hecho de que alguien tenga tanto poder como para resucitar a un muerto nos deja absolutamente asombrados. Pero también existe el peligro de que nos quedemos un tanto distantes como diciendo bueno, de momento tal vez no tenga una salud perfecta, pero tengo salud, estoy vivo y tal vez uno podría pensar -ese Evangelio no se aplica para mí porque yo estoy vivo, yo no estoy muerto-. Pero la Biblia nos advierte sobre el peligro de ese lenguaje, porque en el capítulo tercero del libro del Apocalipsis, el Espíritu Santo, hablando por boca de ese maravilloso vidente del Apocalipsis que es de nombre Juan, el Espíritu Santo le dice a una comunidad cristiana: "Tienes nombre de vivo, pero estás muerto".

Entonces nosotros tenemos que mirar la muerte no solamente como algo que va a suceder, pues no sabemos cuando, en unos meses, en unos años, con toda seguridad. No, no miremos la muerte solamente así. Hay cosas que se mueren dentro de nosotros. En cierto sentido llevamos un muerto, cargamos la muerte y la muerte tiene poder sobre nosotros. Por lo menos eso es lo que enseña la Carta a los Hebreos. La carta a los Hebreos describe de varias maneras la obra de Cristo, y una de las maneras que utiliza es diciendo que "El demonio se vale del dominio de la muerte para hacernos esclavos del pecado". Entonces, el tema de la muerte no es únicamente lo que me va a suceder en tanto tiempo, ¡No! La muerte ya de alguna manera tiene poder sobre uno, a menos que uno esté en ese encuentro pleno y permanente con Cristo.

Expliquemos un poco más esto del dominio de la muerte para que entendamos por qué nosotros necesitamos la misma voz que necesitaba Lázaro. Lázaro necesitaba de esa voz recia, de ese grito victorioso de Cristo que dijo: "Lázaro, sal fuera". Pero usted piense, por ejemplo, en una persona que está aprisionada por un vicio. Esa persona está como muriéndose ahí, está como en una tumba, está como en una prisión. Y esa persona que puede llamarse Lázaro o puede llamarse Sofía o Juliana o Roberto, esa persona necesita que Cristo le diga: -sal fuera, sal de esa tumba-, de esa tumba que es tu vicio, de esa tumba que es tu tristeza, de esa tumba que es tu desesperanza, de esa tumba que es tu rencor.

A mí me duele mucho ver que hay personas que más que vivir están como consumiéndose en la muerte, en la medida en que están consumiéndose en cualquiera de las cosas que he dicho, en un vicio, en una tristeza, en un rencor. Qué doloroso es encontrar una persona, sobre todo cuando se trata de personas mayores que no han logrado superar rencores y ahí los tienen y están prisioneros de eso y son como tumbas, son como monstruos de fauces abiertas que ya los tienen agarrados como si quisieran jalarlos para la oscuridad. Entonces la muerte también tiene su cuota de poder en nosotros y es fácil descuidarse. La muerte; dice la carta a los Hebreos, "La utiliza el demonio para mantenernos prisioneros".

A veces es por el temor de la muerte, a veces es por las cosas que se asemejan a la muerte y a veces es por aquella palabra que dice San Pablo que es propia de los que no creen en Dios: -Viene la muerte-. Pues a disfrutar la vida. Comamos y bebamos, que mañana moriremos. Y hay mucha gente que vive así. Hace unos meses me contaba una amiga que tenía mucho interés en un muchacho. Le gustaba mucho este chico y parecía que podía concretarse un noviazgo entre ellos. Cuando empiezan a conocerse un poco más ya hay como la confianza de hablar de temas de cierta importancia. Y el muchacho le comenta algo. Le dijo: "Yo ya me hice esterilizar, -yo ya me hice esterilizar- para no tener problemas". Por supuesto, lleva una vida desordenada. Él considera que con su vasectomía, pues ya tiene el derecho de hacer cualquier tipo de experiencia sexual con cualquier mujer, porque nadie podrá acusarlo nunca de ser papá. Hasta donde yo le entendí a esta muchacha, ese hombre no tiene treinta años, ya es un hombre estéril que está en el poder de la muerte.

Él sabe que se va a morir, pero -de aquí a que yo me muera, tengo mucho sexo para disfrutar-. La muerte, lo ha convertido en un idólatra del placer, en este caso, el placer sexual. Ese es poder de la muerte. La persona que se dedica simplemente a gozar la vida porque viene la muerte, pues en el fondo es un servidor de la muerte. También es servidor de la muerte aquél que cuando ve una amenaza, entonces cambia su discurso, cambia su creencia cuando llega el tiempo de persecución.

Uno de los momentos fuertes de mi formación sacerdotal fue con la materia Historia de la Iglesia. Yo tuve buenos profesores de historia de la Iglesia. Uno de ellos, que por cierto nos ha visitado en Familia Espiritual, nos comentaba sobre el tiempo de las persecuciones y a veces uno romantiza un poquito esos tiempos. Yo me imaginaba que prácticamente todos los cristianos habían hecho un frente común diciendo -no a nosotros que nos maten, pero nos mantendremos firmes en Cristo-. Según algunas estadísticas, en muchos lugares más de la mitad, y a veces las dos terceras partes de los cristianos estuvieron perfectamente dispuestos a darle culto al emperador, a renegar de la fé o hacer cualquier otra cosa, porque ante la amenaza de -te vamos a torturar, te vamos a matar-. Ahí aparece el poder de la muerte y el poder de la muerte hace que mucha gente reniegue. De hecho, la muerte no es solamente el hecho de que desaparezcan las pulsaciones y el electroencefalograma quede plano.

La muerte también es la vejez, también es la enfermedad, también es la soledad. También es el hecho de sentir que las fuerzas se nos van. También es sentir que las personas, las instituciones, las empresas, nos van marginando. Ya nos vamos convirtiendo, como dice la Biblia, en un cacharro inútil. Y entonces así, marginados y así inútiles, pues nos vamos llenando de tristeza. Y ese también es poder de la muerte. Y hay gente que dice: -bueno, pues si esto va a ser mi vida, mejor acabemos de una vez-. Y esa es la eutanasia. Y ese también es poder de la muerte. Frente a la perspectiva de se me viene encima una demencia senil frente a la perspectiva de ya se me anunció Parkinson o simplemente los dolores son insoportables o el cáncer ya no va a remitir. Frente a eso, pues como la persona desesperada que se asoma a un acantilado y el mismo vértigo le precipita y le hace que se lance. Todo eso es poder de la muerte.

Entonces necesitamos la voz de Cristo. Necesitamos que Cristo, como lo anunciaba la primera lectura del capítulo 36 de Ezequiel, necesitamos que "Cristo nos saque de nuestros sepulcros para que estemos plenamente vivos". Alguien decía, me parece que el primero que lo dijo no era ni siquiera creyente. Decía: -Yo quiero que la muerte me encuentre plenamente vivo-. Pues es una frase que nosotros tenemos como entenderla bien. -Yo quiero que Cristo ya reine en mis días y en mis noches, en mis valles y en mis cumbres, en mis inviernos y en mis primaveras. Yo quiero que Cristo reine de tal manera en mí, que cuando llegue la muerte solo sea pasar del reinado de Cristo en esta tierra al reinado de Cristo en la eternidad-. Esa es la muerte del cristiano. Y como es algo tan tenue, porque es pasar del reinado de Él aquí al reinado de Él, allá, como es algo tan tenue, Cristo, por eso decía que eso era como un sueño y por eso Cristo en este pasaje que hemos oído y también en el pasaje de la hija de un funcionario que se llamaba Jairo, Cristo dice: "La niña no está muerta, está dormida", está dormida, porque para Cristo el drama final no es ése, el problema grave no es ése, el problema grave es la otra muerte, la muerte del alma la muerte de la fé, la muerte de la esperanza.

Pues nosotros nos acercamos hoy a Cristo y nosotros no nos acercamos solos, y quisiera terminar con ese pensamiento. Lázaro tenía dos hermanas que lo amaban mucho, las muy conocidas ¿No? Marta y María, Lázaro tenía sus dos hermanitas que lo amaban, que lo cuidaban, que querían lo mejor para él. Esas dos hermanas, según expresiones de los Padres de la Iglesia, representan como las dos grandes vías en la Iglesia ¿No? La vida contemplativa en María de Betania, y la vida activa en Marta. Entonces podemos decir que esas dos mujeres representan la Iglesia y es la Iglesia que cuida de Lázaro, y por eso uno llega a Cristo, pero uno no llega solo uno llega acompañado por la Iglesia. Uno llega porque la Iglesia ha llamado a Cristo.

Nosotros no estamos solos, en nuestra casa, que nuestra casa se llama la Iglesia, y allá se llamaba Betania. En nuestra casa siempre hay alguien que quiere llevarnos hacia Cristo. Siempre hay alguien que está dispuesto a decir, como dijo Marta: "Sé que resucitará en la resurrección del último día". Y Jesús le hace más aguda la pregunta. Pero es que. . . "Yo soy la resurrección y la vida". Y le pregunta ¡Qué impresionante! "¿Crees esto?" Y ella responde: "Sí, yo creo". Yo creo. Esa es la Iglesia. Esa es la Iglesia que cree. Esa es la Iglesia que sabe que aún en los casos más duros, en los casos que parecen perdidos, en los casos que nos dejan sin aliento, hay una Iglesia que le dice a Cristo: -Yo creo-. Y que por eso sabe que la victoria del Señor es inevitable y es irreversible. Que la Gloria sea para Él. Amén.

Amén.

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