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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dios no siempre responde de inmediato porque la espera purifica y fortalece la fe. La aparente tardanza de Dios no es ausencia, sino un proceso que fortalece el alma.
Homilía ak05018a, predicada en 20260322, con 10 min. y 47 seg. 
Transcripción:
Hermanos, con la ayuda del Evangelio de este domingo, que ya es el domingo quinto de Cuaresma, vamos a tratar de responder una de esas preguntas que a todos nos han llegado alguna vez. La pregunta es ¿Por qué Dios tarda en responder? La situación que se describe en este Evangelio es muy grave, trae mucha angustia, porque estaba muy enfermo Lázaro se estaba agravando; le dicen a Cristo: "Ven, tu amigo está enfermo", porque es que además había un lazo de afecto entre Jesucristo y esta familia, no solo Lázaro, sino también sus hermanas Marta y María. Esto lo sabemos por el Evangelio. Entonces cuesta mucho entender, a ver; Cristo es amigo de éllos. Cristo los ama. Le mandan razón. -Se te necesita aquí, ayúdanos-. Y no llega. No llega. Y Lázaro se está agravando cada vez más. Y Cristo no llega. Y Lázaro se muere. Y pasan varios días después de que ha muerto Lázaro. Dos, tres, cuatro días. Demasiado tiempo para corazones que han estado llenos de angustia. Llenos de dolor y que han pedido ayuda. Y la ayuda nunca llegó. Y Lázaro se murió. Y la pregunta es: ¿Por qué?, ¿Por qué pasa eso?, ¿Por qué esas cosas suceden? Esa es la dura pregunta que estamos tratando de resolver, en este tiempo. Tiempo de Cuaresma, tiempo de peregrinación en la fé. Cuando yo me encuentro con una pregunta tan difícil. A veces hago este ejercicio: ¿Qué hubiera pasado si las cosas hubieran sido de otro modo? Por ejemplo, ¿Qué hubiera pasado si Cristo hubiera estado cerca de estos hermanos Marta, María, Lázaro y estando allá cerca, pues ni siquiera Lázaro se enferma? O ¿Qué hubiera pasado si cuando Lázaro se agrava, ahí está Cristo y hace una oración por Lázaro y este se sana? Y ahí terminó la historia. ¿Qué hubiera pasado? Hubiera sido muy bonito, no solo muy bonito, podríamos decir muy cómodo, muy agradable. ¿Y es que es malo que uno se sienta a gusto, que uno se sienta cómodo, que uno sienta que está sostenido por ese amor de Cristo?, ¿Es problemático eso? Pues no, no es problemático. Entonces. Sigamos haciendo el contraste. Si Cristo hubiera sanado a Lázaro antes de que se agravara tanto, y sobre todo antes de que muriera, indudablemente eso hubiera sido muy bueno y hubiera sido muy agradable. Pero, ¿Qué fue lo que sucedió cuando pasó todo ese tiempo? Cristo no llegó y después Sí apareció. Hay palabras que salen del corazón de Marta y hay palabras que salen del corazón de María. María, la de Betania. Hay palabras que salen de esos corazones que no hubieran aparecido si Cristo hubiera llegado antes. Es decir, que esa espera angustiosa, esa incluso sensación de abandono, dio un fruto. Hubo un fruto. Y ¿Cuál fue el fruto? Pues el fruto maravilloso que salió de esa espera está en un testimonio de fé que es de los más robustos, de los más bellos, de los más profundos de todo el Evangelio. Observa el diálogo que se presenta entre Jesús y Marta. Dice Marta: "Yo sé que mi hermano resucitará en el último día". Y Jesucristo le dice: "Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees esto?" Y entonces Marta hace una proclamación de fé que está a la máxima altura: "Yo creo. . . -o sea, con mi hermano muerto que ya hiede en la tumba, con mi hermano muerto y con el peso de una decepción y de una angustia que no pude responder en mi alma porque tú no llegabas, con el peso de esa angustia y con mi hermano pudriéndose en la tumba- . . .Yo creo que tú eres el Mesías; yo creo que tú eres la resurrección". Por favor, valoremos, ponderemos el tamaño de la profesión de fé que está haciendo Marta. Ésa profesión de fé no se hubiera dado si Jesús hubiera curado a un enfermo, porque la Gloria de Dios brilla cuando Cristo cura un enfermo. Pero la Gloria de Dios brilla infinitamente más cuando vuelve a la vida, cuando resucita a un muerto. Y lo mismo se necesita fé para creer que Cristo puede sanar a un enfermo. Se necesita más fé para creer que Cristo puede levantar del umbral de la muerte a un agonizante, y se necesita un máximo de fé para creer que Cristo podía traer de nuevo a la vida a uno que ya estaba muerto y que ya tenía el hedor de la muerte. Es decir, que esa espera, que indudablemente fue desagradable, que indudablemente fue tensionante, fue dolorosa, esa espera trajo un fruto. ¿Cuál fue el fruto? El fruto fue una fé ¡purificada, una fé refinada hasta el extremo! El apóstol San Pedro nos habla de esa manera y dice que nuestra fé también tiene que ser purificada en el crisol. Y por eso Dios no siempre responde cuando nosotros queremos, no siempre, no siempre. Porque es que las dificultades, las contradicciones, las persecuciones, las enfermedades, las pruebas, no son solamente para experimentar que Dios me puede ayudar, son el gimnasio del espíritu. Las dificultades, las contradicciones, las pruebas, las tentaciones. Son el gimnasio donde tu fé se hace fuerte. Piensa en la persona que utiliza pesos para levantar, pesos para levantar. Está sometiendo a su cuerpo a un esfuerzo. Sería tal vez más cómodo para el cuerpo que no le pusieras esa tarea. Tal vez sería más cómodo, si, lo admito, pero el crecimiento, la fortaleza que solo se logra con el esfuerzo. Pues también la fé, como un músculo, tiene que esforzarse. Y lo que estaba haciendo Cristo era haciendo crecer el músculo de la fé. Es una labor muy delicada. Se necesita un entrenador de máxima calidad para saber cuánto peso puede levantar una persona. Si voy al gimnasio y el entrenador me dice mira, vas a levantar esta hoja de papel diez veces, eso no me sirve para nada en mis músculos. Pero si una persona como yo, que no tiene el máximo estado físico y probablemente le falta demasiado en estado físico. Si yo llego y el entrenador me dice mira, vas a levantar ciento veinte kilos, probablemente voy a tener daños en mi columna, en mis músculos, voy a tener desgarramientos. ¿Cuál es el peso exacto que te sirve para que no te dañes; pero para que si crezcas? Eso solo lo sabe el mejor entrenador y tu mejor entrenador es Jesucristo. Es lo mismo que dice San Pablo -Él no nos va a poner una prueba que no podamos superar con su ayuda, con su Gracia-. Él es el que sabe cuál es el tamaño de la dificultad. Él es el que sabe cuál es el tamaño de la prueba, que si nos sirve, que si está bien para nosotros; Él es el único que lo sabe y como Él es el único que lo sabe, pues Él sabía qué le podía dar a Marta y a María, de manera que la fé de ellas, como ese músculo espiritual maravilloso, creciera y se fortaleciera hasta el punto que hemos visto en el Evangelio. Tienes al mejor entrenador. Confía en Él porque Él te conoce y Él te ama.

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