Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Los signos portentosos que muestra Cristo en su ministerio son ante todo llamados para que acojamos el don de la fe. Por eso la distinción entre dos modos de sentir el dolor: hay dolor que nos nubla y dolor que nos abre el corazón para creer.

Homilía ak05017a, predicada en 20230326, con 21 min. y 13 seg.

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Transcripción:

Mis hermanos. Este pasaje que acabamos de escuchar es del capítulo número once del Evangelio según San Juan. El domingo pasado escuchábamos también un pasaje de San Juan del capítulo nueve, la curación de un ciego de nacimiento. Y el domingo anterior a ese, también era de San Juan, capítulo cuarto; el diálogo, el encuentro, entre Jesús y la Samaritana. Estos tres pasajes, que en orden cronológico son la samaritana, el ciego y Lázaro, tienen muchos elementos en común y forman como una especie de pequeño camino que nos conduce hacia dónde nos lleva la Cuaresma, es decir, hacia la Semana Santa, hacia la plena renovación de nuestra fe, hacia la plena renovación de nuestra vida cristiana en su fuente misma, que es la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

Así que lo primero es, darnos cuenta que esta lectura se enmarca dentro de ese pequeño camino cuaresmal que contiene esos tres pasajes, todos de San Juan; capítulo cuarto, la Samaritana, capítulo noveno, el ciego de nacimiento y capítulo once, el de hoy. Lázaro, que ha muerto y que Cristo retorna a la vida.

¿Qué tienen en común estos textos? Muchas cosas. Por ejemplo, tienen en común que en cada uno de ellos hay un encuentro. La palabra encuentro es muy importante, porque el que se encuentra de verdad con Cristo experimenta un cambio, Cristo le cambia la vida a uno. La samaritana, por ejemplo, era una mujer que hasta ese momento había tenido cinco o seis maridos, pero se encuentra con Cristo y su vida cambia y cambia hasta el punto de que ella da testimonio de qué clase de profeta es Cristo; y entonces aquella población de esa mujer, la población de Sicar, se agolpa en torno a Cristo. Quieren oír a Cristo y llegan a la fe. Aquí está la segunda palabra clave.

La primera palabra clave es encuentro. La segunda palabra clave es la fe. Ahora vamos con el ciego de nacimiento. Este hombre se encuentra con Cristo y obtiene algo maravilloso, obtiene el don de la vista, pero lo más hermoso de ese pasaje que oíamos el domingo pasado es que con el don de la vista física, puede ver al que lo ha curado, a Cristo. Y tal vez ustedes recuerdan que hacia el final de ese capítulo, Cristo le hace una pregunta clave a este hombre ya curado ¿Crees en el Hijo del Hombre? ¿Crees? Eso apunta a la fe.

Y el hombre que reconoce la voz de Cristo porque fue el que lo curó, no sabe qué tiene que ver con esto del -Hijo del Hombre-, y le pregunta ¿Y quién es el Hijo del hombre? Y Jesús le responde: "Soy yo" . Y este hombre, el ciego curado, se postra ante Cristo y le dice: -Creo- y adora al Señor.

O sea que fíjate como también ahí tenemos un encuentro y tenemos la fe. En este pasaje de hoy la palabra encuentro es muy importante porque en realidad son varios encuentros los que tiene Cristo. El más impresionante es el encuentro con la muerte o con el muerto, y cómo el grito de Cristo rescata a Lázaro de las fauces de la muerte, es una cosa impresionante.

Pero además está el don de la fe. Y es aquí donde les voy a invitar, hermanos, a que nos fijemos en una serie de pequeños detalles de este pasaje del Evangelio y veamos, como todo lo que Cristo hace tiene que ver con la fe. Por ejemplo, teniendo un don de milagros tan grande, le avisan a Cristo que está enfermo su amigo, su amigo querido, Lázaro, y sin embargo no va. Y Lázaro se agrava y Lázaro agoniza y Lázaro muere.

Parece un comportamiento extraño de Cristo. Y eso lo registra también el texto que hemos proclamado. Es un comportamiento extraño de Cristo. . . ¿Por qué no ayuda? Se está muriendo Lázaro, se está muriendo Lázaro, se murió Lázaro; ¡no ayudó!. ¿Cuál es la razón del comportamiento de Cristo? ¿Por qué no le dio una mano a su amigo? He aquí lo que dice uno de estos versículos: "Lázaro ha muerto" , son palabras de Cristo "y me alegro por ustedes" , les está hablando a sus apóstoles, "Me alegro por ustedes de que no hayamos estado allí para que crean" . Entonces aparece el lugar de la fe dentro del actuar de Cristo, -para que crean-.

Bueno, luego se encuentra con Marta, la hermana del difunto, una de las hermanas del difunto. Le dice Marta: -Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano-, es un reclamo de amor perfectamente comprensible.

Sin embargo, Marta hace una profesión de fe: -Aún ahora sé, que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá-. Para decir esas palabras, esta buena mujer, Marta de Betania, a la que celebra la Iglesia; esta es la Santa, Marta, Santa Marta de Betania, es la que le da el nombre a la ciudad de Colombia. Colombia tiene una ciudad que se llama Santa Marta por esta mujer.

Marta para decir estas palabras tuvo que vencer una doble barrera, la barrera de la decepción, porque indudablemente ella esperaba que Cristo viniera, hiciera algo, cuando Lázaro estaba enfermo. Pero ella se sobrepone a la decepción y sobre todo, se sobrepone al hecho que parece irreversible, de la muerte. -Aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá-. Es una fe increíble la de Marta. Yo leo esto y me pregunto ¿cuál es la calidad de mi propia fe?

Pero el diálogo sigue, Jesús le dice: -"Tu hermano resucitará"- , y ella dice: -Sí, yo sé que resucitará en el último día-, Jesús le dice: "Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees esto?" Todo apunta hacia la fe, mis hermanos. ¿Crees esto? Ella le contesta: -Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo-.

Si uno mira el original griego, porque estos textos en su lengua original estaban en griego, la afirmación que hace Marta, todavía es más fuerte, cuando ella dice en esta traducción -Yo creo que tú eres el Cristo-. El verbo creer está conjugado en tiempo presente, modo indicativo. Pero si uno mira el original griego, aparece en pluscuamperfecto y lo que ella dice habría que traducirlo más o menos con estas palabras: -Sí señor. Yo ya tengo esa fe, que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios-. Porque ella utiliza ese modo indicativo, pero en tiempo pluscuamperfecto. -Yo ya tengo esa fe-. Todo va en torno a la fe.

Entonces va donde Marta. Marta va donde María, la hermana. María estaba rodeada de un grupo de personas que habían ido a consolarla. Es un gesto muy humano y muy bello, cuando se muere una persona, pues queremos expresarle nuestra solidaridad y rodear de nuestro cariño a los deudos.

Estaban consolando a María. María va donde Jesús y María, la otra hermana, también le hace el mismo reclamo de amor. -Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano-. Eso le dice llorando María; esta es María de Betania, no confundirla con María Magdalena. Hay muchas Marías en el Evangelio. María de Betania está llorando. Pero aquí tengo que contarles otra cosa que es muy hermosa y que tiene que ver nuevamente con el original, es decir, con la lengua griega.

Últimamente trato de preparar lo mejor que puedo las homilías yendo siempre al griego y mirando también algunas otras traducciones. Y miré con lo que me he encontrado: Resulta que en griego hay dos verbos diferentes para referirse a llorar, porque en este evangelio llora una cantidad de gente. . . , llora María, lloran los judíos, llora Jesús. Pero como diría Santa Catalina de Siena, que por eso tiene un tratado de las lágrimas, hay distintas maneras de llorar.

Yéndonos a la lengua griega, hay dos verbos diferentes que aparecen aquí: Uno es el verbo de María, de Betania y de los judíos; ese verbo para los curiosos, en griego se dice klaío, el verbo klaío es el del llanto, pero del llanto con lamento, con grito, bueno, ese llanto que es ruidoso, ese llanto que es cercano a la histeria, en algunas ocasiones, gente con mucho dolor suelta ese llanto y grita desesperadamente. Ese llanto va unido a gritos y a dolor, ese es el llanto que en griego se expresa con el verbo Klaío.

Pero hay otro, hay otro verbo que es el que expresa el llanto como dolor profundo y que muchas veces no tiene ni gritos ni tantas manifestaciones externas. Para su información, en griego ese llanto se dice Dakrýo dakrýo es el llanto interior, el llanto profundo. Entonces quedémonos con esa idea, que está, el klaío, que es el llanto exterior, con muchas manifestaciones, abundantes lágrimas, gritos, lamentos. Y está ese otro llanto que es el llanto profundo, el llanto interior, el llanto del dakrýo.

Y ya ustedes se imaginarán que les voy a contar: que en este Evangelio siempre que se habla del llanto de los demás es el llanto klaío, es el llanto del grito ruidoso y, y de la histeria. El verbo dakrýo solamente lo utiliza una persona cuando en el versículo treinta y cinco, que es el versículo más corto de toda la Biblia, se dice "Jesús lloró" . Aquí traducen, Jesús se echó a llorar, ese versículo que es el versículo treinta y cinco de este capítulo once, ese versículo tiene el verbo dakrýo. En griego se dice: -edákrysen ho Iesus-. "Jesús lloró o sollozó" .

Bueno, ¿por qué este punto es interesante? ¿Porque este punto es importante?, porque tiene que ver con lo que estamos diciendo de la fe, mis hermanos. La persona que está enloquecida de dolor, que está al borde de la desesperación y el grito; esa persona difícilmente puede ejercer la fe y difícilmente ayuda a la fe de otros.

Y ese, ese es el llanto de los que rodeaban ahí. Entonces hay un versículo complicado, que es el versículo treinta y tres en el que dice Jesús viéndola llorar a ella. Pero ahora permítanme que yo diga así: -Jesús, viéndola a ella al borde de la desesperación y viendo llorar desesperadamente a los judíos que la acompañaban-. "¿Qué le pasó?" aquí, traduce -Se conmovió en su espíritu-.

Lo que le pasó a Jesús, que está en un verbo muy claro ahí, que es el verbo -embrimáomai- . Lo que le pasó a Jesús fue que se indignó, se disgustó. Jesús entiende que tú tengas dolor. Claro que lo entiende. Y Él mismo tiene dolor, Él mismo derramó lágrimas, dakrýo, Él mismo derramó lágrimas. Pero que tu dolor no te vuelva ciego, que tu dolor no se vuelva rebeldía, que tu dolor no se vuelva histeria.

Que tienes dolor porque se te murió una persona que tú amas; a muchos de los que estamos aquí se nos ha muerto mucha gente. El último que se me murió a mí se me murió hace un par de años, mi papá, murió de COVID, mi mamá, años atrás. Si, nos duelen las cosas y las lágrimas brotan como brotaron de los ojos de Cristo. Pero el mensaje es: -No dejes que tu dolor te vuelva ciego. No dejes que tu dolor se vuelva un obstáculo para la fe-.

Jesús se echó a llorar, traducen aquí, sería más preciso decir algo así como: -Jesús sollozó o Jesús derramó lágrimas-; tal vez sería lo más preciso.

Luego la gente empezó a murmurar. Por ejemplo, decían: -Bueno, pero si este es capaz de curar ciegos, ¿por qué no hizo algo? Yo te hago una pregunta, el que dice esa frase, repito la frase. -Si este es capaz de curar ciegos, ¿por qué no hizo algo por Lázaro?- Esa persona que está cuestionando a Dios ¿se está acercando a la fe o se está alejando de la fe? Esa es la pregunta. Y es evidente que la persona que está cuestionando a Dios no se está acercando a la fe.

Y ¿adivina qué pasa?, que cuando la gente empieza a murmurar de ese modo, entonces Jesús dice aquí, conmovido de nuevo en su interior. . ., es una traducción muy suavecita, la verdad es que el verbo es embrimáomai y que significa disgustado. Disgustado ¿Por qué? No porque la gente tenga dolor. Claro que uno tiene dolor, sino disgustado de que la gente se deje enceguecer por el dolor. Disgustado de que el dolor termina en murmuración y la murmuración termina en incredulidad, como cuando la gente empieza a decir: -Y si Dios existe, ¿por qué hay gente que sufre?, ¿y por qué los niños en África?

Entre paréntesis, le preguntaron una vez a Madre Teresa que ¿por qué Dios no hacía nada por el hambre de los niños en África?. Y Madre Teresa le dijo al que le había preguntado: ¿Cómo que Dios no hace nada? -Dios lo hizo a usted-. Claro, Dios hace cosas, pero es que bueno. . ., ese es otro tema. No sigamos por ahí.

Entonces nos damos cuenta que todo este evangelio va en la dirección de la fe. Y a Cristo lo que le disgusta, lo que le indigna, es que nos dejemos enceguecer por el dolor, hasta el punto de bloquear nuestra capacidad de creer en Dios. Ese es el dolor de Cristo, y nosotros tenemos que aprender a tener el llanto dakrýo no el llanto klaío.

El llanto de dakrýo es el llanto de tantas cosas que nos duelen. Jesús también lloró en Getsemaní y Jesús también lloró llegando a Jerusalén. Y nos duelen muchas cosas y nos duele el mundo y nos duele la guerra en Ucrania, y nos duelen los abortos y nos duele nuestro país en tantos aspectos. Y es justo que sintamos dolor. Anormal sería que no nos dolieran las cosas, pero que nuestro dolor no nos vuelva ciegos, porque de lo que se trata es de que nosotros lleguemos a la fe.

Solo quiero recordarles un último versículo antes de despertar a Lázaro. Cristo dice estas palabras: "Te doy gracias porque me has escuchado" . Le dice al Padre Celestial. "Yo sé que tú me escuchas siempre, pero lo digo por la gente que me rodea, ¿Para qué?, Para que crean, para que crean" . Esa es la preocupación de Cristo. Que nosotros lleguemos a la fe, que en medio de nuestros dolores, que en medio de la gente que se nos va, que en medio de las cosas que no funcionan, que en medio de nuestras propias incoherencias y mediocridades, nuestros ojos secando un poquito las lágrimas, puedan tener la certeza de que Dios no ha dejado ni de amarnos ni de llamarnos, y que ese Dios es el que ha enviado a su Hijo para que tengamos vida en su nombre. Una vida que nada ni nadie podrá arrebatarle a Cristo, porque Él es el Señor.

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